En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Esta estaba haciendo un muñeco de nieve con Giselle, pero Teacher no quiso perderse la experiencia. Después, aunque no estaba tan eufórico como Colleen, también le brillaban los ojos.

—¡Tienes que enseñarnos cómo se hace! —le pidió Colleen al musher —. Por el camino. Así, podremos turnarnos para montar en las mulas e ir en el trineo.

Wally sonrió.

—No se aprende tan deprisa, muchacha. Esto es algo así como un arte. Pero, si te interesa, podríamos cruzar a tu Angel con mi Grog, y eso nos daría perros para un tiro estupendo.

Partieron muy temprano a la mañana siguiente y, de hecho, con el tiro de perros y las tres mulas avanzaron mucho más deprisa que en la primera etapa.

Al mediodía decidieron descansar, sobre todo por ellos mismos y las mulas.

A los perros no les habría hecho falta; para los entusiastas huskies, el trayecto no había sido más que un paseo.

Tampoco les dieron de comer, sino que recibieron apenas un bocado de carne seca.

Con la barriga llena no habrían corrido, pero no parecieron echarlo de menos.

Siguieron tirando incansables hasta la noche, cuando llegaron a la siguiente posada.

Allí Wally los desguarneció y les revisó las patas con cuidado por si tenían pequeñas heridas que hubiera que frotar con grasa.

Les preparó un lecho de paja en el establo donde también dormían las mulas y, por último, les ofreció un banquete de reyes, con mucha grasa, carne y algunos restos de pescado crudo que le enviaron de la cocina.

—También una especie de pemmican —comentó Colleen mientras los perros se abalanzaban sobre la comida—. Pero seguro que sin especias. ¿Se lo preparas tú mismo?

Wally asintió, y los dos se pusieron a comentar las mejores recetas para la alimentación de los animales.

Vivian y Teacher, entretanto, se encargaron de las mulas y se alegraron de refugiarse del frío. Por lo menos no había nevado durante todo el día.

—¡A ver si Colleen va a serte infiel! —bromeó Vivian con Teacher cuando iban ya hacia la posada y Colleen no quería separarse aún de los perros.

—A mí quizá no —repuso Teacher—, pero es posible que sí a la gastronomía. Y a la minería…

Decían que la ruta de Cariboo Trail estaba muy bien marcada, y realmente tenía grandes tramos en los que era mucho más transitable que otras que Vivian había recorrido con Ross en su día.

Sin embargo, también había tramos en los que el camino resultaba bastante exigente para los viajeros, sobre todo en invierno.

Por muy bonitos que fueran los bosques nevados, las laderas escarpadas y los desfiladeros profundos —cuyas fascinantes vistas se les quedaron grabadas en la memoria para siempre—, también provocaban que se les encogiera el estómago cuando tenían que cruzarlos con la única ayuda de unos sencillos puentes de madera que, además, estaban congelados.

Teacher ató trapos a las pezuñas de las mulas para que no resbalaran tanto, y enviaron primero a los animales para luego cruzar ellos buscando los lugares más seguros donde poner el pie.

Los perros se movían con una seguridad admirable, pero Wally tenía que encargarse de que el trineo se mantuviera sobre el estrecho puente.

Desenganchó a parte de los animales y, ayudado por Vivian y Colleen, empujó el trineo con cuidado por encima del precipicio.

Al fin y al cabo, podría haberse precipitado a las profundidades y arrastrado a los perros con él.

Casi siempre era Teacher quien llevaba a cuestas a Giselle por los pasos peligrosos, y Vivian se lo agradecía mucho.

Ella todavía era capaz de cargar con la pequeña, aunque con dificultades, pero no por puentes helados ni cuando había que cruzar precipicios.

Fácilmente habría podido perder el equilibrio si Giselle se hubiera agitado un poco.

Al final, llevaban casi un mes de camino cuando Wally informó de que era probable que llegaran a su destino al día siguiente.

Vivian respiró tranquila. El viaje se le había hecho interminable.

Había tenido que ocuparse de Giselle, aunque la pequeña había soportado la ruta con una alegría sorprendente y, además, no parecía importarle mucho el frío, que Vivian detestaba.

Los copos de nieve y los carámbanos de formas caprichosas que iban encontrándose la hacían reír a menudo.

Su madre se alegraba por ella, pero había sido sobre todo el hecho de poder pasar las noches en las posadas, que les ahorró trasnochar en la endeble tienda, lo que hizo que no perdiera el buen humor.

