En la universidad y Muy Caliente La Regalada
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La Regalada

Carolina y Manuela tenían bien guardado el video de Irene teniendo sexo en la biblioteca.

No lo subieron nunca a la página de Facebook de la universidad por vergüenza y envida; ninguna de las dos era tan bella y ningún chico disfrutaría así de sus cuerpos jamás.

Sin embargo, cuando empezó la época de exámenes le hallaron un propósito al video.

Una mañana siguieron a Irene hasta el baño y la acorralaron cuando intentó salir.

—Este es el plan, mosquita muerta. Tú eres buena estudiante y nosotras no; así que darás nuestros exámenes —le dijo Manuela.

—Están locas —respondió Irene.

—Tenemos un video tuyo follando en la biblioteca con Gustavo.

Irene se quedó impávida mirando a las muchachas. No sabía qué hacer. Si daba dos exámenes no tendría tiempo para completar el suyo.

—No les creo. Vayan a mi casa esta tarde y muéstrenme el video —les dijo.

Esa tarde, Irene recibió a las chicas en bata. No estaban ni su padre ni su madre ni sus hermanos en casa. Las muchachas miraron el escote que se formaba en la tela y dejaba vislumbrar los senos grandes y redondos de la mosquita muerta; sintieron envidia.

Subieron a la habitación de Irene mirando, sin poder evitarlo, el culito redondo y firme de la chica marcándose en la bata. Entraron y se sentaron sobre la cama.

—Ya voy con ustedes —dijo Irene quitándose la bata y quedando completamente desnuda a los ojos de sus compañeras.

Ellas miraban con envidia la cinturita estrecha y blanca de la chica, los senos grandes y firmes, los pezones rosaditos—. Tengo que vestirme.

Sacó un conjunto negro de ropa interior.

Se puso primero el calzón, subiéndolo por sus piernas firmes y blancas, acomodándolo bien entre sus nalguitas redondas.

Después se puso el sostén, acomodando sus senos voluptuosos dentro de él, dejando a la vista un escote perfecto.

Entonces, fue hacia la cama y se echó en medio de las dos chicas.

—Muéstrenme el video. Manuela sacó su filmadora y puso play.

Las tres miraron el video en silencio; Manuela y Carolina recordaron el momento con excitación y se pusieron rojas.

Irene miraba el vídeo mordiéndose el labio inferior.

Las chicas la miraban a ella de reojo, inspeccionando en silencio su piel tersa y suave, admirando sus senos grandes y su abdomen plano.

Sin previo aviso, la muchacha le dio un beso a Manuela y acarició su rostro; después, mordió suavemente el cuello de Carolina.

—Puedo enseñarles a hacer lo que quieran —les dijo acariciando las piernas de las dos chicas.

Ninguna de las dos respondió, se quedaron calladas.

Irene se metió entre las piernas de Manuela, acarició por encima de la ropa sus brazos delgados, sus senos pequeños, bajó las manos por su cinturita y llegó a sus caderas.

Sintió cómo se estremecía el cuerpito virgen de la muchachita.

Levantó su polera, descubriendo su abdomen plano que se movía agitadamente.

Carolina miraba con deseo la curvatura que se formaba en la espalda de Irene, observaba con atención la redondez de su culito y, sobre este, ese torso perfecto, liso.

Le excitaba y tenía ganas de tocar ese cuerpecito que, aún adolescente, desprendía sensualidad.

Irene desvistió a Manuela palpando cada centímetro de su piel.

Acarició su vientre plano y despojó de vestimenta sus tetitas pequeñas pero firmes, hallándolas irresistibles.

Acarició los pezones oscuritos que se ponían duros al tacto.

Manuela la miraba fascinada, observando con lujuria sus senos bien guardados dentro del sostén negro.

Irene desabrochó el pantalón de la chiquilla delgada y se lo quitó suavemente, disfrutando de la hendidura entre sus piernas, del estremecimiento de sus rodillas, de la suavidad de su piel.

Dejó a Manuela con el calzón puesto y fue hacia Carolina que la miraba con deseo y excitación; se quitó el sostén, ostentando sus grandes tetas de mujer.

Luego desabotonó la camisa de Carito, descubriendo unos senos casi tan grandes como los suyos escondidos en un sostén blanco; los sacó por encima de las ballenas metálicas y chupó los pezones.

Manuela, que se había quedado en calzones, se acercó a las dos chicas y empezó a acariciar las tetas de Irene.

Acarició la curvatura completa, deteniéndose en los pezones para masajearlos con delicadeza.

Irene le bajó el calzón mientras le agarraba una teta a Manuela y encontró su vagina virgen; le metió un dedito suavemente. Manu gimió.

—Ustedes son tan putitas como yo —les dijo Irene. Ellas no se negaron.

Carolina se desvistió sola, dejando al descubierto sus grandes caderas y su culito voluminoso.

Se echó sobre la cama esperando instrucciones, pues no sabía qué hacer.

Irene seguía metiéndole un dedito por la vagina virgen a Manuela, hasta que sintió cómo se humedecía de placer, y empezó a meter dos deditos, tres deditos.

Cuando Manu estuvo lo suficientemente mojada, la dejó para lamerle el clítoris a Carito, que la esperaba tumbada sobre la cama con las piernas abiertas.

Deslizó su lengua rozando el agujerito virgen de la chiquilla.

Manuela y Carolina gemían de placer. Las dos yacían tumbadas sobre la cama con las piernas abiertas, esperando instrucciones, esperando ser tocadas.

Irene se puso en medio de ambas y comenzó a meterles los dedos por la vagina.

Las dos vaginas se estremecían y se humedecían al contacto.

—Pónganse de cuatro —les dijo Irene.

Las dos muchachitas, asustadas y excitadas, le hicieron caso sin preguntar nada.

El culito de Manu era pequeñito y redondo; el de Caro, voluptuoso y grande.

Irene se metió los dos dedos índices a la boca llenándolos de saliva, luego buscó entre las nalgas de las dos chicas y les penetró suavemente los anitos vírgenes.

—Les va a encantar esto, putitas —les dijo.

Metía y sacaba sus dos deditos de los anitos de las chicas que, al contacto, se abrían.

Las muchachitas se dejaban penetrar y gemían de placer.

Cada vez las penetraba más rápido; entonces, metió dos dedos, tres dedos.

Carito y Manu se estremecían, sus vaginas se seguían mojando y comenzaban a gotear sobre la cama.

Irene les metió los cuatro dedos y ambas gritaron al mismo tiempo.

—Ahora las tengo filmadas par de puticas —les dijo.