Capítulo 4
Vivian se quedó más desconcertada que triste con la pérdida de Ross.
Nunca se había visto como una esposa a la que su marido pudiera abandonar; no en vano la idolatraban todas las noches la mitad de los hombres de Barkerville.
Sin embargo, hacía ya mucho que se había distanciado de la persona cada vez más gruñona y desgraciada en que se había convertido Ross desde que no veía cumplidos todos sus deseos.
Vivian acabó por creer que él no la había amado por quien era, sino más bien por cómo le había indicado siempre el camino y se había encargado de que sus sueños no se torcieran.
A partir de entonces, eso tendría que hacerlo Kinmitu, aunque no parecía ejercer una influencia muy positiva sobre él.
Vivian descubrió que, tras su partida, había vaciado la cuenta conjunta, y se dijo que el antiguo Ross no se habría quedado tan alegremente con algo que no era de su propiedad.
—Por otro lado, tampoco tuvo reparos en vender el caballo y el carro en su momento, cuando os fuisteis de Londres —señaló Colleen—. ¿Acaso no eran propiedad de tu padre, en realidad?
Vivian creyó que debía defender a su marido, pues el caballo, al menos, era suyo. Lo que no podía negarse era que el carro pertenecía al castillo de Altham.
—¿Adónde crees que habrán ido? —preguntó Colleen.
Se había trasladado a la cabaña de Vivian en cuanto Ross desapareció, puesto que allí encontraba mucho más resguardo de los elementos que en su tienda. Incluso Angel, cuyo pelaje le ofrecía una gran protección contra la lluvia y el viento, disfrutaba de tumbarse en una alfombrilla allí dentro.
—A Yale, supongo —repuso Vivian—. Creo que seguirán la ruta de Cariboo Trail y que probarán suerte en alguno de los yacimientos de oro de la zona.
Es posible que Kinmitu sea originaria de esa región.
Al menos es lo que afirmaba, y que intuía que en su hogar había yacimientos por descubrir.
Ross ya quiso seguirla allí hace tiempo, pero yo me negué.
Habría sido otro viaje de semanas y Giselle era demasiado pequeña para eso.
—Pensando en las concesiones de aquí, puedo entender bien a Ross —comentó Colleen, que parecía frustrada.
Acababa de llegar a la cabaña después de pasarse la mitad del día bateando oro pese a que seguía haciendo muy mal tiempo.
Las ganancias habían vuelto a ser mínimas, y aún tardaría horas en secarse y entrar en calor.
Teacher, aunque con muchísimos reparos, había colocado un brasero en la cabaña de las mujeres.
Giselle corría por todas partes, había que vigilarla sin pausa y el brasero conllevaba el peligro de que se quemara.
Por otro lado, les hacía mucha falta una fuente de calor, e incluso él había recurrido al brasero la noche anterior, porque fuera llovía demasiado para encender una hoguera.
Hank y Don se iban casi siempre al Summer’s Saloon, en cuya chimenea ardía un fuego acogedor.
—¿Te refieres a que la concesión está agotada? —preguntó Vivian.
Colleen se encogió de hombros.
—Casi lo estaba ya cuando me hice con ella después de Harold Brooks.
Fuera volvía a caer un aguacero y Teacher entró tan empapado como Colleen.
—Lo dejo por hoy —anunció—. ¿Puedo acompañaros para calentarme un poco?
Vivian asintió y les preparó un café caliente a ambos.
Colleen sonrió.
—A esto, en realidad, le irían muy bien unas madalenas con mermelada casera.
—¡Eso sería divino! —exclamó Vivian con entusiasmo—. Solo que yo no sé cocinar ni hacer pasteles. Y tampoco tenemos horno.
—Pero Colleen sí sabe —repuso Teacher, y una vez más miró a la joven con admiración—. Además, hay algo que me da vueltas en la cabeza desde hace un tiempo. Colleen, ya has demostrado que eres capaz de batear oro y de explotar tu concesión con tanto éxito como un hombre.
—Con tan poco éxito, dirás —apuntó ella con amargura.
—Eso no es culpa tuya —señaló Teacher—. Aun así, no es exactamente el sueño de tu vida, si mal no recuerdo. Querías buscar oro para abrir un restaurante con las ganancias. ¿Por qué no lo haces al revés? Abre primero ese restaurante y, luego, compra oro con los beneficios.
Colleen se echó a reír.
—¿Y qué haría después con ese oro? Aun así, en serio, por muy bien que suene eso, casi no tengo nada ahorrado. ¿Cómo voy a costear la apertura de un negocio? Necesitaría una casa, platos y cubiertos, mesas y sillas, una cocina de verdad…
—¿Y no podrías empezar con una tienda de lona?
—se le ocurrió a Teacher—. Esa tienda tan grande que montaron en la mina durante las labores de rescate bastaría como comedor.
Y, si no, una cabaña de troncos para instalar una cocina se construye enseguida.
Seguro que encontramos a hombres que te ayuden por un par de comidas calientes.
—Si en la tienda hubiera una fuente de calor, estaría llena todo el año —opinó Vivian también—. Mira cómo viven aquí los hombres. Todas las noches están esperando a que abran los pubes y los salones para encontrar un sitio cálido y seco.
