AMIGOS #2
Y me sonrió como si ya compartiéramos una opinión sobre su hijo.
—Me cae bien —dijo.
—¿Cuánto hace que os conocéis?
—El suficiente.
—Papá.
—Hijo.
Me mordí el labio para no echarme a reír.
Gustavo me miró a mí y luego a Leonardo, quizá intentando precisar en qué momento de aquella tarde la familia me había adoptado de manera informal, y Leonardo acabó de entrar en el despacho.
—Tu madre ha llamado.
La expresión de Gustavo se transformó en una variedad muy concreta de paciencia agotada.
—Tiene mi número.
—Eso también se lo he dicho.
—¿Y?
Leonardo levantó el móvil.
—Y me ha informado de que mi papel, como el hombre que lleva décadas compartiendo su vida con ella, consiste en transmitir el mensaje fielmente, sin editarlo por cobardía.
Yo ya estaba sonriendo.
—Quiero oír el mensaje —dije.
Gustavo me señaló.
—Nadie te ha preguntado.
—Ahora quiero oírlo todavía más.
Leonardo se aclaró la garganta con solemne ceremonia.
—Cito: «Dile a tu hijo que quiero su culo en casa para cenar esta noche. Si se inventa una reunión, un cliente, un plazo, un incendio, el colapso del sistema financiero o cualquier otra excusa de abogado, iré personalmente al bufete a buscarlo. Y dile que se proteja las pelotas». Fin de la cita.
Perdí la batalla.
Me eché a reír a carcajadas.
Gustavo se pasó una mano por la cara.
—¿Ha dicho exactamente eso?
—He suavizado dos partes.
—Dios mío.
—Yo también te quiero —dijo Leonardo.
—Dile que iré.
—¿Eso es un sí?
—Es un «haré todo lo posible».
Leonardo empezó a teclear.
—Voy a enviarle «sí». Tengo un interés personal en conservar mis pelotas intactas.
Gustavo soltó una risa grave.
Fue entonces cuando el parecido entre ellos se volvió imposible de ignorar. No eran copias el uno del otro, pero la forma de la boca, la estructura de la cara y, sobre todo, la manera en que sonreían delataban la paternidad.
También delataban el cariño: las bromas de siempre, la confianza suficiente para poder ser pesados, una intimidad que no necesitaba demostrarse.
Peligroso. Que un hombre guapo tuviera una familia funcional era hacer trampa.
Leonardo guardó el móvil.
—Bueno. ¿Qué tal va tu primer día?
La pregunta iba dirigida a mí.
—De momento no me han despedido, no he vuelto a tirar comida al suelo y he descubierto que vuestra empresa tiene unas sillas excelentes. Lo considero un éxito.
Frunció el ceño.
—¿«No he vuelto a tirar comida»?
—Una larga historia.
—Yo presencié la mitad —dijo Gustavo.
—No ayudes.
Leonardo lo miró.
—Es graciosa.
—Ya me he dado cuenta.
No sé por qué aquella respuesta me afectó como me afectó. Quizá porque no la había dicho mirando a su padre.
La había dicho mirándome a mí.
Con interés.
No solo del tipo de interés que empapa la ropa interior.
Había algo más.
Demasiado pequeño para ponerle nombre, lo bastante grande para que yo lo notara.
Lo ignoré con una profesionalidad ejemplar.
Es decir, lo metí en un cajón mental y me senté encima.
Leonardo se despidió, me deseó suerte para sobrevivir al resto de mi primer día y se marchó, y con él se fue aquella breve sensación de normalidad.
Cuando la puerta se cerró, Gustavo apoyó los codos en el escritorio.
—Tú y mi padre parecéis amigos.
—Somos amigos.
—Os habéis conocido hoy.
—¿Y?
—¿Y ya sois amigos?
—Renata y yo también nos hemos conocido hoy, y somos amigas.
—¿Repartes amistad en el vestíbulo?
—Solo a quienes superan mi proceso de selección.
—¿Muy riguroso?
—Brutal. Tu padre lo ha superado por unanimidad.
—¿Y yo?
La pregunta llegó acompañada de una sonrisa lenta.
Debería haber reconocido la trampa y haber salido corriendo.
En mi defensa, la trampa medía casi dos metros, tenía los ojos azules y una boca obscena.
—¿Tú qué?
—¿Puedo ser tu amigo?
Ladeé la cabeza.
—No lo sé. Tu historial es preocupante.
—¿Qué historial?
—Eres el hijo de mi amigo y, lo que es más importante, mi superior aquí.
—Técnicamente, Lígia te evalúa a ti.
—No me vengas con tecnicismos. Eres el CEO de la empresa, el abogado responsable de parte del trabajo que voy a hacer, el hijo de los dos socios fundadores y, a menos que me haya perdido una parte muy importante de la presentación, posees el diez por ciento del bufete.
Su sonrisa se desvaneció ligeramente.
No desapareció.
Se puso alerta otra vez.
—Correcto.
—Así que sí, técnicamente no decides mi nota. Pero, en la práctica, ocupas una posición superior en la jerarquía y yo no me chupo el dedo.
—No he dicho eso.
—Bien. Ya tengo previstas las facturas que te voy a pasar.
Se recostó en la silla y me estudió con una calma que, en aquel hombre, resultaba peor que cualquier frase para ligar.
