CARGO DE CONCIENCIA
MARIA ROSA
El lunes fui a trabajar decidida a comportarme como una mujer emocionalmente madura.
Ese fue mi primer error del día.
Me había pasado todo el domingo pensando en el consejo de papá y, contra todos mis instintos, llegué a la conclusión de que tenía razón.
Estaba cansada de interpretar los silencios, las distancias, las miradas, los besos y la frecuencia de nuestros mensajes como pruebas circunstanciales en un caso sin testigos.
Iba a hablar con Gustavo.
De verdad.
Sin juegos.
Sin fingir que el tema no me afectaba.
Sin convertir su respuesta, fuera cual fuera, en una competición que tuviera que ganar.
Llegué a M&MD dispuesta a mostrarme vulnerable.
Gustavo llegó dispuesto a parecer culpable de asesinato.
Me crucé con él cerca de la sala de descanso a las ocho y veinte.
—Buenos días.
Se detuvo.
—Buenos días.
No me besó.
Eso no era extraño en la oficina.
Lo extraño fue cómo me recorrió la cara con los ojos y luego los apartó demasiado deprisa.
—¿Has dormido?
—Un poco.
—Tienes un aspecto horrible.
—Gracias.
—De nada.
Esperé una réplica.
Nada.
—Gustavo.
—Tengo una reunión dentro de cinco minutos.
Miré el reloj del pasillo.
—Tu reunión es dentro de veinte.
Me miró un instante.
—Tengo que prepararme.
—Vale.
La palabra sonó más fría de lo que pretendía.
Pareció notarlo.
Casi se lo pregunté allí mismo.
Casi dije: «¿Qué te pasa?».
Pero estábamos en el pasillo. La gente pasaba. Y, por primera vez en semanas, sentí que aquella conversación no podía improvisarse entre una carpeta y la siguiente.
—Hablaremos más tarde —dije.
—Más tarde.
Se alejó.
Lo vi marcharse.
La mala sensación empezó siendo pequeña.
No eran celos.
Ni ninguna sospecha concreta.
Era la percepción física de que había información flotando en la sala y yo era la única que no había recibido el memorándum.
Intenté trabajar.
Y funcionó, porque el trabajo era la única parcela de mi vida que todavía obedecía instrucciones.
Revisé un cuadro comparativo del caso Borborema, ordené por fecha los registros de entrega y comprobé las citas de una investigación para Lígia.
Felipe se quejó de una fuente. Caio se peleó con la impresora.
Breno encontró un error de numeración que se me había pasado y estuvo a punto de ganarse un monumento en una plaza pública.
Pero, por debajo de todo aquello, Gustavo seguía raro.
Cuando apareció para una reunión breve, me habló con un tono demasiado profesional.
Cuando hice una observación, estuvo de acuerdo demasiado deprisa.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, apartó la suya.
Cerca de la hora de comer, le envié un mensaje.
Tenemos que hablar hoy.
La respuesta llegó menos de un minuto después.
Sí.
Eso fue todo.
La mañana entera fue incómoda.
En medio de todo aquello, todavía hice un intento de cumplir la promesa que me había hecho el domingo.
Encontré a Gustavo en la sala de apoyo justo antes de la comida, solo y cerrando una carpeta. Entré y me apoyé en el marco de la puerta.
—¿Tienes cinco minutos?
Me miró como si cinco minutos fueran una unidad de tiempo peligrosa.
—Sí.
—No he venido a discutir.
—Lo sé.
—Tampoco he venido a tener sexo.
Casi se le movió la boca.
—Información útil.
Aquello parecía el primer rastro del Gustavo de siempre, y me dio valor.
—Quería… —Me detuve, molesta por lo difícil que resultaba aquello—. Quería dejar de fingir que esto que hay entre nosotros es solo una sucesión de decisiones genitales muy bien gestionadas.
Palideció de una forma tan sutil que, si no lo hubiera estado mirando fijamente, quizá no me habría dado cuenta.
—Maria Rosa.
