En manos del CEO (En tus manos nº 2) SIN AMOR
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SIN AMOR

MARIA ROSA

Me quedé mirando a Gustavo demasiado rato.

Al parecer, contento con dejarme sufrir sola con mi propia confusión, volvió a ordenar los documentos del caso Borborema como si no acabara de proponer sexo sin compromiso y de recibir un no por respuesta.

Eso me molestó.

No la parte en la que había respetado mi negativa. Esa parte estuvo genial. Un diez sobre diez. Con certificado de Hombre Criado Con Un Mínimo de Sentido Común y todo.

Lo que me molestaba era lo absolutamente bien que parecía estar.

Tranquilo.

Guapo.

Organizado.

Ni la más mínima señal de que el rechazo hubiera abierto siquiera una fisura en el enorme ego que, estaba segura, existía en algún lugar debajo de aquel traje.

—¿Eso es todo? —pregunté.

Gustavo alzó la vista.

—¿Todo qué?

—¿De verdad te has rendido?

—Acabamos de hablar de eso.

—Ya lo sé.

—Has dicho que no.

—Sé lo que he dicho.

—¿Y?

Crucé los brazos.

—No hace falta que me pongas tu cara de abogado.

—Soy abogado.

—Por desgracia, yo también estoy en camino de serlo. No funciona.

Se le curvó la boca.

—Maria Rosa, de verdad que no sé qué quieres que diga.

Yo tampoco. Esa era la parte humillante.

No quería que insistiera. Si insistía, me enfadaría. Si intentaba convertir mis prácticas en moneda de cambio, le cortaría la polla con unas tijeras de punta roma y luego alegaría legítima defensa emocional.

Pero una parte muy pequeña y muy ridícula de mí, situada probablemente cerca del clítoris, se había ofendido por lo fácil que le había resultado aceptar la respuesta.

Las mujeres somos criaturas complicadas.

Las mujeres cachondas somos un caso sin precedentes.

—Nada —murmuré—. Es que pensaba que estabas bastante interesado.

—Lo estoy.

—No lo parece.

Gustavo dejó el bolígrafo en el escritorio y me miró de verdad.

—¿Quieres que te demuestre que estoy interesado ignorando lo que acabas de decirme?

La pregunta le quitó de golpe toda la gracia a mi pequeña rabieta.

—No.

—Pues ahí lo tienes.

No lo dijo con dureza. No me corrigió como si fuera una niña. Se limitó a aplicar una lógica sencilla que me dejó sin argumentos, y odio quedarme sin argumentos.

Gustavo se recostó en la silla.

—Mi madre me enseñó desde muy pequeño que un no nunca es una invitación a una audiencia de conciliación.

Me reí sin poder evitarlo.

—¿Antonella?

—Todavía no la has conocido en persona, pero sí. Antonella. Me habría arrancado las orejas si hubiera crecido pensando que insistir convierte una negativa en consentimiento.

—A juzgar por los mensajes sobre tus huevos, me lo creo.

Se rio.

—Mi padre añadió otra lección.

—Me da miedo preguntar.

—Paciencia.

Lo miré con desconfianza.

—Explícate antes de que eso empiece a sonar a amenaza.

—No lo es —respondió de inmediato—. Has dicho que no. Y punto. No voy a desgastar tu respuesta a base de insistir. Solo creo que tú me deseas, que yo te deseo y que algún día podrías cambiar de decisión porque tú decidas cambiarla. Y si no cambia, pues también se acaba ahí.

Era tan razonable que me dieron ganas de lanzarle algo.

—Creído.

—Muchísimo.

—Crees que voy a cambiar de opinión.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque me estás mirando como si quisieras desnudarme con la fuerza de la mente.

Aparté la mirada.

—Calumnias.

—Tu cara es extremadamente expresiva.

—Mi cara es inocente.

—Tu cara acaba de mirarme los pantalones.

—Estaba analizando el corte del traje.

—Claro.

—Soy una mujer con interés en la moda.

—Y en la anatomía.

—Eso también.

Sonrió despacio, pero no se movió ni un centímetro hacia mí.

Y eso era lo que lo empeoraba todo.

