En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

A Vivian, las ideas le daban vueltas en la cabeza.

¿Qué hacía Kinmitu allí? Probablemente tenía que ganarse la vida, y por lo menos actuaba de una forma inofensiva y legal.

Pero ¿dónde estaba Ross? ¿Se habrían separado?

¿O era él quien movía los hilos entre bastidores?

Vivian no era capaz de imaginar eso último; Ross nunca había sido muy imaginativo, y Kinmitu tampoco le parecía una mujer dispuesta a compartir con un hombre el dinero que ganaba.

Siguió el número del lanzador de cuchillos con poco interés. Tampoco sus compañeros de mesa consiguieron entusiasmarse con él y prefirieron bromear con Giselle, que se había sentado en una butaca vacía entre su madre y los dos caballeros, desde donde derrochaba su encanto.

Y entonces, por fin, sonaron los alegres compases del cancán y el escenario se llenó de chicas jóvenes con vestidos de muchos colores.

Vivian se olvidó de Ross y de Kinmitu, y por desgracia también de Giselle, que se decidió a alcanzar los cacahuetes que quedaban en el platito cuando también sus nuevos amigos se abstrajeron en la contemplación del espectáculo.

El público observaba fascinado cómo las bailarinas del escenario movían las piernas en formación, adoptaban poses frívolas y realizaban acrobacias.

Las jóvenes hacían una rueda tras otra, se abrían de piernas y daban volteretas, hasta que al final hubo una que se separó del grupo y que no solo lo hacía todo a la perfección, sino que actuaba con una elegancia inimitable.

Sus movimientos tenían algo que apeló a Vivian y le recordó a alguien…

Y entonces miró a la joven a la cara y, por segunda vez esa noche, se quedó sin respiración.

El rostro delgado, los pómulos altos, los ojos de mirada resplandeciente…

No, no podía ser. ¿Jean-Luc? ¿Era Jean-Luc?

¡Esa mujer se le parecía como una hermana gemela!

¿Era posible que tuviera una hermana? ¿Sabría ella algo de él?

¿Cómo había llegado sola a Canadá, si Jean-Luc vivía en París, en casa de su madre?

Más aún que al reconocer a Kinmitu, Vivian sintió el impulso de ir a los camerinos para hablar con las mujeres después del espectáculo, aunque se preguntó si se lo permitirían. A los hombres seguro que no los dejaban pasar, pero una mujer con una niña…

Después de que Jerry Effort pronunciara unas palabras de cierre y se despidiera del público, Vivian se levantó, cogió a Giselle y les dijo adiós a sus simpáticos compañeros de mesa, que miraron con cierta culpabilidad el platito de cacahuetes vacío y a la pequeña.

—Lo siento, no me he dado cuenta —se disculpó el que más amistad había trabado con Giselle.

Vivian se encogió de hombros.

—Yo tampoco. Esperemos que no acabe con una indigestión. La verdad es que no suelo quitarle el ojo de encima, pero el espectáculo ha sido…

—¡… maravilloso! —exclamó el hombre con entusiasmo—. Las bailarinas, sobre todo. Y esa chamana le ponía a uno los pelos de punta.

Vivian habría podido confirmarlo, aunque por motivos diferentes.

Sin embargo, asintió una vez más con educación y luego fue hacia la entrada del escenario.

Estaba vigilada por el joven que antes atendía la barra, que escuchó con cierta indiferencia el pretexto de Vivian de tener que entrar porque decía haber descubierto a una amiga entre las bailarinas.

—Puede esperarla en la puerta de artistas —repuso el chico—. Pronto saldrán todas.

—Pero es que fuera hace frío —objetó Vivian, y señaló a su hija.

Ni hecho adrede, la pequeña tosió un poco.

El joven lo pensó un instante.

—¿A quién cree haber reconocido? —preguntó.

Vivian contestó sin dudar:

—A Kinmitu, la chamana. La conozco de su poblado. Era partera con los dakelh cuando mi hija vino al mundo.

El vigilante sonrió.

—¿En serio? ¿De verdad sabe de cosas medicinales? ¿O de sanación, o como se diga? Pensábamos que en realidad solo montaba un buen espectáculo. Bueno, no me interpondré en su reencuentro. Siga recto por el pasillo. Es el tercer camerino de la izquierda.

