En la universidad y Muy Caliente Tarde de estudios
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Tarde de estudios

El lunes por la mañana, Irene entró al salón de clases vestida con una falda que llegaba

hasta sus rodillas y un suéter rosa de hilo. Llevaba los lentes bien puestos sobre su linda

naricita y el cabello recogido en un moño perfecto que dejaba al descubierto su largo cuello

blanco. Todos en la clase sabían lo que había hecho en la primera fiesta universitaria; pero

ella fingía no acordarse.

Mientras pasaba, Darío le tocó la rodilla tratando de meter sus manos dentro de la falda, pero la chica aceleró el paso y no volteó siquiera para mirarlo.

Marcelo, el chico que le gustaba, se sentó detrás de ella.

Cuando empezó la clase, dejaron de correr los rumores y todos se concentraron en el pizarrón, todos menos Marcelo.

Él miraba con atención el cuello fino y delgado de Irene, miraba también el suéter ceñido que se había puesto, el cual marcaba su cinturita estrecha que contrastaba con sus caderas carnosas.

“Estudiemos en la plaza al salir de aquí”, le escribió en un papelito que le pasó por debajo de la mesa, rozando sus piernas.

Ella sintió la mano de Marcelo acariciando sus muslos y sintió un estremecimiento en la espalda.

Sonrió al ver el mensajito y le respondió con una carita feliz.

Al terminar la clase, Marcelo salió primero y detrás de él salió Irene.

Los chicos se quedaron mirando el culito redondo de la muchacha imaginando todo lo que le haría

Marcelo esa tarde.

Irene y Marcelo se sentaron en uno de los jardines de la plaza que estaba frente a la universidad y abrieron sus libros.

Irene comenzó a leer la lección del día, mientras Marcelo miraba cómo se movían sus carnosos y rosados labios, mientras exploraba con la mirada sus senos prominentes levantando levemente el suéter rosa.

—¿Puedo besarte? —le preguntó a Irene. Ella no supo qué contestar.

El muchacho acarició el mentón de la chica y la besó.

Primero la besó tiernamente, luego le metió la lengua acariciando su paladar.

Llevó una de sus manos a la cintura de la chica agarrándola con fuerza, sintiendo su firmeza; la otra mano la puso sobre su rodilla descubierta.

Acariciaba lentamente esa rodilla con los dedos, lo cual provocaba un cosquilleo que se esparcía por todo el cuerpo de la muchacha, metía delicadamente sus dedos por debajo de la falda.

Irene se dejaba tocar con Marcelo; se sentía fascinada por sus cejas gruesas, sus hombros anchos y su voz varonil.

¿De verdad él se había fijado en ella? Sentía las manos del muchacho agarrándola por la cintura, acariciando sus piernas, llegando a los muslos, y se agitaba imaginando qué más haría.

Él se abría paso dentro de la estrecha falda, sintiendo los muslos firmes, acariciando el borde del calzón de Irene.

—Estudiemos un poco —dijo la muchacha nerviosa después de sentir los dedos de Marcelo

aproximándose a su vagina humedecida.

—Estudiemos —le dijo el muchacho sin mover sus manos.

Ella tomó su libro y empezó a leer en voz alta el capítulo avanzado durante la mañana; mientras tanto, Marcelo acariciaba el borde de su calzón, rozando el monte de venus.

Empezó a subir la otra mano, palpando la cintura de Irene, tocando sus costillas.

Se detuvo al sentir el borde de su seno.

La chica seguía leyendo, pero su voz se iba quebrando.

Marcelo empezó a acariciar el costado de uno de los senos de Irene, rozando de cuando en cuando el seno mismo.

Con la otra mano, encontró el borde del calzón tibio que acariciaba y metió un dedo, rozando el clítoris de la muchacha que seguía leyendo.

Fascinado con su cuerpecito, besó el cuello de la chica.

—¡Qué rico cuerpito tienes, putita! —le susurró al oído.

Irene fingió ignorarlo y siguió leyendo, pero abrió sus piernas, dispuesta a ser masturbada por los dedos grandes del chico.

Su voz se quebraba en la lectura. Marcelo metió la mano que tenía sobre uno de los senos de la chica por debajo de su suéter, sintió su piel tersa y tibia, que se estremecía al contacto; alcanzó su sostén y le acarició las tetas por encima de la delgada tela de encaje que las cubría.

Ella lanzó un gemidito.

—Párate —le ordenó Marcelo a Irene quitándole las manos de encima. Ella hizo caso.

Él llevó la mano con la que había estado tocándole el clítoris a la boca de la chica, le metió dos dedos para hacerle probar su propio sabor.

Estaba excitado, Irene lo notó cuando bajó la miraba y vio su pene duro marcado en el pantalón.

Agarró a la chica poniéndole los brazos en la espalda y la hizo andar como si fuera su prisionera hasta la esquina de un mural en la plaza.

Levantó su falda suavemente, sintiendo las piernas firmes de la muchacha, que temblaban con placer.

Descubrió su culito redondo cubierto por un calzón de encaje que remarcaba cada nalguita.

Le masajeó los muslos y luego agarró con fuerza sus glúteos firmes.

Metió sus dos manos por debajo del suéter rosa, acariciando su vientre plano y su cinturita.

Irene se humedecía sintiendo esas manos examinando cada centímetro de su cuerpito.

—¿Qué haces? —le preguntó asustada y excitada. Quería que Marcelo se la follara, pero no

le gustaba estar en la plaza.

—Te gusto, ¿verdad, putica rica? A mí me gusta tu culito.

Sacó los senos de Irene por encima de la ballena metálica del sostén, acarició los pezones duros y apretó sus tetas grandes.

Dejó una mano ahí dentro, y con la otra le bajó el calzón.

Buscó entre sus nalgas con un dedito, buscó el anito rosado de la muchacha y empezó a masajearlo.

El agujerito se abría. Irene se estremecía.

Tenía la vagina completamente mojada y la sentía gotear sobre el suelo de la plaza.

Se escuchaba pasar a los autos, y eso le daba miedo, pero estaba muy excitada.

Entonces, Marcelo sacó su pene duro, gordo, y lo empezó a meter por el culito redondito a la muchacha.

Tocaba sus tetas grandes mientras la penetraba. Ella, por vergüenza, no emitía sonido alguno, se mordía los labios para no gritar.

—¿Te gusta, putita tetona? —le preguntó Marcelo. Irene asintió.

Loco de placer palpando sus tetas enormes y deslizándose por ese agujerito diminuto, Marcelo empezó a metérsela a Irene hasta el fondo, sin pena.

Ella, al borde del éxtasis, gimió suave, luego fuerte, hasta que sintió que el muchacho se dejaba de mover dentro de su agujerito estrecho y un líquido tibio se escurría entre sus nalguitas redondas.

—Puta —le dijo Marcelo y ella se sintió una Puta deseada.