En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

—¿Qué tal se te da cantar? —le preguntó Jean-Luc a la mañana siguiente.

Vivian se había presentado con puntualidad a los ensayos de las bailarinas de cancán y había calentado con ellas.

Después se quedó en la barra y, mientras él practicaba con las demás, de una en una o en grupo, a ella iba dándole instrucciones y la corregía.

Era su primera clase de ballet de verdad desde hacía años y, aunque quedó completamente sudada, la disfrutó mucho.

Las demás chicas ya habían terminado y se habían ido, solo June seguía allí para cuidar de Giselle.

Jean-Luc tenía tiempo para dedicarle a Vivian y a su número en solitario.

Ella se encogió de hombros.

—Bueno, sé entonar —contestó—. Por lo menos aún no se ha quejado nadie cuando le canto a Giselle para dormirla, y en el coro del internado no desafinaba mucho. Pero ¿bastará eso para la ópera?

Jean-Luc se echó a reír.

—No hará falta tanto. Cántame algo, lo que quieras. Algo pequeño, sencillo. «Au clair de la lune» , ¿la conoces?

Vivian asintió. Por supuesto que conocía esa antigua tonada francesa sobre la luz de la luna que podía interpretarse como una cancioncilla infantil, pero también como una canción de amor.

Empezó a cantar en voz baja y, en cuanto Jean-Luc se sentó al piano para tocar un acompañamiento simple, poco a poco fue ganando seguridad.

A los dos les pareció que sonaba bien. Vivian tenía una voz de soprano dulce y suave, muy expresiva, aunque no lo bastante potente para llenar una gran sala.

Por suerte, el teatro de variedades era más bien pequeño.

—Presta atención, Vivian. Así es como lo había imaginado.

—Jean-Luc se volvió hacia ella en el taburete del piano—.

El escenario está a oscuras salvo por una luna creciente.

Tú estás sentada en el borde de una fuente, en un viejo pueblo francés, y a tu alrededor se intuyen casas de labranza.

La luna va creciendo más y más a medida que cantas…

—¿Cómo vamos a hacer eso?

—Recursos escénicos. Y no me vengas ahora con que no puede ser.

En el número de Kinmitu tampoco se aparecen los espíritus.

Tal como lo imagino, al principio se te ve medio en penumbra, luego te iluminas más y más.

Llevas un vestido blanco, muy ligero, con muchos tules, pero sin tutú.

Entonces empiezas a bailar y diriges tu ruego a una ventana de la primera casa.

Con pantomima: no tienes por qué cantar y bailar a la vez.

Se había levantado y esbozó un par de pasos de baile. La canción trataba sobre una luz que quien cantaba le pedía al habitante de la casa. En un sentido figurado, se trataba de una petición de amor. El baile que improvisó Jean-Luc lo expresaba de una forma que derretía el corazón.

Vivian debía cantar entonces la segunda estrofa.

—O quizá directamente la tercera —reflexionó Jean-Luc—. Cuando vuelvas a bailar, se encenderá la luz de la ventana y te moverás iluminada por su rayo, de manera que quedarás unida a la ventana.

—¿La luz nos une al hombre que hay tras la ventana y a mí? —preguntó Vivian con seriedad—. ¡Parecerá que me estoy ofreciendo a él!

—Solo en un sentido figurado —puntualizó Jean-Luc—. Pides luz y la recibes, pero no se verá a ningún hombre.

—Pero, al final de la letra de la canción, la puerta se cierra tras ellos —repuso Vivian, todavía no muy convencida—. De modo que él la deja entrar y entonces…

—También podemos hacer que al final salga el sol —propuso Jean-Luc—.

No estaría nada mal. Tú terminas tu baile bañada por la luz de la ventana, puedes hacer una reverencia, casi como si le dieras las gracias a quien te ha ofrecido la luz, y entonces la luna se va apagando, toda la iluminación del escenario se enciende y el público por fin puede verte bien y aplaudirte. Cambiaremos la letra y listos.

—Hmmm… —hizo Vivian—. Enséñamelo a ver.

Durante las semanas siguientes, trabajaron en el baile hasta que por fin Vivian lo interpretó con el corazón palpitante para presentárselo a Jerry Effort.

Las chicas del cancán ya lo habían visto y estaban entusiasmadas, pero para ella era la primera representación de verdad, y la lógica de la pieza no acababa de encajarle todavía.

—¡Eso da igual! —exclamó June—. Que cada cual piense lo que quiera. El caso es que es precioso: la luz, el vestido, el baile. Te llega al corazón.

El vestido se lo había cosido la vendedora de entradas de cara avinagrada, que también trabajaba como encargada de vestuario y no sabía si alterarse más porque Vivian no llevara corsé o porque en todo el teatro no hubiera un corsé de su talla.

Ella, en realidad, tenía el suyo, pero hacía mucho que estaba desgastado y dado de sí, puesto que era el que se había llevado de Inglaterra hacía años.

