Capítulo 3
Así que Colleen probó suerte lavando oro.
Aunque Teacher, Hank y Don se ofrecieron a ayudarla para abrir un canal, ella solo usaba la batea.
Utilizar un canal de lavado en solitario era difícil y, después de lo que había visto en los yacimientos de Barkerville, de todos modos no creía que el río siguiera llevando mucho oro de fácil acceso.
En lugar de eso, exploró a conciencia los lugares de su concesión donde, según la opinión de los expertos Hank y Don, era más probable que se hubiera acumulado el mineral, o sea, en todos los rincones donde el caudal del río se ralentizaba un poco, por ejemplo a causa de unas rocas, o en los puntos donde la orilla estaba más erosionada.
Las partículas de oro, que eran más pesadas que las de barro y que los granos de arena, solían quedarse varadas allí.
Colleen sacó bastante mineral, pero no encontró ningún gran tesoro. Aun así, llevó a pesar su primera bolsita con orgullo y salió con una decepción cuando solo le dieron doce dólares por ella.
—Se gana más bailando —le confesó Vivian, aunque eso le valiera una mirada fulminante.
—Yo no sé bailar —replicó Colleen, que seguramente tampoco tenía ninguna gana de aprender.
No obstante, sí le gustaba cuidar de la pequeña Giselle, y con eso le quitó a Vivian un gran peso de encima.
¡Colleen no se olvidaría nunca de la niña!
Hacía el tonto con la pequeña mientras ella estaba trabajando en el salón de baile y competía con Teacher tallándole pequeños animales de madera para jugar.
—En enero cumplió un año —comentó Vivian, casi sin poder creerlo—. Crece muy deprisa. ¡Ya se entera de todo y está muy atenta! Qué pena que su padre no quiera saber nada de ella.
—A lo mejor solo le daba rabia porque, al tener que cuidar de ella, no podía marcharse por las noches —reflexionó Colleen.
Vivian arrugó la frente.
—¿Y adónde habría ido? —preguntó.
Su amiga se encogió de hombros.
—No lo sé, pero ahora sale muy a menudo. Es probable que vaya a algún pub, ¿no crees?
Hank y Don, a quienes también les gustaba ir a tomarse una cerveza a algún pub de vez en cuando, no pudieron corroborarlo. Por lo menos ellos no habían visto a Ross en ningún establecimiento.
—Una vez estuvo en el Summer’s con esa chamana —recordó Don de repente—. ¿No habías dicho que la conocíais de antes?
Vivian, alarmada, lo confirmó. Ya cuando estuvieron con los dakelh no le había gustado que Ross pasara tanto tiempo con Kinmitu, escuchando sus fantasías sobre las reservas de oro de la región de los ktunaxa.
¿No estaría planteándose romper el acuerdo que tenía con Teacher y los demás para participar en la construcción de esa mina fabulosa?
—Tal vez solo la encuentra atractiva —opinó Colleen—. ¿No decías que era muy guapa? Me gustaría verla algún día.
Ya había llegado el mes de mayo, pero el tiempo todavía era húmedo y más bien frío.
Aun así, Vivian quedó con Colleen después de acabar el turno en el salón de baile para ir a visitar la mina de Kinmitu.
Teacher prometió que cuidaría de Giselle aunque Vivian llegara tarde.
Ni él ni Don y Hank se cansaban nunca de entretener a la pequeña; bromeaban con ella y protegían su sueño.
Ross ya había salido cuando Vivian se fue a trabajar.
Para evitar preguntas desagradables, solía desaparecer mientras ella se cambiaba.
A esas alturas, a Vivian ya casi le daba igual.
Cada vez encontraba menos puntos en común con Ross y prefería pasar el rato con Colleen, Teacher, Hank y Don.
Colleen se encontró con ella en el bosquecillo donde Vivian había visto a Kinmitu la última vez.
