En manos del CEO (En tus manos nº 2) WRONG BITCH
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WRONG BITCH

MARIA ROSA

Existe un placer muy concreto en que te dejen sola con una tarea que alguien espera de verdad que sepas hacer.

No ir a por café.

No ordenar estos papeles porque eres la nueva.

No quedarte ahí sentada viendo trabajar a los adultos e intentando absorber algo por ósmosis jurídica.

Trabajo de verdad.

A las tres y algo de la tarde de aquel martes, estaba en la sala de archivos de M&MD buscando versiones anteriores de dos anexos contractuales, certificados de conformidad y registros de presentación relacionados con el caso Borborema c.

Arcosul. Lígia había autorizado la búsqueda.

Gustavo me había dado una lista de lo que necesitábamos. Y yo estaba feliz.

Feliz de verdad.

Lo sé.

Patético.

Hay gente que siente alegría cuando recibe flores. Yo la sentía cuando alguien me ponía delante un problema y, en esencia, me decía: usa ese cerebro enorme que tienes en esa cabecita diminuta y vuelve con algo útil.

Cada uno tiene sus fetiches.

La sala de archivos ocupaba un espacio alargado en la decimocuarta planta, con armarios móviles, cajas catalogadas y una organización tan hermosa que casi me emocionó.

También había un sistema digital, obviamente, pero algunos documentos antiguos y anexos físicos seguían guardados allí porque a los despachos de abogados les encanta la tecnología hasta el momento en que pueden conservar papeles durante quince años «por si acaso».

Ya había encontrado dos versiones del contrato base y estaba comprobando las fechas con una hoja de cálculo en la tableta.

—Doce de junio... Tres de julio... —murmuré—. Hijos de puta burocráticos, me estáis escondiendo algo.

Los documentos, criaturas desagradecidas, no respondieron.

Saqué otra carpeta.

Nada.

Volví a las estanterías, me subí al pequeño taburete y alargué el brazo hacia una caja del estante más alto. Ser bajita forja el carácter, el equilibrio y un odio permanente hacia los arquitectos que finge que las personas de menos de metro cincuenta no existen.

Encontré el número del contrato en el lomo.

—Te tengo.

Bajé con cuidado, dejé la caja sobre la mesa y sonreí para mis adentros.

Eso era lo que quería.

No la caja en sí. La sensación.

Durante años había oído que parecía demasiado joven, demasiado pequeña, demasiado delicada, demasiado «mona».

En la facultad de Derecho, lo primero que veía mucha gente era mi tamaño.

Después, mi ropa. Luego, mi pelo. A veces, mi color de piel iba antes que todo lo demás.

Y solo mucho más tarde, si tenía suerte y paciencia, llegaban a mi cerebro.

En M&MD, pese a algunos tropiezos y a cierto CEO rubio rojizo que había convertido mi planificación profesional en una comedia obscena, había ido ganando espacio para demostrar lo que sabía.

Eso importaba.

Mucho más de lo que admitiría en voz alta.

Abrí la carpeta, encontré una secuencia de anexos y empecé a separar los que había que escanear.

Estaba tan concentrada que no reparé en la puerta hasta que oí el clic del pomo.

Alcé la vista.

Fernando Dantas Lacerda entró.

—¿Trabajando sola?

La pregunta sonaba normal.

Ese era su talento.

Fernando podía esconder algo ligeramente podrido dentro de frases perfectamente presentables.

Una entonación. Una sonrisa. Un «señorita» pronunciado de tal manera que convertía veintitrés años, cuatro años de carrera de Derecho y un proceso de selección con más de mil candidatos en una fantasía infantil.

—Estoy investigando los anexos antiguos del caso —respondí.

—Ya me lo imaginaba.

Cerró la puerta a su espalda.

No echó el pestillo.

Aun así, una pequeña tensión me subió por la nuca.

Seguí organizando los papeles.

—¿Necesita algo?

—Solo pasaba por aquí.

Claro.

Porque los abogados sénior de cincuenta y tres años se pasan así, sin más, por la sala de archivos para ver cómo las becarias organizan certificados.

—Entonces, siga pasando.

Esbozó una sonrisa breve.

—¿Siempre eres así?

—¿Bajita? Por desgracia, sí.

—Listilla.

—Eso también.

Esperaba que pusiera los ojos en blanco y se marchara.

En lugar de eso, Fernando se acercó a la mesa.

—Tienes demasiada confianza para alguien que acaba de llegar.

Mi mano se detuvo sobre una hoja de papel.

—No sabía que la confianza viniera con un cupo de antigüedad.

La palabra «cupo» se me escapó antes de que captase la ironía.

Él sí la captó.

Se le alzó una comisura de los labios.

—Curiosa palabra, viniendo de ti.

Se me contrajo el estómago.

No.

Eso no demostraba nada.

Todavía no.

Conocía aquel terreno. Demasiado bien. El tipo de conversación en la que empiezas a intentar decidir si de verdad estás oyendo lo que crees que estás oyendo, porque toda una vida de experiencia también te ha enseñado que, si reaccionas demasiado pronto, alguien sonreirá y te dirá que lo has entendido mal.

Fernando cruzó los brazos.