Vivian le dio las gracias y pasó por la cortina que ocultaba la puerta de acceso a la zona de artistas para avanzar por el pasillo de los camerinos. Giselle, cogida de su mano, soltó un hipo.

—Me parece que han sido demasiados cacahuetes. —Vivian suspiró y se agachó hacia la pequeña, que entonces se puso a bostezar—. ¡Y también estás cansada! Ay, cielo, hazme el favor de aguantar un poquito más, hasta que haya hablado con Kinmitu.

La puerta del camerino de la chamana estaba abierta.

No debía de tener que hacer mucho cambio de vestuario, sino simplemente ponerse unos pantalones de cuero para complementar el vestido suelto y corto, así como desmaquillarse.

En Barkerville solo llevaba un par de líneas blancas pintadas en la cara; allí, en cambio, se había puesto maquillaje de escenario porque, si no, los espectadores no verían su expresión.

— Howdie , Kinmitu. ¿Dónde está Ross? —Vivian no perdió el tiempo con grandes introducciones.

La joven se volvió hacia ella y sus ojos destellaron al instante con una ira apenas contenida.

—¿Acaso quieres recuperarlo? Pues voy a decepcionarte, ¡ya no lo tengo conmigo!

—No puede decirse que nunca lo tuvieras —afirmó Vivian—. Si alguna vez ha pertenecido a alguna mujer, fue a mí. Hasta que me abandonó. Y yo no pienso correr tras él.

—A mí también me abandonó —confesó Kinmitu—. Y se llevó todo el oro.

De modo que ese era el motivo de su ira.

—¿Encontrasteis algo? —preguntó Vivian, sinceramente sorprendida—. ¿En cantidades considerables?

Kinmitu irguió la cabeza.

—¡Ya lo creo, blanca que no cree en la fuerza de los espíritus! ¡Ross siguió mi guía y sacamos una fortuna!

Vivian no estaba del todo convencida.

—Los últimos que siguieron tus indicaciones terminaron sepultados bajo toneladas de tierra —se burló.

—Un sacrificio para los espíritus —repuso la chamana sin inmutarse—. Después fueron compasivos con nosotros.

—Eso no les ha devuelto la vida a Harold y a Tony —insistió Vivian—. Pero ¿cómo es que te abandonó? Podríais haber encontrado más aún.

Kinmitu torció el gesto.

—No le gustaba mi forma de gastar el dinero. Lo regalaba, apostaba con él. Los ktunaxa no le damos mucha importancia al dinero ni al oro.

Vivian se enteraría más adelante de que Kinmitu había lanzado dinero por la ventana de su habitación de hotel mientras daba gritos de júbilo. También había esparcido billetes de dólar allí por donde caminaba. Estaba loca, sin duda. No obstante, eso no era motivo para robarle.

—El caso es que se marchó, de la noche a la mañana —añadió Kinmitu.

—¿Sin otra mujer esta vez? —quiso saber Vivian, aunque luego pensó que Ross también había abandonado el ejército y las carreras sin que ninguna mujer lo hubiera empujado a ello.

Con suficiente dinero en el bolsillo, seguramente se había atrevido a seguir sus propios planes él solo.

—Quería ir a Montreal, creo —afirmó Kinmitu—. Al hipódromo. A trabajar por su cuenta entrenando caballos. Me habría llevado con él, pero no quise. Eso es aburrido. Además, ¡yo soy chamana!

—Ahora mismo, más bien bailarina —comentó Vivian, sucinta—. ¿Y no querías buscar oro tú sola?

—Sigo mi propio camino —contestó Kinmitu.

Vivian recordó que les había dicho eso mismo a Colleen y a Teacher.

—Pero no vuelvas a engatusar a unos pobres necios para que horaden la montaña —dijo Vivian—. Si no, aún te quemarán por bruja.

Dio media vuelta y se fue en busca del camerino de las bailarinas de cancán.

Ya que estaba allí, podía hablar también con esa mujer que tenía un parecido tan increíble con Jean-Luc.

Sin embargo, Giselle ya había aguantado mucho rato.

Durante su conversación con Kinmitu había proferido unos ruiditos, como si se atragantara, y cuando Vivian la cogió entonces en brazos para consolarla, la niña le vomitó en todo el vestido e incluso en el pelo.

—Mamá —gimió—. Mamá, agua…