Capítulo 5
Colleen Harrison y Samuel Barnes, alias Teacher, se casaron discretamente ante un juez de paz.
Teacher no quería ir a la iglesia y Colleen no quería jaleo de ningún tipo.
Al ser la apreciada propietaria de La Mina de Oro, seguro que a los ciudadanos de Barkerville les habría gustado montar una fiesta, pero a ella no le apetecía en absoluto, así que le hizo prometer a Vivian que no diría nada.
Ya se armó bastante revuelo cuando anunciaron que el restaurante cerraría ese invierno, aunque luego encontraron a una digna sucesora.
La diligente Alice Murphy se decidió a dejar la lavandería y hacerse cargo de La Mina de Oro con su numerosa prole femenina.
Aunque no cocinaba tan bien como Colleen, de todos modos ofrecería a los buscadores de oro un lugar cálido y seco.
Hacía tiempo que el restaurante se había convertido en la «sala de estar» de los mineros.
Ya era otoño cuando Colleen, Teacher y Vivian pudieron ponerse por fin en camino con Giselle y todos sus animales, y precisamente ese año el invierno se adelantó bastante.
Durante la primera etapa, entre Barkerville y Cottonwood House —la primera pensión de la ruta—, los pilló una tormenta de nieve.
Teacher y Colleen, cada uno de los cuales guiaba a un animal de carga con todas sus pertenencias, apenas distinguían el camino, y Vivian, que iba montada en Curly con Giselle bien abrigada, tardó poco en encontrarse con la manta de pieles cubierta por una capa de hielo.
Por suerte, Cottonwood House ofrecía toda clase de comodidades a los huéspedes de pago.
Las mulas hallaron sitio en los establos; para las personas había habitaciones caldeadas y comida caliente.
Giselle, de dos años, miraba entusiasmada por la ventana del salón mientras el bosque de abetos, el arroyo y los pastos de caballos que rodeaban la pensión desaparecían bajo una gruesa capa de nieve.
—¡Nieve, mamá! ¡Vamos en trineo!
El invierno anterior, Teacher la había sentado en una sartén grande y la había arrastrado en ella.
Los adultos no estaban tan emocionados con los caprichos del tiempo.
—Mañana no será fácil —comentó Teacher—. Si la nevada continúa, será mejor quedarnos aquí un día más.
—Es probable que la nieve siga cayendo —repuso el dueño del establecimiento, que conocía bien el clima del valle—. El frío llegó hace días. Habéis partido algo tarde. ¿Adónde queréis llegar? ¿A Yale?
Vivian asintió.
—Eso son casi seiscientos cincuenta kilómetros —precisó el hombre, como si no lo supieran ya—. Con este tiempo y a pie, apenas llegaréis de una posada a la siguiente. Y menos aún con una niña.
En la ruta de Cariboo Trail había surgido una red de hostales. Más o menos cada veinticinco kilómetros había un refugio para viajeros; Vivian había confiado en que no tendría que pasar ninguna noche con Giselle en la tienda.
—¿No podéis montar las mulas? —preguntó el dueño.
—Entonces tendríamos que dejar el equipaje aquí —contestó Teacher—. Preferiríamos no hacerlo, porque entre otras cosas llevamos las tiendas. Tenemos la intención de reclamar una concesión, y las necesitaremos para acampar allí.
El dueño sonrió.
—Pues puedo ofreceros una alternativa. Es poco convencional, desde luego, pero en el Yukón y también en el norte de la Columbia Británica se usan mucho los trineos de perros.
—¿Trineos de perros? —preguntó Colleen, y le dirigió una mirada a Angel, que durante la tormenta de nieve se había abierto camino con valentía y en esos momentos estaba tumbada junto al fuego, contenta—. ¿Se refiere a que mi perra podría tirar de un trineo?
El hombre miró mejor al bonito animal.
—Sin ninguna duda —afirmó—. Aunque suelen montarse tiros de seis u ocho perros.
Si os interesa, mi amigo Wally tiene un par de huskies y en invierno ofrece transporte de mercancías.
Un tipo muy auténtico, Wally: un antiguo trampero que vive en el Yukón desde hace una eternidad.
No me extrañaría que se pasara algo más tarde a tomar algo. Vive con los perros al lado del taller.
El dueño de Cottonwood House, que se presentó como Rob Gilroy, les explicó que durante el verano Wally trabajaba en las posadas.
También había un taller de carros en el que reparaba los vehículos que habían sufrido daños en la ruta y, además, proveía al restaurante de caza y pescado de los bosques y los ríos de los alrededores.
Sin embargo, era en invierno cuando estaba en su elemento y transportaba mercancías y paquetes con sus perros, también pasajeros alguna que otra vez y, solo ocasionalmente, en los inviernos más duros, el correo.
Colleen y Teacher se mostraron interesados al instante.
Ninguno de los dos había visto nunca un trineo de perros, aunque Colleen, por supuesto, sabía que la raza de Angel solía usarse para transportar cargas.