Para la función necesitaba un vestido holgado que dejara a su cuerpo moverse con libertad, y la señora Potter, aunque protestando, se lo cosió con raso y encaje.

—La tela es de un vestido de novia —informó June con una risilla—. Me lo ha contado la mujer que se lo ha vendido. Lo trajo hasta aquí desde Quebec, por los recuerdos románticos que le traía. Luego el tipo la abandonó.

A Vivian le parecía horrible la cantidad de veces que ocurría eso allí, en los confines más remotos de la Columbia Británica, sobre todo porque había escasez de mujeres.

Sin embargo, las que habían conseguido llegar con sus maridos a la costa oeste de Canadá ya no querían jugar a las casitas, quedarse en la cocina o batear oro solo de vez en cuando.

Querían que se las oyera y tenían opiniones propias, que a menudo eran contrarias a las de los aventureros y exploradores con los que trabajaban sus maridos.

A estos, moverse de un sitio a otro con total libertad les parecía mucho más atractivo que sacar adelante una familia, y entonces las mujeres debían valorar en qué situación quedaban.

Si tenían suerte y talento, acababan bailando el cancán, pero a menudo también vendían su cuerpo en salones de mala muerte.

A Vivian, si a Jerry Effort le gustaba la coreografía que habían creado, de pronto se le abría la posibilidad de convertirse en una aplaudida bailarina en solitario.

Jean-Luc se había ocupado mucho más de plasmar sus ideas en la escenografía y la técnica que del baile de Vivian; parecía confiar ciegamente en ella.

El éxito del número dependía por completo de que la luna saliera y se pusiera en el momento oportuno, así que al final decidieron hacer que una luna llena se desplazara en semicírculo sobre el escenario y, así, conseguir unos efectos sorprendentes con la iluminación, en lugar de que la luna creciente se convirtiera de pronto en una llena.

Al final de la representación salía el sol.

Effort estaba sentado a oscuras en la sala, y también otros, como los acróbatas y el mago, se habían unido a él. En el último momento, hasta Kinmitu se sentó a una de las mesas del fondo.

Vivian cantó y bailó al ritmo de la música del piano.

Junto a una orquesta, seguro que su voz no habría resistido; allí, en cambio, sonaba preciosa, dulce y seductora, y el baile contaba la extraña historia de amor y de esa luz que al final ella parecía alcanzar con las manos, hasta que el sol salía y rompía el hechizo.

Vivian se irguió tras la reverencia final y saludó al sol como si despertase de un sueño. Se echó el pelo suelto hacia atrás y miró al público con incredulidad. Effort y los demás también parecieron necesitar unos momentos para volver a la realidad tras la actuación. Entonces rompieron a aplaudir.

—¡Ha sido increíble! —exclamó el propietario, entusiasmado—.

¡Legendario! Mañana mismo lo incluiremos en el programa.

¡Jean-Luc, otra obra maestra! Tenemos que hablar de sus honorarios.

Y también de los de la encantadora Vivian, por supuesto.

¿Cómo se apellidaba usted? ¿Vivian Wallett?

Es un nombre artístico estupendo. Pero nos olvidaremos del «señora»: la señorita Vivian Wallet. ¡Fabuloso!

Vivian se encontró de pronto con unos beneficios de cincuenta dólares por representación, algo increíble para ella. Por fin podría alquilar un piso y también pagar a alguien para que cuidara de Giselle.

Esperó su debut contentísima, y acabó recibiendo tanta admiración por parte de los buscadores de oro y los comerciantes de Yale como la había tenido de Jerry Effort y sus compañeros en el ensayo general.

Kinmitu fue la única que no llegó a felicitarla.

Durante los meses siguientes, la fama de Vivian creció de noche en noche.

Effort le había pedido que, además de la canción en francés, preparara también una en inglés, y Jean-Luc repitió el exitoso concepto de canto y baile preparando una coreografía a medida para la tonada escocesa «The Braes of Balquidder».

Una muchacha, o un hada, evocaba en ella su amor en el maravilloso paisaje de las Tierras Altas.

Jean-Luc cambió un poco la letra, porque la original habría exigido a un intérprete masculino, pero le resultó sencillo, y el baile de Vivian por un decorado lleno de flores con las que trenzaba una corona que al final se ponía en el pelo fue fácil de coreografiar.

Su voz resultaba seductora e íntima al entonar la última estrofa:

¿Querrás venir, amor mío,

me seguirás hasta los altos de Balquidder,

donde crecen los arándanos?

Un día de verano en los altos de Balquidder…

—¡Yo sí iría! —exclamó Jean-Luc cuando, tras la representación, Vivian regresó a los camerinos, resplandeciente, con los brazos llenos de flores que sus admiradores le habían lanzado al escenario.

—¿Y te quedarías también durante el invierno? —preguntó en voz baja.

—Todo el tiempo que tú quieras —susurró Jean-Luc.

Vivian levantó el rostro hacia él, que la besó.