Capítulo 25
Es una guerra perdida.
Ahora lo sé.
El sentido del honor, por no querer aprovecharme de ella en su situación actual, luchaba contra el deseo. El segundo ganó por varios cuerpos de ventaja.
La necesidad que siento por Ophelia es feroz, indomable. Cada vez que estamos cerca, me invade el impulso de tomarla, de invadirla hasta convertirme en su religión, hasta que no sepa hacer nada más que gemir mi nombre.
No dejo espacio entre nosotros porque no permito que lo haya.
Ella arquea la espalda, entregándose a mis besos y a mis manos. Sin decir palabra, comienzo a avanzar hacia las habitaciones. Conozco la distribución de todos los apartamentos del edificio y sé dónde están ubicados.
—¿Cuál es el tuyo?
—El primero a la derecha —responde, sin aliento.
Abro la puerta y la dejo de pie frente a mí. Doy un paso atrás, como un adicto que se obliga a ir despacio con su propio vicio.
He estado con muchas mujeres, algunas hermosas, pero ninguna se compara con su belleza ni ha logrado volverme loco como Ophelia lo hace. Quizá sea la mezcla de sensualidad y timidez, que incluso antes de perder la memoria ya mostraba su complejidad.
O quizá sea porque despierta todos mis instintos primitivos saber que olvidó todo el maldito mundo, pero se acuerda de mí, o al menos de lo que sentía por mí.
Sin embargo, no tiene la menor idea del poder que ejerce sobre mi deseo.
Con el rostro enrojecido por la excitación y los labios hinchados por mis besos, Ophelia es la imagen de la perfección.
Los pezones duros, marcándose contra la tela del vestido. La mirada desenfocada, de hembra ansiosa, desesperada por que cumpla las promesas que le hice.
Sin poder mantener la distancia por más tiempo, me acerco y enredo el puño en su cabello. Aferro con firmeza esa masa de seda castaña y le inclino la cabeza hacia atrás.
Nuestras bocas se buscan con avidez y ella la abre, invitándome a profundizar el beso, amoldándose mientras su cuerpo curvilíneo se ondula como una dulce tentación, sus pezones me rozan incluso a través de la camisa.
Sus manos pequeñas suben a mi cabello, tirando de él con urgencia, queriéndolo todo.
Su respiración entrecortada y sus gemidos me llevan al límite.
Paso el pulgar con un roce leve por el escote del vestido, en el valle entre sus senos, y ella tiembla en mis brazos, clavando sus dientes en mi labio inferior en respuesta.
—Quiero verte —murmuro contra su boca.
—¿Cómo?
Otra vez, una señal de alerta se enciende en mi mente por ese indicio de inocencia, pero en este momento el deseo supera a la razón.
Llevo la mano a su espalda y, lentamente, dándole tiempo para detenerme si eso es lo que desea, bajo el cierre.
El vestido queda suelto sobre su cuerpo, sostenido apenas por dos tirantes finos, y espero.
Necesito que Ophelia esté conmigo en esto.
—Quítatelo todo. El vestido y la ropa interior también.
—No sé si ya he hecho esto antes.
—¿Qué?
—Quedarme desnuda frente a un hombre. Tal vez sí, porque ya tengo veinte años, pero no estoy segura.
No había considerado esa posibilidad.
¿Era virgen?
No. En estos tiempos, sería casi imposible que una mujer tan hermosa como ella llegara a los veinte años intacta.
Sin embargo, la mirada que me dirige es de inseguridad, y no voy a permitir que nuestra primera vez sea algo que recuerde con desagrado.
—¿Quieres esto?
Como hizo en mi oficina, toma mi mano, pero esta vez la lleva hacia su cuello, donde late una vena.
—¿Lo sientes? He estado trabajando en la empresa todos estos días desde que salí del hospital. He interactuado con hombres y ninguno tiene ningún efecto en mí. Solo tú.
Sabe exactamente qué decir para volverme loco. Sea intencional o no, ese es el efecto que provoca.
Me acerco y bajo la boca hasta su oído, lamiendo el lóbulo hasta hacerla estremecer.
