En manos del CEO (En tus manos nº 2) TRAIDOR
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TRAIDOR

GUSTAVO

Maria entró en mi despacho sin llamar.

No dio un portazo.

No lanzó nada.

No alzó la voz.

Eso era peor.

Cerró la puerta despacio, cruzó el despacho y dejó mi tarjetero sobre el escritorio.

El pequeño golpe del cuero contra la madera sonó demasiado fuerte.

—Me ha caído bien tu nueva amiga —dijo.

Su voz era tranquila.

Demasiado tranquila.

Me puse de pie.

Mi cuerpo reaccionó antes de que llegara ningún pensamiento útil. El corazón desbocado. El estómago en un puño. Una oleada de calor en el pecho y, después, las manos heladas.

Puro pánico físico.

—Maria Rosa…

—Cíntia es preciosa.

—Lo es.

Respuesta equivocada.

Alzó una ceja.

—Al menos estamos de acuerdo en algo.

—No lo decía en ese sentido.

—¿En qué sentido?

—Yo…

Me detuve.

No me ayudó.

No porque fuera cruel.

Porque la explicación era responsabilidad mía.

Maria cruzó los brazos.

—Adelante.

Había pasado todo el fin de semana imaginando cómo se lo contaría.

Ninguna de las versiones sobrevivió a su mirada.

Aun así, empecé con la peor frase posible.

—No es lo que parece.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, quise arrancarlas del aire.

Maria se quedó completamente inmóvil.

—Vaya —dijo.

Cerré los ojos un segundo.

—Lo sé.

—De verdad que has elegido esa.

—Lo sé.

—Impresionante.

—Maria, déjame…

Me hizo un gesto para que continuara.

No me interrumpió.

Eso fue lo que acabó conmigo.

Lo intenté.

—El viernes salí.

Maria esperó.

—Primero fui a un bar.

Esperó.

—Después fui al club donde trabaja Cíntia.

Apretó la mandíbula.

—Yo…

Ahí estaba el problema.

Cualquier cosa que dijera a continuación sonaría a control de daños.

Podía decir que estaba confundido.

Sonaba a excusa.

Podía decir que no lo había planeado.

Eso solo era verdad a medias; había elegido entrar.

Podía decir que me detuve.

Sonaba a pedir mérito moral por cortar una transgresión que nunca debí empezar.

Maria no dijo nada.

Me dio espacio de verdad.

Y dentro de ese espacio no había donde esconderse.

—Besé a Cíntia —dije al fin.

Su rostro no cambió.

—¿Y?

Tragúe saliva.

—Me tocó.

—¿Dónde?

La pregunta no era histérica.

Era precisa.

—Sexualmente.

—¿Se lo pediste tú?

—Consentí.

Asintió una vez.

—¿Y después?

—Me detuve.

—¿Antes del sexo?

—No hubo penetración ni sexo oral. Me masturbó. Yo lo paré.

Maria miró al suelo un segundo.

Luego me miró de nuevo.

—¿Sabías lo de nuestro acuerdo cuando entraste en ese sitio?

—Sí.

—¿Estabas tan borracho que no sabías lo que hacías?

—No.

—¿Te obligó alguien?

—No.

—¿Cíntia sabía de mí?

—No.

—Vale.

Soltó el aire despacio.

El silencio creció.

Quería cruzar la habitación.

No lo hice.

—Me daba miedo lo que sentía —dije.

Maria no reaccionó.

—Sé que eso no lo justifica.

Nada.

—Pensé…

Volví a detenerme.

Ella siguió esperando.

Era insoportable darme cuenta de que tenía todas las oportunidades del mundo para explicarme y ninguna explicación que cambiara el hecho central.

Yo había prometido una cosa.

Y había hecho otra.

El silencio se alargó.

Lo peor era que sabía exactamente cómo debería haber sido aquella conversación.

El viernes, antes de salir, podría haberla llamado.

Podría haberle dicho: «Tengo miedo, estoy a punto de hacer una estupidez y necesito parar antes de empeorarlo todo».

Maria me habría llamado cobarde, probablemente, me habría exigido una explicación y quizá habría puesto fin al acuerdo de todos modos.

Pero ella habría podido elegir antes de que yo cruzara la línea.

Yo le había quitado esa elección.

Ningún abogado necesitaba precedentes para entender el peso de aquello.

—¿Intentabas romper conmigo sin romper conmigo? —preguntó.

—No.

—Entonces, ¿qué intentabas hacer?

—Demostrarme que no te necesitaba.

El dolor le cruzó la cara tan deprisa que quise volver atrás en el tiempo solo para cerrarme la boca a tiempo.

—Enhorabuena —dijo—. Un método brillante.

—No funcionó.

—No uses eso como la parte buena de la historia.

—No lo estoy haciendo.

Asintió una sola vez, como si me concediera únicamente eso: que al menos lo entendía.

Maria descruzó los brazos.

—El seis de septiembre acordamos algo muy concreto.

Se me cerró la garganta.

—Lo recuerdo.

—Mientras existiera esta relación, ninguno de los dos tendría contacto sexual o romántico con nadie más.

—Sí.

—Si alguno de los dos quisiera cambiar esa norma, hablaríamos antes.

—Sí.

—¿Querías cambiarla?

—No.

—Entonces, ¿por qué no hablaste conmigo antes de ir?

