Capítulo 17
D espués de que casi todos los invitados cogieran a los niños y los enviaran arriba a dormir, la celebración continuó hasta bien entrada la noche.
Incluso la señora Iona parecía haber olvidado el estricto control que se había impuesto y bebió más vino del que Duncan jamás hubiera imaginado que podía beber.
Si fuera menos hombre, alguien que solo tuviera en cuenta sus propios intereses, se habría llevado a esa hermosa mujer arriba y la habría desvestido, la habría acostado en esa cama digna de una reina en su habitación, y la habría amado hasta que ella gritara su nombre, hasta que no pudiera caminar, hasta que no pudiera imaginar vivir sin despertarse junto a él cada mañana.
Mierda. Quería a Iona MacBride. En la cama.
En su corazón. En la vida. Pero la chica no le pertenecía.
Según su padre, pertenecía a Callum MacNair, un hombre al que más le valdría estar muerto.
Un hombre que merecía sentir el golpe fatal de la espada de Duncan por haber matado a sus anteriores esposas.
Y Duncan, sin importarle las consecuencias, se aseguraría de que Iona nunca se casara con ese bastardo.
Nunca, repitió mil veces en su cabeza mientras veía a Iona terminar de bailar con uno de los soldados de Alex.
Había tenido mucho éxito esta noche. La suave luz de las velas, la excelente comida y bebida, la música melódica capaz de domar a la criatura más salvaje…
ese tipo de magia fae le hacía cosas a la mente de un hombre.
Y cualquiera de esos viriles guerreros MacAllister moriría por pasar una noche con Iona.
Duncan se bebió de un trago el resto de su cerveza. Había tenido un cuidado inusual con la cantidad que había bebido. No podía permitirse perder de nuevo su agudeza mental, no con el futuro de Iona en juego. No con su cordura ya en entredicho.
—¿Qué pasa? —preguntó Isla, acercándose y dándole una palmadita en la mano—. Gracias por volver a tiempo.
—No es nada —respondió él—. John y Rebecca son unos niños encantadores, Isla. Has salvado a nuestro clan.
Le besó en la mejilla.
—Te conozco bien, Duncan MacAllister. Algo no va bien. Y, a menos que me lo digas, te perseguiré día y noche hasta que me digas la verdad.
Que Dios le ayudara, ahora tenía dos mujeres que le complicaban la vida.
—Me fui de aquí con la intención de no volver hasta que Iona MacBride se hubiera ido.
Curiosamente, Isla no pareció sorprendida.
—¿Qué te hizo cambiar de opinión? Y no uses a mis hijos como excusa.
Duncan se recostó en la silla, reacio a decir exactamente lo que sentía. Pero Isla no era una doncella, y lo entendería.
—No he sido ningún santo, Isla.
Su confesión la hizo sonreír.
—ningún MacAllister lo es.
—Amo a las mujeres.
—Sí.
—Y ellas me aman.
—Eres arrogante, Duncan.
—Quizá un poquito —admitió—. Intenté acostarme con una de mis criadas después de volver a casa.
—¿Qué quieres decir con intenté?
¿Por qué, en nombre de todo lo sagrado, tenía que hacer esa pregunta? ¿No podía deducirlo sin más explicaciones? Se inclinó hacia su prima política.
—La besé, pero no me gustó.
—¿No?
—¿Te estás burlando de mí, Isla?
—No. Solo estoy orgullosa de ti.
Las mujeres nunca dejaban de confundirlo. ¿Aprobaba el hecho de que hubiera besado a otra muchacha? ¿Cómo podía ser eso, cuando Duncan estaba seguro de que Iona le había confiado a Isla lo de su intimidad en el lago?
—Tienes que hablar con Iona, no conmigo. Pero te lo advierto, Duncan, como sé que lo ha hecho mi marido. Es una muchacha frágil, insegura de sí misma y del futuro. No la lleves por un camino equivocado. Dile la verdad.
Duncan podía cumplir esa promesa.
—Lo haré.
