Capítulo 1 #2
Hacía tiempo que Vivian era la pareja de baile más apreciada de todo el establecimiento.
Ninguna de las otras damas tenía unos pies tan ligeros ni tan buen carácter.
A la mayoría de ellas tampoco les gustaba mucho su trabajo.
La vida no las había tratado bien; habían esperado más cuando llegaron a Barkerville.
De vez en cuando había alguna excepción, desde luego, casi siempre chicas jóvenes que buscaban futuro marido con desenvoltura.
Respecto a estas últimas, Alice tenía razón: se marcharían en cuanto se casaran.
Incluso Vivian, que no hacía tanto que trabajaba allí, había felicitado ya a dos novias radiantes que dejaban el salón de baile porque se habían prometido.
Al llegar a la ciudad a lomos de su mula, como todavía tenía algo de tiempo antes de que el local abriera, decidió pasarse a echar un vistazo por el Summer’s Saloon y ver la danza de Kinmitu.
El señor Summer, el dueño del establecimiento, era un hombre afable.
No habría tenido nada en contra de dejarle ver la representación de Kinmitu, y seguro que incluso la habría protegido de los clientes pesados, pero por desgracia tuvo que informarla de que la hermosa joven ya no actuaba en su salón.
—Es que no solo es bailarina, sino también algo así como hechicera —comentó el hombre con el escepticismo de rigor en la voz—.
Hace un par de días invocó a los espíritus delante de todo el mundo para que a la gente se le despertara la curiosidad.
Ahora ya solo lo hace en privado, en algún lugar del bosque.
Desde que Paul y Simon encontraron oro, seguro que no le faltan clientes.
Justo lo que había supuesto Teacher. Vivian le dio las gracias y se fue en dirección al salón de baile. Kinmitu se ganaría bien la vida por esos lares y, cuando los primeros hombres se llevaran una decepción, seguiría camino hacia la siguiente ciudad de buscadores de oro.
En los meses siguientes, Kinmitu realizó ceremonias para esperanzados buscadores de oro todos los días.
Vivian la vio una noche del mes de marzo, cuando regresaba al campamento después de bailar.
Podía acortar un poco el camino desde la ciudad hasta su concesión cruzando un tramo de bosque, pero rara vez lo hacía puesto que no se sentía segura.
Entonces, sin embargo, oyó unas voces y unos cánticos penetrantes —cuando los nativos llamaban a los espíritus, no solían bajar la voz—, y la curiosidad la llevó a acercarse allí.
Kinmitu seguía siendo una belleza tan impresionante como en aquel entonces, con los dakelh.
Llevaba un vestido largo tradicional y una parte de arriba de manga larga, ambos hechos de cuero y decorados con flecos y púas de colores.
Los flecos se agitaban y competían con su melena larga y lisa cuando la joven giraba tocando la sonaja o el tambor.
El fuego alrededor del que bailaba proyectaba un juego de sombras inquietante cuando daba vueltas.
Los hombres que la contemplaban —tres escoceses jóvenes a los que Vivian conocía y que trabajaban juntos en una concesión cercana— parecían hechizados.
Para terminar, Kinmitu se dejó caer directa al suelo tras un giro.
La melena le envolvió el cuerpo con el movimiento y le cubrió los brazos cruzados.
Entonces dirigió al cielo el rostro, pintado apenas con un poco de tinte blanco, y por fin habló con una voz ceremoniosa y vehemente, primero en el idioma de los dakelh y luego en inglés para traducir el mensaje de los espíritus y que los buscadores de oro lo entendieran.
—Id al sur. Buscad una roca que se parece a la cabeza de un asno. ¡Cavad debajo!
Vivian se aseguró de alejarse antes de que alguno de los presentes reparara en ella. Poco después se reunió con Ross y los demás, que todavía estaban sentados junto a la hoguera. Giselle dormía entre Teacher y Hank, que también estaba prendado de la pequeña.
Vivian sonrió al ver a su hija con la carita relajada y un pulgar metido en la boca. La niña dormía profundamente. Ya había aprendido a caminar y se pasaba el día entero de aquí para allá. Por suerte, Teacher seguía vigilándola bien. Un incidente como el del río no podía repetirse.
—¡Llegas tarde! —le reprochó Ross.
Vivian les contó lo que había visto.
—Ha sido muy impresionante —dijo—. Pero ¿por qué les ha dicho que caven? Aquí el oro se batea, ¿no? ¿También puede encontrarse en la tierra, o solo en los ríos?
Hank lo pensó un momento.
—Bueno, no sé de nadie que haya encontrado algo así por aquí, pero a veces hay oro en ríos que por algún motivo acaban secándose.
También podría haber sido arrastrado pendiente abajo por la lluvia y haberse acumulado en la tierra, en canales o en depresiones del terreno.
¿Habéis oído hablar de Gabriel’s Gully, lejos, allá en Nueva Zelanda?
Hace varios años que están cavando. Lo descubrió un geólogo que sabía de estratos y cosas por el estilo.
Medio mundo se apresuró a ir a ese pueblucho de mala muerte de la isla Sur para revolverlo todo a conciencia…
—¿Y si Kinmitu ha visto algo así en sus visiones? —Ross seguía poniendo en duda que la joven, que ya lo había cautivado en el poblado de los dakelh, les estuviera tomando el pelo a todos.
Aun así, de momento nadie se había hecho rico buscando en los lugares indicados por ella. Casi siempre encontraban algo de oro, pero nunca daban con un filón extraordinario.
—Yo creo que Kinmitu se está quedando sin cursos de agua —opinó Teacher con sequedad—.
Ya ha enviado a hombres a todos los riachuelos de la región.
Si ahora señala rocas como posibles yacimientos y no encuentran nada, podrá decir que es porque han cavado debajo del pedrusco que no era.
En el sur hay muchas montañas, hay miles de rocas y su forma es cuestión de interpretación.
Uno ve un asno, el otro un alce, el de más allá quizá un oso…
—Pues los tres jóvenes escoceses de esta noche van a llevarse un buen chasco —se lamentó Vivian.
Don se encogió de hombros.
—Si se creen semejantes disparates, la culpa es suya —sentenció—. Aunque el espectáculo del otro día fue impresionante y la actuación que has descrito, Vivian, suena mejor aún. Esos jóvenes habrán disfrutado de algo digno de contemplar. No deberían quejarse.