En manos del CEO (En tus manos nº 2) DISTANCIA
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DISTANCIA

GUSTAVO

El lunes descubrí que Maria Rosa tomaba café con un poco de azúcar cuando estaba descansada y sin azúcar cuando necesitaba demostrarle algo al mundo.

El martes me di cuenta de que reconocía sus pasos en el pasillo antes de verla.

Tacones firmes y rápidos, tres golpecitos más cortos cuando llegaba tarde y una pausa irritada delante de la impresora de la planta quince, que ella consideraba «una afrenta personal a la tecnología moderna».

El miércoles aprendí que le entraba hambre a eso de las cuatro y veinte de la tarde, por copiosa que hubiera sido la comida.

El jueves recibí un mensaje a las siete y seis de la mañana.

EL SUPERVIVIENTE HA DECIDIDO QUE SEPTIEMbrE ES EL MES DE LA HUELGA.

Dos minutos después:

si llego 10 min tarde diles que he muerto con honor

Le respondí que no tenía reunión hasta las nueve y que nadie necesitaba explicaciones.

Me llegó un audio de cuatro segundos.

—No interfieras en mi drama.

Lo escuché dos veces.

Ese era el problema.

No el mensaje.

Ni el coche, que seguía desafiando los principios básicos de la mecánica.

Era que llevaba un rato esperando ese mensaje.

Había llegado al despacho a las seis cuarenta y tres, había abierto el calendario, revisado dos notas y mirado el teléfono tres veces antes de las siete.

Sin ningún motivo.

O por un motivo que prefería no nombrar.

Maria estaba ocupando espacios que no tenían nada que ver con el sexo.

Sabía cuándo se recogía el pelo porque estaba concentrada y cuándo lo hacía porque el calor la molestaba.

Sabía que usaba la esquina inferior derecha de las páginas impresas para escribir preguntas, nunca la superior.

Sabía que hacía una mueca diminuta cuando encontraba una cita mal hecha y que decía «interesante» con cierto tono cuando lo que quería decir en realidad era «esto es una gilipollez».

Sabía que me mandaría una foto del salpicadero del Superviviente antes incluso de llamar a su padre.

Sabía que, si su madre llamaba a la hora de comer, Maria contestaría aunque fuera un día de locos.

Sabía que le había comprado chocolate a Lívia después de una semana dura sin contárselo a nadie.

Y sabía que, cuando algo le dolía de verdad, hablaba menos.

No necesitaba saber nada de eso.

Y, más importante aún: me gustaba saberlo.

El jueves por la noche, cuando ya se habían marchado todos, me quedé sentado solo en el despacho, con la vista clavada en un mensaje que Maria me había enviado media hora antes.

He llegado viva a casa. El Superviviente también. Manda saludos.

Sonreí.

Después dejé de sonreír.

Había una diferencia entre desear a una mujer y esperar a que te dijera que había llegado sana y salva a casa.

Sabía cuál era esa diferencia.

Solo que no quería cruzarla.

Semanas antes, mi padre me había preguntado qué haría si aquello se volvía serio.

Había respondido sin pensarlo demasiado.

Que le pondría fin.

Me había parecido lógico.

Las relaciones serias exigían una parte de mí que nunca había querido gestionar. El compromiso era responsabilidad, expectativas, vulnerabilidad y la posibilidad de perder algo que importaba.

Se me daban bien los contratos que podían romperse, porque había cláusulas, contingencias y maneras de calcular los daños.

Las personas no traían nada de eso.

Maria, en especial, parecía diseñada por alguna instancia superior para destruir cualquier ilusión de control.

El viernes por la mañana entró en mi despacho sin llamar, porque la puerta estaba abierta.

—¿Tienes dos minutos?

—Sí.

Dejó una hoja de papel delante de mí.

—¿Esto está mal o me estoy volviendo tonta?

Lo leí.

—Está mal.

—Gracias. Empezaba a sospechar una caída repentina de coeficiente intelectual.

—Todavía no.

—Qué amable.

Cogió el papel, pero no se movió.

—¿Vas a comer hoy?

Era una pregunta normal.

Casi respondí como siempre.

Sí. Probablemente tarde. ¿Quieres algo?

En cambio, me oí decir:

—Tengo una reunión.

Maria parpadeó.

—Vale.

Y se fue.

Fue una sensación pequeña y fea.

Me obligué a mirar el ordenador.

Así empezó.

No con una gran decisión.

Con menos mensajes.

Menos cafés juntos.

Menos tiempo en el sofá.

Seguí revisando su trabajo cuando el caso lo exigía. Seguí respondiendo preguntas. Seguí tratando a Maria exactamente como trataba a cualquier profesional competente del equipo.

Simplemente dejé de inventarme treinta segundos de más en el pasillo.

Dejé de mandarle fotos tontas cada vez que veía un coche viejo por la calle y me acordaba del Superviviente.

Dejé de tocarla cuando estábamos solos.

Dejé de preguntarle si había llegado a casa.

Se dio cuenta al segundo día.

