En la universidad y Muy Caliente Centro Comercial Lleno De Placer
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Centro Comercial Lleno De Placer

César no estaba de buen humor; se había peleado con Daniela, su novia, así que decidió ir

al centro comercial de paseo. Allí se encontró con Macarena, la mejor amiga de Daniela. Trató de no sonrojarse ni tartamudear; la muchacha era preciosa: tenía rizos dorados y

largos, piel bronceada, nariz respingada y una cinturita pequeña que siempre dejaba al

descubierto con tops cortos. A César le gustaba mucho, pero nunca se lo había dicho

porque era la mejor amiga de su novia.

Charlaron un rato y Macarena lo convenció de que la acompañara a hacer unas compras. Entraron a una tienda de ropa casual donde la muchacha eligió unas cuantas prendas y, tomando a César de la mano, se metió al vestidor con él. Macarena se quitó el top rosado

y se quedó con un sostén violeta que le juntaba los senos haciéndolos ver muy redondos.

—¿Quieres ver más? —le susurró al oído.

César no sabía qué hacer. Miraba la cinturita diminuta de Macarena, su abdomen plano y sus senos suaves dentro de ese lindo sostén violeta.

La muchacha se dio la vuelta quitándose la falda; su culito redondo y firme se veía muy bien en la tanga que llevaba puesta.

El muchacho sentía su pene parándose dentro de su pantalón.

Estaban bastante cerca, pero César se quedaba quieto para no tocar a la chica.

Macarena volvió a darse la vuelta y se quitó el sostén mirando a los ojos a César.

Él miraba sus senos firmes sin pestañear, mientras tanto, su pene comenzaba a moverse dentro de su pantalón y su pecho se movía agitadamente. La muchacha tomó una de las manos del chico y la puso sobre uno de sus senos.

—¿Te gusta?

César la miró sin decir nada y, excitado, apretó el seno; luego, con la mano que tenía libre, apretó los glúteos duros de la muchacha y empezó a besarla. La chica lo apartó delicadamente, se bajó la tanga, dio media vuelta y suavemente dijo:

—Ahora métemela hasta el fondo.

Él se bajó los pantalones, sacó su pene bien duro y largo, y empezó a metérselo por la vagina húmeda.

Ella también estaba excitada. Miraba cómo los rizos perfectos de la muchacha llegaban casi hasta su diminuta cinturita que se abría suavemente hasta llegar a sus caderas; debajo de ellas, su culito firme y redondo se estremecía cada vez que él se hundía en su vagina húmeda.

Agarró los senos redonditos de la chica y le acarició los pezones sintiéndolos duros; luego bajó lentamente, acariciando su piel.

Macarena lanzó un gemido de placer; entonces, él, tocando su vientre tibio que se estremecía, bajó hasta sentir su clítoris y empezó a masajearlo.

Macarena, excitada, lanzó otro gemido; un hombre de unos cincuenta años abrió la cortina.

—¿Qué pasa aquí?

César se subió el pantalón; Macarena se vistió rápidamente y salió disparada de la tienda. El muchacho miraba avergonzado a la gente que se había volteado. El hombre que los había descubierto, el dueño de la tienda, salió corriendo detrás de Macarena.

—Señorita —gritaba.

Ella corrió hasta que dejó de escucharlo. Entonces, más tranquila, se subió a las escaleras

eléctricas para irse a esconder al segundo piso.

Santiago, el dueño de la tienda, subió también a las escaleras eléctricas detrás de Macarena.

Desde donde estaba, podía ver las pantorrillas firmes y bien torneadas de la muchacha.

Subió la mirada para ver sus muslos bronceados y, debajo de la falda, llegó a divisar el borde de su tanguita violeta.

Disimuladamente se le acercó más, sintiendo su aroma fresco.

Miró a los lados y metió su mano en la entrepierna de la chica.

—Eres bien putica, yo te vi —le susurró.

Macarena no volteó. Él subió su mano hasta tocar la tanga de la muchacha, que seguía húmeda.

Cuando llegaron al segundo piso, él la tomó por la cintura y ella no dijo nada.

—Si te portas bien, te regalo lo que tú quieras, putica.

Al verlo, Macarena decidió que seguiría siendo todo lo putica que el hombre le pidiera.

Era mayor, sí, pero estaba en muy buen estado físico: tenía una espalda ancha y fornida, sus brazos eran musculosos.

Se dejó llevar a un pasillo desolado. Santiago acarició su cintura suavemente, sintiendo su firmeza y deteniéndose en sus delicadas curvas.

Cuando llegó al borde del top rosado, Macarena empezó a respirar con más fuerza; su vientre se movía agitado.

El hombre empezó a subirle lentamente la prenda, disfrutando del contacto con su piel tersa y bronceada.

Llegó a los senos, tocándolos mientras quitaba el top.

—Qué tetitas ricas —le dijo al quitarle el top por completo.