Esa seguridad que no invadía.

Parecía sentirse perfectamente cómodo deseándome e igual de cómodo con no conseguir nada de mí.

Cabrón evolucionado.

—Morirás esperando —anuncié.

—Es posible.

—Envejecerás, te llenarás de arrugas, te volverás impotente y acabarás solo.

—Qué dramática.

—A los ochenta pasaré a tu lado por el pasillo, jubilada, todavía guapísima, y tú me mirarás con arrepentimiento.

—¿A los ochenta?

—Tengo buena piel.

—No lo dudo.

—Y yo diré: «¿Recuerdas cuando pensabas que cambiaría de opinión?».

—¿Y qué diré yo?

—Nada. Estarás muerto.

Gustavo rompió a reír.

Aquello me satisfizo más de lo debido.

Me levanté del sillón antes de que mi cuerpo decidiera que aquella conversación contaba como preliminares y cogí el expediente que él había dejado a un lado.

—¿Dónde vamos a revisar esto?

—En la sala de reuniones pequeña, al final del pasillo. Se nos unen Rafael y Fernando.

El nombre de Fernando me recordó al hombre que me había mirado hacía un rato como si hubiera metido barro en el edificio.

—¿Fernando es el señor Simpatía de recepción?

—Esa descripción no ayuda mucho.

—Traje gris. Cara de haber desayunado vinagre. Me miró como si le hubiera robado el perro.

A Gustavo se le borró parte del buen humor.

—Fernando Dantas Lacerda.

—Ese mismo.

—Es abogado sénior. Está en el equipo del caso.

—Estupendo.

Recogí el bloc de notas, el bolígrafo y el expediente.

Gustavo hizo lo mismo.

—Para que quede claro —dije al llegar a la puerta—, que yo te desee no me obliga a hacer nada al respecto.

Él mantuvo la puerta abierta.

—De acuerdo.

—Ni siquiera si estoy excitada.

—De acuerdo.

—Ni siquiera si te digo que quiero follar contigo y luego cambio de opinión.

—De acuerdo.

—Ni siquiera si aparezco desnuda en tu piso, me tumbo en tu cama y digo que no en el último segundo.

Alzó una ceja.

—Ese escenario se ha vuelto muy concreto.

—Responde.

—Sigue siendo que no.

—Bien.

Pasé junto a él.

—Y vale en los dos sentidos.

Gustavo se detuvo.

Miré hacia atrás por encima del hombro.

—¿Qué?

—Si cambias de opinión, da igual dónde estemos o lo que esté haciendo yo. Lo dices y paro. No estoy loca.

Se le puso la cara seria durante medio segundo.

Luego se le suavizó.

—Es bueno saberlo.

—No te emociones. Tengo principios.

—Ya me lo habías dicho.

—Y autocontrol.

—Eso todavía no lo has demostrado.

Me giré sobre los talones.

—¿En serio?

—En serio.

—¿Quieres apostar?

Cerró la puerta de su despacho.

—No suelo apostar contra las pruebas.

—Entonces vas a perder dinero y dignidad.

—Mi dignidad está a salvo.

Bajé la mirada deliberadamente hasta sus pantalones.

Despacio.

Sin el menor pudor.

Cuando volví a mirarle la cara, tenía la mandíbula más tensa.

Sonreí.

—Ya lo veremos.

La sala de reuniones pequeña estaba a solo unos metros. Gustavo caminó a mi lado sin tocarme y, aun así, yo sentía el calor de su presencia. Quizá era imaginación. Quizá era la libido. Quizá me habían maldecido en una vida anterior.

Entramos primero.

Gustavo abrió el portátil y yo me senté con el expediente delante. Las bromas se quedaron fuera casi de inmediato. Abrió una hoja de cálculo, comprobó las fechas y empezó a enseñarme cómo el equipo había repartido la documentación.

Lo seguí sin problema: apunté lo que era nuevo y marqué lo que quería volver a leer.

Antes de que entrara Fernando, Gustavo me enseñó también dónde se guardaban las versiones digitales de los expedientes y me explicó que solo tendría acceso a lo que necesitara para mis tareas.

