Capítulo 26
—Tócate. Quiero verte jugar con esa vulva tan bonita mientras yo me desnudo para ti.
Sus dedos se posan en la parte interna del muslo y comienzan a acariciarlo, moviéndose con lentitud. Mientras tanto, yo me quito la camisa con impaciencia.
—Quiero verte dándote placer, Ophelia.
Ella gime ante mi petición y una de sus manos desciende hasta el vello corto de su intimidad.
Se ve saciada y depravada al mismo tiempo. La imagen perfecta de pecado y pureza en un solo cuerpo.
Mira mi pecho y no logra disimular el deseo. Su hambre inocente hace que mi cuerpo arda de excitación.
—Toca tu clítoris con el pulgar.
—No creo haber hecho eso antes.
Yo tampoco lo creo, porque si así fuera, sería algo instintivo, como cuando me dijo que sabía cocinar.
Empiezo a pensar que, si no es virgen, al menos no tiene mucha experiencia.
—Hazlo por primera vez, entonces. Muéstrame tu placer.
Por fin cede y comienza a acariciarse, muy despacio, sobre la humedad que la empapa.
No calculé bien el efecto que tendría en mí verla tocarse. La urgencia de poseerla se vuelve insoportable.
Me quito los zapatos y los calcetines, bajo el pantalón y me quedo en bóxer, deslizando la mano por mi miembro duro.
Ella parece debatirse entre observarme y seguir jugando con su propio cuerpo.
Me quito la ropa interior y mi verga queda expuesta, gruesa y completamente erecta. Sus ojos se abren de par en par, y empiezo a volverme adicto a sus reacciones.
Estoy acostumbrado a mujeres con experiencia, y estar con Ophelia es como caminar por un terreno desconocido.
Me masturbo despacio y la observo, hipnotizado, cuando la intensidad con la que se acaricia aumenta, mostrándome lo excitada que está.
—Eres una delicia, Ophelia. Ábrete con la otra mano y sigue tocándote.
Me arrodillo otra vez y tomo uno de sus senos en mi boca, succionándolo con gusto.
La atraigo hacia el borde del sillón, rozando mi miembro en su entrada, alternando entre succionar sus pezones mientras ella se toca, estimulándola de todas las maneras posibles.
Cuando muerdo suavemente el pezón endurecido, su respiración se vuelve irregular y sé que no puedo esperar más.
La tomo en brazos y la llevo hasta la cama. Sin dejar de mirarla, tomo un preservativo del pantalón tirado en el suelo.
Por primera vez, desearía no usarlo. Sé lo cálida y suave que es por dentro. Lo comprobé con mis dedos y mi boca, y quiero sentir su carne húmeda contra la mía.
Regreso a la cama y me acomodo entre sus muslos.
Intenta alzar un poco las caderas, pero la inmovilizo.
—Nada de eso, amor. Quédate quieta. Voy a asumir que nunca has hecho esto antes. No quiero hacerte daño.
Separo más sus piernas, porque nuestro encaje no es fácil. Ella tiene un cuerpo pequeño, aunque curvilíneo, y yo soy un hombre grande.
Toco su vulvita, empapando mi mano en su humedad y extendiéndola por mi miembro.
Me inclino y empujo solo la punta de la verga.
Ella se tensa, casi no respira, mirando entre nosotros, justo donde nuestros cuerpos se unen.
—Por favor…
—¿Quieres que te meta la verga? ¿Eso es lo que quieres, preciosa? ¿Quieres que llene esa vagina tan hermosa?
Mis propias palabras terminan de romper el control que me quedaba, porque ahora solo puedo imaginar sus paredes internas apretándome.
Apoyando los codos a cada lado de su cuerpo, beso su boca.
Entro un poco más, sin forzar, solo probando.
No suelo hacerlo despacio, pero estoy muy pendiente, temiendo hacerle daño. Mi cuerpo está rígido por la tensión.
Me deslizo poco a poco y aun así ella se cierra a mi alrededor como un guante ajustado.