—Un proceso con más de mil candidatos. Cinco plazas. Un despacho muy preocupado por su imagen institucional en los últimos años. Y una candidata... diferente... que aparece de entrada casi en lo más alto.

Diferente.

La palabra quedó suspendida entre los dos.

Respiré despacio.

—Mi puntuación está en el expediente de la selección.

—Sí. Así es.

—Entonces no entiendo el comentario.

—Creo que sí lo entiendes.

Habló en voz baja, casi con dulzura.

Eso lo empeoró todo.

—Hoy en día, las empresas tienen que demostrar ciertas cosas —continuó—. Diversidad, representación. Esas palabras están por todas partes. No digo que seas incompetente.

Ah.

La vieja fórmula.

No digo X mientras se dice X, con corbata cara y tono educado.

—Bien —respondí—. Porque sería difícil sostener semejante afirmación.

Su sonrisa se apagó un poco.

—Eres rápida. Eso te lo reconozco.

—Eso también está en la puntuación.

—Pero la rapidez y la memoria no lo son todo. La experiencia, la actitud, la madurez... eso lleva tiempo.

—Estoy de acuerdo.

—Y los contactos ayudan.

Ahí estaba.

Un calor me subió por el pecho.

—¿Qué contactos?

Inclinó la cabeza.

—¿De verdad quieres que lo diga?

—Sí.

—Llegaste aquí y, en cuestión de días, ya estabas muy cerca del hijo de los dueños.

Durante un segundo, dejé de oír el aire acondicionado.

Solo mi propio pulso.

—Mi rendimiento en el proceso de selección fue anterior a que conociera a Gustavo.

—Por supuesto.

—La Dra. Lígia controla mis evaluaciones.

—Por supuesto.

—Entonces explícame qué tiene que ver una cosa con la otra.

Fernando dejó que su mirada me recorriera de arriba abajo.

Demasiado despacio.

Era una mirada indefendible en lo profesional y repugnante en lo personal.

—Una chica guapa sabe llamar la atención. Algunas saben aprovecharlo mejor que otras.

Se me cerró la garganta.

—¿Qué estás insinuando exactamente?

—No hace falta ponerse a la defensiva.

—Te he preguntado qué estás insinuando.

Suspiró como si yo fuera una niña pesada.

—Solo me parece curioso cómo aparecen ciertas oportunidades para determinadas personas cuando a una empresa le interesa parecer moderna.

No era una palabra.

No era un insulto abierto.

Era peor, porque me sabía de memoria todas las piezas de esa lógica.

Has entrado porque eres negra.

Has llamado la atención porque eres guapa.

Te quedas porque te acuestas con el hombre adecuado.

Tu mérito, si existe, es accesorio.

Ya había oído otras versiones de lo mismo.

En el colegio, cuando quedé la primera y la madre de otro alumno preguntó si el centro estaba «cambiando sus criterios».

En la universidad, cuando un compañero quiso saber si me habían dado la beca por mi «perfil social».

En una entrevista de prácticas, años atrás, cuando el hombre sentado al otro lado de la mesa elogió mi pelo «exótico» antes de hacerme una sola pregunta sobre mis notas.

La diferencia era que siempre había imaginado que, cuando volviera a pasar, tendría la respuesta perfecta.

Tenía docenas.

Todas guardadas.

Todas ensayadas.

No me salió ninguna.

Fernando me observó un momento en silencio y pareció satisfecho con el efecto.

—Eres inteligente, Maria Rosa. Sería una pena que confundieras el acceso fácil con el reconocimiento profesional.

Fue entonces cuando lo entendí.

No como una sospecha.

No como una incomodidad.

Como una certeza.

Su problema conmigo no había empezado cuando respondí en una reunión.

No había empezado cuando Gustavo se fijó en mí.

No había empezado porque yo fuera insolente, joven o nueva.

Esas cosas solo le habían dado justificaciones convenientes.

La posibilidad que cargaba desde el primer día —porque las mujeres negras aprenden pronto a guardarla en un estante interior, aun con la esperanza de no tener que bajarla nunca— estaba ahí, delante de mí.

Fernando no consideraba que aquel fuera mi sitio.

Y, para él, mi color de piel formaba parte de las pruebas.

Seguía sin marcharse.

Tal vez porque los hombres como Fernando confundían el silencio con una invitación. Tal vez porque había esperado demasiado para decir todo aquello y ahora disfrutaba de su propia audacia.

—Los otros becarios también tienen mucho que aprender —continuó, mientras jugueteaba distraídamente con una de las hojas—.

Pero cuando Felipe habla demasiado, nadie va a pensar que consiguió el puesto por su aspecto.

Cuando Caio se equivoca, nadie va a convertirlo en un debate sobre los criterios de selección. ¿Entiendes la diferencia?

Apreté la mandíbula.

La entendía.

Solo que no como él quería.

—Así que sabes que existe una carga diferente —conseguí decir.

Era la primera frase que lograba pronunciar en varios minutos y mi voz me sonó extraña. Demasiado tranquila.

Fernando sonrió como si por fin hubiera captado la lección.

—Exacto. Por eso tienes que andarte con más cuidado.

La perversidad de aquello casi volvió a dejarme sin aire.