Capítulo 2
Las indicaciones de Kinmitu sobre posibles yacimientos de oro se volvieron cada vez más peregrinas, aunque siempre iban acompañadas de descripciones vagas.
Unas veces hablaba de un arroyo; otras, de un punto más alejado del río Fraser.
Un día, ante una reunión algo más nutrida de buscadores, anunció una mina que supuestamente veía, y al día siguiente la gente partió con picos y palas hacia las montañas.
—Estarán entretenidos allí un buen tiempo —comentó Hank, lacónico—. Puede que encuentren otra cosa. Carbón, a lo mejor.
De hecho, al principio no encontraron nada, pero la excavación de una mina de oro al sur de Barkerville no tardó en atraer a círculos más amplios.
Al cabo de poco había hasta treinta mineros intentando abrir una galería en la montaña.
La mayoría eran jóvenes e inexpertos, y esperaban conseguir un gran éxito con procedimientos poco tradicionales.
Para ello, dejaron las concesiones en las que habían trabajado hasta entonces, y también quedaron libres las parcelas que había río arriba y río abajo de las que explotaban Ross y sus socios.
Hank se aseguró la concesión de río arriba, ya que la primera estaba a nombre de Don.
Teacher se habría quedado con la de río abajo, pero Ross insistió en registrarla a nombre de Vivian.
—Así, cada cual tendrá dos concesiones. ¡Es más justo que dejaros tres a vosotros y quedarnos solo con una! —argumentó—. Por si al final encontramos algo grande de verdad.
—¿Acaso no querrías repartirlo con nosotros? —preguntó Don—. Curioso concepto tienes tú de lo que es un socio.
—¡La concesión sería mía, y por supuesto que lo repartiría con vosotros!
—aclaró Vivian para no dejar que estallara una pelea—.
Sobre todo porque, de todas formas, las concesiones no nos pertenecen en ese sentido.
Podemos explotarlas, pero no somos automáticamente dueños de todo el oro que tal vez esté en esa tierra.
Si lo extraemos juntos, nos pertenece a todos, así que no arméis ningún escándalo.
Mañana iré a la oficina y registraré la concesión.
—Dicho eso, se levantó y se llevó a Giselle a dar un paseo en mula.
Poco a poco empezaba a cansarse de tener que mediar entre Ross y los demás.
Y eso que la colaboración entre los hombres había dado muy buen resultado y Vivian consideraba que Ross era el mayor beneficiado de ese acuerdo.
Un minero solo rara vez sacaba tanto de su concesión como un equipo de trabajo, que lavaba el oro más deprisa y de forma más eficiente.
Sacudió la cabeza y dirigió los pasos de la mula en dirección a la mina nueva, en cuya excavación había muchísima gente implicada después de que Kinmitu hubiera anunciado sus visiones.
A Vivian le parecía de buena educación informar al joven de cuya concesión quería apropiarse.
Nunca antes había visto excavaciones en las estribaciones montañosas, por eso se quedó muda de asombro al comprobar lo organizados que trabajaban los mineros y lo mucho que habían penetrado ya con su galería en la montaña.
Lo cierto era que deberían haber empezado a preguntarse por qué no habían encontrado oro todavía, si todos los días sacaban carretillas enteras de tierra y piedras y las tamizaban delante de la mina, como Vivian vio entonces.
Harold Brooks, el joven a quien pertenecía su futura concesión, estaba sacando otro cargamento de tierra de la galería. Se lo veía la mar de optimista, igual que a todos los demás.
—Todavía no hemos llegado al centro de la montaña —explicó, como si estuviera allí cavando en busca de un tesoro escondido por alguien—. ¡Lo lograremos!
No tuvo nada en contra de que Vivian se quedara con su concesión anterior. Al contrario, incluso les deseó mucha suerte a sus socios y a ella.
De modo que, a la mañana siguiente, Vivian se dirigió a Barkerville.
Escogió la ruta que cruzaba el bosquecillo y disfrutó de los aromas y la estampa de un bosque casi primaveral.
Los árboles no tardarían en brotar y un verde resplandeciente dominaría la vegetación.
Vivian estaba impaciente; el invierno había sido duro.
Cuando nació Giselle, las casas de los dakelh les habían ofrecido una calidez agradable durante los meses de frío, pero la cabaña en la que vivían ahora, que seguía siendo provisional, era casi imposible de caldear.
Pese a ello, Ross solo aceptaba de mala gana que la niña durmiera entre Vivian y él para que entrara en calor.
Durante el camino hasta Barkerville lo había soportado, pero ahora Giselle estaba más crecida y se movía o murmuraba mientras dormía.
A Ross le molestaba e insistía en que necesitaba dormir bien, ya que se pasaba el día entero deslomándose.
A Vivian le habría gustado encontrar un alojamiento en la ciudad, y lo había propuesto antes de que la Columbia Británica quedara cubierta de nieve y hielo.
Sin embargo, Ross no quería dejar la concesión sin vigilancia bajo ningún concepto.