—No tienes que responder ahora. Solo digo que quiero que hablemos de verdad. De lo que está pasando. Contigo. Conmigo.
Gustavo apretó la carpeta con más fuerza.
—Vale.
—¿Eso es todo? ¿Un «vale» y nada más?
—Sí que quiero hablar.
—¿Pero?
Vaciló.
—Necesito terminar algo primero.
La frase era lo bastante vaga para irritarme y lo bastante seria para que yo no insistiera.
—Hoy.
—Hoy.
Salí pensando que el problema era el miedo. Tal vez el mismo miedo que lo había llevado a besarme en el coche y a cerrarse después. Quizá por fin íbamos a hablar de sentimientos.
No tenía ni idea de que esa «cosa» que necesitaba terminar no estaba dentro de él. Estaba a punto de cruzar la recepción con algo de cuero negro en la mano.
Yo estaba en recepción después de comer porque Renata me había pedido que bajara a firmar un registro, y entonces entró una mujer con un bolso pequeño y un objeto de cuero oscuro.
Tenía una presencia hermosa.
No de esas que exigen que todo el mundo mire.
De las que nunca necesitan disculparse por ocupar espacio.
Pelo cuidado, ropa sencilla, maquillaje discreto y la expresión de alguien que sabía exactamente por qué estaba allí.
Renata levantó la vista.
—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?
—Buenas tardes. Quería dejarle esto a Gustavo Marins DeLuca.
Mi cuerpo prestó atención antes que mi mente.
La mujer levantó el objeto.
Un tarjetero.
—Se lo dejó olvidado el viernes —explicó—. Intenté encontrar algún contacto, pero solo había tarjetas de visita. Así que he venido a devolvérselo.
Renata me lanzó una mirada tan rápida que apenas llegó a existir.
Me quedé donde estaba.
—Puedo recogerlo yo.
—Gracias. Solo quería asegurarme de que le llegara.
No sé por qué hablé.
Tal vez porque ya había pasado todo el fin de semana harta de tener que adivinar.
—Puedo dárselo yo.
La mujer se volvió hacia mí.
Sonrió.
—Perfecto.
Me tendió el tarjetero.
Lo cogí.
Cuero negro.
Iniciales discretas.
Sin duda, de Gustavo.
—¿Trabajas aquí? —preguntó.
—Sí. Bueno, estoy aquí de prácticas.
—Ah. Bonito sitio.
—Lo es. El aire acondicionado es agresivo, pero bonito.
Se rio.
—Cíntia.
—Maria Rosa.
Nos dimos la mano.
Nada en ella parecía amenazador.
Y eso importa, porque durante un segundo lamentable mi cerebro intentó encontrarle algo que odiar.
No encontró nada.
Y no dejé que siguiera intentándolo.
Era una mujer que había venido a devolver un objeto.
Yo era una mujer que sostenía el objeto.
El problema, si es que lo había, vivía en otra parte.
—Debe de haber estado buscándolo —dije.
—Me imagino. Dentro había tarjetas y algunas cosas del trabajo.
—¿Dónde os conocisteis?
Podría haber respondido con un lugar y dejar morir ahí la conversación. En cambio, inclinó la cabeza, como si estuviera decidiendo cuánto necesitaba contarle a una desconocida a la que, claramente, le había cambiado la temperatura al oír el nombre de un hombre.
—En el trabajo —respondió.
—¿En tu trabajo?
—En el mío.
Asentí, todavía con el tarjetero en la mano.
No había ninguna acusación en la pregunta. No sabía lo suficiente para acusar a nadie. Pero el recuerdo del acuerdo volvió intacto: el viernes, la oficina, Gustavo y yo definiendo en voz alta todos los límites, como dos personas que se consideraban demasiado adultas para tropezar con la ambigüedad.
Antes.
Si algo cambia, se avisa antes.
No había habido ningún mensaje suyo pidiendo un cambio.
Tenía el móvil en el bolsillo. Lo sabía porque me había pasado todo el fin de semana mirándolo como una idiota enamorada.