Seguía lloviendo, y Vivian habría preferido escoger otra noche para espiar a la chamana, pero Hank y Don habían oído decir en el pub que Kinmitu tenía intención de volver a invocar a los espíritus junto a la mina nueva.
Allí los buscadores de oro empezaban a impacientarse.
Habían horadado casi toda la montaña y seguían sin encontrar indicios de ninguna veta.
Ya desde lejos Vivian y Colleen vieron el vivo resplandor de las llamas y oyeron los cánticos de Kinmitu.
Vivian le indicó a su amiga que no hiciera ruido y, con el mayor sigilo posible, bajaron del lomo de la buena de Curly y la dejaron atada.
Después se acercaron a la mina a hurtadillas.
La reunión era nutrida. Todos los buscadores de oro estaban sentados en círculo alrededor de la hoguera y Vivian reconoció a su marido en primera fila.
Apenas podía creer lo que estaba viendo, pero Ross parecía formar parte del espectáculo.
Tocaba un tambor y estaba pendiente de todo lo que decía Kinmitu.
La joven bailaba como en éxtasis. Vivian ya sabía lo que sucedería allí, pero Colleen contempló fascinada la representación de la chamana y se sobresaltó cuando los cánticos y el sonido del tambor se interrumpieron de repente.
La bailarina giró sobre sí misma y cayó al suelo.
De nuevo transmitió el mensaje de los espíritus, primero en un idioma nativo, luego en inglés.
—¡Oh, sí! Encontraréis oro. Brillará en el resplandor de vuestras antorchas. Pero cuidaos de los espíritus…
—¡Bueno, pues vayamos a ver! —exclamó la voz de Harold Brooks, el joven cuya concesión se había quedado Colleen—.
¿Viene alguien conmigo? Entraremos directamente y volveremos a iluminar todas las paredes.
—Por lo visto, Harold ya estaba harto de tanto cavar; los espíritus de Kinmitu tenían que mostrarle el tesoro de una vez por todas—. Tony, ¿qué me dices? —preguntó.
Tony Carpenter, casi aún más lanzado que Brooks, se puso en pie y cogió una antorcha. Entonces se levantó un viento fuerte que sopló con tal violencia que estuvo a punto de apagar el fuego. Colleen y Vivian no lograban oír nada porque la tormenta arreciaba entre los árboles.
—Tal vez deberíamos marcharnos, no vaya a ser que caiga algún árbol. No he atado a Curly a un tronco muy estable —susurró Vivian—. Y además ¡estoy empapada!
Llovía sin parar, pero Colleen seguía contemplando la escena como si estuviera hipnotizada.
Ross se estaba ocupando de Kinmitu, que despertaba de su trance.
Harold y Tony, mientras tanto, echaron a andar hacia la galería.
Debía de resultar inquietante entrar en la mina a oscuras y con ese tiempo, sobre todo después de tanto hablar de espíritus.
Sin embargo, los dos jóvenes no se dejaron intimidar y desaparecieron por la boca del túnel.
También en lo alto de la montaña había árboles, abetos de Douglas jóvenes, que se sacudían con fuerza en la tormenta.
No debían de estar arraigados en el suelo con mucha fuerza porque la siguiente ráfaga de viento arrancó el primero de la tierra.
La lluvia enseguida llenó el agujero que había abierto, arrastró consigo más tierra aún, cayeron otros dos abetos…
y, de repente, toda la montaña pareció ponerse en movimiento.
—¡La galería se hunde!
Los hombres que estaban esperando en la entrada de la mina, según fueran más bien valientes o temerosos, se internaron en la mina para salvar a Harold y a Tony o corrieron para alejarse todo lo posible de la entrada porque temían más corrimientos de tierra.
—¡Un terremoto! —gritó alguien.
Vivian y Colleen no habían notado los temblores. Aun así, el derrumbe de la galería debía de haber provocado vibraciones cerca de la entrada.