Nada de contraseñas compartidas, nada de enviar archivos al correo personal y nada de llevarse documentos a casa sin autorización.

—Entendí lo de la confidencialidad a la primera —dije.

—Bien.

—¿Se lo repites todo a todo el mundo?

—Con la gente que empieza el día tirando la comida en recepción, prefiero asegurarme.

Hice una mueca.

—Ha sido un accidente.

—Lo sé.

—Y en el recipiente de la comida no había ningún documento confidencial.

—Eso también lo sé.

—Que conste.

—Consta.

Unos minutos después, la puerta se abrió.

Reconocí al primer hombre de recepción: Rafael Ribeiro, el socio sénior que me había hablado sin tratarme como si me hubiera colado allí por error. Me saludó por mi nombre, me preguntó si estaba sobreviviendo a mi primer día y se sentó a la izquierda de Gustavo.

Fernando entró justo detrás.

Ni siquiera fingió ser amable.

Me miró.

Luego miró la silla.

Después, a los hombres.

Como si yo fuera una mochila que alguien hubiera dejado en el asiento.

—¿Empezamos? —preguntó.

Respiré por la nariz.

Primer día, Maria Rosa.

Primer día.

Podía odiarlo en silencio.

Por ahora.

Gustavo abrió la reunión con una breve actualización. Rafael mencionó una respuesta que había llegado de Arcosul aquella mañana. Fernando interrumpió dos veces, siempre mirando a Gustavo o a Rafael, y en ningún momento pareció contemplar la posibilidad de que yo estuviera siguiendo cada palabra.

—La retención sigue siendo nuestro punto débil —dijo Fernando—. Si no atamos la cronología con mucho cuidado, seguirán insistiendo en el incumplimiento de Borborema.

Rafael pasó una página.

—La secuencia de notificaciones ayuda.

—Si está completa.

Ya tenía la mano sobre el expediente.

—La del veintiséis…

—Gustavo, ¿has confirmado con el cliente si tenemos todas las comunicaciones de junio? —Fernando habló justo por encima de mí.

Cerré la boca.

Despacio.

Gustavo no respondió de inmediato.

Miró a Fernando.

Luego a mí.

—Maria Rosa estaba hablando.

Fernando se me quedó mirando como si acabaran de informarle de que los muebles tenían voz.

—Adelante.

Qué generoso.

—La notificación del veintiséis de junio remite a dos comunicaciones anteriores como anexos, pero en este expediente solo he visto una. Si la otra no está entre los documentos, hay un agujero en la cronología.

Rafael extendió la mano.

Le pasé la página.

La comprobó.

—Buen ojo.

Fernando no dijo nada.

Se limitó a seguir mirando los documentos.

Tomé nota mentalmente: viejo gilipollas, categoría provisional.

La reunión continuó.

Y fue entonces cuando mi cerebro hizo lo de siempre.

Almacenar cosas.

No porque fueran importantes. No porque supiera que me iban a servir. Solo porque estaban ahí.

Fechas.

Números.

Nombres de archivos.

Una entrega el doce de junio.

Otra el tres de julio.

Un certificado técnico con tablas impresas en una letra demasiado pequeña para quien tuviera en algo sus retinas.

Deslicé el dedo por la línea correspondiente al lote.

BE-4472.

Lo leí una vez.

Luego pasé la página.

No sonaron campanas.

No empezó ninguna música dramática.

Solo era un número entre muchos.

Pero se quedó.

Casi todo se quedaba.

Fernando pidió otra carpeta sin mirarme.

—La azul.

Había tres azules.

—¿Cuál? —pregunté.

Suspiró.

—La de los certificados.

Cogí la correcta y se la entregué.

—Gracias.

Su tono decía lo contrario.

Volví a sentarme.

Gustavo me lanzó una mirada rápida, probablemente para calibrar si estaba a punto de estallar. No estallé.

Era impulsiva, no estúpida.

Sabía distinguir entre tragarme la irritación durante una hora y aceptar que me minimizaran para siempre.

