En manos del CEO (En tus manos nº 2) SE RUMOREA
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SE RUMOREA

MARIA ROSA

El jueves descubrí que me habían contratado en M&MD seis meses antes de saber siquiera que M&MD existía.

También descubrí que Gustavo y yo llevábamos al menos un año de amantes, que Antonella me había elegido personalmente para las prácticas porque yo era su futura nuera favorita y que Leonardo había manipulado las notas del examen escrito para colocarme en primer lugar.

Lo último me ofendió de verdad.

—Leonardo ni siquiera corrigió el examen —dije, y cerré la carpeta que acababa de ordenar.

Felipe levantó un dedo.

—Detalle irrelevante en el relato popular.

—Y no quedé primera en el proceso de selección.

—Otro detalle irrelevante.

—Y conocí a Gustavo el primer día.

—Maria, estás intentando aplicar la lógica a los cotilleos de oficina. Es como usar el Código Civil para discutir con una tía en el chat de la familia.

Lívia ahogó una risa detrás de su taza de café.

Caio giró la silla hacia nosotros.

—He oído que os conocisteis en un viaje.

—¿Internacional? —pregunté.

—João Pessoa.

—Ah, qué bien. El extranjero para los que no les gustan los viajes largos en coche.

Breno, que hasta entonces había estado tecleando con la concentración de un hombre decidido a no meterse en aquello, suspiró.

—Mi versión es peor.

Todos lo miramos.

—Dicen que ella ya tenía un acuerdo con la familia antes del proceso de selección. Que las prácticas eran solo para que la cosa pareciera legítima.

El buen humor se esfumó de la sala.

Me quedé quieta un instante.

Aquello era distinto.

No porque ignorara que había rumores. Después de las últimas semanas, habría tenido que vivir dentro de una caja hermética para no reparar en las miradas, en los susurros que se cortaban cuando aparecía y en la repentina necesidad que a algunos les había surgido de estudiar el techo cada vez que Gustavo pasaba a mi lado.

Pero oír que mi trabajo era una farsa me tocó una fibra antigua y muy poco civilizada.

Había estudiado hasta altas horas de la noche durante años.

Había entrado en la universidad sabiendo que en la mitad de las salas en las que pusiera un pie se fijarían en mi estatura, mi pelo, mi edad o en que era una mujer negra antes de acordarse de preguntar si sabía algo.

Había hecho el examen, la entrevista, el ejercicio en grupo, el trabajo de investigación, el simulacro de alegato y todo lo demás que M&MD nos había echado encima.

Y ahora alguien quería reducirlo todo a una polla.

Una polla excelente, todo sea dicho.

Pero no fue ella la que hizo el examen por mí.

—Eh —dijo Felipe en voz más baja.

Lo miré.

—Lo sabemos.

Lívia asintió.

—Todo el que trabaja contigo de verdad lo sabe.

—Y Lígia no dejaría que nadie tocara una evaluación —añadió Caio—. Y a Gustavo, menos que a nadie.

—Probablemente le arrancaría la cabeza y la usaría de pisapapeles —dijo Breno.

Solté el aire por la nariz.

—Eso ha ayudado.

—¿Puedo inventarme otra? —se ofreció Felipe—. Una mejor. Algo que preserve tu dignidad académica.

—Por favor.

Plantó los codos en el escritorio.

—El primer día secuestraste a Gustavo, lo amenazaste con destapar un fraude fiscal inexistente, exigiste sexo tres veces por semana y te aseguraste un puesto vitalicio en el despacho.

Lívia hizo una mueca.

—Demasiado burocrática.

—Cierto. —Felipe lo pensó—. Le salvaste la vida durante un ataque de palomas en el Açude Velho. Él se enamoró. Antonella aprobó la unión porque venciste a Leonardo en un pulso.

—Lo haría.

—No lo harías —dijo Caio.

—No entendéis la fuerza que cabe en un metro y medio de odio.

Breno ofreció otra teoría.

—He oído una en la que eres la hija secreta de un cliente importante.

—¿De cuál?

—No lo decían.

—Pésima construcción del mundo.

