Capítulo 6
Vivian pidió una habitación en un hotel de Yale.
Había varios, aunque ninguno de ellos ofrecía muchas comodidades.
La ciudad era algo mayor que Barkerville, pero tenía más bien carácter de lugar de paso: aventureros y buscadores de oro adquirían allí su equipo para seguir camino a lo largo de los ríos y los arroyos de la Tierra del Oro.
Por lo demás, las estructuras eran parecidas: había salones, un par de puestos de comidas, almacenes en los que podían comprarse desde tiendas de lona hasta picos, palas o armas, cualquier cosa que pudiera resultar útil en la naturaleza.
También había establecimientos en los que se podía proveer uno de harina, azúcar y el inevitable pemmican .
Vivian dejó a su mula en un establo de alquiler.
Colleen y Teacher tuvieron la generosidad de entregarle el dinero que les quedaba para el viaje, ya que ellos no necesitarían mucho.
Durante el trayecto con el trineo de perros podrían dormir en los establos o pedir alojamiento y manutención en las posadas a cambio de pescar y poner trampas.
En las cocinas siempre agradecían tener carne fresca.
Además, esperaban poder ganar algo de dinero pronto.
Según Wally, en Cottonwood House había un montón de cruces de husky ideales para entrenar como perros de trineo.
Les había prometido a sus nuevos socios que los formaría a la vez a ellos y a los animales, y, así, pronto dispondrían de dos tiros de perros para transportar mercancías.
A causa de la gran cantidad de nieve de los inviernos, podía tener sentido dejar un tiro estacionado en Yale para, desde allí, llegar hasta los campamentos y abastecer a los buscadores de oro en plena naturaleza.
Esa idea había animado un poco a Vivian.
Tal vez sus amigos volvieran a establecerse algún día cerca de ella.
De momento, empezó a pensar en un trabajo al que pudiera llevar a Giselle.
Buscó locales donde necesitaran a una camarera y preguntó en las tiendas si querrían ponerla a prueba como dependienta.
Para entonces ya conocía muy bien todo el equipo necesario para buscar oro y se atrevía a aconsejar sin reparos a los novatos.
Sin embargo, temía que los mineros prefiriesen los consejos de un hombre cuando se trataba de tiendas y herramientas.
Vivian también se planteó los establos de alquiler; tenía experiencia en el trato con animales, y palear bostas no era más duro que batear oro.
Justo ese día. Vivian se preguntó si una mujer sola podría entrar en un establecimiento así, y si se lo permitirían a Giselle.
En fin, valía la pena intentarlo. ¡Jamás habría imaginado ver a unas bailarinas de cancán en el territorio de buscadores de oro de Canadá!
Tal vez no fueran más que promesas vacías.
De todos modos, se propuso pasarse por allí esa noche, sobre todo porque se le había acelerado el corazón solo con recordar el baile.
¿Le facilitaría su formación anterior aprender los pasos acrobáticos del cancán?
Jerry Effort, el propietario del primer teatro de variedades de la Columbia Británica, había montado un programa muy completo.
Tenían a un mago, a una pareja de acróbatas —la muchacha, con un vestuario muy ligero—, a un malabarista y a un lanzador de cuchillos, también este con una ayudante muy atractiva.
Lo más extraordinario era el número de danza de una joven chamana que decía invocar a los espíritus desde el escenario todas las noches.
¡Pero el número estrella era el cancán! Jean-Luc, el profesor de baile francés, había obrado auténticas maravillas: en el nuevo programa, las bailarinas conseguían realizar todas las poses y los pasos que tanto revuelo causaban en los locales parisinos.
Las chicas hacían volar las faldas, levantaban las piernas por encima de la cabeza, y las mejores tenían incluso en su repertorio ejercicios tan espectaculares como saltar y caer abriéndose de piernas.
Solo les faltaba estrenar el número sobre el escenario, y las bailarinas estaban emocionadas y contentas.
—¡Ahora tendrás que hacer realidad tu promesa, Jean-Luc! —le exigió la descarada June a su profesor—. Dijiste que, si conseguíamos aprenderlo todo en un año, en el estreno harías de primera bailarina, así que…
Jerry Effort, que había vuelto a pasarse a ver a las chicas para asegurarse de que todo estaba listo, se echó a reír.
—¡Pues sí, Jean-Luc, no va a poder librarse! —dijo, apoyando a las jóvenes, que ya lo celebraban—. Vamos a ver si tenemos algún corsé de su talla. ¡Y luego las damas querrán verle los pololos!
La adquisición de lencería como corsés, medias de malla y pololos de encaje era una de las mayores dificultades de la compañía.