Rafael hizo una pregunta sobre los informes de inspección. Respondí cuando Gustavo me pidió que localizara un pasaje. Fernando se dedicó a volver a explicar exactamente el punto que yo acababa de señalar, solo que esta vez dirigiéndose a los dos hombres.

Conté hasta cinco.

Luego hasta diez.

Después imaginé su cabeza dentro de una prensa industrial y me sentí más tranquila.

La terapia es cara.

La imaginación es gratis.

Cuando por fin terminó la reunión, Rafael recogió el portátil y se despidió de mí como una persona normal.

Fernando cerró su carpeta.

—Al ser tu primer día, no te preocupes si no sigues todo —dijo, todavía de pie—. Este tipo de casos requiere experiencia.

Sonreí.

Con dulzura.

Mis hoyuelos son un arma oculta excelente.

—Intentaré sobrevivir.

Asintió como si le hubiera dado las gracias por un consejo valiosísimo y se marchó.

Esperé a que se cerrara la puerta.

Dos segundos.

Tres.

—No me cae bien.

Gustavo apoyó las manos en la mesa.

—Ya lo he notado.

—He sido sutil.

—Casi le has prendido fuego a la nuca con la mirada.

—He dicho sutil, no santa.

Se rio.

—Fernando es... difícil.

—¿«Difícil» es como dice Recursos Humanos «insoportable»?

—A veces.

Empecé a recoger mis papeles.

—Está bien. No hace falta que yo le caiga bien.

—Y a ti no hace falta que te caiga bien él.

—Perfecto. Relación profesional. Me encantan las relaciones profesionales.

Gustavo me miró un segundo más de la cuenta.

—¿Todas?

Lo miré.

Cabrón con pintas.

—Sobre todo la nuestra.

—Creía que éramos amigos.

—Estamos a prueba.

—¿Hasta cuándo?

—Indefinidamente.

—Qué cruel.

—Paciente, ¿recuerdas?

Sonrió.

Hijo de puta.

Salimos de la sala de reuniones y volvimos a su despacho para dejar los documentos.

Estaba cansada de una manera que no tenía nada que ver con las horas que había trabajado.

Primer día, información nueva, gente nueva, el cerebro funcionando sin parar y mi libido intentando sabotear el departamento entero.

Cogí el bolso.

Gustavo se fijó en el llavero de mi Parati, un viejo trozo de metal en el que Miguel había grabado la palabra SUPERVIVIENTE hacía años.

—¿Superviviente?

—Mi coche.

—¿Tu coche se llama Superviviente?

—Un Parati que mi padre se niega a dejar morir. Sobrevive a base de cariño, piezas recicladas y amenazas.

—Parece de fiar.

—No digas eso delante de él. Le das esperanzas.

Gustavo se rio.

Debería haberme ido.

En vez de eso, volví a mirarle la boca.

Se dio cuenta.

Cómo no.

—Buenas noches, Maria Rosa.

—Buenas noches, Gustavo.

—Hasta mañana.

—Por desgracia.

—Puedes pedir un traslado.

—¿Y darte la satisfacción de creer que me has ganado el primer día?

—¿Ganarte en qué?

Me colgué el bolso del hombro.

—Aún no lo he decidido.

Salí por la puerta antes de que pudiera contestar.

Sola en el ascensor, apoyé la cabeza contra la pared fría y cerré los ojos.

Estaba agotada.

Había aprendido más en una tarde de lo que esperaba, ya odiaba a un abogado sénior, me había memorizado medio expediente que pesaba casi tanto como yo y, para colmo, me moría por follarme a mi supervisor informal hasta quedarme sin capacidad de articular una frase completa.

Pero no iba a hacerlo.

Todavía no.

Quizá nunca.

A mi orgullo le gustaba esa versión.

Mi coño presentó un recurso de reconsideración.

Cuando el ascensor se abrió en la planta baja, tomé una decisión perfectamente madura: si Gustavo creía que iba a cambiar de opinión por iniciativa propia, podía esperar sentado.

No le iba a dar al cabrón la satisfacción de tener razón.

La guerra quedaba oficialmente declarada.

De un lado, mi libido.

Del otro, mi orgullo.

Que Dios se apiadara de la que perdiera primero.