Jadea, clavando las uñas en mis antebrazos.
—¿Te duele?
—Tienes la verga muy grande.
—Voy a ir despacio.
Aunque eso me esté matando.
Bajo la cabeza y rodeo un pezón con la lengua, tirando de él suavemente con los dientes.
Ella gimotea y se mueve debajo de mí.
—No quiero lastimarte, pero si eres virgen, va a doler.
—Lo sé. No me importa. Estoy ardiendo. Toda mi piel está en llamas y es por ti.
—Me vuelves loco, Ophelia.
La beso y acaricio su clítoris hasta sentir cómo se relaja alrededor de la punta de mi miembro. Empujo y comienzo un movimiento lento. Me recibe con un agarre intenso y necesito toda mi concentración para no embestir hasta el fondo, porque estoy consumido por el deseo.
Se la saco y la miro antes de volver a entrar completamente, penetrándola profundo.
—Oh, Dios...
Las lágrimas ruedan por su rostro y me quedo perdido unos segundos, porque acabo de descubrir que, efectivamente, era virgen.
—Ophelia...
—Me duele, Cenk.
—Porque es tu primera vez, bebeğim[20].
Estoy completamente sorprendido. ¿Cómo una mujer como ella pudo mantenerse intacta?
Me obligo a quedarme quieto, porque sé que necesita acostumbrarse a la invasión en su pequeño cuerpo. Muerdo su mentón, sus labios, y le susurro al oído lo deliciosa que es. Poco a poco, empieza a relajarse a mi alrededor, y solo entonces me muevo.
Su vagina está increíblemente apretada y al principio mantengo un ritmo lento, conteniendo el impulso de embestirla con fuerza, que es lo que mi cuerpo exige.
—Eres mía ahora.
No me importa si sueno primitivo. Cada célula de mi cuerpo grita que Ophelia me pertenece.
Lamo sus pechos, succionando sus pezones, tirando suavemente de ellos con los dientes.
Ella gimotea y pide más.
Salgo completamente de su interior y vuelvo a entrar con más fuerza.
Gime y susurra palabras incomprensibles, enroscando las piernas alrededor de mi cintura.
Paso una mano por debajo de su trasero, elevándolo, apretando su carne, y empiezo a moverme con más rapidez.
Alterno las embestidas con el giro de mis caderas y en poco tiempo, mi deliciosa diosa empieza a seguirme el ritmo, con sus uñas arañando mis hombros.
Encontramos nuestro propio compás, una sincronía de cuerpos, piel y olor.
Marco sus gemidos con mis palabras sucias.
Siento cómo pierdo el control, en una escalada de deseo que roza la locura.
Ophelia me atrapa contra su cuerpo, su canal se contrae en espasmos constantes.
No existe el mundo exterior en este momento. Solo nosotros y el placer.
Cada vez que la penetro, la tomo con más fuerza, exigiendo su entrega, sin dejarle espacio para esconderse, queriendo oír y memorizar hasta el más leve de sus suspiros.
—Entrégamelo todo, Ophelia.
No es una petición, es una exigencia. Nunca me había sentido tan conectado con una mujer y no acepto menos que lo mismo a cambio.
Ambos estamos consumidos por el deseo, atrapados en nuestro propio mundo.
El ritmo es intenso, la voracidad de nuestra lujuria es animal. Mi virgen responde como si hubiera nacido para amoldarse a mí, creando una cadencia única, mezclando nuestros cuerpos y nuestro sudor.
La penetro sin piedad, embistiendo hasta el fondo.
Empieza a contraerse y sé que está a punto de llegar al orgasmo.
Estimulo su clítoris sin dejar de moverme, y en segundos, grita mi nombre.
Aullo como un animal salvaje. Mi civilidad deja de existir. Soy solo un hombre reclamando a su mujer.
Sigo moviéndome dentro de ella durante varios minutos, fascinado con la expresión de placer en su rostro, pero en el momento en que abre los ojos, brillantes de deseo, saciada y hermosa, me dejo llevar por completo y alcanzo el orgasmo.