Capítulo 1
Obligado por su mujer, Ross Wallett aprendió por fin a cambiarle el pañal y darle el biberón a su hija, así que Vivian oía menos a menudo llorar a la niña ya desde lejos cuando regresaba del salón de baile.
Aun así, él seguía ocupándose a regañadientes de la pequeña, que había empezado a gatear y se desplazaba sola, cosa que enseguida ocasionaba problemas.
En realidad, había que estar siempre pendiente de ella, y Ross no lo conseguía.
Una tarde que Teacher la oyó llorar sin parar y fue a ver, se encontró a Giselle calada hasta los huesos.
Se había caído al agua intentando explorar la orilla del río, y aunque Ross la había sacado, no se le había ocurrido cambiarle la ropa y abrigarla con una manta.
En lugar de eso, estaba pesando con minuciosidad el oro que habían encontrado esa semana para dividirlo en cuatro partes.
Teacher se ahorró recriminarle nada porque, en su opinión, Ross jamás llegaría a interesarse por su hija.
Como mucho le resultaría indiferente, aunque en realidad la veía más bien como un estorbo.
Tan cerca de la ciudad, como casi todos los hombres habían descubierto ya, las concesiones estaban prácticamente agotadas.
Todavía se podía vivir de los beneficios y ahorrar una cantidad modesta, como hacían Don y Hank, pero nadie se hacía rico.
Por eso, la mayoría de los buscadores que estaban solos se marchaban a concesiones más lejanas o a otras algo más al sur, hacia Yale, la puerta de entrada a la Tierra del Oro.
Allí aún quedaban regiones por explorar en las que podía hacerse fortuna.
A Ross también le habría encantado seguir camino, pero Vivian tenía a su hija y su trabajo.
Aparte de eso, no le apetecía en absoluto pasarse semanas de camino para de nuevo empezar de cero.
Eso habría significado volver a batear oro con Ross, ya que Teacher, Don y Hank no querían apuntarse.
Teacher se marcharía algún día, sin duda, pero por el momento le gustaba aquel lugar.
Ross sospechaba que estaba enamorado de Vivian y tenía debilidad por Giselle.
Lo último estaba claro que era cierto; sobre la primera sospecha, en cambio, Vivian solo podía reírse.
Sea como fuere, le estaba muy agradecida al trampero por vigilar a su hija mientras ella trabajaba en el salón de baile.
Sin embargo, una noche de octubre se alarmó al regresar y no encontrar ni rastro de Ross ni de Giselle. Vio que sus vecinos tenían una hoguera encendida, y allí estaba Teacher, fumando su pipa y abstraído en la contemplación de las llamas.
—Teacher, ¿dónde está Giselle? —La preocupación le hizo ir directa al grano.
Él la miró con calma.
—No te inquietes. Se la ha llevado Ross.
Está en la ciudad, con Trace Parker y un par más.
Don y Hank también se han apuntado, aunque seguro que ellos no creen en algo así.
Pero, como Trace iba con su carro y los ha llevado a todos, no han podido resistirse.
El espectáculo era en el Summer’s Saloon.
—¿Que Ross se ha llevado a Giselle a un salón? —preguntó Vivian—. ¿Y qué espectáculo es ese? ¡Dime ahora mismo qué sucede! ¿Está en peligro la niña?
Teacher, ofendido, puso los ojos en blanco.
—¿No creerás de verdad que los habría dejado ir si estuviera en peligro? No, es solo que… Bueno, ha llegado a la ciudad una chamana, una nativa. Afirma que puede invocar a los espíritus y preguntarles dónde hay oro.
—¡¿Qué?! ¡No puede ser que alguien se crea eso!
—Pues ni te imaginas la cantidad de hombres que se han puesto en camino para verla bailar con los espíritus en el Summer’s Saloon. Los tipos del círculo bíblico de los domingos han salido los primeros.
—Y yo que siempre había pensado que lo único espirituoso que había en los salones era el licor…
—comentó Vivian—. ¿Tú no has querido participar?
Como antiguo misionero, los espíritus también deberían interesarte.
—Arrugó la frente—. O, espera, ¿no había oído hablar ya de algo así?
Me viene a la memoria el nombre de Kinmitu…
El rostro de Teacher adoptó una sonrisa, amplia y casi dolorosa.
—Tú lo has dicho… Y me equivoqué cuando le solté que en las ciudades de buscadores de oro no había trabajo para parteras y chamanas. Está visto que ha descubierto su filón de oro particular. Tocará un poco el tambor y cantará, y a Giselle le gustará mucho, pero yo no tengo por qué presenciarlo.
—De modo que Kinmitu de verdad ha dejado a los dakelh.
—Vivian se sintió más tranquila por un lado; por otro, extrañada—.
¡Y ahora lo intenta con los buscadores de oro!
No creía que fuera a hacerlo en serio. Me refiero a que, en el fondo, con T’hoduh tenía una posición segura. La habría sucedido como sabia, ¿no?
—Vivian, ya hablamos una vez de eso. Había algo de los dakelh que la enfurecía y, con el tiempo, he llegado a pensar que…
Bueno, que le habría gustado encontrar a un hombre, pero ninguno de ellos quería a una mujer que no fuera de la tribu.