Macarena se humedecía de nuevo. Santiago le dio la vuelta, sacó su pene bien parado y se lo puso en el culo a la muchacha.

Ella sintió el pene grueso encima de su falda y se estremeció de pies a cabeza.

El hombre empezó a acariciar el vientre de la chica, se detuvo en el borde de la falda.

Ella, excitada, pegaba su culito al pene del hombre.

Santiago empezó a bajar la falda de Macarena, mirando su culito redondo que se estremecía.

Metió su pene en la tanga y, por encima de las nalgas de Macarena, comenzó a menearlo; ella gemía muy suave.

Tenía miedo de que alguien los viera. Santiago metió una de sus manos dentro de la tanga y buscó el clítoris, empezó a masajearlo suavemente.

Con la otra mano, desabotonó el sostén de Macarena y comenzó a tocar sus tetas suaves y firmes.

De rato en rato posaba un dedo en uno de los pezones y hacía delicados movimientos circulares. Macarena se mojaba de placer.

Empezaba a anochecer, el movimiento en el centro comercial era cada vez mayor.

Santiago le bajó la tanga a Macarena y se alejó de ella.

La chica se dio la vuelta confundida; estaba muy excitada, dispuesta a hacer lo que fuera.

El hombre sacó su celular y le ordenó masturbarse; ella hizo caso: metió un dedito dentro de su vagina y, mientras se acariciaba las tetas, lo movía.

Él la filmaba. Cuando se hizo de noche, Santiago se acercó a Macarena, la cargó y la puso contra la pared con las piernas bien abiertas.

Entonces, empezó a penetrarla con su pene grueso y bien duro.

Ella gemía suavemente, tratando de no hacer mucho ruido. La penetraba con fuerza, hasta que salió un líquido transparente y abundante de la vagina de la muchacha, mojando el piso.

—Ahora, putica… Te lo tragas —le dijo mostrándole su pene bien parado.

Macarena empezó a chupar el pene. Seguía excitada, sintiendo que en cualquier momento alguien los vería y se masturbaría mirando su cuerpito rico y bien formado.

Santiago empezó a gemir; entonces, tomó la cabellera rubia de la muchacha y la empujó hacia su pelvis, metiéndole el pene hasta la garganta.

—Tremenda puta que eres —le dijo mirando su culito paradito y redondo.

Macarena chupaba y chupaba. La gente caminaba y, de rato en rato, se oían pasos que se acercaban al pasillo. Entonces, el hombre la apartó de su cuerpo y eyaculó sobre sus tetitas

ricas.

—¿Quieres más? —le preguntó a Macarena y ella asintió con la cabeza—. Tremenda putica

insaciable…

Vacaciones

Carlos y su novia Ana se acomodaron cerca del bar, pues habían llegado tarde a la playa y ya había gente instalada más adelante.

Ana inclinó completamente la silla y quedó echada; él sacó un libro de su mochila y se dispuso a leer mientras escuchaba la suave brisa del mar.

Pero, antes de que empezara con el capítulo, vio unos brazos blancos de mujer apoyados en la silla que estaba delante de la suya.

Inclinó un poco la cabeza y notó el contorno de un seno que no terminaba de ser cubierto por el traje de baño.

Sarah, la chica que estaba delante de Carlos, se encontraría en la playa con sus amigos de la universidad esa noche; pero se había adelantado para relajarse a solas.

La muchacha miró su reloj y sacó un bronceador que comenzó a untarse en las piernas.

Carlos miró a su novia completamente dormida, así que se levantó de la silla dispuesto a ofrecer su ayuda.

—Hola, soy Carlos. ¿Te ayudo?

—Soy Sarah. Sí, por favor.

Carlos puso bronceador en sus manos para untárselo por la espalda a Sarah, mientras tanto, miraba de reojo sus glúteos redondos que sobresalían de la silla.

Bajó las manos por su espalda, sintiendo su cintura angosta desprovista de excesos, suave y firme.

Sarah inclinó su silla y se echó de panza.

El chico frotaba sus pantorrillas con el bronceador que le dejaba la piel dorada, subía lentamente hacia sus muslos y se detuvo con timidez en el borde de las nalgas.

—También ponme ahí, por favor —pidió Sarah.

Las manos de Carlos temblaban. Miró de reojo a su novia que empezaba a moverse, así que se apresuró en ponerle el bronceador en los glúteos a la hermosa y bien formada Sarah.

Apenas pudo sentir la redondez y carnosidad de ese culo.

Regresó a su lugar dispuesto a empezar a leer; Ana, su novia, despertaría en cualquier momento.

Sarah volteó la mirada notando la presencia de Ana, le guiñó un ojo a Carlos y volvió a enderezar su silla.

El borde de su seno izquierdo sobresalía de su bikini, y el muchacho no podía concentrarse en su lectura porque lo veía redondo, perfecto; si miraba un poco más lejos, notaba sus piernas firmes, tonificadas.

