En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—¡Y eso que cualquiera diría que, después de cruzar medio país, ya se habrían hartado del romanticismo de la hoguera!

—se extrañó Vivian, aunque luego se enteró de que mucha gente había llegado a la Columbia Británica por mar y solo había recorrido a pie unos centenares de kilómetros hasta Yale y Barkerville.

En cuanto al trabajo en sí, ella seguía sin saber cocinar especialmente bien, pero ayudaba cortando verduras y, sobre todo, le encantaba hacer de camarera.

Tenía una palabra amable para todo el mundo y, cuando también Giselle se acercaba con sus pasitos a los clientes y los observaba con ojos llenos de curiosidad, ni el minero más huraño podía reprimir una sonrisa.

Al cabo de un mes, La Mina de Oro daba tanto dinero que Vivian pudo dejar de trabajar en el salón de baile.

Durante el turno de noche había demasiado que hacer en el local y Colleen no podía cuidar de Giselle al mismo tiempo.

Teacher colaboraba a menudo —se pasaba casi todas las noches en el restaurante, haciendo compañía a Colleen mientras cocinaba—, pero Vivian no quería seguir cargándolo con la supervisión de su movida hija.

De Ross y Kinmitu no sabían nada, aunque el camino entre Barkerville y Yale era demasiado largo para que las habladurías llegaran hasta allí.

Al fin empezó a hacer calor de verdad, y por primera vez desde que estaba en Canadá, Vivian contempló el despertar de la naturaleza contenta y sin preocupaciones.

Iba al bosque con su hija para recoger asperilla y cebollino.

Colleen preparaba unos platos maravillosos con huevos y unas cebolletas silvestres muy intensas y aromáticas.

Hervía brotes de helecho —unos tallos muy verdes enroscados sobre sí mismos— y los servía como guarnición con la carne.

Las hojas de diente de león se convertían en ensalada, y las ortigas podían saber a espinacas si se preparaban de la manera adecuada.

Teacher enseñó a las mujeres a recolectar savia de arce, que luego Colleen reducía hasta conseguir un sirope con el que acompañaba unas tortitas fantásticas. Cosecharon fresas silvestres y una variedad de frambuesas de un naranja brillante que a Giselle le encantaban.

Con el deshielo en las montañas, también los ríos y los arroyos bajaban crecidos.

Algunos hombres pescaban truchas con las manos y las ahumaban para Colleen.

A Barkerville llegaron nuevos aventureros con la esperanza de hacerse ricos.

Sin embargo, los que llevaban ya un tiempo allí empezaban a rendirse poco a poco.

El verano y el otoño de 1864 transcurrieron plácidamente, y cuando llegó el invierno La Mina de Oro registró unas ganancias nunca vistas.

Teacher y sus amigos descansaron durante esos meses.

Aun así, sus trampas, colocadas con astucia, conseguían carne fresca para el restaurante de Colleen.

Cuando el tiempo no era del todo malo, Don y Hank aprovechaban también para reconvertir la antigua cabaña de Vivian en una casa de troncos estable y con chimenea; tenían la intención de jubilarse allí a partir del otoño siguiente.

La zona era preciosa, tenía caza en abundancia y podrían mantenerse en gran parte gracias a las trampas, ya que además habían pensado plantar un huerto.

Apenas tendrían vecinos. En cuanto las concesiones de Barkerville se agotaran, los mineros seguirían camino hacia el sur.

Sin embargo, Teacher y sus amigos no querían renunciar a explotar hasta la última partícula de oro que hubiera en sus tierras durante la primavera.

Teacher, eso sí, hablaba de marcharse de Barkerville después de eso.

—Me gustaría probar suerte en Yale —le confesó en julio a una Vivian sorprendida, que estaba con Colleen en la cocina de La Mina de Oro—.

Cuando llegamos aquí, a Barkerville, lo mejor ya había pasado.

Siempre son los primeros en llegar a un yacimiento los que amasan grandes fortunas.

A los segundos, los terceros y los cuartos, solo les quedan las sobras.

—¿Y quieres irte tú solo? —preguntó Vivian con pesar en la voz.

Teacher formaba parte de su vida y de la de Giselle, no era capaz de imaginar que pudiera dejarlas.

El hombre se mordió el labio y entonces miró a Colleen.

—No, solo del todo no. Colleen, ¿te lo has pensado ya?

Vivian vio a su amiga sonrojarse quizá por primera vez.

—Yo… En realidad nunca he querido…

Teacher la miró con súplica.

—Lo sé, Colleen. Los dos nos parecemos. Ni tú ni yo necesitamos mucha compañía, no hablamos mucho. Pero ¿no estás cansada también de estar sola absolutamente siempre?

—¿Quiere eso decir que le estás pidiendo la mano? —preguntó Vivian, entusiasmada.

—Supongo que puede decirse así —repuso Teacher, y se frotó la frente con timidez.

—Pero para eso necesitas un anillo, y tienes que hacerle un par de cumplidos.

Aquí faltan flores y, sobre todo, ¿qué clase de pedida es esta?

—Vivian se puso a explicar lo que consideraba una proposición de matrimonio ideal, sin pensar que ella misma se lo había pedido a Ross en unas circunstancias muy poco románticas.

—Yo no tengo sensibilidad para eso —murmuró Teacher—. Pero… me harías muy feliz si vinieras a Yale conmigo, Colleen. Y tú también, Vivian, por supuesto. ¡Con la pequeña Giselle! Yo… volvería a construiros un restaurante y buscaría oro para contar con una segunda fuente de ingresos.

—¡No sin mí! —decidió Colleen—. Un pequeño puesto de comidas y una concesión. Si no, no me apunto.

Parecía que le había encontrado más el gusto a la aventura y la búsqueda de oro de lo que pensaba Vivian.

—Entonces ¿esa proposición nos incluye también de alguna manera a Giselle y a mí? —Vivian arrugó la frente, aunque más aliviada.

Teacher sonrió.

—A ti, a Giselle y a Angel. Te tengo mucho cariño, Vivian, aunque nunca haya sentido nada romántico por ti. Te admiro y quiero mucho a tu hijita. Pero, Colleen, creo que tú y yo somos iguales.

Y seguramente a esa forma de ser se debió el hecho de que prescindieran de abrazos y besos.

Vivian consideraba que, en realidad, a una pedida de mano le hacía falta alguna muestra de cariño, pero Colleen y Teacher solo se miraron a los ojos.

Al final, fue Angel la que rompió el hielo.

La gran perra se acercó a Teacher y puso una pata sobre una de sus recias botas.

—Ella dice que sí —señaló Vivian.

Colleen sonrió.

—Jamás la dejaría ir sola —repuso—. Y a ti tampoco, Teacher.

Él tragó saliva.

—Me llamo Sam, por cierto —dijo—. Samuel Barnes.

Colleen asintió.

—Colleen Harrison —contestó.

—¡Qué alegría! —exclamó Vivian—. Bueno, ¿os casáis primero y luego nos vamos a Yale, o al revés? Qué ganas tengo de saber lo que nos espera allí. Quién sabe, a lo mejor encontramos a Ross. Ese hombre sigue casado conmigo. Si de verdad se ha hecho rico, ¡la mitad nos corresponde a Giselle y a mí!