Capítulo 7
—Pues sí, está claro que ahora necesitamos agua.
Vivian dejó en el suelo a su hija llorosa, que enseguida se aferró a su pierna, y sacó un pañuelo con un suspiro.
Sin embargo, aquel desastre no era tan sencillo de limpiar.
Pensó que tal vez fuera mejor cruzar la sala del teatro en ese estado desastroso para ir a buscar el abrigo al guardarropa con la niña lloriqueando y regresar a casa, pero desechó la idea.
En lugar de eso, acarició a su hija, volvió a cogerla en brazos y le susurró unas palabras para tranquilizarla.
Cuando Giselle se acurrucó contra su hombro, Vivian se dirigió al camerino de las bailarinas, fácilmente reconocible por el alegre parloteo y las risas que salían al pasillo.
Abrió la puerta con decisión y se encontró en una sala pequeña en la que apenas cabían un tocador y un perchero.
Allí solo había una mujer sentada delante del espejo, mientras que, en otra sala anexa mucho mayor, la troupe al completo estaba desmaquillándose y cambiándose de ropa.
La mujer llevaba una bata —marrón, sencilla, que parecía hecha más bien para un hombre— y en ese momento se quitó la peluca.
Debajo apareció un pelo corto, castaño oscuro.
Sus manos esbeltas se introdujeron en él y lo masajearon un poco antes de retirar las pestañas y las cejas postizas…
Vivian apenas podía creer la transformación que estaba presenciando, pero su sospecha se convirtió en certeza.
—Jean-Luc —dijo casi sin voz.
Jean-Luc se volvió y reconoció a la muchacha con aires de ninfa que invadía su pensamiento una y otra vez desde París.
La melena color canela, la figura delicada, el rostro expresivo e inteligente; aunque tenía restos de vómito en el pelo, llevaba en brazos a una niña que lloraba y su cuerpo no estaba engalanado por un tutú blanco, sino por un vestido verde de algodón que había quedado empapado.
—¿Vi-vi-an? —balbuceó.
Los dos se quedaron mirándose sin poder creer lo que veían. Ella siempre había pensado en Jean-Luc como en un príncipe: elegante y ágil, pero indudablemente masculino. De pronto tenía delante una parodia, y por su forma de bailar tampoco le había parecido que solo interpretara a una bailarina.
Antes de partir con Ross hacia Canadá, Vivian imaginaba reencontrarse con Jean-Luc cuando ella fuera la mecenas de un teatro en el que él actuara.
Él se habría convertido en un bailarín noble y famoso, y ella quizá en la esposa de un lord que ofrecía una cena en su casa de la ciudad para apoyar al teatro.
Tal vez, al acabar, incluso habría bailado con ella…
Si Jean-Luc había pensado alguna vez en volver a verla, había sido sin duda como bailarina.
Vivian no podía haber renunciado a su sueño.
Había imaginado que la veía en lo alto del escenario, en una representación a la que tal vez él había acudido con su esposa, Joana.
Después habría tenido lugar una recepción para los artistas, y a lo mejor él habría bailado otra vez con ella…
—No te pareces al bailarín que conocí —dijo Vivian.
Jean-Luc sonrió.
—Ya, debo reconocer que no —repuso él, y se retiró algo de maquillaje de la cara con un pañuelo húmedo. Tras pensarlo un instante, le tendió un puñado de pañuelos a ella—. Tu vestuario tampoco es muy convencional.
Vivian le dio las gracias y se esforzó por limpiarse todo lo posible, tanto a ella como a Giselle.
Mientras tanto, observó a Jean-Luc, que, con cada gesto al desmaquillarse, volvía a transformarse en el hombre que tanta impresión le había causado en París.
Tenía la piel algo más curtida y se le veían unas primeras arruguitas.
—¿Es tu hija? —preguntó señalando a la niña, que seguía lloriqueando.
—Giselle —dijo Vivian.
Él sonrió.
—¿El padre es bailarín?
Ella negó con la cabeza.
—No. Era… Es… un desengaño. Bueno, sabía bailar bailes de salón y me enseñó a mí. Pero bailar, lo que se dice bailar, solo lo he hecho contigo.
—Podríamos volver a hacerlo —dijo él en voz baja.
Vivian arrugó la frente.
—¿Bailar el cancán? ¿Con… Jeannette?
Jean-Luc le dirigió una mirada desesperada.
—Aquí soy profesor de baile, Vivian. Y apoderado. Mi actuación de hoy ha sido una especie de apuesta.
Para entonces, las demás bailarinas ya se habían fijado en ellos. Acababan de descorchar una botella de champán y bebían riendo a la salud de su «Jeannette». Dos de ellas entraron entonces en la salita de Jean-Luc con una botella y una copa.
—¡ Oh là là , Jeannette tiene visita! —exclamó una, riendo.
Jean-Luc la miró con severidad.
—Basta, June. Un poco más de respeto, por favor. La señorita Altham ya se ha llevado suficientes sorpresas al verme disfrazado.
