En la universidad y Muy Caliente Bienvenida a la universidad
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Bienvenida a la universidad

Los primeros días de clases todas las chicas parecían atractivas; todas vestían prendas ajustadas y escotes (cosas que nunca les hubieran dejado usar en el colegio).

Sin embargo, ningún chico reparó en Irene, la muchachita que había conseguido una beca completa de estudios.

Siempre estaba callada, con los lentes bien puestos sobre su naricita respingada y con el cabello recogido, mostrando su fino cuello blanco.

Pocas semanas después de empezar las clases, una chica ofreció su casa para celebrar la

primera fiesta universitaria. Todos se volvieron locos, menos Irene.

Ella nunca en su vida había ido a una fiesta y no pensaba hacerlo esta vez, hasta que Marcelo, el chico que le gustaba, le dijo que esperaba verla allí.

Entonces, fue. Llegó a la fiesta y se sentó en el sillón de la entrada esperando ver a Marcelo; mientras tanto, sus compañeros se emborrachaban, bailaban, se besuqueaban.

Esperó sentada algo más de media hora sin hablar con nadie, hasta que se abrió la puerta y entraron dos mujeres muy altas que llevaban vestidos ajustados, los cuales permitían ver sus siluetas despampanantes. Los chicos gritaron de emoción.

“¿Acaso eran prostitutas?”, pensó Irene mientras las veía bailar con todos y dejando que las tocaran. Terminó el vaso de refresco que tenía en la mano e, indignada, se levantó del asiento para irse; entonces, vio a Marcelo caminando por el pasillo.

Fue hacia él con timidez y vergüenza. ¿Qué le diría?

Llegó al pasillo, estaba vacío. Comenzó a caminar esperando encontrarlo saliendo del baño o curioseando por las habitaciones de la casa.

Vio una puerta entreabierta y se asomó: una de las mujeres, ¿o prostitutas?

, bailaba sensualmente con los senos descubiertos.

Se asomó un poco más, vio a Marcelo desnudo, con los ojos fijos en esa mujer. Se le quebró el corazón.

Enfurecida, caminó hacia la sala y empezó a beber.

Se sintió un poco mareada, pero feliz; empezó a bailar a vista de todos moviendo las caderas.

Los chicos la notaron por primera vez. Debajo de la blusa blanca se marcaban sus senos grandes y redondos, cuando se daba la vuelta podía verse su culito firme.

Empezaron a acercarse para bailar con ella.

Darío se acercó hipnotizado por sus senos redondos que resaltaban debajo de la blusa ligeramente ancha, le invitó un trago que Irene aceptó y la tomó por la cintura.

La sintió firme y perfecta. Bajó lentamente sus manos hasta tocar las caderas de la chica, que se movían al ritmo de la música. Encontró el borde de la blusa y deslizó sus dedos sintiendo la piel suave y tersa de Irene; ella se dejó.

Irene se dio la vuelta, dándole la espalda a Darío.

Darío volvió a deslizar sus dedos dentro de la blusa, tocando su vientre plano y firme, sintiendo la hendidura de su ombligo.

Ella disfrutaba ese contacto, así que se pegó más al muchacho.

Él sintió sus nalguitas duras junto a su pelvis, y siguió acariciando el cuerpo de la chica.

Alcanzó sus costillas con timidez y le comenzó a besar el cuello.

—Vámonos de aquí —le dijo.

La muchacha hizo como si no lo escuchara y siguió bailando. Darío, deslizó sus manos por encima del sostén, sintiendo los senos voluptuosos de Irene; ella no decía nada, bailaba y bailaba. Él acarició el contorno de la prenda interior intentando meter sus dedos para

encontrar los pezones. La chica sintió un escalofrío que recorrió su espalda y un cosquilleo desde sus pezones hasta su clítoris. Se dio la vuelta y besó a Darío.

—Ven conmigo —le pidió Darío tomándola de la mano.

Ella se dejó guiar. Entraron al cuarto del que salían Marcelo y la mujer extraña.

A Irene no le importó. Se sentaron sobre la cama.

Darío la miraba fijamente a los ojos mientras acariciaba sus piernas y su cuello.

Ella se estremecía con algo de temor. Entonces, él se quitó la polera y ella lo imitó.

Él le desabrochó el pantalón mientras la besaba, metió tímidamente su mano dentro del calzón de la chica y se deslizó hasta encontrar su clítoris. Comenzó a masajearlo.

Irene se humedecía, su cuerpo entero se estremecía de excitación, pero no gemía por

vergüenza.

—¿Te gusta? —preguntó Darío.

Ella asintió en silencio. Con la mano que tenía libre, él desabrochó el sostén de Irene dejando libres sus blancos y grandes senos de pezones rosados.

Le agarró el culo y empezó a lamerle las tetas.

Irene empezó a gemir, así que él buscó el agujerito de su vagina virgen y le metió dos dedos que la estremecieron por completo.

Los empezó a mover de adentro afuera, sintiendo cómo el huequito se llenaba de agüita y se abría.

Debajo del pantalón de Darío, su pene se ponía duro y crecía. Soltó a la chica un rato y se

desnudó completamente. Después, le desabrochó el pantalón a Irene y le dijo que se lo quitara. Ella hizo caso. Mientras se agachaba para sacarlo, él se empezó a masturbar

mirando su culito redondo. Irene se tumbó sobre la cama excitada, esperando ser penetrada por primera vez.

Darío se tendió sobre ella y deslizó su pene erecto dentro de ella.

La muchacha se puso roja inmediatamente; le gustó sentir cómo el pene largo de Darío se deslizaba dentro de ella, acariciándole el interior húmedo y cálido de la vagina.

Darío la penetró primero lentamente, sintiendo la estrechez de ese agujerito virgen, disfrutando su tibieza mientras le chupaba las tetas redondas y grandes. Después, la penetró más rápido, con más fuerza, y le mordió los pezones con furia. Irene gemía de placer y se estremecía con cada mordisco.

—Date la vuelta —le dijo él.

Ella hizo caso un poco asustada. Él la agarró por las caderas y las subió dejando su torso pegado a la cama, acarició su culito redondo, buscó su anito rosado y metió su lengua dentro de él.

El cuerpito de Irene se estremeció. Darío metía y sacaba su lengua de ese anito virgen, hasta que se abrió.

Entonces, deslizó su pene largo y bien parado dentro del agujerito.

Ella sintió un escalofrío que le adormeció la cabeza.

Darío la penetraba lento, pero hasta el fondo; ella se agarraba de la almohada y se tapaba

la boca con ella, quería gritar. El muchacho sacó su pene largo y eyaculó sobre la espalda de la chica. Después de ese día, Irene empezó a vestir faldas cortas y escotes, y no ha pasado fin de semana en el que no se deje follar por el culo con un chico distinto de su clase. Marcelo fue el segundo.