Al final, ella había preparado la cabaña a duras penas para el invierno con la ayuda de Teacher, y, aun así, todas las noches temía por Giselle cuando la ponía a dormir sola en su cestito pese a las heladoras temperaturas nocturnas.
Desde luego, abrigaba muchísimo a la pequeña, pero ¿y si se destapaba al moverse?
¡Por fin llegaba la primavera! Vivian se esforzó por contener los pensamientos negativos.
Había tenido que comprar un par de cosas y las metió en las alforjas antes de amarrar a su mula Curly delante de la oficina del comisionado del oro.
Volvía a llevar a Giselle consigo, cargada a la espalda.
Como había modificado su antigua mochila para acomodar en ella a la niña y le había abierto dos agujeros para las piernecitas de Giselle, ya no le servía para llevar equipaje.
La pequeña iba muy cómoda ahí dentro, y a menudo se quedaba dormida con la cabecita apoyada en el hombro de su madre.
Delante de la oficina esperaba un perro, un ejemplar grande y precioso de una raza de perros de trineo.
El animal tenía un pelaje grueso, de un blanco grisáceo, y su rostro era como una máscara blanca.
Tenía el pecho y las patas delanteras blancas y el cuerpo gris, con una mancha negra sobre el lomo.
Miró a Vivian con sus expresivos ojos castaños.
Parecía vigilar una mochila enorme cuyo propietario debía de estar en el despacho.
—¡Vaya, qué bonito eres! —le dijo Vivian—. Cuida bien del equipaje de tu dueño. ¿Vas a dejarme pasar o vigilas también el oro que guardan ahí dentro?
En la oficina compraban el mineral, pero el perro fue bueno y se apartó para dejarla entrar. A Vivian le habría gustado acariciarlo.
Por suerte, no tuvo que esperar mucho. El empleado que había en el mostrador estaba atendiendo a un joven alto y delgado que llevaba pantalones y chaqueta de piel.
Se había recogido el pelo, rubio ceniza y largo, con una cinta de cuero en la nuca.
A Vivian, al principio le había parecido extraño ver a hombres con coleta, pero, como muchos tramperos y buscadores de oro llevaban el pelo así, ya se había acostumbrado.
—¡Muy bien, pues me quedo esta! —dijo el joven, con una voz clara e inesperadamente aguda—. La trescientos catorce, ¿verdad? ¿Río arriba, a algo menos de dos kilómetros de la ciudad? Propietario anterior, Harold Brooks…
—¡Pero esa es la mía! —se le escapó a Vivian.
Los dos hombres se volvieron hacia ella, y, al mirar entonces a su competidor a la cara, ya no logró cerrar la boca. Vio un rostro delgado, dominado por unos ojos azules muy claros. Un rostro de mujer. Ya no estaba pálida, sino bronceada por el sol, y seguía siendo más bien enjuta, como siempre.
—¡Co… Colleen! —exclamó Vivian.
Colleen había compartido la sorpresa con ella, pero su expresión adoptó entonces una cálida sonrisa.
—¿De verdad eres tú? ¡¡¡Vivian!!! No sabes cómo había esperado encontrarte. Bueno, encontraros. Pensaba que quizá habríais llegado mucho más al sur, a Yale o algo así.
Las dos mujeres se abrazaron al instante.
—¡Cuánto te he echado de menos! —le aseguró Vivian—. ¡Por fin una amiga con la que podré hablar!
—¿Y quién de las dos quiere ahora la concesión, señoras? —preguntó el hombre del mostrador, que había presenciado el alegre reencuentro sin emoción alguna.
—¡Ay, quédatela tú! —dijo Vivian con generosidad—. Solo la queríamos porque la nuestra está justo al lado. ¡Así seremos vecinas! Seguro que Ross no tendrá inconveniente, y nuestros socios también son muy majos.
—¿Tenéis socios? —preguntó Colleen, y entonces descubrió a la pequeña pasajera de la mochila de Vivian—. ¿Y a quién llevas ahí? ¡No me digas que habéis tenido un hijo!
Otros dos buscadores de oro habían entrado en la oficina y Vivian temió que el empleado les diera preferencia si Colleen no firmaba enseguida los papeles, así que dejó hacer a su amiga y esperó hasta que las formalidades estuvieron listas.
—¿Es suyo el chucho que hay en la puerta? —preguntó uno de los hombres—. No puede dejarlo suelto por ahí. Casi no nos deja entrar.
Vivian se extrañó y Colleen se disculpó con educación.
—No sabía que estaría tanto rato aquí dentro. Si no, la habría atado en algún sitio. La verdad es que no es peligrosa, pero me protege. Seguramente no le ha hecho gracia que estuviera en el mismo local que ustedes.
El hombre puso los ojos en blanco.
—Pues será mejor que salga enseguida, antes de que se coma de un bocado al siguiente.
—¿Ese perro de trineo tan bonito? —preguntó Vivian, desconcertada—. Conmigo ha sido muy simpático.
—Es una perra —explicó Colleen, que se disculpó otra vez y salió deprisa—. ¡A las mujeres no les hace nada!
El animal profirió un gemido de felicidad y se arrimó a su dueña.