En manos del CEO (En tus manos nº 2) SUIT & TIE
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SUIT & TIE

MARIA ROSA

A las nueve de la mañana del lunes ya había aprendido dos cosas importantes.

La primera: un juzgado no convierte a un abogado guapo en un hombre feo.

La segunda: un traje oscuro, un maletín de piel y la expresión de quien se dispone a desmontar con educación el argumento de la parte contraria deberían clasificarse como instrumentos de tortura sexual.

Estaba en la sala de reuniones de la decimocuarta planta, intentando comportarme como una futura profesional del derecho, mientras Gustavo, al otro lado de la mesa, revisaba una serie de documentos con la corbata perfectamente alineada y la concentración de un hombre que no tenía ni idea del daño que le hacía a la sociedad.

O quizá sí la tenía.

Tratándose de él, era más probable.

—Maria Rosa.

Levanté la cabeza tan deprisa que casi confesé delitos que aún no había cometido.

Leonardo estaba de pie junto a la pantalla, con un expediente abierto en la mano.

Helena Villarim estaba sentada a su izquierda, impecable con un traje azul marino y con el porte de una mujer que dirigía suficientes operaciones industriales como para no dejarse impresionar por una sala llena de abogados.

Felipe estaba sentado a mi lado, con el portátil ya abierto.

—Estoy escuchando.

—¿Ah, sí?

—Con excelencia.

Gustavo ni siquiera levantó la vista.

—Mentira.

—Nadie te ha preguntado.

—Estoy colaborando en la averiguación de los hechos.

Felipe ahogó una risa. Leonardo nos miró a los dos y, con la sabiduría de un hombre que llevaba décadas conviviendo con Antonella, supo elegir sus batallas.

—Como decía, hoy no es día para heroicidades. Es una audiencia de conciliación. La idea es comprobar si existe algún margen real de acuerdo y, si no lo hay, salir de aquí sabiendo mejor hasta dónde está dispuesta a llegar la otra parte.

Nos señaló a Felipe y a mí.

—Vosotros dos os encargáis del apoyo documental. Cronología, contrato, notificaciones, albaranes de entrega, informes y mis notas. Si os pido algo, me lo pasáis rápido y sin interrumpir a nadie.

—Entendido —dijo Felipe.

Asentí.

Eso me lo tomé en serio.

A lo largo de la semana anterior había aprendido que el expediente de Borborema solo parecía sencillo a quien nunca lo había abierto.

Detrás de los ocho millones setecientos mil reales había entregas en fechas distintas, especificaciones técnicas, mensajes entre equipos, informes de inspección, registros de retenciones, notificaciones y papel suficiente para acabar con un árbol y que aún sobrara material para el funeral.

Leonardo continuó.

—Helena asiste como representante de Borborema. Conoce la operativa mejor que ninguno de nosotros, pero la representación legal la llevo yo. Gustavo interviene cuando hay que atar algún punto contractual o de negocio.

Helena cruzó una pierna sobre la otra.

—Y yo intento no llamar ladrón a nadie antes del café.

—Ese es el espíritu de la conciliación —comentó Gustavo.

Me cayó bien de inmediato.

Leonardo repasó la propuesta inicial de Arcosul, que insistía en el pago íntegro con ajustes e intentaba presentar las cantidades retenidas como un incumplimiento sin más.

Después volvió a exponer la postura de Borborema: retrasos reiterados, artículos fuera de especificación, la necesidad de reinspección y sustitución, además de las incoherencias documentales que aún estábamos ordenando.

Nada de «vamos a entrar ahí y a destrozarlos».

Ni discursos de abogado de serie de televisión en los que alguien señala al fondo de la sala y revela que el verdadero culpable era el primo del jardinero.

Era más aburrido que eso.

También era más interesante.

—El objetivo de hoy no es demostrar todo el caso —añadió Gustavo—. Es escuchar qué están dispuestos a ceder en cuanto tengan que poner cifras sobre la mesa.

Lo apunté.

—Y también a qué evitan ponerle cifra —dije.

Me miró.

—Exacto.

Una palabra.

Otra vez.

Maldito hombre de palabras contadas, con sus elogios de precisión quirúrgica.

Leonardo repartió los documentos. A mí me tocó un expediente físico más pequeño y una versión digital indexada en el portátil. Felipe se ocuparía sobre todo de los pagos y las comunicaciones comerciales; yo, de la cronología de entregas, las notificaciones y el material técnico de apoyo.

Pasé los quince minutos siguientes revisándolo todo como si mi vida dependiera del orden de las pestañas.

—¿Has numerado las pestañas? —preguntó Felipe.

—Numeradas, con código de colores, índice y referencias cruzadas.

Se quedó mirándome.

—Das miedo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Ahora sí lo es.

Gustavo pasó por detrás de nuestras sillas y se detuvo a mi lado.

—¿Y si pide la primera notificación formal de no conformidad?

Respondí sin bajar la vista.

—Pestaña cuatro, documento nueve, veintiséis de junio.

—¿Y la primera respuesta de Arcosul sobre el retraso?

—Pestaña dos, documento seis.

—¿Y la reclamación de los ocho millones setecientos mil reales?

—En el expediente financiero, pero la copia de referencia está en la pestaña siete porque remite a la resolución del contrato.

Silencio.

Levanté la vista.

Gustavo tenía esa irritante media sonrisa.

—¿Te lo has memorizado?

