Capítulo 43
Llegamos a mi casa y no solo el médico, sino también Emir, mamá y Malu nos están esperando. En cuanto los ve, Ophelia se queda paralizada en el lugar.
Yo no oculto nada a mi familia. Les conté que ella y Gladys son hermanas de crianza y también qué fue lo que llevó a la futura madre de mi hijo a entrar en mi vida.
—¿Ellos lo saben? —susurra al entrar al apartamento, tal vez sin darse cuenta de que se ha aferrado al brazo de mi traje, como ya lo ha hecho tantas otras veces cuando se sentía intimidada en algún ambiente.
—Yo no le miento a mis familiares, Ophelia.
Su rostro frágil palidece y paso un brazo alrededor de su cintura. No me rechaza, lo que me deja ver lo nerviosa que está.
—Bienvenida de nuevo. Estoy feliz por la llegada de otro nieto, Ophelia.
A pesar de lo que dice, no hay calidez en la voz de mi madre. Zehra es sobreprotectora. Sé que no la tratará mal, pero tomará tiempo hasta que Ophelia vuelva a ganarse su confianza.
—Buenas noches —responde con educación la mujer que puso mi mundo de cabeza.
—Te extrañé. —Malu se adelanta, sin darle la menor importancia al ambiente tenso, y abraza a Ophelia.
—Yo también —responde ella, sorprendiéndome.
—Hola, señorita Corbyn. Soy el doctor Kaplan y voy a acompañar su embarazo, si no se opone. Yo fui quien trajo al mundo a nuestro querido Zoltan.
—Te va a encantar —susurra Malu.
—¿Puedo darme una ducha antes? —pregunta Ophelia, mirándome, y es jodidamente extraño que me pida permiso cuando antes era la reina de mi casa.
—Tus cosas siguen en el mismo lugar —respondo, deseando haber enviado todo ya al cuarto de huéspedes.
—Con permiso, entonces.
El médico vuelve al sillón en el que estaba sentado cuando llegamos, probablemente para darnos privacidad.
—Agradezco el apoyo, pero ¿por qué vinieron?
—Yo quería verla —responde mi madre—. Ella no me cae bien en este momento, aun así, será la madre de mi nieto o nieta.
—Yo no soy un santo, madre. También cargo con muchos pecados. No la juzgues por mi culpa. Aprecio poder contar con ustedes, pero estos primeros días serán difíciles. Cuanta más gente haya alrededor, peor.
—Tiene razón. Vámonos. —Emir toma la iniciativa de irse.
—¿Cenk? —me llama mi cuñada cuando llega a la puerta.
—¿Sí?
—Dile que, para lo que necesite, estaré a una llamada de distancia. Eres mi cuñado y te quiero, pero a Ophelia la aprecié sin razón alguna y, aunque las cosas entre ustedes dos no estén claras, para mí nada ha cambiado.
—Voy a necesitar que vaya a mi consultorio mañana, señorita. Aparentemente todo está normal. Presión arterial, ritmo cardíaco, y muy pronto tendré los resultados del análisis de sangre que solicité. Sin embargo, me gustaría hacerle una ecografía. Seguramente querrán conocer a su hijo o hija.
—¿Voy a poder verlo? —pregunta, mostrando entusiasmo por primera vez desde que la reencontré en Bulgaria.
—Sí, hoy en día las imágenes son prácticamente fotografías.
El médico aún se queda un rato hablando sobre alimentación y ejercicio físico, y también receta algunas vitaminas antes de despedirse. Lo acompaño hasta la puerta y, cuando regreso, Ophelia ya no está en mi suite.
Voy hacia los cuartos de huéspedes y solo logro encontrarla en el tercer intento.
Se ha puesto una de las camisolas que le compré y, encima, una bata de seda. Se ve pequeña y frágil, de espaldas a mí, observando la noche afuera.
Mi conciencia me dice que la deje en paz, pero, a pesar de la rabia que aún siento, el efecto que tiene sobre mí sigue siendo el mismo.
—Ophelia.
Tarda en darse la vuelta para mirarme.
—¿Cómo pudiste tener el valor de engañarla, Cenk? Podría perdonarte por no amarla, pero no por haber mandado a quitarle el bebé sin que ella lo supiera.
—¿Qué?
—Gladys me contó todo.
Intento mantener la serenidad porque dudo que realmente le haya contado todo. No creo que le haya dicho que, antes de informarme que estaba embarazada, tuve que prohibirle la entrada a mi empresa porque estaba completamente loca.
—¿Me podrías decir qué es lo que ella te contó? —pregunto, manteniendo el autocontrol.
—Sabes de qué estoy hablando. Ya no se trata solo de ella, se trata de nosotros dos. Aún no me conocías, pero rompiste mi corazón en mil pedazos cuando engañaste a mi hermana.
—¿Y cómo la engañé, exactamente?
—Me dijo que fingiste llevarla a una ecografía y que la drogaron. Cuando despertó, el bebé ya no estaba.
—¿Y aun sabiendo eso aceptaste ir conmigo mañana a un examen igual? ¿Te das cuenta de lo incoherente que es lo que dices? O confías en mí o no confías, Ophelia.
—Me diste tu palabra de que no le harías daño al bebé.
—Y tampoco te haría daño a ti. Pero ¿cómo puedes saber que no le dije lo mismo a ella?
—Porque yo confío…
—¿En quién? ¿En mí o en tu hermana? Somos polos opuestos, por si aún no lo has notado.
Nunca hubo ninguna ecografía, yo ni siquiera llegué a ver una prueba de embarazo.
Lo único que supe después del día en que vino a decirme que estaba embarazada es que había muerto en un accidente de coche.
Recibí la confirmación del embarazo de esa forma.
Mi número estaba entre sus pertenencias, por eso el policía me llamó; de lo contrario, tal vez ni siquiera habría descubierto que tu hermana había muerto.
—¿Me estás diciendo que querías el bebé?
—En el momento en que me lo dijo, no. Soy humano. Salí con Gladys como mucho tres veces y empezó a volverse insoportablemente pegajosa, incluso armó un escándalo en mi oficina, delante de los empleados. Tuve que prohibirle la entrada.
—¿Prohibirle?
—Sí. Empezó a perseguirme. Se obsesionó. Yo iba a cenar a un restaurante y ella estaba allí. Salía con el coche del garaje de la empresa y la encontraba sentada en la acera. Empecé a ir a trabajar en helicóptero.
—Ella me dijo que salieron durante meses.
—Me investigaste. Sabes que nunca asumí una relación antes de ti.
Tu hermana no fue más que una aventura, y una bastante pasajera.
Cuando me dijo que estaba embarazada, por el caos que ya estaba causando en mi vida, sentí que estaba en medio de una pesadilla.
No estoy justificando mis actos. Nunca debí haber dicho que no quería al bebé, eso no tiene excusa, pero lo único que imaginaba eran años por delante teniendo que compartir momentos de la vida de mi hijo con una mujer desquiciada.
Salgo del cuarto, consciente de que perdí el control, pero mirar a la mujer de la que estoy completamente loco, con quien compartí mi vida durante meses, y oírla decir que todavía cree que fui capaz de obligar a su hermana a abortar, es más de lo que puedo soportar.
Cierro la puerta de la suite y pienso en qué hacer.
Aparentemente subestimé a la hermana de Ophelia. Tal vez ha llegado el momento de investigarla a fondo. Su veneno es mucho más letal de lo que supuse y sigue haciendo efecto, incluso después de más de tres años de su muerte.