En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 8 #2
97%

Capítulo 8 #2

Vivian notó de un momento a otro la gravedad, y fue como si cargara con una montaña entera.

Jean-Luc se asustó.

—¿Podéis salir todas? —se dirigió en voz baja a Henriette, Lona y Giselle—. Creo que Vivian quiere estar sola.

Cuando salieron las demás, se sentó a su lado en el suelo.

—¿Quieres que me vaya yo también? —le preguntó.

Ella negó con la cabeza.

—No, no, tú no. Pero ¿podrías darme un abrazo?

Necesitaba un hombro en el que apoyarse y, cuando se arrimó a Jean-Luc, percibió su olor a polvos de taco y sudor, su calor y dulzura, y se rompieron todos los diques.

Prorrumpió en sollozos, lloró como nunca desde que era pequeña.

No lo había hecho con el final sorpresa del sencillo viaje a la Columbia Británica, ni de agotamiento después de buscar oro durante horas en un río helado en el que apenas quedaba nada.

Ni siquiera derramó una lágrima cuando Ross la abandonó.

Pero en ese momento se dejó ir por completo.

Sacó toda la presión a la que se había visto sometida durante los últimos meses, las discrepancias con Jean-Luc, el acercamiento con Ross.

Él, a quien había confiado sus preocupaciones por la suerte de Dancer y había estado a punto de conseguir que dudara de su profesión de bailarina. Y de su amor por Jean-Luc.

Jean-Luc la abrazó durante horas, sin hacer preguntas. Notó que la tensión iba remitiendo poco a poco. Conocía su miedo al fracaso, que la había empujado al mundo de las carreras deportivas, el de Ross Wallett cuando le entró el miedo de no ser bienvenida ya en el mundo del ballet.

Al final se calmó y se durmió en su hombro. Jean-Luc la levantó con suavidad y la llevó al dormitorio. Se quedaría con ella para que despertara también en sus brazos.

Sin embargo, ella abrió los ojos cuando la dejó tumbada.

—¿Me acompañarás mañana al hipódromo? —le preguntó. Durante las últimas semanas casi siempre había ido sin él a las jornadas de carreras.

Jean-Luc torció el gesto.

—Bueno, en realidad… quería trabajar en una coreografía. Pensaba que podríamos volver a bailar una canción cantada por Francine, siempre es muy bien recibido entre el público. Y yo… justo hoy me has convencido de que podríamos ejecutar algunos pasos en puntas.

Vivian le sonrió.

—Ven igualmente —le rogó—. Mañana me gustaría tenerte a mi lado. ¡Te necesito!

Jean-Luc asintió.

—Viv, mi amor, yo siempre estaré cuando me necesites. Y ahora duerme. Mañana será otro día.

—Nuestro día —susurró Vivian.

Al llegar al hipódromo, Jean-Luc se preguntó por qué tanta urgencia por tenerlo a su lado para acto seguido dejarlo solo en el palco de propietarios.

Dancer participaba en una de las primeras carreras, así que Jean-Luc supuso que quería desear suerte al jinete, o incluso a Ross.

Por un momento pensó con preocupación si la habría entendido mal el día anterior.

¿Acaso ese día era el principio del fin?

¿Había escogido a Ross, y la víspera solo había sido su despedida de su vida en común?

Vivian se dirigió a los establos, sabía que no encontraría a Ross ahí, tenía a un caballo en la primera carrera y estaba en la pista para atenderlo.

De todos modos esperaba a Samson, que entró también en el establo al volver del pesaje, junto con los jinetes de Neptuno y Mortimer, que se alojaban en el mismo establo que Dancer.

Kinmitu estaba montando su espectáculo con Neptuno, y los jinetes ponían los ojos en blanco mientras los dueños del caballo escuchaban con devoción e inspiraban con entusiasmo el hedor de los brebajes de hierbas.

Los jinetes entregaron las sillas y las bridas a los mozos de cuadra.

