Irene debe llegar a casa
Era un día cálido, perfecto para llevar ropa ligera. Por eso la mamá de Irene no dijo nada cuando vio a su hija salir de casa con una minifalda y un top sin mangas. La muchacha
tenía que recoger un libro que había olvidado en la casa de una amiga suya después de una tarde de estudios. No tardaría mucho en regresar. En realidad, Irene había mentido un poco.
Sí, iba a la casa de alguien a recoger su libro; pero no lo había olvidado ahí después de una tarde de estudios y ese alguien no era una amiga.
Había dejado el libro en manos de Marcelo, el chico que le gustaba, mientras él la manoseaba en la plaza y, después de toda la pasión desatada, el chico se había llevado el libro.
Ahora la muchacha iba a recogerlo con la esperanza de que Marcelo volviera a tocarla, por eso vestía esa ropa tan ligera y fácil de quitar.
Sin embargo, cuando Marcelo le abrió la puerta, le devolvió el libro y le dijo que se verían después.
Irene no insistió en entrar. Estaba excitada y quería que la tocaran por debajo de su faldita corta, pero no sabía cómo insinuárselo al chico.
Fue caminando por la calle, llevando su libro entre brazos; un vientito suave sopló y levantó su minifalda dejando ver su culito redondo y firme.
Dos muchachos que andaban por ahí se le quedaron mirando y silbaron, ella volteó la cabeza y les sonrió. Los chicos se acercaron inmediatamente.
—¿Podemos acompañarte? —le preguntaron mirando su boquita rosada y carnosa.
—Sí.
Caminaron un poco, se presentaron y ella se presentó.
Se llamaban Alan y Rodrigo. Se sentaron los tres en la banca de una placita desolada para conocerse un poco más, Irene estaba al centro.
Entonces, Alan puso su mano sobre la pierna de la chica mientras conversaban y Rodrigo le acarició la cara.
Ella besó a Rodrigo. Mientras tanto, Alan recorría sus piernas con un dedo, deslizándose sin dificultad por debajo de la minifalda y rozando su tanguita rosada.
Cuando Irene dejó de besar a Rodrigo, se puso de pie y volvió a sentarse, pero sobre Alan.
El muchacho tenía el pene durito y, excitado, abrazó a la chica aferrándose a su vientre plano.
Rodrigo se acercó más y comenzó a deslizar sus dedos por las piernas firmes de Irene, rozando su entrepierna, sintiendo la humedad que se desprendía de su vagina.
Alan comenzó a besar a la chica apasionadamente mientras subía sus manos por su torso delgado.
Llegó al borde de sus senos libres, sin sostén, y siguió subiendo hasta agarrarlos enteros con sus dos manos.
¡Qué tetas tenía la chiquilla! Rodrigo subió más la mano, hasta llegar al borde del calzoncito de la chica.
Irene lanzó un gemidito. Sonó el celular de Irene y lo sacó de su cartera.
Era su madre; contestó. Los dos chicos seguían manoseando su cuerpito que se estremecía con el contacto, mientras tanto, ella hablaba tratando de mantener la voz firme.
Alan metió sus manos por debajo del top y comenzó a acariciarle las tetas; Rodrigo metió sus dedos dentro del calzón, explorando las hendiduras entre las piernas y la vagina.
La chica no encontraba las palabras correctas para seguir hablando con su mamá.
Cuando colgó la llamada, Alan estaba masajeándole los pezones y Rodrigo le metía dos deditos dentro de la vagina. Irene abrió sus piernas y besó a Rodrigo.
—Putita rica —le dijo Alan al oído.
Irene se quitó las manos de los muchachos de encima, se puso de pie y le abrió la bragueta a Rodrigo.
Sacó su pene paradito, hizo a un lado su tanguita y se sentó sobre el muchacho, metiendo entre sus nalgas el pene duro.
Alan se puso delante de ella y le subió el top descubriéndole las tetas.
Una señora pasó horrorizada y se tapó los ojos.
Irene se sintió como una verdadera puta, sus senos enormes estaban al descubierto, visibles para cualquier transeúnte; pero estaba muy excitada y quería follar.
La chica se metió un dedo por el culito y luego abrió sus nalgas para que Rodrigo la penetrara.
El muchacho deslizó su pene duro y parado por ese recoveco estrecho.
Alan comenzó a chuparle los pezones mientras acariciaba su cinturita diminuta.
Irene se movía sobre Rodrigo; con el movimiento, el pene del muchacho se deslizaba de adentro para afuera, sintiendo cómo se estremecía ese agujerito rosado por dentro.
Excitado, eyaculó en ese culito perfecto y redondo.
Ella se levantó con las tetas descubiertas, se tapó acomodando su top y le bajó el cierre de la bragueta a Alan. Acarició
su pene.
—Te gusta por el culito, ¿no, putita? —preguntó Alan sintiendo las manos delicadas de
Irene rozando su pene paradito y grande.
—Quiero que me folles hasta el fondo —le dijo ella a modo de respuesta.
Se puso en cuatro sobre la banca de la plaza mostrando su anito abierto, listo para ser
penetrado. Alan, excitado, metió su pene largo y erecto dentro del agujerito.
—¿Rico, putita? —le preguntó tocando el fondo de su culito con el pene.
Ella asintió con la cabeza mientras se mordía los labios.
Alan comenzó a moverse dentro de ese agujerito chiquito, sintiéndolo húmedo y abierto.
Excitado, metió sus manos dentro del top y agarró las tetas de la chica con furia.
Rodrigo miraba la escena y su pene volvía a pararse dentro de su pantalón.
Unas chicas de la edad de Irene pasaron y miraron la escena de reojo.
La muchacha se avergonzó, pero no podía dejar de follar; el pene de Alan era grande y le gustaba.
Sonó el celular de Irene, ella lo sacó de su cartera y contestó. Era su mamá. Solamente
podía contestar sí o no, porque no podía pronunciar palabra alguna mientras Alan se la
follaba por el culo. Su vagina húmeda empezaba a gotear sobre la banca y su anito se
estremecía por dentro de placer. El chico sentía las tetas grandes en sus manos, miraba la
cinturita estrecha de la chiquilla y se excitaba con la vocecita tímida con la que ella hablaba
con su madre.
Irene colgó y lanzó un alarido de placer; en ese momento, Alan eyaculó dentro de su culito duro y redondo.