Ese día estaba sentada con sus amigos junto al fuego en una sala acogedora. Wally se había encontrado con un conocido, un metís que viajaba a pie y con raquetas, y fue a tomarse un whisky con él en la barra. Giselle volvió a acurrucarse junto a Angel, y Vivian disfrutó de la apacible estampa.

—¿Qué será lo primero que hagamos al llegar a Yale?

¿Nos quedamos de momento en una habitación de hotel o buscamos directamente un posible local?

¿Y la concesión? Ahora, a principios de invierno, seguro que se saca menos oro.

Será mejor empezar por el restaurante. Espero que no haya muchos ya; dicen que Yale es más grande que Barkerville…

Teacher carraspeó e interrumpió su perorata.

—Vivian, yo… Nosotros… Tenemos que decirte una cosa. Colleen y yo estuvimos hablando hace poco y a lo mejor… Bueno…

Su amiga tomó la palabra.

—Vivian, no vamos a quedarnos en Yale —dijo con calma—. Regresaremos con Wally. Trabajar con perros es justo lo que siempre he querido hacer. Bueno, hasta ahora no sabía que lo quería, claro, pero de pronto lo tengo muy claro.

—Estaremos una temporada en Cottonwood House y aprenderemos el trabajo con los perros de trineo desde abajo —añadió Teacher—. Colleen cruzará a Angel con Grog, el perro guía de Wally, y con los cachorros montaremos nuestro propio tiro. Después…

Vivian estuvo varios segundos mirando a sus amigos antes de comprender lo que implicaba su decisión para ella.

—Pero, entonces, me quedaré sola —dijo, sobrecogida—. Con Giselle.

Teacher bajó la cabeza.

—Lo sé, pero no podemos hacer otra cosa. Te queremos mucho, Vivian, pero esta es nuestra oportunidad. Buscando oro nunca llegaremos a nada. Y, por otro lado, yo no quiero ser solo un apéndice de Colleen si ella monta un restaurante.

—El restaurante… —A Colleen le faltaban las palabras—. No me malinterpretes, Vivian. Me gusta mucho cocinar, pero Wally lo expresó muy bien hace poco. La ciudad es demasiado ruidosa, allí hay demasiada gente, y yo solo lo aguanto hasta cierto punto.

Teacher asintió al oír las palabras de su mujer.

—A mí me pasa exactamente lo mismo. Siempre me ha gustado estar en la naturaleza, ya cuando era cazador y trampero. Me encanta moverme. Lo único que no me gustaba era lo de matar animales. Transportar mercancías no es un trabajo sangriento, y los perros me gustan.

—Pero ¿qué voy a hacer yo? —Vivian estaba al borde de las lágrimas—. Seguro que encontraré un trabajo, pero ¿quién cuidará de Giselle?

—Tal vez deberías buscar a Ross —sugirió Teacher, que tragó saliva—. Le guste o no, la pequeña es su hija. Debe ocuparse de ella.

—Y no nos perderás de vista —le prometió Colleen—. Iremos a Yale cada pocas semanas. Por lo menos durante los meses de invierno.

Vivian se frotó los ojos. Debía mostrarse fuerte, no podría esperar que Colleen y Teacher renunciaran a toda su vida solo para cuidar de Giselle y de ella. En el fondo, debía darse por contenta con haber tenido su ayuda durante tanto tiempo. Se recompuso.

—Me las apañaré —murmuró con la voz ahogada—. ¡Y os deseo que seáis muy felices los dos!

Colleen le dio un abrazo.

—Tú también encontrarás la felicidad —repuso para ofrecerle consuelo.

—¿Te lo han dicho los espíritus? —preguntó su amiga, provocadora—. ¿Desde cuándo tienes tan buenos contactos?

—¡Lo digo yo! —exclamó Colleen—. Antes creías en tu felicidad…

Vivian recordó a la muchacha que, riendo, había apostado su dinero al caballo con el nombre más bonito, la que renunció sin pensárselo a la vida que ya tenía trazada para escaparse con un hombre al que apenas conocía.

Desde entonces habían ocurrido muchas cosas: había viajado por un país gigantesco, había tenido una hija.

Pero no había encontrado la felicidad. Los momentos más felices que recordaba seguían siendo las clases de ballet de París… en los brazos de un joven francés.

—Me esforzaré —dijo en voz baja—. Me esforzaré por ser feliz.