Capítulo 44
Él no vino conmigo a la ecografía.
Malu fue quien me acompañó y fue de la mano de ella que escuché por primera vez los latidos del corazón de mi bebé.
Estoy llorando desde entonces y no es solo por la emoción de saber que nuestro hijo o hija está vivo y sano, sino también por lo que pasó anoche y la conversación que tuvimos.
No logré dormir. Las palabras de Cenk quedaron dando vueltas en mi mente como una pesadilla.
Si creo en lo que dijo, la imagen que pintó de Gladys no es nada bonita, es la de una persona manipuladora y enferma.
Sin embargo, ¿cómo puedo darle la espalda a los recuerdos que tengo de mi hermana y creerle a alguien que, a pesar de todo, es prácticamente un desconocido en comparación con ella?
Fue Gladys quien compartió conmigo los dolores y el sufrimiento de mi infancia solitaria, cuando íbamos de un hogar a otro, aterradas ante la posibilidad de que pudieran separarnos.
Se quedó a mi lado cuando enfermé, leyéndome, dándome fuerzas, animándome a seguir luchando. Ella era mi corazón fuera del pecho.
Cuando nuestros padres adoptivos, ambos ya fallecidos, decidieron regresar a Turquía, me sentí feliz al saber que ella estaría bien, aun comprendiendo que la única forma de comunicarnos a partir de entonces sería por llamadas telefónicas, ya que yo me quedaría en el convento, en Inglaterra.
Su felicidad me hacía feliz y, al final, su tristeza y desesperación casi me mataron a mí también.
Me contó sobre su relación con lujo de detalles. Las promesas que él le hizo, los viajes que hicieron juntos, aunque decía que nunca la reconoció públicamente, lo que coincide con el hecho de que no encontré fotografías de ambos juntos en mis búsquedas.
Lo que Cenk me contó, sin embargo, no encaja con un noviazgo. Él dijo que salió con ella pocas veces y que Gladys lo persiguió después de que terminaron.
Dios, ¡estoy tan confundida!
Miro el gráfico del sonido del corazón de mi bebé en el monitor. No quise saber el sexo porque creo que él tiene derecho a estar presente cuando lo descubra.
Lloro aún más cuando pienso en eso, porque creo que sé el motivo por el que no vino conmigo hoy.
Sospecho que no vino porque lo acusé de haber engañado a Gladys para que abortara durante una ecografía.
—Sabes que no te hará bien estar todo el tiempo así, ¿verdad? —dice Malu después de que salimos de la consulta y volvemos al coche.
—No es algo que pueda controlar.
—Lo sé, Ophelia, pero necesitas intentar poner tu cabeza en orden, por el bien de este niño.
—Ni siquiera tengo idea de por dónde empezar.
—No sé exactamente qué pasó, solo que intentaste vengarte por lo que crees que le hicieron a tu hermana.
No te estoy juzgando, pero si quieres un consejo, analiza la situación desde afuera.
Olvida tanto lo que Gladys como lo que Cenk te dijeron.
Estudia a cada uno por separado y llega a tu propia conclusión.
Eres joven, pero eres una chica inteligente. No te dejes manipular por nadie.
—¿Ni siquiera por él?
—Por nadie, Ophelia. El amor verdadero no siempre es perfecto.
A veces puede ser egoísta. Cenk está acostumbrado a tener todo lo que quiere.
Nunca ha sido contrariado. Todos los hermanos Aydin, incluido mi marido, son arrogantes, prepotentes, pero hay algo que tienen en común y que puedo asegurarte: no mienten. Son honestos hasta la crueldad.
—¿Qué debo hacer?
—Bueno, si la idea es permanecer en la familia, creo que necesitas empezar a recomponer algunas relaciones que se han ido desgastando en el camino.
—No sé si te entiendo.
—Estoy hablando de Zehra, tu futura suegra. Ven conmigo a visitarla. Cuéntale tu versión de la historia. Por ahora, lo único que ella puede ver es a la mujer que, a pesar de ser la madre de su nieto, también engañó a su primogénito.
Una hora después, estamos en la casa de Zehra, quien nos sirvió un desayuno completo.
Amo la comida de Turquía y solo cuando empecé a comer me di cuenta de que, a pesar de la tristeza, estaba hambrienta.
Disfruté de huevos revueltos turcos, cortes de queso, rebanadas de carne, ensalada de tomate y el té tradicional del país. Incluso comí tanto pan con miel que debí de haber engordado unos dos kilos.