Cuando Wally, un hombre bajito y nervudo, con esa expresión afable en la cara curtida por los elementos tan típica de los tramperos, llegó por fin y se sacudió la nieve del abrigo, Teacher lo llamó enseguida con un gesto y lo invitó a un vaso de cerveza.
Wally contempló a la pequeña partida de viaje.
Sobre todo a la niña, agotada después de un día largo y frío, que se había acurrucado junto a Angel para dormir.
Giselle adoraba a la bondadosa perra de pelaje largo y confiaba plenamente en ella.
Vivian la dejaba hacer; Angel podía darle más calor que cualquiera de ellos, y suponía que también la perra disfrutaba de la compañía, puesto que ya no compartía la cama con Colleen.
—Bonito perro —comentó Wally—. Y una niña preciosa.
—Angel —repuso Colleen—. La perra.
—Giselle —añadió Vivian—. Mi hija.
Wally sonrió.
—¿También sois de origen francés? —preguntó con interés al oír el nombre.
Justo después supieron que él era francocanadiense y procedía de Quebec. Ya allí, de joven, había trabajado con trineos de perros. Les habló de su época en el Yukón, y Teacher explicó un poco de su vida en las Rocosas, del tiempo que había pasado con los dakelh y buscando oro en el río Fraser.
Wally se encogió de hombros.
—He visto llegar y marcharse a muchos buscadores de oro —comentó—. Pero solo unos pocos se hicieron ricos. Siempre van todos juntos… Yo no aguanto mucho tiempo en sitios como Yale. Demasiado ruido, demasiada gente y demasiada palabrería. Por lo general, prefiero hablar con los perros.
Vivian comprendió enseguida que tenía mucho en común con Colleen y con Teacher, de manera que esa noche los tres debieron de hablar más que en una semana entera. Wally les contó cosas de sus perros, a los que sobre todo Colleen estaba impaciente por conocer.
—Yo tengo de los pequeños —explicó Wally mirando a Angel—. Huskies. Son más rápidos y más ágiles que los malamutes. Pero a Angel también puedo imaginarla en el tiro. Los de su raza tienen más fuerza. Son perfectos para el transporte de carga.
Al final, acordaron que Wally y sus perros acompañarían a los viajeros hasta Yale, siempre que no ocurriera un milagro y la capa de nieve se derritiera de la noche a la mañana.
Al día siguiente cargarían en el trineo todo el equipaje —las tiendas, las herramientas y los cacharros domésticos— y partirían como muy tarde al cabo de dos.
—Los perros son rápidos y las mulas también pueden avanzar por la nieve espesa. Si vosotros montáis en ellas, llegar al final de cada etapa no supondrá ningún problema.
Al día siguiente, sobre todo Colleen y Teacher aprendieron que Wally prefería la formación en línea para el tiro.
A Vivian le interesó solo de pasada, mientras que Giselle, bien arropada, trataba de acariciar a todos los perros.
Los huskies estaban colocados unos tras otros en fila de a dos e iban encabezados por dos perros guía, especialmente listos y obedientes.
—Bessie y Grog —dijo Wally para presentar a los guías, que parecían nerviosos.
Bessie era de un blanco grisáceo; Grog, gris plateado.
Los otros seis huskies tenían pelajes de tonos diferentes, desde blanco y negro hasta color arena.
Todos estaban impacientes por que Wally les pusiera los arneses de cuero.
Entre cada pareja de perros corría una línea principal de cuerda, o gangline , a la que cada uno de los perros iba atado de manera individual.
Wally organizaba la reata con mucha atención; cada posición en ella tenía un nombre especial y exigía características diferentes de los perros correspondientes.
Los wheel dogs , por ejemplo, eran los que corrían justo delante del trineo y debían ser los animales más fuertes.
Colleen observaba fascinada mientras Wally enganchaba a los perros al ligero trineo de madera de abedul. Antes ya había frotado los patines con resina para disminuir el rozamiento.
—¿Y ahí es donde se coloca el conductor? —preguntó Colleen, señalando un estribo instalado en la parte de atrás, que disponía de un freno.
—Sí, ahí va el musher , el que conduce el trineo —explicó Wally—. Aunque a menudo se va caminando a un lado. En realidad, solo te montas cuando la marcha va muy bien y el trineo se desliza muy deprisa. Es una sensación maravillosa. ¿Quieres probar?
Colleen lo miró con inseguridad.
—Si puedo… —dijo, sobrecogida—. Pero ¿cómo se controlan los perros?
Wally le hizo enseguida una breve introducción a las órdenes con las que se guiaba a la reata, aunque no se privó de acompañarla en su primer intento.
Le dijo a Colleen que montara y, en cuanto el trineo se puso en marcha, se subió él también.
El recinto de Cottonwood House era bastante plano y los perros estaban descansados.
Cuando Wally montó en el estribo, el trineo enseguida cogió una velocidad vertiginosa.
Wally condujo a sus animales dando una vuelta al hostal, y cuando Colleen por fin bajó estaba entusiasmada.
—¡Ha sido increíble! Tenéis que probarlo vosotros también. ¡Sam! ¡Vivian!