En manos del CEO (En tus manos nº 2) WRONG BITCH #2
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WRONG BITCH #2

Reconocía la desigualdad solo para echármela encima.

No como razón para examinar sus propios prejuicios, sino como una obligación añadida para mí.

Tenía que ser impecable para compensar la sospecha que él mismo generaba.

Tenía que ser discreta para no alimentar el rumor que él mismo insinuaba.

No podía existir demasiado visible, demasiado guapa, demasiado negra, demasiado cerca de ningún hombre poderoso, porque cualquiera de esas cosas podía usarse como explicación alternativa de mi mérito.

Era un juego imposible y antiguo.

Si destacaba, era favoritismo.

Si cometía un error, demostraba que no estaba preparada.

Si replicaba, era agresiva.

Si me callaba, lo interpretaba como que estaba de acuerdo.

—¿Qué quieres que haga? —pregunté, no porque quisiera un consejo, sino porque necesitaba oírle completar su propio razonamiento.

Fernando se encogió de hombros.

—Trabaja. Aprende. No des espectáculos. Y quizá deberías evitar mezclar cierta... cercanía con el horario de oficina.

La palabra cercanía vino acompañada de otra mirada que me recorrió el cuerpo.

Esta vez sentí el asco físicamente.

Se me revolvió el estómago.

—Nunca le he pedido nada a Gustavo relacionado con mis prácticas.

—No estoy diciendo que lo hayas hecho.

—Mi evaluación no pasa por él.

—Sé cómo funciona la estructura.

—Entonces sabes que lo que estás insinuando no tiene ningún sentido.

—Las instituciones están hechas de personas, Maria Rosa. Los apellidos pesan. Las relaciones pesan. Las apariencias pesan. Eso lo aprenderás tarde o temprano.

Aquello tenía la insolencia añadida de estar dicho como si fuera sabiduría.

Como si me estuviera preparando para un mundo hostil en lugar de participar activamente en esa hostilidad.

Quería arrancarle la frase de la boca y hacerla pedazos.

No pude.

Debería haber dicho algo.

Eso fue lo primero que pensé.

Lo segundo fue toda una secuencia de respuestas que llegaban demasiado tarde, ordenadas y brillantes como testigos que se presentan después del juicio.

Podría haberle preguntado si también hacía auditorías raciales de las puntuaciones de los otros cuatro becarios.

Podría haberle recordado que mi nombre estaba entre los mejores resultados del proceso de selección antes de que tuviera el menor contacto con Gustavo.

Podría haberle dicho que se metiera por donde le cupiera toda la política de diversidad del bufete, con cláusula de confidencialidad incluida.

Podría haberle dicho que la gente como él era precisamente la razón por la que la gente como yo tenía que ser el doble de buena para recibir la mitad de presunción de competencia.

No dije nada.

Me quedé allí de pie.

Una mano sobre el papel.

Todo el cuerpo tenso.

Fernando interpretó mi silencio como la confirmación de cualquier teoría que ya hubiese decidido creer.

—No te lo tomes como algo personal —dijo.

Estuve a punto de reírme.

No me salió ningún sonido.

—El mercado es duro. Tendrás que aprender que no todo el mundo va a aplaudirte solo porque seas... elocuente.

Elocuente.

Otra palabra que conocía.

Una de esas que vienen con la sorpresa incorporada.

Alcé la mirada hacia él.

Quería que la rabia se viera.

Puede que se viera.

Pero él no parecía intimidado.

Solo satisfecho.

—Solo es un consejo —concluyó—. Ten cuidado de no dar motivos a la gente para que piense que has llegado hasta aquí por otras razones.

Otras razones.

Gustavo.

Mi cuerpo.

El color de mi piel.

Todo excepto mi cerebro.

Seguía sin poder hablar.

Fernando dio dos golpecitos en el borde de la mesa, como si acabáramos de tener una conversación cordial sobre un plazo procesal.

—Sigue así.

Se dio la vuelta y se marchó.

La puerta se cerró.

Me quedé sola.

Tardé unos segundos en darme cuenta de que estaba conteniendo la respiración.

Solté el aire de golpe y tuve que apoyar las dos manos en la mesa.

—Hijo de puta.

La voz me salió baja.

Lo intenté de nuevo.

—Hijo de puta.

Mejor.

Seguía sin ser suficiente.

Me senté y me quedé mirando la carpeta abierta sin ver nada de lo que contenía.

La rabia llegó después de la conmoción.

Ardiente, humillante, absoluta.

Rabia contra él.

Rabia contra aquella conversación.

Rabia porque ya conocía esa sensación.

Y quizá, lo peor de todo, rabia contra mí misma.

Porque me había quedado callada.

Yo.

Maria Rosa Monteiro.

La mujer que discutía con profesores, porteros, hermanos, teleoperadores y con un tipo guapísimo de casi dos metros sin necesidad de calentar la voz.

Y había dejado que aquel viejo se marchara de allí creyendo que había ganado.

—Enhorabuena, Maria Rosa —murmuré—. Veintitrés años ensayando réplicas en la ducha y, cuando por fin llega el momento, te conviertes en un helecho.

La broma no sirvió de nada.

Me ardían los ojos y eso me enfureció aún más.

No lloré.

No porque hubiera en ello ninguna gran dignidad: simplemente estaba demasiado furiosa.

Cogí el móvil.

Pensé en llamar a Miguel.

Después, a Renata.

Luego, durante un segundo breve y peligroso, a Gustavo.

Dejé el pulgar suspendido sobre la pantalla.

«No».

Todavía no quería consuelo.

No quería que nadie me dijera qué hacer mientras seguía intentando calcular el tamaño de lo que acababa de pasar.

Y, sobre todo, me negaba a dejar que Fernando me quitara la tarea que había ido a hacer allí.

Bloqueé el móvil.

Me levanté.

Ordené los papeles que él había descolocado al apoyarse en la mesa. Devolví un certificado a su funda. Comprobé la hoja de cálculo. Respiré hondo.

Las manos todavía me temblaban un poco.

Bien.

Podían temblar mientras trabajaban.

Volví a la caja.

Contrato base. Primera adenda. Segundo anexo técnico. Certificados. Registros de presentación.

Uno a uno.

No estaba curada.

No había encontrado la réplica perfecta.

No había convertido el prejuicio en el final motivacional de un anuncio de banco.

Seguía dolida y furiosa.

Pero aquella sala de archivos seguía siendo mi trabajo de esa tarde.

Y Fernando Dantas Lacerda ya me había robado demasiados minutos.

No iba a quitarme también el resto.