La pregunta salió educada.
Casi casual.
Mi estómago no opinaba lo mismo.
A Cíntia no le pareció extraña.
—En el club donde trabajo.
Parpadeé.
—¿Club?
—De adultos.
La palabra quedó suspendida en el aire.
Fue como si alguien me metiera la mano en el pecho y apretara.
No porque no supiera qué era un club de adultos.
Ni porque pensara que el trabajo sexual fuera un crimen moral.
Sino porque el viernes era el viernes.
Hacía tres días.
Después de nuestro acuerdo.
Antes de que me pasara el domingo entero limpiando la casa porque estaba enamorada de él.
—¿Estuvo allí el viernes? —pregunté.
Cíntia me miró con atención por primera vez.
Tal vez porque se dio cuenta de que la pregunta no era mera curiosidad.
—Sí.
Asentí.
Era impresionante cómo el cuerpo podía volverse tan ruidoso mientras la voz seguía funcionando.
El corazón me retumbaba en los oídos.
Se me quedaron las manos frías.
El pasillo parecía demasiado largo.
Aun así, le miré las uñas.
Rojo oscuro.
Bonitas.
—Llevas unas uñas preciosas —dije.
Cíntia parpadeó.
Luego se miró la mano.
—Gracias.
—En serio. Me encanta el color.
Sonrió, ahora con más cautela.
—Puedo darte el nombre del esmalte.
—Luego.
Renata segúa de pie detrás del mostrador, completamente inmóvil.
No me hacía falta mirarla para saber que lo había entendido todo.
Cíntia se ajustó la correa del bolso.
—No sabía que él…
Levanté una mano.
—No tienes que explicarme nada.
Cerró la boca.
—Y tampoco tienes que disculparte —continué—. No me debes nada.
Su expresión se relajó un poco.
—Vale.
—Gracias por traérmelo.
Miré el tarjetero que tenía en la mano.
Era ligero.
Parecía que pesara tres kilos.
—De nada.
Cíntia se despidió de Renata y se dirigió al ascensor.
Me quedé donde estaba.
Respirando.
Sin llorar.
Sin gritar.
Sin romper el tarjetero por la mitad, algo que habría resultado difícil y dramáticamente satisfactorio.
Las puertas del ascensor se abrieron antes de que Cíntia llegara hasta ellas.
Gustavo salió.
Vio primero a Cíntia.
Fue evidente.
La sorpresa en su cara.
Después, el reconocimiento corriente, automático.
—Cíntia.
—Hola. He venido a devolverte lo tuyo.
Me señaló.
Gustavo siguió el gesto.
Me vio.
Después vio el tarjetero que yo tenía en la mano.
Se le apagó la sonrisa.
No despacio.
Se apagó.
Se le quedó la cara completamente inmóvil.
La culpa que venía intuyendo desde esa mañana tomó forma.
Y en ese instante, antes de que dijera una sola palabra, supe que no estaba ante un malentendido inocente.
No sabía qué había pasado.
No sabía hasta dónde había llegado.
Pero algo había pasado.
Cíntia pasó la mirada de mí a él.
—Bueno, pues ya está entregado.
—Gracias —logró decir Gustavo.
Nos hizo un gesto con la cabeza a los dos.
—Buenas tardes.
Entró en el ascensor.
Las puertas se cerraron.
Renata, santa patrona de las amigas que saben cuándo desaparecer, agarró una carpeta cualquiera.
—Tengo que… ocuparme de algo.
Se marchó.
Nos quedamos solos Gustavo y yo en la amplia recepción.
Abrió la boca.
Levanté el tarjetero entre dos dedos.
Ninguno de los dos habló.
El lunes seguía su curso a nuestro alrededor.
Sonó un teléfono en alguna mesa.
Una impresora se puso en marcha.
Alguien se rio a lo lejos.
Gustavo me miró como si ya supiera la magnitud del daño.
Y yo lo miré a él, comprendiendo por fin por qué toda la mañana me había resultado tan extraña.