En la Columbia Británica no había forma de encontrar algo así por ningún sitio, de modo que tenían que encargarlo todo en Montreal o Quebec, cuando no directamente en París.
Jean-Luc, que no era ningún aguafiestas, se subió al escenario con entusiasmo y decidió que, si aquello acababa en una pequeña parodia, se lo tomaría por la parte divertida.
No era probable que el único hombre entre toda esa colorida troupe , con faldas de encaje y plumas en el pelo, llamara mucho la atención.
Riendo, se puso un corsé y un vestido, se colocó una peluca y empezó a maquillarse.
Vivian pagó una entrada económica en la puerta del espectáculo de variedades; el establecimiento se financiaba sobre todo gracias a las consumiciones. Servían bebidas en todas las mesas.
La mujer que cobraba la entrada iba maquillada y también llevaba plumas, pero, pese a ello, tenía cara de amargada.
—¿Está usted segura de que quiere meter a la niña ahí dentro? —preguntó—. ¡Las bailarinas enseñan la ropa interior!
Vivian reprimió una risa.
—Mi hija ya ha visto eso antes —contestó con seriedad—. Ella misma lleva pololos.
La cajera no entendió el chiste, pero le indicó que pasara.
Vivian era una de las primeras en llegar y escogió una de las mesas de delante, cerca del escenario.
Algo después, se sentaron junto a ella dos hombres que le preguntaron con educación si le importaba.
Igual que la mayoría de los clientes de la sala, pidieron cerveza.
Vivian se limitó a una limonada. Una camarera guapa les sirvió las consumiciones y dejó también un platito con cacahuetes.
Giselle, que se había sentado en el regazo de su madre, los miró con interés.
—¿Quieres un cacahuete? —preguntó uno de los hombres.
La pequeña asintió.
—Pero solo uno —advirtió Vivian—. Son demasiado salados y le sentarán mal.
En lugar de eso, le ofreció un poco de limonada a su hija.
—¡Piiica! —exclamó Giselle.
Sus compañeros de mesa rieron.
—¡Tenga cuidado de no pedir champán! —comentó uno con alegría.
La sala ya se había llenado. Gran parte de los clientes eran mineros que no se habían arreglado demasiado para el espectáculo de variedades, aunque sí llevaban la ropa de trabajo limpia.
Sin embargo, había también un par de parejas bien vestidas: los comerciantes de la ciudad, que habían sacado a sus esposas.
Por fin empezó a sonar la música. Jerry Effort salió al escenario y dio la bienvenida a los espectadores.
Tras él, un par de jóvenes bailarinas ofrecían un adelanto de la atracción principal bailando al ritmo del cancán.
Sin embargo, todavía no enseñaron ninguna estampa espectacular de su arte…
ni de su voluminosa ropa interior. Vivian las miró maravillada.
De momento, se veía capaz de realizar esos pasos sin mayor complicación.
El primero que salió a actuar fue el mago, que entusiasmó a los espectadores haciendo aparecer y desaparecer palomas y conejos, y serrando a una joven muy guapa en dos mitades, aunque sin que llegara a correr la sangre, desde luego.
—¿Rota? —preguntó Giselle, algo inquieta.
Su nuevo amigo la consoló con dos cacahuetes más.
—¡Chica entera! —exclamó la pequeña, tan desconcertada como aliviada, cuando la joven ayudante volvió a salir de la caja.
Más tranquila, se comió otro cacahuete.
El dúo de acróbatas ofreció un espectáculo impresionante con una música muy animada, y Vivian tuvo que reconocer que incluso ella se habría visto al límite de su técnica de movimientos.
Entonces el escenario se quedó completamente a oscuras.
Alguien sacó un brasero y, al aparecer la chamana, unas llamas brotaron de él.
Era una mujer de estatura media y delgada, pero tenía curvas en los lugares adecuados y la melena suelta le llegaba casi hasta las caderas.
¡Kinmitu! Vivian se quedó sin respiración.
Llevaba la vestimenta tradicional de los dakelh, aunque su vestido de cuero era mucho más corto de lo habitual.
Enseñaba las piernas, cosa que era de esperar en un lugar así.
Iba calzada con mocasines y realizó el baile que Vivian ya conocía, dando fuertes zancadas y saltos imperiosos.
También el cántico era el mismo que había usado en Barkerville.
Lo entonaba con fuerza y resultaba del todo cautivadora tocando también el tambor y la sonaja.
Detrás de ella aparecieron unas sombras que debían de representar a los espíritus a los que invocaba.
Era una proyección sencilla: detrás de un biombo de pergamino se movían personas o marionetas.
Fue sublime y, cuando la chamana terminó la danza con una pirueta que acabó en el suelo, el público gritó de entusiasmo.