Supongo que T’hoduh ya lo sabía cuando se la llevé.
La formó para ser chamana porque eso le aseguraba una posición más elevada, incluso siendo una mujer sola.
—Tal vez fuera por algún hombre en concreto —repuso Vivian—. ¿Y T’hoduh? Tiene mucha influencia, les pone nombre a los niños. Quizá también decida quién se casa con quién.
—¿Y que quizá por eso suscitara la ira de Kinmitu? ¿Porque le prohibiera esa relación? Podría ser —concluyó Teacher, terminando la reflexión de Vivian.
—Pero ¿cómo es que ahora quiere vivir entre los blancos? Debería odiarlos. A fin de cuentas, fueron ellos quienes provocaron todas sus desgracias cuando la raptaron. ¿Y ahora invoca a los espíritus para los buscadores de oro?
—Como decía, sabe sacar partido de los aspectos prácticos de su profesión como chamana, y seguro que la credulidad de los hombres juega a su favor —contestó Teacher.
Vivian frunció el ceño.
—¿Estás diciendo que ella no cree en sus propios poderes, pero finge delante de los hombres?
Una sonrisa se posó en el semblante de Teacher.
—No es un modelo de negocio muy honrado, pero tiene unas perspectivas de éxito enormes, diría yo.
Seguramente hace que esos tipos le paguen por darles consejos personalizados, pero también cobrará por ceremonias como la de esta noche.
Con tambores y danzas, y tal vez incluso una hoguera.
Las invocaciones chamánicas pueden ser muy impresionantes.
También T’hoduh invocaba a veces a los espíritus, aunque para ella era un asunto muy serio, claro está.
—¡Pues a Ross no va a sacarle ni un centavo! —exclamó Vivian con decisión.
En ese sentido, se fiaba del sentido común de su marido.
—Eso ya lo has dicho otras veces, Vivian —le recordó Teacher—. Aun así, es bonito que sigas creyendo en él.
Ross regresó apenas una hora después, trayendo consigo a una Giselle algo arañada pero sana y salva, y contenta.
Kinmitu, explicó, se había alegrado de volver a verlos a la pequeña y a él, y Giselle se había quedado embobada mirando su tambor y cómo lo tocaba.
También los cánticos le habían gustado mucho.
—Todo el rato quería cantar con ella —explicó Ross—. Pero no podía permitírselo, claro, porque…
—… porque habría podido invocar a los espíritus equivocados —terminó Vivian—. No fuera a llamar a la cigüeña o al hada de los dientes.
—Tampoco yo me lo creo del todo —repuso él—. Pero, al final, Kinmitu ha hablado de un arroyo que encontraríamos yendo hacia el sudoeste y ha dicho que debajo de una cascada habría oro. Paul y Simon quieren intentarlo mañana mismo.
Vivian lo miró con el ceño fruncido.
—Ross, estamos en Canadá. Aquí siempre encontrarás un arroyo o un río, da igual si vas hacia el sudoeste, hacia el nordeste o a donde sea.
—Pero ¿cómo sabía lo de la cascada? —preguntó él.
—¿Porque en dirección sudoeste hay montañas? ¡Allí hay un montón de cascadas, Ross! Y la mayoría de los ríos y los arroyos contienen oro.
Vivian se dispuso a desvestir a la niña, que se quejaba. Giselle estaba agotada, pero demasiado excitada después de una velada llena de emociones como para dormirse enseguida.
—¡Eso ya lo veremos! —exclamó Ross.
Olía a cerveza. Seguro que el Summer’s Saloon había hecho una buena caja gracias a la función de Kinmitu.
Dos días después, los dos buscadores de oro que habían seguido las indicaciones de la chamana regresaron a Barkerville entusiasmados.
Traían consigo una bolsita de polvo de oro por la que el cambista les dio más de sesenta dólares.
Querían asegurarse una concesión en aquel arroyo y explotar el yacimiento.
—O sea que no fue un mal consejo —comentó Ross, sentado junto al fuego con Teacher, Don y Hank, donde también Vivian estaba terminándose deprisa su escudilla de potaje para salir hacia el salón de baile.
Hank, el buscador con más experiencia de entre los presentes, negó con la cabeza.
—Ese arroyo también podrían haberlo encontrado ellos solos.
Debajo de una cascada, además, la corriente siempre frena de forma abrupta.
Eso hace que las partículas más pesadas, como el oro, se hundan más fácilmente y se queden entre la gravilla o en las rocas.
Seguro que la concesión será muy productiva los primeros días, luego irá menguando y puede que se agote enseguida.
Está por ver que a la larga merezca la pena construir ahí un canal de lavado para extraer mineral.
Pero para eso no hacía falta preguntar a los espíritus: os lo podría haber dicho yo mismo.
—Tengo que irme ya —dijo Vivian, y le dio un beso a Giselle.
Ya ni se le ocurría despedirse de Ross también con un beso. Sabía que despreciaba su trabajo en el salón, aunque ella ganaba más dinero allí que él buscando oro, por mucho que Ross no fuera a reconocerlo nunca.