No le creas a la santurrona
Las chicas de primer año habían pasado de ignorar a Irene a odiarla.
Y es que era difícil no odiarla; después de la primera fiesta, en la cual se había descubierto la personalidad oculta de la muchacha, ningún hombre ya les prestaba la atención suficiente a las otras.
¿Por qué se preocuparían por seducir a muchachitas un poco guapas pero terriblemente difíciles, cuando podían invitar a Irene a estudiar y hacerle todo lo que quisieran al cerrar los libros?
Sin embargo, Irenita seguía comportándose como si fuera una santurrona y, en realidad, aquello era lo que más molestaba a las chicas de primer año.
Por eso Carolina y Manuela decidieron jugarle una bromita, tal vez así aprendía que una no siempre puede salirse con la suya y seguir como si nada.
Habían notado que Irene ya no miraba a Marcelo, el chico que le gustaba los primeros días de clases; en cambio, volteaba una y otra vez para ver a Gustavo.
El muchacho era bastante guapo, era difícil no verlo; pero era un poco tímido.
Sin embargo, si la putita de Irene se le insinuaba, él no dudaría en aceptarla donde fuera.
Les harían una trampa a ambos para que follaran en la biblioteca, grabarían toda la escena y subirían el video a la página de Facebook de la universidad.
Le dijeron a Gustavo que fuera a la biblioteca a estudiar para el examen sorpresa que habría al día siguiente (no hubo tal examen nunca) y a Irene le hicieron creer que Gustavo quería
follársela entre libros. Los muchachos creyeron todo lo que Carolina y Manuela les dijeron y se encontraron. Irene, que entró después, tomó un libro cualquiera y se sentó al lado de Gustavo.
Estaba vestida con una falda muy corta, una camisa a botones y zapatos de tacón, lista para la acción.
El muchacho le sonrió y no pudo evitar mirar el escote por el cual se asomaban los senos grandes de la chica.
Gustavo tenía la cabeza con vista hacia el libro, pero volteaba la mirada hacia ese escote profundo que dejaba ver la hendidura profunda entre los senos de Irene.
La chica, que también tenía un libro abierto sobre la mesa, se mordía los labios carnosos y acariciaba su cuello descubierto con una de sus delicadas manos.
El muchacho bajó la mirada y notó las piernas blancas y torneadas de su compañera; su faldita era diminuta.
Irene lanzó una risita coqueta y, sin dejar de mirar el libro, puso una mano en la entrepierna de Gustavo.
El muchacho se estremeció. Empezó a acariciarle el pene por encima del pantalón, sintiendo cómo se volvía más duro y grande.
Llevó la mano que tenía libre al borde de su escote y abrió uno de los botones de la camisa, dejando al descubierto su sostén de encaje blanco.
Carolina y Manuela miraban la escena desde la puerta del baño, que estaba detrás de la mesa en la que estaban los chicos.
Habían conseguido una buena cámara de video y filmaban todo lo que sucedía con zoom.
Irene abrió la bragueta del pantalón de Gustavo y metió su mano acariciando el pene ya duro del chico.
—¿Te gusta? —le preguntó susurrándole al oído.
Gustavo asintió con la cabeza. Había escuchado rumores sobre esa muchacha, pero no los creía ciertos; pues, la veía tan tranquilita y santita que los creía inverosímiles.
La muchacha le agarró la mano y la llevó hacia sus senos sonriéndole con las gafas puestas.
Su nariz respingada le daba un aspecto tan inocente…
Palpó los exuberantes pechos de Irene por encima de su sostén de encaje, y le gustó la sensación.
Siguió explorando por dentro de la ropa interior, encontrándose con sus pezones duros.
La chiquilla lanzó un gemido casi imperceptible.
Después de sentir la suavidad de esos grandes senos naturales, llevó su mano hacia las piernas; la deslizó con timidez, mirando a los ojos a la muchacha que se mordía los labios.
Palpó las caderas voluptuosas y carnosas, se animó a meter más la mano, encontrando las nalgas redondas y duritas de Irene.
La chiquilla se dejó tocar. Excitada e ilusionada por follar con Gustavo, sacó sus grandes senos por encima de la ballena del sostén, dándole al muchacho un acceso más rápido y fácil.
El chico, sin pensarlo dos veces, llevó una mano hacia el escote y, al meterla dentro de la camisa, palpó de nuevo las tetas grandes y naturales de la muchachita.
Carolina y Manuela empezaron a humedecerse solamente de mirar la escena.
¿Alguna vez alguien disfrutaría así de sus cuerpitos?
Irene se las arregló para sacar el pene de Gustavo de su pantalón, estaba duro y bien paradito.
Lamió su mano y comenzó a masturbarlo usando su saliva como lubricante.
El muchacho le seguía tocando las tetas, explorando la hendidura que se formaba entre ellas, acariciando los pezones rosados que se ponían más duros con el contacto; seguía acariciando ese culito perfecto, palpando cada nalga con placer.
Excitado, metió su mano entre el culo de Irene y la silla y hurgó entre los glúteos hasta hallar el agujerito diminuto por el cual –contaba la leyenda– todos se follaban a la muchachita.
Carolina y Manuela se movieron hacia un costado para captar la cara de puta que ponía Irene. Lograron hallar un ángulo favorable para sus intenciones sin ser descubiertas.
El anito de Irenita se abrió apenas sintió el dedo de Gustavo sobre él; estaba listo para convertirse, una vez más, en túnel de placer.
El muchacho acarició sus bordes con nerviosismo y excitación, luego lo presionó suavemente, esperando no lastimar a la chica.
Ella, lejos de verse adolorida, se mordía los labios enloquecida de placer.
Dos deditos entraron sin problema alguno por el agujerito estrecho, y luego entraron tres, y luego los cinco dedos apachurrados.
La muchachita tenía una teta descubierta y Gustavo estaba tan entretenido con su agujerito que había olvidado masajearla o guardarla.
Ella se puso de pie y se sentó suavemente sobre Gustavito, introduciéndose su pene bien erecto por su anito.
Carolina y Manuela se mordían los labios mirando la escena; sentían la necesidad de tocarse.
La chiquilla se movía suavemente sobre Gustavo, mientras él le acariciaba los pezones.
Poco a poco los movimientos se hicieron más bruscos.
El muchacho dejó su temor de lastimar ese agujerito estrecho y comenzó a penetrarlo hasta el fondo mientras pellizcaba las tetitas ricas y grandes de la putita universitaria.
Pronto se sintió tan excitado que eyaculó dentro de ese culito firme y redondo.
Irene hizo una mueca de éxtasis que sus compañeras grabaron sintiéndose aisladas de ese mundo de los placeres.