En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Es Guardian Angel —dijo Colleen, a modo de presentación—. Mi ángel de la guarda. Una malamute de Alaska. En general es muy buena, pero, cuando un hombre se me acerca demasiado, se vuelve peligrosa. Sin ella, no habría conseguido llegar hasta aquí.

—¿Has venido tú sola? —preguntó Vivian con auténtico asombro en la voz—. ¿Todo el camino desde Fort Garry? ¿O, mejor dicho, desde Montreal?

—Con un par de escalas para ganar algo con lo que pagar el viaje —respondió Colleen—. ¡Pero primero cuéntame lo de tu hijo! ¿Es niño o niña?

Vivian le presentó a Giselle y luego la invitó a acompañarla directamente a su concesión.

—¿Tienes tienda o algo así?

Colleen asintió y señaló su mochila. Tras ellas se veían dos bolsas más que entonces le colocó a la perra.

—Angel me ayuda a cargar con todo —dijo—. También me planteé buscar un carro pequeño del que pudiera tirar, pero habría sido muy caro encargar que me fabricaran uno, y los carros para bueyes son demasiado pesados, claro. Aunque seguro que el modelo habría sido adecuado.

Colleen se puso entonces la mochila y siguió a Vivian hacia su mula.

Atravesaron a pie la ciudad y el bosque.

Vivian no quería montar en la mula si su amiga iba andando y, de todas formas, así podían charlar mejor.

Ambas estaban deseando oír lo que le había ocurrido a la otra.

Vivian acababa de terminar de contar su historia cuando llegaron al campamento.

—Podríamos cocinar algo deprisa y luego llamar a los hombres para comer —propuso—. Seguro que Ross también se quedará para escuchar tus peripecias.

Colleen accedió.

—Antes he cogido unas setas —dijo—. ¿Tienes huevos? Podría hacer una tortilla.

Vivian volvió a quedarse asombrada ante la rapidez y la facilidad con que su amiga era capaz de preparar una comida riquísima con un par de ingredientes sencillos.

Limpió las setas y las asó al fuego con un poco de cebolla, batió unos huevos con algo de harina y a todo ello le añadió también las sobras que habían quedado de la liebre asada del día anterior.

Luego lo sazonó con hierbas que Vivian había visto crecer en el borde del camino, pero que jamás habría pensado en añadir a la comida.

En cuestión de minutos tenían un delicioso guiso de aromáticas setas a la sartén y Vivian llamó a la mesa a los hombres, que estaban trabajando en la zona superior de las concesiones.

Don y Hank se abalanzaron sobre las setas y el pan recién hecho que Vivian había comprado en la ciudad.

Ross pareció alegrarse solo a medias de volver a ver a Colleen.

Cuando, además, se enteró de que iba a explotar la concesión que había codiciado él, torció el gesto sin disimulo y se dedicó a tragar la comida sin decir nada.

Teacher, en cambio, parecía fascinado por esa joven vestida con una ropa de trampero que llevaba con tanta naturalidad como si jamás se hubiese puesto una falda.

También estaba entusiasmado con la perra.

Angel se había tumbado a los pies de su dueña y solo levantaba la cabeza de vez en cuando para comprobar que los hombres con los que Colleen estaba sentada junto al fuego eran inofensivos.

—¡Qué animal tan bonito y extraordinario! —exclamó con amabilidad, y llamó a Angel cuando Colleen le dijo su nombre.

Para sorpresa de su dueña, la perra levantó las orejas sin gruñir. Aun así, todavía no se acercó al hombre, pero parecía ponerse menos agresiva con él que con los demás.

—¿De dónde la ha sacado?

Colleen explicó que había encontrado a Angel en Fort Garry, atada delante de un local al que había ido a pedir trabajo de cocinera o de sirvienta.

—Estaba triste y tenía todo el pelaje enmarañado y áspero.

Su dueño casi la estaba matando de hambre.

Se la había dado un trampero que no había podido pagar sus consumiciones, así que a cambio le dejó allí a la perra, aunque al hombre no le servía de nada.

Un tipo desagradable. Y no creáis que me la regaló.

Tuve que comprársela con el dinero que en realidad había querido invertir en una expedición que partía hacia la Columbia Británica con un guía a sueldo.

Así que Angel y yo tuvimos que encontrar el camino por nuestra cuenta.

—¿Atravesó las montañas usted sola? —preguntó Teacher, que casi parecía tan incrédulo como Vivian antes.

Colleen lo miró con calma.

—Yo lo hago todo sola —dijo—. Pero en ese caso no fue difícil: me limité a seguir al grupo, siempre a medio día de distancia más o menos.

Y Angel cuidó de que no me atacara ningún animal salvaje ni nada por el estilo.

Fue bonito, en realidad. Aunque ya no puedo ni ver el pemmican .

Si por lo menos lo refinaran un poco… Con bayas, por ejemplo.

Teacher sonrió y les habló de la receta secreta de los metís de Fort Garry.

—¿Y cuándo te marchaste de Montreal? —preguntó Vivian—. El empleo que tenías allí parecía muy bueno.

Colleen asintió.

—Sí, lo era. Pero quería seguir camino, así que estuve solo medio año, hasta reunir el dinero suficiente para viajar a Saint-Paul.

Allí trabajé en un puesto de comidas. Nada especial, un tenderete en la calle con un fuego en el que cocinaba para la gente.

Tenía bastante éxito, porque Saint-Paul es un lugar de paso de muchos viajeros y se alegran de poder echarse algo rico al buche.

Desde allí fui a Fort Garry con un grupo.

Por el camino cociné y les lavé la ropa, así que no tuve que pagar nada.

—Es usted una cocinera estupenda —comentó Teacher.

Colleen le dio las gracias con una sonrisa.

—Me gusta cocinar —dijo simplemente—. Y ahora, ¿me enseñan mi concesión? ¡Se me ha olvidado por completo comprar una batea para el oro en la ciudad!

Igual que la mayoría de los recién llegados a Barkerville, Colleen no tenía ni idea de lavar oro.

Por eso se puso contenta como una niña cuando, bajo la dirección de los hombres, encontró un par de pepitas en su batea.

Aun así, luego escuchó con mucha atención mientras Teacher le explicaba con tacto que querer explotar una concesión uno solo no era lo más sensato.

—¿No lo dirá porque soy mujer? —replicó ella.

Teacher contempló su figura nervuda, ese cuerpo entrenado que había soportado el penoso viaje a través de las Rocosas sin acabar extenuado.

—Estoy convencido de que usted lo conseguirá —dijo, en voz baja y con seriedad—. Lo hará igual de bien que un hombre. Pero incluso un hombre solo llega enseguida a su límite aquí.

—¡De todas formas quiero intentarlo! —afirmó Colleen—. Ahora que he logrado llegar… Con Angel a mi lado no pasaré frío. Compartiremos la tienda.

La tienda era poco más que una lona colgada de dos varas. Seguro que Colleen no había pasado ahí dentro todo el invierno anterior. Mientras trabajaba en su puesto de comidas en Saint-Paul, había dormido en un albergue.

—En ese sitio hacía mucho frío —comentó— y yo era la única mujer entre un montón de tipos.

La mayoría eran decentes, pero había un par…

Siempre dormía con un cuchillo debajo de la almohada, porque por entonces todavía no tenía a Angel.

A ver ahora. Tal vez encuentre una fortuna en oro y, entonces, me construiré una casa y abriré un restaurante en Barkerville.