En las Manos del Magnate Turco (Multimillonarios Turcos nº 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Cuando suena el timbre, mi corazón se dispara a un ritmo peligroso, porque sé quién está del otro lado de la puerta.

Secándome las manos en el vestido, voy a abrir, y en el momento en que quedo frente a frente con Cenk, me quedo sin aire.

Está guapísimo, con ropa informal.

Sin traje ni corbata, todo de negro. La visión de los dos primeros botones abiertos de la camisa de manga larga, que dejan entrever la piel dorada de su cuello, me provoca unas ganas irresistibles de besarlo justo ahí.

Él también me recorre con la mirada de la cabeza a los pies y yo tengo que controlarme para no moverme.

No dice nada, pero extiende la mano hacia mí.

Más que un gesto, es una invitación, porque sus ojos me hacen promesas que me erizan la piel por completo.

Acepto su mano, diciendo que sí de forma implícita a su llamado, sea lo que sea, pero en cuanto me acerco, hago lo que realmente deseo: abrazarlo.

Su aroma es delicioso. Un perfume masculino que consigue estimular aún más mis sentidos.

Levanto la mirada y él me está observando. No logro adivinar lo que piensa y me siento incómoda porque no me ha devuelto el abrazo, así que intento apartarme.

Pierdo el aliento cuando me aprieta contra su cuerpo. No queda ni un centímetro de distancia entre nosotros. Cenk no deja dudas de que me desea, y tengo la impresión de que es así en todo en su vida.

Fuerte, intenso, decidido.

Su boca está cerca de la mía, pero aún me observa. Nerviosa, humedezco mis labios, pasando la lengua por el inferior.

Se tensa contra mi cuerpo y no entiendo por qué parece tan contenido.

—¿Querías venir? —pregunto al fin, reuniendo valor—. Estoy confundida. Me das señales contradictorias.

Se inclina y roza mis labios.

—No hay ninguna señal contradictoria en mí, Ophelia. Solo estoy intentando controlarme lo suficiente para concentrarme en la cena que preparaste, porque lo que realmente quiero es llevarte al cuarto y pasarme toda la noche alimentándome de ti.

El calor en su voz, mucho más allá de las palabras, convierte mis piernas en gelatina. Me aferro a su antebrazo para no caer, y algo parecido a la sombra de una sonrisa aparece en esa boca que, sin decirlo, me promete todo tipo de pecados.

La seguridad que Cenk muestra en todo, en contraste con su contención conmigo, el cuidado que tiene para que no piense que se está aprovechando de mí… Todo eso me calienta por dentro. Hace que confíe aún más en él.

Estamos en un punto muerto. Al mismo tiempo que quiero que cumpla esas promesas, también me siento muy nerviosa, así que decido seguir un orden para intentar calmarme un poco.

—Preparé carne. Prometí alimentarte y lo haré —digo, dándome cuenta solo entonces de que suena como una invitación con doble sentido.

Creo que nota mi vergüenza, porque dice:

—Eres una combinación deliciosa de tentación y timidez, Ophelia.

—No lo hago a propósito.

—Lo sé, y eso es lo que me vuelve aún más loco. Vamos, aliméntame. Tenemos toda la noche para nosotros después de la cena.

La promesa hace que mi pulso se acelere todavía más.

Una hora después, no sabría decir a qué sabía la comida. El bife Wellington[18] (¿no es extraño que recuerde no solo el nombre de los platos, sino también cada paso para prepararlos?), que hice con tanto cuidado, podría haber sido un trozo de espuma, porque toda mi atención estaba puesta en Cenk.

En la forma en que se llevaba la comida a la boca, sin dejar de mirarme, como un depredador que no quiere que su presa escape. En la manera en que seguía cada uno de mis movimientos cuando yo hacía lo mismo, concentrado en mis labios como si quisiera besarme… o tal vez algo más.

Desvío la mirada de su rostro por miedo a delatar lo que siento.

—Debería haber comprado vino para la cena.

—No, lo prefiero así.

—No estoy segura de entender.

—No quiero nada que pueda nublar tus sentidos, Ophelia. Dijiste que quieres todo y te lo voy a dar, pero vas a estar consciente en cada paso.

Aprieto los labios, intentando ocultar lo que siento.

—¿Ya terminaste? ¿Puedo recoger la mesa?

No espero respuesta. Me levanto y recojo los platos, ya que él llevaba al menos cinco minutos sin comer.

Ni siquiera alcanzo a entrar en la cocina cuando me sujeta del brazo, obligándome a detenerme.

—¿Qué pasa?

Dejo los platos sobre la encimera.

—La forma en que hablaste…

—Mírame cuando hablemos, Ophelia.

Siento que mi labio inferior tiembla y detesto que mis emociones salgan tan fácilmente a la superficie, mientras él parece tan controlado.

Me observa como si yo fuera un enigma, y es casi irónico, porque soy yo quien no logra entenderlo.

—No recuerdo nada, pero creo, por intuición, que no tengo experiencia con…

hum… hombres. Sin embargo, estás actuando conmigo como si esto fuera algo rutinario para ti.

Como si fuera un guion más en tu lista. —Niego con la cabeza, sintiéndome tonta, con la vergüenza calentándome el rostro—.

¿De verdad te gustaba antes de que perdiera la memoria, o estoy siendo una idiota y viniste por lástima? Porque si es así…

No llego a terminar la frase porque me levanta en brazos, obligándome a separar las piernas, y me aprieta contra la pared de la cocina.

No alcanzo a tomar aire cuando se adueña de mi boca. Sí, se adueña de mí por completo, porque no es solo un beso. Es una exigencia de rendición.

No sé quién fui en el pasado, pero la Ophelia de ahora ansía su dominio. Quiere más de sus manos sobre su cuerpo, de su lengua caliente y áspera empujándola a entregarse.

Cuando me aparto para respirar, la profundidad oscura de sus ojos parece arrastrarme hacia dentro.

Mi cuerpo arde de deseo, de necesidad de ser tocada. Quiero esa boca pecaminosa sobre mí.

Nuestros ojos no se separan, y me gusta que sea así. Necesito su deseo ardiente. Quiero la intensidad.

—Cuando me tocas, es como si una descarga eléctrica atravesara mi cuerpo.

—Aún no he empezado, Ophelia.