—Ay, espero que tengan la galería bien asegurada —comentó Colleen.
Vivian estaba paralizada a causa del horror.
La montaña tardó un rato en recuperar la calma. Los hombres se pasaron las antorchas para ver dónde se había venido abajo la tierra. ¿Dónde estaban Harold y Tony? ¡Debía de ser horrible estar ahí enterrado!
—¡Los dos jóvenes siguen ahí dentro! —vociferó uno de los mineros—. ¡Venga, hay que sacarlos!
Vivian se volvió hacia Colleen, esta vez con más decisión.
—Tenemos que ir a buscar ayuda. Cuantos más hombres caven… —En realidad no creía que Tony y Harold siguieran con vida debajo de toda esa tierra y esas rocas, pero de momento era una posibilidad.
Colleen asintió.
—Correré al campamento —dijo cuando llegaron al bosquecillo donde estaba atada Curly—. Y tú ve a la ciudad con la mula.
Poco más de una hora después, la entrada de la mina bullía de actividad.
Casi todos los hombres del campamento y de la ciudad habían acudido a la llamada llevando picos y palas, y colocaron unas antorchas de brea que resistían con valentía a la lluvia torrencial que seguía cayendo.
Una parte de los voluntarios intentaba entrar cavando desde la boca del túnel, otros lo hacían desde arriba, justo al final de la galería, donde suponían que debían de estar atrapados los mineros.
Vivian había regresado a casa para ocuparse de Giselle mientras Colleen echaba una mano con Teacher, Hank y Don.
Su amiga cavó junto a Teacher igual que un hombre y de nuevo logró impresionarlo.
Sin embargo, llegado cierto punto de la noche, a este le pareció que ya podían parar.
Era imposible que nadie hubiera sobrevivido al derrumbe de la galería.
Colleen, exhausta, lo siguió hasta la hoguera alrededor de la que habían visto bailar a Kinmitu.
Allí se encontraban ahora la señora Guthrie, Alice Murphy y algunas mujeres más preparando té, sopa y sándwiches para los voluntarios.
Alguien había levantado una tienda provisional para protegerlas de la lluvia.
En un rincón del refugio estaba Kinmitu, acuclillada, temblando de frío y sin duda también de horror.
Ross no estaba con ella; seguramente había ido a cavar con los demás.
Colleen se acercó a la joven mientras Teacher iba a por sopa y sándwiches.
—¿De verdad creías que ahí dentro había oro? —le preguntó sin preámbulos—. Todo el que sabe un poco de esto decía que era imposible.
—No hay nada imposible —contestó Kinmitu sin inflexión alguna en la voz—. Los espíritus me han hablado de este lugar, pero yo no he obligado a nadie a excavar aquí. Siempre he dicho que hay que respetar a los espíritus y no hay que provocarlos. Esta misma noche, de hecho.
—¿O sea que no sientes ningún tipo de culpa?
Colleen no podía creerlo. Ella, igual que todos los testigos de la función de esa noche, había interpretado sus palabras con el significado de que el oro se les revelaría si entraban en la galería iluminándola con una antorcha.
Colleen consideraba muy posible que de esa manera pudieran hacerse brillar pequeñas partículas de oro.
Sin embargo, también sabía que todos los escombros de la galería se habían tamizado a conciencia y que en ellos no habían encontrado ni una pizca de mineral.
—Solo soy una intermediaria —murmuró Kinmitu—. Lo que dicen los espíritus…
—¡Venga ya, Kinmitu, déjate de disparates! —Ese era Teacher, que acababa de acercarse con dos cuencos de sopa y dos rebanadas gruesas de pan.
—Los espíritus de los dakelh nunca han hablado de oro. Ni con T’hoduh ni mucho menos contigo. Has montado un buen teatrillo y has engañado a un montón de hombres, pero con esto has llegado demasiado lejos.
—¿Teacher? ¿Eres tú? —preguntó Kinmitu, sorprendida.