Felipe se inclinó hacia mí, con los ojos brillantes.

—Elige una y cuéntasela.

—¿A quién?

Cuatro personas se me quedaron mirando.

—Ah.

Miré la hora. Habíamos terminado la investigación que nos había pedido Lígia, ya habíamos enviado los documentos y me quedaban quince minutos antes de la siguiente tarea.

Quince minutos bastaban para cometer un pequeño acto de irresponsabilidad administrativa.

—Me quedo con lo del acuerdo secreto —decidí—. Pero voy a mejorarlo. Mi madre me prometió a la familia Marins-DeLuca cuando todavía estaba en su vientre, a cambio de una participación en la sociedad.

Felipe dio una palmada suave.

—Estoy orgulloso de ti.

—Si me despiden, diré que tú fuiste el cerebro de todo.

—Entonces el rumor se hace realidad.

Agarré el móvil y salí de la sala con la cara más seria que pude.

Ni siquiera llegué al ascensor.

Gustavo estaba leyendo cuando entré en su despacho.

Había llamado a la puerta.

Me había dicho que pasara.

Todo perfectamente legal y respetable, por si algún cotilla tenía la oreja pegada a la puerta.

—Tenemos que hablar —anuncié.

Levantó la vista del portátil al instante.

—¿Ha pasado algo?

La preocupación fue tan inmediata que casi arruinó mi actuación.

Casi.

Cerré la puerta despacio.

—Lo sé todo.

Gustavo se quedó inmóvil.

—¿Todo qué?

Me acerqué al escritorio con la solemnidad de una mujer a punto de destapar una trama de corrupción que abarcaba tres continentes.

—No sirve de nada fingir.

—Maria Rosa.

—El acuerdo.

Frunció el ceño.

—¿Qué acuerdo?

—Entre nuestras familias.

Silencio.

—¿Nuestras familias tienen un acuerdo?

—Desde antes de que yo naciera.

Frunció aún más el ceño.

—¿Te encuentras bien?

Cabrón.

—Mi madre me prometió a la familia Marins-DeLuca cuando todavía estaba embarazada. A cambio, Antonella me garantizó unas prácticas veintitrés años después.

Se me quedó mirando.

Yo le sostuve la mirada.

—Maria…

—No. Déjame terminar. Me merezco este momento después de haber vivido tanto tiempo una mentira.

Empezó a temblarle la boca.

—Ah.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Sí que te estás riendo.

—Estoy intentando entenderlo.

—Y tu padre manipuló mi examen escrito.

—Mi padre no corrige los exámenes de las prácticas.

—Lo sé. Es una conspiración muy profunda.

Gustavo cerró el portátil.

—¿Y yo qué pinto en todo esto?

—Me sedujiste para asegurarte de que cumplía el contrato materno.

Se echó hacia atrás en la silla.

—¿Yo te seduje?

—No te distraigas con los detalles secundarios.

—Esa parte me parece bastante central.

—Usaste tu cuerpo de CEO para corromperme.

—Mi cuerpo de CEO.

—Término técnico.

Se le escapó la risa.

Primero una carcajada corta.

Luego otra.

Intenté mantener mi expresión ofendida, pero cuando se cubrió parte de la cara y me preguntó si la participación prometida llegaba antes o después del matrimonio concertado, me derrumbé del todo.

—Antes —improvisé—. Mi madre es muy buena negociadora.

—Eso explica muchas cosas.

—Incluido mi currículum.

—Por supuesto. Seguro que tu madre te escribió los trabajos académicos.

—Los escribió mi padre. Mamá estaba ocupada negociando mi dote.

—¿Cuál es la dote?

—El Superviviente.

Gustavo se rio con tanta fuerza que tuvo que inclinarse sobre el escritorio.

Yo casi me caí de la silla de la risa.

—No hables así de él —conseguí decir—. Ese coche tiene valor histórico.

—Es una agresión mecánica.

—Tiene personalidad.

—Hace ruidos que la ingeniería aún no ha catalogado.

—Mi padre lo arregla.

—Tu padre lo resucita.

—Solo estás celoso porque tu familia lo único que tiene es dinero.