Ya llevaban puesta la ropa de montar, unos pantalones claros y botas blandas, con cazadoras de los colores del entrenador.

Ross había elegido el verde y el amarillo, que a Vivian también le gustaban.

Se acercó decidida a Samson, que acababa de separarse de los demás jinetes y se dirigía al box de Dancer.

—Un momento, Samson —dijo con amabilidad—. Si no es molestia…

—Usted no molesta nunca, señora Wallett —repuso el jinete, aunque el escaso afecto era mutuo—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—¡Mejor entremos aquí! —canturreó Vivian—. Ahí no nos interrumpirán. —Señaló un cuarto en el que se almacenaba heno y paja y se guardaban escobas y horquillas para retirar el estiércol.

Samson la miró sorprendido. Los jinetes estaban muy acostumbrados a que las visitantes coquetearan con ellos.

Pero ¿Vivian Wallett? Aun así, la siguió y se quedó muy desconcertado cuando ella cerró la puerta y se abrió la falda.

La voluminosa falda del traje cayó al suelo y Samson se fijó en que debajo llevaba unos pantalones ceñidos y botas.

—¡Bueno, ahora usted! —le ordenó Vivian—. ¡Desvístase, y rápido!

Samson se llevó las manos a la bragueta.

—¡Los pantalones no! —masculló Vivian—. La cazadora. Necesito sus colores.

—Pero… pero…

—¡Hágame caso! —gritó—. Dancer tiene que ir a la zona de calentamiento.

—Por eso —murmuró Samson, que empezaba a intuir algo—, tengo que…

—No tiene que hacer nada. ¡Dancer es mi caballo, y hoy lo montaré yo! —Vivian se quitó también la chaqueta del traje y se quedó con la blusa clara muy fina encima del corsé.

Samson se quitó la cazadora.

—Eso… ¡está prohibido! —tartamudeó—. No… no puede…

—¡No aceptaré prohibiciones! —repuso con contundencia—. Voy a montar a Dancer, y voy a ganar con él. Y si dice una sola palabra ahora mismo, iré directa a la dirección de carreras y les contaré lo que hablaron ayer delante del box de Dancer. Con su honrado entrenador y su chamana.

—Así nunca lo conseguirá, señora Wallett.

Le dio la cazadora y ella se la puso sin vacilar.

—Señora Wallett, la denunciaré en cuanto salga por la puerta…

Vivian oyó que Neptuno y Mortimer salían con sus cuidadores. Ahora solo Dancer esperaba a su jinete en el box.

—¡Adelante!

Vivian salió del cuarto y giró la llave en la cerradura.

Antes había comprobado si se podía girarla y había engrasado un poco la cerradura.

El cuarto de los alimentos no estaba cerrado por lo general, la llave estaba puesta.

En ese momento, en cambio, giró fácilmente en la cerradura de la pesada puerta de madera.

Aunque volvieran enseguida los mozos de cuadra en lugar de ver la carrera, la probabilidad de que vieran a Samson antes de que los caballos arrancaran era mínima.

Se escondió el pelo debajo de la gorra de Samson. El jinete tenía la cabeza más grande que ella, así que le resultó fácil. Le quedaba bastante suelta, pero no se preocupó más por eso. Entró resuelta en el box a buscar a Dancer.

Joe, su cuidador, la miró extrañado, pero no dijo nada cuando le dio las riendas. Era de una complexión muy parecida a la de Samson, el jinete también era menudo y de extremidades delicadas, aunque ella se movía de otra manera, claro…

—Podría ayudarme a subir a la silla —dijo, y corrió el riesgo de delatarse frente al mozo de cuadra.

Joe debió de reconocer su voz, algo que como mínimo sospechaba. Entonces sonrió.

—¡Claro, señor Samson! ¡Y que tenga mucha suerte en la carrera!

Con un hábil impulso ayudó a Vivian a subir a la silla en cuanto salieron de los establos. Ella agarró las riendas y él la soga. Con suerte en el cerco la gente se fijaría más en los caballos que en los jinetes.