—Voy a devorarte entera. No sé cuándo voy a poder salir de dentro de ti, Ophelia.
Nunca he sentido tanto deseo por una mujer.
La química entre nosotros es explosiva, inexplicable.
Deseo puro, salvaje, que con solo tocar su piel o percibir su aroma ya incendia mi sangre.
Me coloco detrás de ella y aparto su cabello de la nuca. Mientras muerdo su carne suave y cálida, bajo su vestido, dejándolo caer a sus pies.
Paso ambas manos por su abdomen y su respiración se acelera mientras las deslizo hacia arriba, hasta sus pechos. Son grandes para su contextura, pero encajan perfectamente en mis palmas.
Con un pulgar acaricio un pezón endurecido y con la otra mano masajeo el otro, firme y lleno. Ella se inclina hacia atrás, quizá sin darse cuenta de la provocación al rozar su culo contra mi verga erecta, aún contenida por el pantalón.
Miro hacia abajo y gruño al ver que lleva una tanga negra; ese trasero que tantas veces he deseado se abre lo suficiente como para presionar contra la dureza de mi miembro.
Cada estremecimiento y cada gemido me llevan a la locura, provocando un cortocircuito en mi cuerpo y en mi mente.
Deslizo la mano hasta el punto entre sus muslos. La tela está empapada y no resisto la tentación de apartarla y sentir ese calor en mis dedos.
Ophelia gira el rostro hacia atrás y, mientras me mira, separo los labios de su vulva y rozo el clítoris.
—Cenk...
—Shhhh… Confía en mí, tatlım[19]. No voy a hacerte daño.
Mis palabras parecen tranquilizarla, porque se entrega, moviéndose contra mi mano, aunque todavía con timidez.
—Voy a hacerte llegar al orgasmo con mis dedos y luego voy a saborearte.
Suspira y se estremece, pidiendo en silencio mi contacto. Se lo doy, absorbiendo cada uno de sus gemidos.
Ophelia es muy sensible. Mis palabras parecen haber abierto una compuerta, porque no tarda en alcanzar el clímax, susurrando mi nombre.
La giro para mirarla de frente. Aún lleva las sandalias y la ropa interior, y la conduzco hasta el sillón para sentarla.
Me arrodillo frente a ella. Quizá necesite unos segundos para recuperarse, pero yo no puedo esperar para probarla.
Bajo su tanga por completo y separo sus piernas, apoyándolas en los brazos del asiento. Después le quito las sandalias.
Sigue perdida en el placer de su propio orgasmo, porque en ese momento no parece sentir vergüenza. Al contrario, es la imagen de una diosa del pecado, una tentación de curvas pronunciadas y rostro tan puro como el de un ángel.
Le quito la ropa interior y beso el interior de sus muslos. Comienza a salir del trance de deseo.
Separo los pliegues de su vulva y mi boca se llena de saliva al notar lo húmeda que está. Su aroma, de mujer deseosa, domina todos mis sentidos.
Muerdo suavemente la carne sensible y ella casi se levanta del sillón. Sus manos vuelven a mi cabello, impulsándome a continuar.
No dejo de mirarla mientras paso la lengua por su vulva, saboreando su excitación, alimentándome de su deseo.
Mi pulgar acaricia su clítoris en movimientos circulares, mientras la tomo con voracidad, absorbiéndola, bebiéndola, completamente sediento.
Sujeto sus caderas para mantenerla quieta, porque se mueve, ansiosa.
—Podría pasarme toda la noche así contigo, Ophelia.
La penetro con la lengua, alternando con un dedo, sin profundizar demasiado, porque, aunque me parece poco probable que sea virgen, no voy a correr el riesgo de lastimarla.
—Cenk… —suplica, aunque ni ella misma parece saber qué está pidiendo.
Aprieto con más fuerza su cuerpo.
—Te encanta lo que te hago, ¿verdad? Te gusta cómo te toco.
Ella gimotea y todo su cuerpo se tensa, anunciando que otro orgasmo se acerca. Cuando intensifico el estímulo, deja escapar un gemido largo y se abandona a mi boca, entregándose por completo.