Eso nos remató.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí riéndonos, pero en algún momento tenía la cabeza apoyada en el brazo mientras intentaba respirar, y Gustavo había abandonado por completo toda apariencia de dignidad ejecutiva.

Cuando por fin conseguimos controlarnos, se secó los ojos.

—¿De dónde ha salido todo eso?

—Del Departamento de Ficción de M&MD.

Su sonrisa se desvaneció.

—La gente está hablando de ti.

—Hablan.

—¿De las prácticas?

—De eso también.

Se le tensó la mandíbula.

—Maria…

—No. —Levanté una mano—. Si vas a ponerte en modo CEO y a empezar a perseguir a gente por el edificio, no quiero saber nada.

—No iba a perseguir a nadie.

—Ibas a pensar en perseguirlos, que ya es lo bastante agotador.

Tomó aire.

—¿Lígia lo sabe?

—Sabe que hay comentarios. Mi evaluación está protegida, el proceso está documentado y no quiero dar la impresión de que necesito un equipo táctico porque alguien no concibe que una mujer pueda tener cerebro y vida sexual a la vez.

—Vale.

Lo decía en serio.

No discutió.

La ira seguía ahí, en su cara, pero no intentó quitarme el problema de las manos.

Y eso me gustó más de lo que debería.

—Además —añadí—, la versión de la dote es excelente.

—Admito que tiene fuerza.

—Gracias.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era simplemente… silencio.

Cómodo.

De esos que no hace falta rellenar con bromas, besos ni litigios.

Y eso quizá fuera peor.

El sofá del despacho de Gustavo se había convertido en un objeto peligroso.

No porque aquel día hubiéramos hecho nada en él.

Justo al contrario.

Me senté en un extremo para responder a un mensaje de Renata. Gustavo se sentó en el otro para consultar un documento en su tableta. En algún momento, sin decreto, contrato ni autorización del Ministerio de Salud, los dos fuimos deslizándonos hacia posturas menos civilizadas.

Yo me acurruqué de lado, con los zapatos en el suelo y las piernas recogidas.

Él se estiró, con un brazo apoyado en el respaldo.

Hablamos de absolutamente nada.

De que Felipe había decidido que Breno tenía pinta de ser de esos que ordenan los calcetines por categorías.

De la guerra permanente de Miguel contra la ropa que consideraba ofensiva para la humanidad.

De un taller cerca de la casa de mis padres que vendía el peor café del estado y que, aun así, mi padre se bebía todos los días.

Gustavo me contó que Leonardo tenía la costumbre de llegar cinco minutos tarde a las reuniones siempre que estaba Antonella, solo para oírla echarle la bronca.

—Tu padre es masoquista.

—Mi madre diría que tiene buen gusto.

—Desde luego que lo diría.

—Te cae bien.

—Sí.

—Tú a ella también.

—Me amenazó con interrogarme durante la comida.

—Exacto.

Sonreí.

Me vibró el móvil y lo ignoré.

Había acabado con la cabeza apoyada en el brazo del sofá. Gustavo estaba lo bastante cerca para que notara su calor, pero sin pegarse a mí. Nada en mí se encendía con esa urgencia que solía aparecer cuando estábamos a solas.

Simplemente estaba… bien.

Lo cual era sospechoso.

—Tienes sueño —dijo.

—Estoy descansando la vista.

—¿Con los ojos abiertos?

—Técnica avanzada.

—Por supuesto.

Su mano me tocó el pelo.

No me di cuenta de inmediato.

Solo noté sus dedos moviéndose despacio por un rizo junto a la sien: lo enrollaban en un dedo, lo soltaban y repetían el movimiento como si fuera lo más normal del mundo.

Yo seguí hablando.

—Miguel dice que tengo que dejar de usar tanto calor en el pelo.

—Es fisioterapeuta.

—Eso nunca le ha impedido emitir opiniones de experto sobre cualquier campo del conocimiento humano.

—Cierto.

Sus dedos volvieron a moverse.

De la sien a detrás de la oreja.

Con delicadeza.

Sin segundas intenciones aparentes.