Él arrugó la frente. ¿De verdad no sabía que estaba allí?
—Me habría gustado que, en todo el tiempo que llevas aquí, hubieras venido a verme al menos una vez —dijo Teacher—. ¿Acaso te avergonzabas?
—¡No tengo nada de lo que avergonzarme ni por lo que justificarme! —Kinmitu recuperó la firmeza de su voz—. La gente ha decidido por mí desde que era pequeña. Tú llevaste a Nahli de vuelta con su familia. A mí, en cambio, no.
Teacher negó con la cabeza involuntariamente.
—¡Otra vez ese numerito no, Kinmitu! Ya hablamos muchas veces de eso, y lo siento, pero en aquel entonces me fue imposible y hoy ya no te reconocerían.
Además, la gente casi siempre decide por los demás cuando son niños.
Al crecer, son ellos los que deben ponerle fin.
La mayoría lo consigue sin tener que mentir ni engañar a nadie.
¡Te salvé de la misión! En ese sitio se perpetraban horrores en nombre de la fe, y ahora eres tú la que maltratas las creencias de los demás.
Kinmitu soltó una risa amarga.
—Tómatelo como una venganza, Teacher. Los blancos me agujerearon la lengua y ahora yo me quedo con su dinero sin ningún pudor. Ya no te necesito, hago mío todo lo que deseo.
—¿Incluye eso a Ross Wallett? —Aunque Colleen acababa de conocer a Kinmitu, era perspicaz y le gustaba hablar claro—. He visto que toca el tambor para ti. ¿Crees que se marchará contigo cuando mañana te expulsen de la ciudad?
La chamana la miró sin comprender.
—¿No creerás de verdad que esto no va a tener consecuencias? —añadió Colleen, que iba a seguir con sus acusaciones cuando fuera se oyeron voces.
¡Habían encontrado los cadáveres de Harold y de Tony!
—Los amortajarán aquí —dijo Hank, que entró en la tienda, agotado—. Será mejor hacerles sitio. ¡Y, a esa, sacadla ahora mismo! —exclamó, señalando a Kinmitu.
—¡Vamos! —le dijo Teacher—. ¿Dónde te alojas?
La joven chamana dormía en las afueras de la ciudad, en una cabaña que sus apasionados seguidores habían puesto a su disposición.
—Pero allí ya no estará segura —señaló Colleen con frialdad—. Si la ira acumulada de los hombres se desborda…
—Muy bien, puede quedarse conmigo por el momento —repuso Teacher a regañadientes. Después de lo de Ross, seguro que Vivian no le daría a Kinmitu una cálida bienvenida—. Mañana, ya veremos.
La joven no dijo nada, pero se mostró dispuesta a salir con ambos de la tienda de aprovisionamiento antes de que llegaran los hombres con los cadáveres. No volvió a abrir la boca hasta que llegaron a la seguridad del bosque, y entonces habló con su tono de chamana orgullosa.
—¡Seguiré mi propio camino! —anunció cuando Teacher y Colleen quisieron enfilar un sendero en dirección a su campamento. Se irguió y alzó la cabeza para, pese al viento y la lluvia, resultar más imponente.
—¿Y adónde irás? —preguntó Teacher, que se sentía responsable de ella a pesar de todo.
Colleen, en cambio, se alegraba de librarse de la joven.
Kinmitu no respondió. Con su paso balanceante y danzarín, pareció ir fundiéndose con la lluvia y el viento, el bosque y la oscuridad…
Colleen y Teacher se miraron sin saber qué hacer hasta que ella se encogió de hombros.
—Vayamos a guarecernos de la lluvia —propuso, cansada—. Creo que no necesita ayuda.
Al alba, la cabaña de las afueras de la ciudad ardió y una muchedumbre enfurecida exigió colgar a la chamana. Para entonces, hacía tiempo que Kinmitu había desaparecido, y Ross Wallett con ella.