Colleen reflexionó.
—También necesitaría provisiones de alimentos.
—La carne la pondrían mis trampas —dijo Teacher.
—Y yo tengo algo de dinero —añadió Vivian—.
Todavía no le había dado a Ross mi sueldo de la última semana y, antes de eso, también había apartado algo.
Para comprarme ropa bonita, sinceramente.
A los Guthrie les gusta que sus chicas vayamos a bailar bien vestidas.
Ahora podría invertirlo en tu restaurante y así podríamos…
—… dormir en la ciudad —dijo Colleen—. En la cocina. Ahí siempre haría calor.
Teacher asintió.
—Para la niña también estaría muy bien. ¿Y el restaurante? ¡Yo diría que será una mina de oro!
Al día siguiente Colleen y Teacher se fueron a Barkerville a buscar un terreno. Encontraron uno entre la ciudad y el río, donde también había estado la cabaña de troncos de Kinmitu.
—Qué lástima que la quemaran —comentó Colleen.
Teacher frunció el ceño.
—¿Acaso querrías tener a todos esos espíritus en tu cocina?
Colleen soltó una risotada.
—No soy supersticiosa. ¡Y tampoco sé de ningún espíritu maligno con el que Angel no pudiera acabar en caso de duda!
Los bomberos de la ciudad colaboraron aportando una gran tienda hasta que a Colleen le enviaran una nueva. Las pocas mujeres de la parroquia la habían utilizado el invierno anterior para preparar sopa caliente y unos panes planos algo secos para los buscadores de oro más pobres.
—Pero los hombres no podrán permitirse ir a un restaurante elegante de verdad, como los de las grandes ciudades —opinó la señora Guthrie.
Colleen negó con la cabeza.
—Nadie está pensando en eso. En Saint-Paul ya tuve un puesto de comidas, y aquí no quería montar nada mucho más complicado. Pensaba en potajes, estofados, carne asada servida sobre un trozo de pan… Tres o cuatro platos cada día, que no tienen por qué ser muy caros.
—¡Y scones ! —pidió Vivian, que había acompañado a su amiga a la reunión con las amas de casa.
Las pocas damas de la ciudad siempre miraban a Colleen con cierto recelo.
Una mujer que se vestía como un hombre, iba acompañada por un perro enorme y explotaba su propia concesión llamaba la atención inevitablemente.
Vivian, por el contrario, gozaba de muy buena fama pese a trabajar en el salón de baile.
Los Guthrie se encargaban de que nadie cuchicheara sobre sus empleadas.
—¡Pastel de manzana! —exclamó una de las mujeres con nostalgia en la voz—. Eso sería un sueño…
Colleen sonrió.
—Para eso, antes tendríamos que plantar un manzano. Pero los bosques de aquí están llenos de bayas. ¿Qué les parecerían unas madalenas con arándanos silvestres?
—Tu «mina de oro» tendría que estar abierta a todo el mundo —señaló Vivian—. No como los salones, en los que solo pueden entrar los hombres. A nosotras, por ejemplo, nos encantaría que celebraran ustedes allí sus reuniones habituales.
—Tu «mina de oro»… —repitió Alice riendo.
—Sí, así debería llamarse el restaurante de Colleen: La Mina de Oro —opinó Vivian con alegría—. La Batea también estaría bien, pero hace pensar más en el trabajo duro.
La Mina de Oro abrió un mes después. Teacher, Hank y Don, así como varios hombres más que estuvieron dispuestos a echar una mano, levantaron una sólida casita de troncos en la que instalaron una cocina y que contaba con una sala anexa para las provisiones.
La mula Curly podía estar contenta, pues disponía de un cobertizo seco como establo, donde teóricamente también debía dormir Angel.
Al fin y al cabo, la malamute no le hacía ningún servicio a Colleen en la tienda de los clientes, ya que en su mayoría eran hombres y la perra seguía acercándose a ellos con escepticismo.
Solo aceptaba sin reparos a Teacher. Le gustaba acompañarlos a Colleen y a él en sus excursiones por el bosque, donde Colleen buscaba bayas y hierbas que pudieran aportar un sabor especial a sus recetas y Teacher inspeccionaba sus trampas.
Sin embargo, Colleen pronto dejó de tener tiempo incluso para eso.
El restaurante estuvo muy concurrido desde el primer día, ya que a los buscadores de oro les bastaba con que les ofrecieran una comida medio decente.
Ella, no obstante, ponía todo su empeño en servirles platos deliciosos y a veces incluso extravagantes, de manera que pronto empezaron a ir a comer allí también algunas parejas cuando querían permitirse un pequeño lujo.
Vivian ponía entonces la mesa tal como había aprendido a hacer durante su formación como señorita de la alta sociedad.
Había escogido ella misma la vajilla y la cristalería, y le había pedido al carpintero que fabricara un par de muebles rústicos pero bonitos siguiendo sus descripciones.
El centro del comedor lo ocupaba un gran brasero sobre el que Colleen a veces asaba carne, por ejemplo cuando Teacher atrapaba varias liebres árticas en sus trampas.
Entonces en el local se respiraba un ambiente como de campamento del que la gente no se cansaba nunca.