—Señora Wallett —lo corrigió Vivian.
Las bailarinas soltaron unas risillas. June cogió la peluca de Jean-Luc y se la puso para posar con descaro.
—No se preocupe, señora Wallett. ¡A partir de mañana volverá a ser Jean-Luc y nos torturará en la barra de ballet!
Vivian se esforzó por sonreír.
—Lo sé. También lo hizo conmigo. Fui alumna suya en París.
Todas las chicas, al darse cuenta de lo que pasaba, se apretaron en la puerta del pequeño camerino de Jean-Luc hablando unas por encima de otras.
—¿De verdad? ¿En París?
—¿En la Ópera?
—¿Ballet de verdad? ¿Lo que baila Jean-Luc cuando cree que nadie lo ve?
—¿Eres una… prima balletina ?
—¡Se dice ballerina ! ¿Lo eres?
En realidad, Vivian estaba demasiado desconcertada y confusa por ese inesperado reencuentro para contestar a tantas preguntas, pero al final se recompuso y explicó que sí, que había bailado ballet en París, pero que solo había sido una principiante, no una bailarina de verdad.
—Pero ¿bailaste con Jean-Luc? —preguntó June.
Los dos se miraron.
—Sí —dijeron al mismo tiempo—. Una vez.
En los ojos de ambos se reflejó el recuerdo de aquel pequeño baile que nunca habían olvidado. Las más sensibles de entre las muchachas supieron ver el vínculo que continuaba uniéndolos. Una morena bajita se puso al frente de las demás. Era evidente que se había pasado un poco con el champán.
—¡Queremos verlo! —exclamó—. ¡Tenéis que enseñárnoslo! Cuidaremos de la niña mientras tanto.
Las demás aplaudieron.
Giselle se había calmado por fin y estaba más o menos limpia. Había bebido un par de sorbos de agua y, a punto de quedarse dormida, apretaba la carita sucia contra el hombro de su madre.
—Pero ¿dónde? ¿Aquí? —preguntó una de las mayores mirando el escaso espacio del camerino comunitario, donde, además, reinaba un desorden descomunal.
—Qué dices, ¡en el escenario! —propuso June—. Ahora no hay nadie…
—¿Y la fiesta del estreno? —objetó otra.
Jerry Effort las había invitado a todas a tomar algo una hora después de la representación.
—Será en la sala, y todavía no ha empezado. Dejaremos el telón bajado y listos.
Las bailarinas discutieron con entusiasmo mientras los dos protagonistas seguían inmóviles, ambos perdidos en sus recuerdos.
—¿Quieres hacerlo? —preguntó Jean-Luc en voz baja—. ¿Todavía te acuerdas? La danza campesina de Giselle .
Vivian asintió. No entendía lo que estaba pasando: era del todo imposible que fuera a bailar en un escenario con su vestido manchado y sus botas recias, pero algo en su interior deseaba intentarlo.
A Jean-Luc parecía sucederle algo similar.
—¡Pues vamos! —exclamó.
Las bailarinas de cancán gritaron de alegría. Acompañaron a la pareja hasta el escenario y luego se sentaron en círculo en el suelo para contemplarlos. June se encargó de Giselle.
—Sé lo que me hago, tengo tres hermanas pequeñas.
Vivian se miró las botas con inseguridad.
—Quítatelas —dijo Jean-Luc—. Eres una campesina, puedes bailar descalza.
Él había cogido unas zapatillas de piel y, para regocijo generalizado, se las puso por encima de las medias de rejilla.
Se quitó la bata y las mujeres aplaudieron al ver su torso musculoso, aunque la faja que llevaba todavía y los voluminosos pololos de encaje de bailarina de cancán le daban un aire más bien de fantoche.
Vivian no percibió nada de eso. Solo notó su mano, que tomaba la de ella para dirigirla en el baile.
Jean-Luc tarareó la música de la salida a escena y Vivian realizó los pasos con tanta naturalidad como si hubiese ensayado esa danza campesina el día anterior.
No era muy difícil, solo interpretaban a una pareja de campesinos que bailaban en segundo plano, no a Giselle y a Albrecht.
Aun así, era ballet, y estaba bailando con Jean-Luc, no sola, como todos esos años en los que ensayaba cada vez que creía que nadie la veía, en algún rincón algo apartado del campamento, en el bosque o junto a un lago.
Se sintió flotar y volar, y le dio completamente igual que el vestido le oliera a cacahuetes vomitados o que su príncipe llevara ropa interior de mujer.
Vivian estaba feliz y terminó la actuación con una delicada reverencia. Jean-Luc se inclinó también, ante ella y ante el público.
Las mujeres aplaudieron con frenesí y poco a poco fueron regresando a la realidad.
—Tenemos que prepararnos para la fiesta del estreno —recordó una de ellas.
La mayoría de las chicas estaban todavía a medio desmaquillar y se rieron por lo bajo.
—Jean-Luc no puede presentarse así. ¡Eso seguro! —observó June.
