En los brazos de su enemigo (Guerreros de las Highlands 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

L a satisfacción se apoderó de Duncan como un haboob en el desierto.

Observó cómo la multitud se dispersaba, fijando la mirada en la encantadora lady Iona, deseando poder revelarse ante ella.

Había desobedecido una vez más a su señor y a su primo.

No es que fuera su intención al principio.

Tal y como Alex le había ordenado, abandonó la fortaleza de los MacAllister con sus dos guardias personales y Nadir, su mejor amigo y consejero, para cabalgar hacia el norte, a su hogar.

Ya borracho y con frío, decidió beber más cerveza de su odre.

Incapaz de mantenerse cómodamente a lomos de su caballo después de eso, ordenó a sus hombres que acamparan.

Antes de que el blanco sol invernal asomara por el horizonte, se despertó con un plan bien definido en la cabeza.

¿Por qué iba a tener nadie más el privilegio de azotar a ese hijo de puta de MacNair?

Duncan ansiaba continuar la paliza que solo había empezado a darle a Ewan la noche anterior.

Duncan conocía los riesgos de la insubordinación.

Era, ante todo, un soldado, educado para seguir las órdenes de sus superiores y de su señor.

Y, hasta ahora, nunca había traicionado esa confianza.

Pero el rostro de halcón de Ewan y su comportamiento obsceno lo atormentaban.

Había que hacer algo para poner en su sitio a ese fanfarrón demasiado seguro de sí mismo.

Nadir le rogó que lo reconsiderara. Duncan hizo caso omiso de la preocupación de su amigo e incluso eximió a sus guardias de acompañarle de vuelta a la fortaleza de los MacAllister.

Por supuesto, Nadir no se apartaría de su lado.

Una vez allí, no le costó mucho convencer al soldado encargado de azotar a Ewan para que dejara que Duncan ocupara su lugar en secreto.

Aunque Alex se había ganado la lealtad de todos los MacAllister, los soldados seguían confiando en Duncan y siguiéndole.

Había sido su líder durante tanto tiempo, especialmente mientras el laird John aún vivía, antes de que Alex regresara a las Highlands para recoger los pedazos del clan casi destrozado.

Si no hubiera sido por Duncan…

—¿Qué es lo que quieres? —gruñó Alex a sus espaldas.

—Mi señor.

Duncan se inclinó, con la esperanza de ocultar su identidad a los espectadores.

—¿Debo ordenarte que te quites la capucha del verdugo?

Duncan negó con la cabeza.

—¿Y romper una tradición centenaria? El verdugo no puede ser condenado, pues es la mano del laird, actuando bajo órdenes sagradas para llevar a los pecadores ante la justicia.

Alex se burló.

—Eres tan culpable como el pecador al que castigaste.

Duncan sonrió para sus adentros. En el fondo, quería que Alex supiera que era él, pero ninguno de los dos lo admitiría abiertamente.

—Lady Iona te reconoció. Y estoy seguro de que Ewan MacNair lo sabe.

Duncan se hinchó de orgullo mientras abría y cerraba las manos, imaginándolas envueltas alrededor del cuello de Ewan.

—¿Lo has disfrutado, milord?

—Quizá —admitió Alex—. Pero no me gusta que me ignoren. Que se desobedezcan mis órdenes.

—Ewan MacNair no tiene honor. Se merecía lo que recibió.

Ambos observaron cómo dos guardias arrastraban a Ewan fuera de la plataforma.

—Y tú has dado mal ejemplo a mis hombres, que confían en tu capacidad para mostrarles lo que significa ser un buen soldado. Se requiere una lealtad inquebrantable.

—Lo siento por eso.

—¿De verdad?

—No puedo explicarlo ahora mismo —respondió Duncan, sin perder de vista a Iona y a su doncella. Había algo en aquella dama que lo dejaba indefenso, que lo hacía incapaz de pensar en otra cosa que no fuera mantenerla a salvo y cerca de él.

—El laird MacNair es un hombre formidable.

—Sí.

—Saca al conde de MacBride de nuestra situación actual y piensa en qué derechos tiene el laird MacNair para defender su honor y el de la mujer con la que pretende casarse.

—Ella no firmó ese contrato de compromiso.

—No. Pero sopesa la ley frente a la tradición. ¿Qué hombre sale ganando?

—¡El que tenga la espada más grande!

Alex cruzó los brazos sobre el pecho, mirándolo como si no lo conociera.

—¿Y qué significa eso exactamente?

—Te dejo a ti descifrarlo. Y ahora, con tu permiso, deseo hablar con la dama, a solas.

Alex lo miró fijamente.

—Crecimos juntos —murmuró para que solo Duncan pudiera oírlo—. Eres el primogénito, como lo era John. Todo el mundo sabía que tú o John seguiríais los pasos de mi padre para liderar este clan. Yo nunca lo consideré una posibilidad. Nunca.

—Sí, lo sé.

—Incluso ahora, aquí de pie, contemplando todo aquello con lo que he sido bendecido —mi esposa e hijos, esta fortaleza, las tierras y toda esta gente querida, nuestros parientes… ¿Por qué yo? Te elegí a ti para que te convirtieras en laird, y la mitad del consejo estuvo de acuerdo.