—¿Qué miras? —le preguntó Ana abriendo los ojos y reparando en la presencia de Sarah.

—Nada —mintió Carlos—. Estoy leyendo.

Ana hizo un gesto de incredulidad y volvió a dormirse.

En ese momento, Sarah se levantó de su silla y fue hacia el bar.

Carlos, atraído por su figura curvilínea, la siguió.

Los glúteos grandes y carnosos de la muchacha se movían cuando caminaba, sus caderas se balanceaban de un lado al otro; el muchacho observaba cada detalle de ese culo enorme y perfecto, miraba esa cinturita pequeña, esas piernas largas pero tonificadas.

La chica se pasó de largo el bar y se dirigió hacia las duchas que estaban vacías. Carlos la siguió.

Ella se dio la vuelta para cerrar la puerta de una de las duchas personales y vio a Carlos detrás de ella. El muchacho no estaba nada mal. No era muy musculoso, pero sus brazos estaban bien marcados y tenía un six pack muy bien definido en el estómago.

—¿Qué va a decir tu novia? —le preguntó con picardía.

Carlos le puso un dedo en la boca en señal de silencio mientras cerraba la puerta.

Le desajustó la parte superior del bikini sin escuchar queja alguna, dejó la prenda colgando, balanceándose sin terminar de descubrir esos enormes senos.

Acarició los bordes de los pechos de Sarah sintiendo su redondez, bajó su mano por las costillas, luego tocó su cintura firme y perfecta, se detuvo en sus caderas anchas.

Debajo de su traje de baño, el pene empezaba a parársele.

Besó a la muchacha abrazándola, tocando la curvatura de su cintura, acariciando el principio de sus nalgas carnosas.

Ella sintió el pene de Carlos duro apoyado en su pelvis, y comenzó a humedecerse.

El chico la apartó suavemente, le terminó de descubrir las tetas sintiendo sus pezones bien duros, bien paraditos.

Entonces, le beso el cuello mordiéndola suavemente, deslizó su lengua hacia abajo, la pasó por el surco formado entre sus enormes pechos, luego lamió sus pezones delicadamente. Sarah se estremecía.

Le lamió todo el surco en medio de las tetas, bajó por su vientre plano hasta su ombligo, metió su lengua en él.

En ese momento, Sarah se mordió los labios para no gemir fuerte.

Bajó más la lengua, agachándose mientras exploraba ese cuerpo escultural.

Cuando llegó a la parte inferior del bikini, mordió uno de los bordes y lo bajó hasta las rodillas de la chica, sintiendo con sus labios la dureza de esas piernas tonificadas.

—¡Qué rico! —murmuró Sarah.

—Te voy a dar placer, putica rica.

Llevó su lengua a la vagina depilada y rosada de Sarah, sus manos las puso sobre sus nalgas carnosas, lamió su clítoris con furia y masajeó su culo apretándolo con placer.

Sarah tenía que morderse muy fuerte los labios para no gritar.

Entonces, él se puso de pie, se quitó el traje de baño mostrándole a la chica su pene enorme y bien paradito.

—¡Quiero que me cojas bien duro! —le dijo Sarah.

Carlos le dio la vuelta a Sarah, abrió sus nalgas y empezó a meterle un dedito al ano

suavemente.

—Por ahí no.

—Te va a gustar, putita rica.

Masajeó el agujerito estrecho y rosado de la chica hasta que ella lanzó un gemidito de

placer. Entonces, la penetró. Primero fue lentamente, sintiendo cómo su pene resbalaba por ese lugarcito estrecho; luego, cuando lo tenía todo adentro, se la empezó a coger con todas sus fuerzas.

Las tetas de Sarah se movían de arriba abajo y sus nalgas también. Carlos la sujetaba con una mano por el vientre, sintiendo cómo se estremecía con cada penetración, y con la otra mano le daba placer metiéndole y sacándole los dedos de la vagina.

—¿Carlos? —gritó Ana desde afuera.

—Cállate —le susurró Carlos a Sarah en el oído y la siguió penetrando.

Sarah quería gemir, quería gritar; pero se mordía los labios con fuerza para no hacerlo.

Tenía la vagina bien húmeda, hasta que sintió un chorro saliendo de ella.

Carlos quitó su mano de ahí adentro, estaba completamente mojada.

La penetró muy fuerte mientras agarraba con ira sus tetas enormes y, sacando su pene, eyaculó sobre sus nalgas carnosas.

El semen empezó a resbalarse por el culo de Sarah.

Al día siguiente, Carlos y Ana habían abandonado el hotel de la playa; Sarah ya estaba con sus amigos.

Mientras jugaban con las olas del mar, Sarah vio que un hombre de la mano de su esposa le miraba el culo y supo quién se la cogería esa tarde.