—¿Siempre discutes así cuando alguien te pregunta si puede ser tu amigo?
—Solo cuando el amigo en cuestión deja muy claro que quiere verme desnuda.
Silencio.
Ahí estaba.
Lo había dicho.
La sutileza murió y la enterraron sin funeral.
Los ojos de Gustavo bajaron hasta mi boca.
—¿Tan claro?
—Clarísimo.
—Interesante.
—No te hagas el tonto. En recepción me mirabas como si quisieras desarmarme.
—Tú me mirabas como si ya supieras por dónde empezarías.
—Lo sé.
Bajó la voz.
—No lo dudo.
Mi ropa interior presentó una solicitud formal de dimisión.
Apreté las piernas al cruzarlas, y él se dio cuenta. Cómo no. Aquel cabrón parecía tener un radar especializado para todo lo que me dejaba sin dignidad.
—Entonces estamos de acuerdo —dije.
—¿Sobre la atracción?
—Sobre que quieres follar conmigo y yo estoy dispuesta a dejarte. Podemos comportarnos como adultos.
Levantó una ceja.
—Me gusta tu objetividad.
—Me dedico al Derecho.
—Eso explica muchísimo y absolutamente nada.
—Tú también me gustas.
—¿Como amigo?
—No lo estropees.
Se rio, se pasó el pulgar por los labios y me asaltó una imagen tan concreta de aquel dedo en lugares inapropiados que tuve que mirar el expediente para recordar mi propio número de identificación fiscal.
—De acuerdo —dijo—. Entonces yo también voy a hacerte una pregunta objetiva.
—Pregunta.
—¿Estás soltera?
—Sí.
—Yo también.
—Enhorabuena.
—Te atraigo.
—Por desgracia.
—Me atraes.
—Es evidente.
—Somos dos adultos.
—Que yo sepa.
—Y la evaluación formal, como acabas de recordarme, no pasa por mí.
Entrecerré los ojos.
—Gustavo.
—Una pregunta, Maria Rosa. Solo una pregunta.
—Hazla antes de que empiece a cobrarte.
Sonrió.
—¿Por qué no iban a acostarse dos adultos solteros que se desean y que parecen extremadamente compatibles?
Mi cerebro redactó una demanda entera en tres segundos.
El cargo.
La empresa.
El hijo de los dueños.
El primer día.
La reputación.
Las prácticas.
La carrera.
Y el hecho básico y desagradable de que, si las cosas salían mal, nadie miraría al CEO para decir que había tirado su futuro por la borda por una becaria que estaba buena. Me mirarían a mí.
Ya podía oír la frase.
«Entró y fue directa a por el hijo de los dueños».
Mi libido no era tan estúpida como para borrar aquello.
Casi.
—El poder, para empezar —dije.
Su sonrisa desapareció.
No por irritación.
Por atención.
—Continúa.
—Eres el CEO. Yo soy becaria. Puede que no evalúes formalmente mi trabajo, pero eso no cambia la estructura.
Tú tienes dinero, un apellido, un cargo y una familia que posee el noventa por ciento de este sitio.
Yo tengo una tarjeta identificativa que me han dado hoy y un currículum que todavía estoy construyendo.
Abrió la boca, pero levanté un dedo.
—Y antes de que digas que jamás usarías nada de eso en mi contra: te creo.
Aquello pareció pillarlo desprevenido.
—¿De verdad?
—Hasta ahora, sí. Pero no se trata solo de tus intenciones.
Se trata del riesgo. De las apariencias.
De las consecuencias. Si alguien se entera, ¿quién crees que pasa a ser «el hijo de los propietarios que se lio con una becaria» y quién «la becaria que se acostó con el hijo de los propietarios para ascender»?
Se le tensó la mandíbula.
—No voy a permitir que...
—No te estoy pidiendo que me protejas de los rumores. Digo que no quiero crear la situación. Me ha costado demasiado llegar hasta aquí. No voy a arriesgarlo por sexo.
Me detuve.
Le miré la boca.
Luego, los ojos.
—Aunque me muera de ganas de ese sexo.
Se le curvó una comisura de la boca.
—Eso ya había quedado claro.
—Bien.
—Entonces es un no.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Has dicho que no vas a acostarte conmigo.
—Lo he dicho.
—Entonces es un no.
Y volvió al expediente.
Sin más.
Sencillo.
Ningún «pero».
Ningún «ya cambiarás de opinión» en ese momento.
Nada de esa insistencia agotadora que convierte la negativa de una mujer en el primer asalto de una negociación.
Simplemente lo aceptó.
Me quedé mirándolo.
Gustavo pasó una página como si la conversación se hubiera terminado, porque, para él, se había terminado de verdad.
—¿Todo bien? —preguntó, sin dejar de leer.
—¿Te has rendido?
Alzó la vista.
—¿Querías que insistiera?
—No.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Yo tampoco.
Ese era el problema.
A los hombres insistentes sabía plantarles cara. A los ofendidos, ridiculizarlos. ¿Un hombre que intentara usar su cargo o su apellido? Lo aplastaría con el tacón y un buen montón de jurisprudencia.
Pero el muy cabrón me respetaba.
Sin teatro.
Sin medallitas.
Sin exigir un aplauso por hacer lo mínimo.
Y, para mi absoluto fastidio, eso me intrigaba muchísimo más de lo que cualquier insistencia habría logrado jamás.