Iona confiaba en Keith MacAllister para que la llevara sana y salva de vuelta a la mesa principal.
No recordaba una ocasión más alegre que la de esta noche, en la que realmente sentía que formaba parte de algo real, y no solo un adorno para ayudar a su padre a conseguir lo que quería.
Aquellos preciosos bebés le daban esperanza para su propio futuro.
Y quería olvidarse de la verdad por un rato.
Una vez de vuelta en la mesa principal, sentada entre Isla y Duncan, se rió como una niña pequeña.
—¿Y qué líos has estado armando, Iona? —preguntó Isla en tono juguetón.
—¿Yo?
Se llevó la mano al pecho.
—Ninguno que yo sepa.
Duncan permaneció en silencio mientras la miraba y daba un sorbo a su cerveza.
—Es muy agradable hablar con Keith MacAllister —continuó Iona—. Y también con Magnus y Ross…
Duncan dejó su jarra sobre la mesa con cierta fuerza.
—Parece que no me dejas otra opción, Iona MacBride.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella con inocencia.
Duncan se puso de pie y le tendió la mano.
—Si no bailo contigo, lo único que recordarás de esta noche será a todos ellos.
Nada más lejos de la realidad. Las mujeres le habían advertido de que Duncan no bailaba.
Y, como quería pasarlo bien, decidió bailar hasta que ya no pudiera mantenerse en pie.
Lamentablemente, en ese momento no eran sus pies los que le fallaban, sino su cabeza.
Se dio cuenta de que había bebido demasiado vino.
—Duncan. Si me haces girar demasiado rápido, me temo que me caeré.
Él se rió.
—¿Sí? Bueno, quizá un poco de aire fresco nos vendría bien.
Con la esperanza de que ella lo acompañara, Duncan se encontró con la mirada vigilante de Grisel. La doncella siempre parecía estar a menos de un paso detrás de Lady Iona, probablemente haciendo exactamente lo que Alex le había ordenado.
—¿Un paseo? ¿En la nieve?
—Te encanta el frío.
—Sí —confirmó ella.
—Duncan —intervino Isla—, quizá Lady Iona debería subir a las habitaciones.
—No.
Iona cogió un trozo de pan y le dio un buen mordisco.
—No te preocupes por mí, Isla. Duncan no dejará que nadie me haga daño, ¿verdad?
Su familiar sonrisa burlona volvió a aparecer.
—Ten por seguro que la única amenaza para ti en esta fortaleza soy yo.
Ahora Iona sabía que no estaba pensando con claridad, pues sus palabras la emocionaban de una forma peligrosa, de una forma prohibida.
Quería otro beso. Quería recorrer con las yemas de los dedos los contornos de su cuerpo fuerte, inhalar su aroma masculino, escuchar sus susurros entrecortados en su oído y sentir su excitación.
Cerró los ojos con fuerza, recordando lo que creía haber sentido en el lago cuando estaba sentada en el regazo de Duncan. Que Dios la perdonara.
—¿Muchacha? —preguntó Duncan, con un tono de preocupación en la voz—. ¿Te encuentras mal?
—No.
Abrió los ojos y se fijó en su rostro.
—Estaba recuerdando, nada más.
—Espero que sean agradables.
La piel se le erizó de deseo.
—Mucho.
—Entonces, ¿aceptas mi invitación para dar un paseo?
De repente se sintió sobria y consciente de lo que él le estaba pidiendo.
El paseo no le importaba. Él quería lo mismo que ella: encontrar otro momento fugaz para escapar juntos a un lugar privado.
Y Iona no permitiría que nadie le robara esa oportunidad.
Al fin y al cabo, podría ser su último encuentro.
—Sí.
Se puso de pie y miró a Isla.
—Gracias por dejarme formar parte de la vida de los niños, de tu vida.
—Ve —la animó Isla—. Aprovecha el tiempo que tienes, mientras todos están celebrando y no está Grisel.
Iona le besó las mejillas con el más profundo afecto y luego siguió a Duncan a través del salón abarrotado, en dirección a las puertas principales.