Mi cuerpo no se tensó.

No hice ninguna broma.

No lo convertí en sexo.

Simplemente lo dejé hacer.

Y eso era lo que me daba miedo.

Porque conocía el peso de las manos de Gustavo en mis muslos. Conocía su boca, su lengua, cómo se ponía cuando lo provocaba hasta agotar la paciencia que habíamos pactado. Todo aquello tenía una categoría. Deseo. Lujuria. Diversión de adultos con reglas muy claras.

Esto no.

Esto era un hombre jugando con mi pelo mientras yo me quejaba de mi hermano.

Esto se acercaba peligrosamente a la ternura.

Cerré los ojos un segundo.

—¿De verdad tu madre te amenazó con cortarte los huevos durante la cena? —pregunté.

—Con la frecuencia suficiente para creer que hay toda una planificación logística detrás.

—Adoro a esa mujer.

—Eso me preocupa.

—Dos mujeres inteligentes en tu vida. Debe de ser duro.

—Imposible.

Su mano se detuvo.

Abrí los ojos.

Gustavo se miraba los dedos enredados en mi pelo como si acabara de descubrir una pistola cargada entre ellos.

Entonces me miró.

El hombre prácticamente levitó.

Un segundo antes estaba apoyado en el sofá, acariciándome el pelo como un novio de anuncio de margarina.

Al siguiente, estaba de pie.

—Tengo que comprobar una cosa.

Parpadeé.

—¿Una cosa?

—Sí.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Qué?

Sus ojos buscaron una respuesta en el escritorio.

—Un... informe.

—Terminaste todos los informes antes de sentarte.

—Otro informe.

—Naturalmente.

Gustavo cogió el móvil.

Luego lo dejó.

Cogió una carpeta.

La abrió.

La cerró.

Me incorporé despacio, fascinada.

—¿Te está dando un ictus corporativo?

—No.

—¿Llamo a alguien?

—Maria Rosa.

—Gustavo.

Exhaló, se frotó la nuca y se dirigió a la puerta.

Fue entonces cuando lo vi.

—Dios mío.

Se detuvo.

—¿Qué?

Me eché a reír.

—No.

—¿Qué?

Señalé.

Tenía la bragueta medio abierta.

No lo suficiente para una catástrofe pública.

Sí lo suficiente para una catástrofe ejecutiva.

Gustavo bajó la vista.

Cerró los ojos.

Me desplomé contra el respaldo del sofá.

—¿Vas a salir así?

Se subió la cremallera con una dignidad extraordinaria para tratarse de un hombre al que estaba destrozando una becaria de metro y medio.

—Me habría dado cuenta.

—¿En el ascensor?

—Antes.

—¿En recepción?

—Maria.

—Imagínate mañana la fábrica de rumores. El CEO sale del despacho tras una sesión secreta con la becaria, emocionalmente alterado y con la bragueta abierta.

—No ha pasado nada.

—El cotilleo no respeta las pruebas materiales. Lo he aprendido hoy.

Me señaló.

—Eres una mala persona.

—Mi madre opina lo contrario. Nací para brillar.

Gustavo apretó los labios para no echarse a reír.

—Vuelve al trabajo.

—Mi trabajo ya está hecho.

—Busca otra cosa.

—Soy becaria. No puedes decirme que me invente trabajo solo para huir de tus sentimientos.

Su cara cambió tan poco que casi pensé que me lo había imaginado.

Casi.

—¿Quién ha hablado de sentimientos?

—Nadie.

Nos sostuvimos la mirada durante un segundo.

Abrió la puerta.

—Volveré más tarde.

—Con la cremallera cerrada, espero.

La puerta se cerró antes de que pudiera averiguar si se había reído.

Me quedé en el sofá, todavía sonriendo.

La risa tardó un rato en apagarse.

Cuando se apagó, el despacho pareció más grande.

Miré el sitio donde había estado sentado Gustavo.

El cojín hundido.

El espacio que había ocupado su mano en mi pelo.

Y, por primera vez, no pensé en lo que M&MD concluiría.

Pensé en lo que yo empezaba a concluir.