—Lo he leído.

—No es eso lo que he preguntado.

—Mi memoria es un servicio premium. No doy pruebas gratis.

—Qué pena.

—Sobrevivirás.

Eso le curvó la boca un poco más.

Me obligué a volver al portátil.

Trabajo.

Era trabajo.

Incluso con su colonia demasiado cerca y aquella voz haciéndole turismo a mi médula espinal.

A las nueve y veinte cerramos los expedientes.

Leonardo miró la hora.

—Vamos.

El equipo se levantó casi al unísono. Helena cogió el bolso, Felipe abrazó el portátil como si fuera un recién nacido carísimo y yo repasé mentalmente la lista: móvil, DNI, bolígrafo, acreditación, expediente digital y dignidad.

La dignidad era el elemento menos seguro.

Gustavo entró el último en el ascensor.

Sus ojos me recorrieron una vez.

Traje negro, blusa blanca, zapatos de tacón medio porque no era tan tonta como para recorrer los pasillos de un juzgado con agujas de quince centímetros, el pelo recogido en una coleta alta y el expediente apretado contra el pecho.

Su mirada se demoró un segundo más.

Sonreí.

Pequeña.

Profesional.

Casi.

Las puertas se cerraron.

Y nos dirigimos al Foro Affonso Campos.

Ya había estado antes en un juzgado por la universidad: visitas técnicas, actividades académicas y todas esas cosas tan bonitas que los profesores utilizan para decir que están preparando a los estudiantes para la vida real.

No era lo mismo.

Aquel día no estaba allí con treinta compañeros intentando no perder de vista al profesor por el pasillo.

Estaba con un equipo de verdad, en un caso real, con documentos que alguien podía llegar a pedirme de verdad.

Sobre el papel, la diferencia era pequeña.

En el estómago, era del tamaño de un tráiler.

El Foro Affonso Campos tenía un ajetreo que no se parecía en nada a la idea televisiva de una sala de vistas.

Gente esperando en los bancos, abogados consultando el móvil, las partes hablando en voz baja, puertas que se abrían y se cerraban, personal del juzgado cruzando los pasillos con carpetas, vasos de plástico con agua y una máquina de café que parecía haber renunciado a la vida en 2007.

Ningún jurado mirando con dramatismo.

Ningún mazo.

Nadie gritando «¡Protesto!» cada tres minutos.

Gracias a Dios, porque probablemente me habría echado a reír.

Pasamos el control de seguridad y llegamos a la planta asignada. Leonardo caminaba delante con Helena. Gustavo los seguía justo detrás. Felipe y yo cerrábamos la marcha con nuestras pequeñas aportaciones al capitalismo jurídico.

—¿Nerviosa? —preguntó Felipe en voz baja.

—No.

Me miró la mano.

No paraba de hacer clic con el bolígrafo.

Me detuve.

—Un movimiento involuntario.

—Por supuesto.

—¿Y tú?

—Un poco.

—Bien. Así no soy la única persona sensata de aquí.

Nos sentamos en el pasillo a esperar. Se celebraban otras vistas, había más gente esperando, conversaciones que se interrumpían cuando llamaban a alguien y un aire acondicionado que no se decidía entre conservar cadáveres o rendirse del todo.

Helena abrió una botella de agua.

—Odio esperar.

—Trabajas en operaciones —dije—. Imagino que esperar cuando no puedes arreglar nada tiene que ser una tortura.

Me lanzó una mirada evaluadora y luego sonrió.

—Exactamente.

Gustavo, sentado frente a nosotras, observó el intercambio.

—Cuidado. Adopta a la gente muy rápido.

—Mentira —dije.

Felipe tosió.

—A mí me adoptó el primer día.

—Te ofreciste voluntario.

—Yo solo me senté cerca.

—Consentimiento implícito a la amistad.

—Eso no existe legalmente.

—Para la amistad sí.

Leonardo levantó la vista del expediente.

—¿Podéis estar cinco minutos sin discutir por algún concepto?

—Yo sí puedo —dijo Felipe.

—Yo también. Él ha empezado.

—Por supuesto —murmuró Gustavo.

Le saqué la lengua.

Con discreción.

Porque era una profesional.

Esperamos algo más de veinte minutos. Durante ese tiempo comprobé dos veces el orden de los documentos, repasé mis notas e intenté no mirarle las manos a Gustavo mientras escribía.

Fracasé en la tercera tarea.

Aquel hombre tenía unas manos absurdas.

Grandes, alargadas, con las venas apenas marcadas en el dorso y sin alianza.

No es que me hubiera fijado.

Simplemente tenía una visión periférica extremadamente eficiente.

—Maria.

Casi di un respingo.

Leonardo señaló una hoja.

—La cronología resumida.

Se la entregué antes de que terminara de extender la mano.

—Gracias.

¿Veis?

Competencia.

La tenía.

Incluso mientras pensaba cosas indecentes.

Una cosa no excluía la otra.

Un funcionario del juzgado apareció en la puerta y llamó a las partes.

Todo el pasillo pareció cambiar de peso.

Helena cerró la botella.

Felipe se irguió.

Dejé de darle clic al bolígrafo.

Leonardo se puso en pie.

Gustavo también.

Y, por primera vez desde que habíamos llegado, nadie hizo una broma.

Entramos.

La sala era más pequeña de lo que mi cerebro, entrenado a base de películas, me había hecho esperar.