Todo el tiempo, su madre me observaba.
La madre de Malu, Renata, también estaba presente, cuidando a su nieto. Parece que ella y mi futura suegra son muy amigas.
A diferencia de la otra vez, Zehra casi no habló conmigo, y entendí que tendría que ser yo quien cruzara ese puente hacia una reconciliación.
Empecé despacio, hablando de mi infancia. De la experiencia en el orfanato y en los distintos hogares adoptivos. De mi apego a Gladys, porque, en medio de todo, solo nos teníamos la una a la otra.
Poco a poco, pareció relajarse y comenzó a hacerme preguntas, sobre todo cuando mencioné la enfermedad que tuve y que hasta hoy ningún médico ha sabido explicar. De la misma manera en que casi me mató, desapareció.
Y entonces hizo algo que hasta hoy nadie se había preocupado por saber: me preguntó si yo era feliz en el convento, si realmente quería estar allí.
Tal vez las personas que crecieron en hogares con parientes, con una familia, no entiendan lo que pasa por la cabeza de alguien como yo, que siempre fue de casa en casa.
Yo jamás creí en el “para siempre”. Incluso cuando la familia turca que nos secuestró (no es una palabra bonita, pero ¿qué otro nombre se le podría dar a lo que hicieron?) cuidó de mí y de Gladys, yo siempre esperaba que en algún momento me echaran.
Y un día, lo hicieron.
No fue como con los otros padres, que claramente no me querían.
La madre adoptiva de aquella vez, Burcu, fue dulce y amable cuando me dijo que había hecho una promesa por mi curación y que me internaría en un convento.
Al final, quedó claro que no me eligió. No importa la excusa que se haya dado a sí misma, no me eligió.
Yo no era feliz ni infeliz en el convento. Aprendí a sobrevivir y a adaptarme. Esa es, sin duda, mi mejor cualidad.
—No me habría importado quedarme allí para siempre —concluyo, después de exponer, aunque sin haberlo planeado, mis sentimientos más profundos—. Al menos tenía la certeza de que nunca me echarían. Ellos me querían.
Ella me sorprende al tomar mi mano sobre la mesa.
—Quise odiarte por engañar a mi hijo…
—Yo…
—Déjame hablar. Cenk es mi primogénito y está lejos de ser perfecto, pero es un hombre honorable.
Me contó toda la historia que vivió con tu hermana y, créeme, quitando la tragedia de su muerte, así como la del bebé, no fue ni de lejos una historia de amor.
Ahora entiendo que estabas herida y querías castigar al hombre que supuestamente destruyó la vida de ella, así que voy a mostrarte algo que quizá te ayude a sacar tus propias conclusiones.
—¿Mostrarme?
—No sé si mi hijo te lo dijo, pero tu hermana lo persiguió durante un tiempo. Llegó a un punto en que los abogados pidieron que empezáramos a reunir pruebas de cada una de sus apariciones inesperadas.
Toma su teléfono y me lo entrega. Me doy cuenta de que es un video.
—Mira esto. Me lo envió Qasim en una de las últimas veces en que Gladys persiguió a Cenk. Ese día, él aún no sabía del embarazo.
Mi mano tiembla cuando toco la pantalla para iniciar el video y, cinco minutos después, cuando termino de verlo, todavía no puedo creerlo.
En él, Gladys grita como una loca frente a un restaurante, arrodillada delante de Cenk, diciendo que lo ama y que no puede dejarla así.
Lo primero que me viene a la cabeza, intentando escapar del horror que empieza a revelarse, es que él debe tener mucha influencia en el país para haber logrado ocultar aquello, ya que no hay ninguna referencia al escándalo cuando se busca el nombre del padre de mi hijo en internet.
—Lo que viste es solo una muestra de lo que hacía.
Voy a ser sincera contigo porque estuve al margen de la situación y no me siento culpable por su muerte como sí lo está mi hijo.
Basándome en el tipo de persona que era tu hermana, ni siquiera estoy segura de que el bebé que esperaba fuera realmente mi nieto.
—¿Qué?
—Su comportamiento no era el de alguien normal, sino el de una persona desesperada. Insana. Las personas en ese estado son capaces de todo.
Si Zehra me hubiera dicho algo así hace una hora, me habría levantado y me habría ido, porque no habría permitido que hablaran así de mi hermana. Sin embargo, ahora no puedo negar que Gladys no estaba en plenas facultades mentales.