Nadie quedaba en el escenario salvo Duncan y Alex, así que no temió responder con sinceridad.

—No soy el hombre indicado para liderar a los MacAllister. Mira en qué imbécil egoísta me he convertido. Desde mi regreso de Constantinopla, no he vuelto a ser el mismo. Desde que aquella bruja me dijo…

Algo duro y pesado golpeó a Duncan en el estómago y le costó tomar el siguiente aliento.

—¿Qué pasa?

Alex puso la mano sobre el hombro de su primo.

—Estás pálido.

—Dios —murmuró Duncan con voz tensa—. Me obligué a olvidar. No quiero creer en sus palabras proféticas, porque me parecía un pecado escuchar a una adivina.

—¿Qué bruja? —preguntó Alex—. ¿Acaso no tiene cada clan a una mujer así cerca?

—Solo si se arrodilla ante la cruz.

—Olvida a qué dios sirve. ¿Qué te dijo?

Duncan luchó por recordar. Lo había guardado bajo llave por una razón. No creía que fuera a encontrar jamás a la mujer adecuada, una que lo amara incondicionalmente, fielmente, apasionadamente…

—Me busqué una amante en Constantinopla…

Alex se encogió de hombros.

—Yo tuve seis.

Duncan le dio un empujón a su primo.

—Esto no es una competición de quién la tiene más larga.

Alex sonrió.

—Quería mostrarte mi apoyo y mi comprensión.

La amplia sonrisa de su primo le hizo esbozar una sonrisa a él también.

—Hana y yo nos separamos en buenos términos. Le di una casa y dinero suficiente para que nunca tuviera que compartir la cama de otro hombre fuera del matrimonio.

—La honraste como lo haría cualquier montañés. Estoy orgulloso de ti por eso. Los hombres del este suelen menospreciar la importancia de las mujeres fuera del dormitorio.

—Sí.

—Pero la bruja, ¿dónde la conociste?

—De camino al barco el día que me marchaba. Me dijo que Hana la había enviado como regalo de despedida.

—Entonces, ¿por qué te preocupa? ¿Previó tu muerte? ¿Te habló de cosas malas que están por venir?

—No.

Duncan casi podía oírla hablar.

—Me dijo que seré el padre de una nueva tierra, de un nuevo pueblo.

—¿Qué más te dijo?

—Que Hana me preparó para la mujer a la que estoy destinado a amar y proteger. Pero hay más… habló de ti.

Alex arqueó las cejas.

—¿Y me lo has ocultado durante dos años?

—No quería hablar de ello con nadie. Solo Nadir lo sabe.

—Ya es hora de que compartas este mensaje.

—Dijo que la mitad de Constantinopla te conocía, que algunos te echaban de menos y otros querían que tuvieras una muerte larga y dolorosa.

Que, una vez que alguien derrama sangre sobre la arena del desierto, ya sea la suya propia o la de otro, te conviertes en parte de la tierra. Nada puede cambiarlo.

Alex se llevó las manos a la espalda y empezó a dar vueltas.

—Isla ha curado muchas de mis viejas heridas y me ha ayudado a olvidar.

—¿Olvidar qué?

—Todo el sufrimiento y la muerte, la brutalidad que obliga a los hombres a matar indiscriminadamente en el desierto para seguir con vida.

—¿Te arrepientes?

—A veces me atormentan las pesadillas sobre los hombres a los que maté. Veo sus rostros y los oigo gritar. Dios me ha perdonado, pues el padre Michael me absolvió de mis pecados después de casarme con Isla.

—Pero tú no te has perdonado a ti mismo.

Alex pareció indeciso.

—No importa, puedo vivir con ello. Y lo que dijo la bruja sobre que el desierto nunca deja marchar a un hombre… tenemos una creencia similar en las Highlands. Todos estamos unidos por la sangre, la sangre de nuestras venas o la sangre que derramamos. ¿Puedes perdonarte a ti mismo, primo?

¿Por qué le haría Alex una pregunta así? Duncan solo había matado a cuatro hombres durante su estancia en el este, en combates justos para protegerse a sí mismo y a sus hombres.

—Mi sentido de la moral está claro. En todos los asuntos relacionados con el pasado y el presente.

—Entonces te envidio, más de lo que jamás llegarás a saber.

—Gracias.

—Ve —ordenó Alex, dándole permiso para buscar a lady Iona—. Habla con ella en voz baja. No llames la atención.

Mientras Duncan pasaba junto a las pocas personas que quedaban cerca de la plataforma, le ofrecían monedas y elogios por hacer justicia. Era tradición pagar al verdugo.

Duncan guardó las monedas en la bolsa que colgaba de su cinturón de armas mientras se acercaba a Iona.

—Puedes irte —ordenó a Grisel.

—No —protestó la doncella—. Se supone que…

—No me hagas repetirlo, Grisel.

La comprensión se dibujó en su rostro mientras hacía una reverencia torpe y se alejaba apresuradamente.

—Lady Iona —murmuró él, aún con la capucha negra puesta, disfrutando bastante del juego que estaba jugando.

Ella lo miró fijamente, especialmente a los ojos.

—Te reconozco, Dun…

—No digas mi nombre.

La hizo callar con un dedo sobre sus labios.

—Ven conmigo si deseas hablar en privado.