—¡Y tú tampoco! —le dijo una joven a Vivian—. Señora Wallett, tenemos que encontrarte algo.
—Pero es que yo… Nosotras… —Señaló a Giselle—. No podemos colarnos en vuestra fiesta.
—¡Qué tontería! —Las bailarinas acabaron con sus reparos—. De todas formas, a partir de ahora bailarás con nosotras, ¿verdad? ¿Para qué has venido si no?
—Es una larga historia —repuso Vivian—. Será mejor que me marche, sobre todo porque tengo que acostar a la niña.
—Yo también debería ir a cambiarme —dijo Jean-Luc—. Pero me encantaría que te quedaras.
—¿A la fiesta o a bailar? —preguntó Vivian, que empezaba a pensar de nuevo.
Haber encontrado a Jean-Luc allí, en el lejano Canadá, no era solo una coincidencia maravillosa, sino también una oportunidad para ganarse la vida y mantener a Giselle. En el teatro siempre habría alguien que pudiera cuidar de la niña mientras ella ensayaba o actuaba.
—Las dos cosas —contestó él—. Te encontraremos algo.
Vivian no sabía si hablaba de un papel o de un vestido para que pudiera quitarse el suyo sucio.
Entre el vestuario de las bailarinas no dio con nada, ya que todas tenían una constitución menos delicada y muchas más curvas femeninas que ella.
Al final, a una se le ocurrió que la joven del número acrobático también era muy grácil y fue a su camerino mientras las demás le quitaban a Vivian el vómito de su hija, le lavaban el pelo y la peinaban.
—Ya casi no huele —constató June, y roció a Vivian en abundancia con un perfume algo penetrante.
La otra joven regresó con un vestido que a la acróbata no le importó dejarles.
—Ella volverá a ponerse la ropa de la representación —explicó la bailarina.
Vivian se probó el vestido. Era negro y muy bonito.
La acróbata debía de haberlo elegido especialmente para la fiesta del estreno, después de la función.
Vivian miró a su hija, que estaba en el suelo, durmiendo tranquila entre un par de piezas del atrezo.
El tarareo de Jean-Luc la había hecho caer rendida.
Por fin estuvieron listos. June levantó a Giselle con cuidado y Vivian, nerviosa, siguió a Jean-Luc y a las bailarinas al salón del teatro, donde Jerry Effort en persona les sirvió champán a sus artistas.
También había un bufet con pequeños manjares del que las jóvenes se sirvieron con apetito.
Jean-Luc le presentó a Vivian al dueño del establecimiento como una antigua alumna y compañera de París.
Sonó un poco como si de verdad hubiera bailado los grandes papeles de ballets famosos.
—¿Y ahora quiere engrosar nuestras filas? —preguntó Jerry. Era evidente que Vivian le había gustado—. ¿Ha bailado el cancán alguna vez?
Su rostro transmitía simpatía, aunque también cierto escepticismo.
Vivian entendía por qué. De hecho, ya mientras intentaba encontrar un vestido que le quedara bien entre la ropa de las bailarinas se había preguntado si encajaría en la compañía.
El cancán era frívolo y las mujeres alardeaban de sus atractivos con alegría.
Las curvas femeninas eran imprescindibles para una bailarina de cancán, mientras que la bailarina de ballet clásico debía tener una constitución más bien andrógina.
En los papeles soñados de Vivian, las bailarinas eran de una belleza etérea.
—No había pensado incluir a la señorita Altham en el cancán —intervino Jean-Luc—, sino darle un papel en solitario. Como el baile de Kinmitu.
Jerry Effort puso entonces cara de interés porque Kinmitu era sin duda una de las estrellas del espectáculo de variedades.
En esos momentos, la chamana estaba hablando con el mago en un rincón de la sala mientras la ayudante de este escuchaba con una expresión algo avinagrada.
Vivian podía imaginar lo excluida que debía de sentirse.
—Lo pensaremos —repuso Jerry Effort, y con eso se despidió por el momento de Jean-Luc y Vivian. Tenía que charlar con los demás artistas, que por supuesto querrían oír lo contento que estaba el jefe con sus actuaciones.
Jean-Luc se hizo con una botella de champán y un par de bocados y volvió a llevar a Vivian al escenario, tras el telón. Buscó unas mantas con las que improvisaron una camita para Giselle y la pequeña siguió durmiendo entre ambos mientras ellos se contaban sus historias.
Él no la tocó, pero fue una noche mágica.
—¿Y qué es lo que has pensado para mí? —preguntó Vivian al cabo de un rato—. ¿Podríamos bailar juntos, quizá?
Jean-Luc negó con la cabeza.
—No, el señor Effort me lo dejó inequívocamente claro desde el principio: nada de bailarines masculinos. Pero te encontraremos algo.
—¿Como lo de Kinmitu? —preguntó ella con ciertas dudas. Ya se había estremecido antes, cuando Jean-Luc había mencionado a la chamana.
Él sonrió.
—No, Vivian —dijo—. Tú sí que hechizarás a la gente de verdad.