No tenía ninguna respuesta que no fuera humillante.

—Porque no quería admitir por qué iba.

Guardó silencio.

—¿Y por qué ibas?

—Para demostrarme algo a mí mismo.

—Usando a una mujer que no sabía que formaba parte de tu crisis.

—Sí.

Maria cerró los ojos un instante.

Cuando los abrió, la ira estaba ahí.

Fría.

—Cíntia no me hizo nada.

—Lo sé.

—No voy a quedarme aquí llamándola puta, zorra, cazafortunas ni ninguna de esas mierdas para aliviarte la conciencia. Ella estaba trabajando. Tú fuiste allí sabiendo lo que habías acordado conmigo.

—Lo sé.

—Deja de decir que lo sabes.

Levantó la voz por primera vez.

Me callé.

Respiró.

—Eras libre, Gustavo.

Aquello me golpeó.

—Maria…

—Lo eras. Yo nunca te tuve atrapado. Podías haberme llamado el viernes y decirme: «Ya no quiero exclusividad». ¿Me habría enfadado? Quizá. ¿Te habría dicho que te fueras a la mierda? Muy probablemente. Pero el acuerdo habría terminado antes de que tocaras a nadie más.

No dije nada.

—Elegiste mantener el acuerdo conmigo y romperlo a mis espaldas.

—Lo sé.

Se rio sin humor.

—¿Y ahora qué quieres que haga con eso?

—Nada. No te estoy pidiendo…

—Bien. Porque se ha acabado.

Fue como si el pecho se me comprimiera.

—¿Qué?

—Nuestro acuerdo. Se ha acabado.

—Maria Rosa.

—Ahora eres libre.

—No quiero libertad.

Me miró.

El dolor asomó un segundo, tan desnudo que di un paso involuntario hacia ella.

Me detuve antes de acercarme.

—Ese es tu problema —dijo.

—No quiero a nadie más.

—Deberías haberlo pensado antes.

—Lo pensé. Ese fue el problema.

—No. El problema fue creer que tener miedo te daba derecho a atarme a una norma que tú mismo no cumplías.

No había defensa posible.

—Tienes razón.

—Ya lo sé.

Recogió el bolso que había dejado junto a la silla.

El pánico volvió.

—Espera.

Maria se volvió.

—¿Para qué?

No lo sabía.

¿Para arreglar en cinco minutos lo que había roto?

¿Para que me gritara hasta darme algo contra lo que pelear?

¿Para decirle que estaba enamorado y convertir el amor en moneda de urgencia?

No.

Todavía no.

—Lo siento.

Las palabras me salieron pequeñas.

—Yo también.

Caminó hacia la puerta.

La seguí por instinto.

No la toqué.

No se me pasó por la cabeza agarrarla del brazo, bloquearle la puerta ni usar mi cuerpo para impedirle salir.

Simplemente caminé.

—Maria.

Apoyó una mano en el pomo.

—¿Qué?

—Puedo explicártelo mejor.

—Ya has explicado bastante.

—No quiero que esto termine así.

—Yo tampoco quería que empezara así.

La frase me dejó sin aire.

Abrió la puerta.

—Quédate.

Me detuve.

Maria me miró por encima del hombro.

—Te estoy pidiendo espacio. Así que quédate aquí.

Todo mi instinto me pedía seguirla.

No dejar que la puerta se cerrara.

Encontrar las palabras.

Hacer algo.

Pero llevaba semanas tratando mi propio deseo como una justificación para tomar malas decisiones.

Acababa de darme una sola instrucción, muy sencilla.

Quédate.

Obedecí.

—De acuerdo.

Maria se marchó.

La puerta se cerró.

Me quedé allí unos segundos.

Luego me senté.

No hubo explosión.

No llamé a nadie.

No le mandé ningún mensaje.

No le pedí a Renata que hablara con ella.

No llamé a mi madre.

Miré el tarjetero que seguía sobre el escritorio.

Un objeto ridículamente pequeño para representar una decisión tan grande.

Había pasado la vida creyendo que respetar los límites era sencillo cuando el límite coincidía con lo que yo quería.

En ese momento comprendí cuál era la parte difícil.

Respetar el límite de Maria significaba quedarme donde ella me había dicho, aunque todo en mí quisiera salir detrás de ella.

Significaba soportar las consecuencias sin convertir mi arrepentimiento en una obligación para ella.

La sala se quedó en silencio.

Sabía que aquella tarde aún tendría trabajo. Correos que responder. Documentos que revisar. Gente entrando y saliendo sin la menor idea de que mi vida personal acababa de venirse abajo a tres metros de ellos.

Aquello resultaba casi ofensivo.

La vida corporativa seguía siendo puntual aunque alguien acabara de perder algo importante.

Cogí el tarjetero.

Pasé el pulgar por el borde.

Durante un instante pensé en tirarlo a la papelera. No porque el objeto hubiera hecho nada malo, sino porque necesitaba un gesto físico a la altura de lo que sentía por dentro.

Volví a dejarlo sobre el escritorio.

Maria no necesitaba que yo montara un drama.

Necesitaba distancia.

Y por primera vez comprendí que el remordimiento no me daba prioridad sobre el dolor que había causado.

Mi tarjetero se quedó sobre el escritorio.

Y yo me quedé exactamente donde ella me había pedido.