Por supuesto que se dio cuenta.

Maria detectaba un cambio de fuente en un documento de cuarenta páginas.

—Estás raro —dijo el martes.

—Tengo mucho trabajo.

Me miró el tiempo suficiente para hacerme sentir como un adolescente que miente sobre sus notas.

—Vale.

Eso fue todo.

No volvió a preguntar.

No me persiguió.

No me mandó mensajes exigiendo una explicación.

No apareció en mi despacho sin motivo.

Respetó la distancia que yo estaba creando, aunque nunca la hubiera pedido.

Y, de algún modo, eso lo empeoró todo.

El miércoles oí sus tacones en el pasillo y alcé la vista automáticamente.

Pasó de largo sin entrar.

El jueves no hubo ningún mensaje sobre el coche.

El viernes, a las ocho y media de la noche, estaba en el aparcamiento subterráneo de M&MD y ya no aguantaba mi propia idea brillante.

Una semana de control solo había demostrado que era perfectamente capaz de trabajar sin tocar a Maria.

No había demostrado que quisiera hacerlo.

Cogí el móvil.

La llamé.

Respondió al cuarto tono.

—¿Diga?

—¿Estás en casa?

—Sí.

—¿Puedo verte?

Silencio.

Me merecía cada segundo de aquel silencio.

—¿Ahora?

—Sí.

—Gustavo, son casi las nueve de la noche.

—Lo sé.

Otro silencio.

—Estoy en camisón.

Cerré los ojos.

—No hace falta que entre.

—Eso no ha mejorado la frase.

—Maria.

Suspiró.

—Cinco minutos.

Llegué a la calle de los Monteiro con todo un discurso preparado.

Pensaba explicarle que me había distanciado porque me di cuenta de que estaba mezclando las cosas.

Que no era culpa suya.

Que no quería poner fin al acuerdo, pero necesitaba entender qué me estaba pasando.

Que la exclusividad no había sido el problema.

Que yo…

La puerta principal se abrió.

Maria salió con un camisón oscuro bajo un cárdigan largo, zapatillas de casa y el pelo recogido en un moño alto y despeinado.

Mi discurso murió.

Cerró la verja con cuidado, miró a ambos lados y subió al coche.

—Si mi padre mira por la ventana, eres un conductor de VTC.

Seguí mirándola.

Maria se pasó el cinturón por delante.

—Deja de mirarme. Ya te avisé de que estaba en camisón.

—Te oí.

—¿Entonces de qué te sorprendes?

De nada.

De todo.

Su cara sin maquillar.

Sus piernas desnudas.

El olor a jabón limpio cuando se inclinó hacia delante para abrochárselo.

La seguridad absurda de subirse a mi coche en aquel estado tan casero, sin el menor gesto de querer impresionar a nadie.

—Querías hablar —me recordó.

—Sí.

—Pues habla.

Lo tenía ensayado.

Había ordenado los argumentos.

Había construido una secuencia lógica durante todo el trayecto.

Miré a Maria y no encontré una sola palabra que no sonara cobarde.

Ella esperó.

—¿Gustavo?

Me desabroché el cinturón.

Me incliné hacia ella.

La besé.

No hubo elegancia.

Ni estrategia.

Solo una semana entera de ausencia condensada en unos pocos segundos.

Maria me devolvió el beso de inmediato y me sostuvo la cara con las dos manos. El beso se hizo más profundo, urgente y familiar de una manera que me golpeó lo bastante fuerte como para empeorarlo todo.

Sentí cuánto la había echado de menos.

Sentí también el alivio.

Y comprendí, demasiado tarde, que ninguna de las dos cosas tenía que ver con el sexo.

Le llevé la mano a la nuca.

Maria me besó una vez más y luego se apartó.

Respiraba deprisa.

—No.

Me detuve al instante.

Mantuvo una mano apoyada en mi pecho.

—No es un «no quiero». No así. ¿Qué está pasando?

Abrí la boca.

No me salió nada.

Maria me observó.

Aún no estaba enfadada.

Solo seria.

—Te has pasado la semana huyendo de mí.

—Lo sé.

—Ahora me llamas para que salga de mi casa y me besas como si acabaras de volver de la guerra.

—Lo sé.

—Eso no es una respuesta.

Y no lo era.

Podría haber dicho que tenía miedo.

Miedo de necesitarla.

Miedo de echarla de menos.

Miedo de querer contarle cosas estúpidas y cotidianas.

Miedo de que un acuerdo sin nombre se hubiera convertido en la parte más personal de mi vida.

Pero decirlo en voz alta convertiría la sospecha en un hecho.

No podía hacerlo.

Maria me soltó la camisa despacio.

—Vale.

Aquella palabra dolió más de lo que habría dolido una discusión.

Miró por la ventanilla.

Nos quedamos sentados en el coche, a unos metros de su casa, rodeados por el silencio que yo mismo había creado.

Y, por primera vez en años, no fui capaz de encontrar una salida racional a un problema.

Porque el problema era yo.