En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Yale resultó ser una pequeña ciudad asentada sobre unas laderas bastante escarpadas.

Las casas de madera que había a lo largo de Main Street se habían construido deprisa y se notaba que aquello era solo una estación de paso.

Había campamentos de tiendas, una herrería, establos en los que podían dejarse los animales de carga y salones que ofrecían diversión a los buscadores de oro antes de volver a partir hacia la naturaleza salvaje para delimitar y explotar sus concesiones. Era una localidad ruidosa y sucia.

Stéphane se dirigió a una ferretería donde vendían equipo para buscadores de oro.

Jean-Luc lo siguió con cierto interés, y por primera vez vio una batea de oro y varios modelos de canales de lavado, así como palas y picos de diferentes calidades.

En un rincón de la tienda localizó botas y zapatos de trabajo, en su mayor parte producidos por la fábrica de calzado Oberman.

—¡Necesitamos de eso! —dijo Stéphane, y enseguida quiso probarse un par.

La renuencia de Jean-Luc no hizo más que crecer.

En San Francisco se había comprado unos zapatos ligeros de ante para no seguir desgastando el calzado de príncipe de Parger.

En Panamá había ido incluso descalzo, y también en los barcos.

Sin duda necesitaría un par de botas si tenía que cavar y cribar metido en el agua.

Los mocasines, como se llamaban sus zapatos de ante, ya se le habían empapado varias veces en el viaje por el río y se habían deformado.

Aun así… ¡No podía haber cruzado medio mundo para acabar estropeándose los pies con la birria de zapatos de Oberman!

Stéphane, mientras tanto, se informó sobre tiendas para acampar.

Jean-Luc miró con horror el revoltijo de varas, piquetas y lona que se combinaban para montar una primitiva tienda de dos personas.

¿Iba a tener que compartir uno de esos artilugios con Stéphane?

¿Durante semanas, o puede que incluso meses?

¿En invierno, con nieve y lluvia? ¿Iba a tener que cocinar sobre una hoguera?

Jamás había cocinado ni asado nada. Los bailarines no se iban de vacaciones en tiendas de campaña.

Su mundo había sido la Ópera, la Escuela de Danza.

Era muy capaz de sufrir tormentos —la formación para convertirse en bailarín profesional había sido muy dura—, pero no quería blandir un pico ni pasarse horas metido en el agua, tamizando oro.

Jean-Luc se decidió.

—En realidad, no sé si yo quiero batear oro —le dijo a un Stéphane desconcertado, que ya estaba calculando qué equipo básico necesitarían para explotar una concesión o, más bien, qué material podrían permitirse—. Creo que intentaré encontrar otra cosa.

—¿Otra cosa? —preguntó su compatriota—. ¿Qué más hay que hacer aquí? ¿Quieres pedir trabajo en las cuadras de alquiler? —Soltó una risita—. ¿O haciendo ataúdes?

Había una de esas carpinterías especializadas frente a la ferretería.

—No lo sé —murmuró Jean-Luc—. Primero daré una vuelta por la ciudad, pero no creo que sirva para buscar oro. Lo siento, Stéphane, pero… no estoy hecho para esto.

Cuando se despidió de su decepcionado amigo, tenía claro que volvía a huir.

Stéphane iría al salón para ver si encontraba socios nuevos; Jean-Luc tenía que recorrer la ciudad en busca de alternativas.

Frustrado, caminó por Main Street dándole vueltas a por qué había vuelto a fracasar.

Pretendía empezar de cero, pero no conseguía sobreponerse a sí mismo y aceptar esa nueva vida.

Había acabado en el fin del mundo, pues eso le parecía Yale después de haber vivido en Nueva York y en París, y casi se había gastado todo el dinero de Doris Morissey: no había vuelta atrás.

Tal vez sí debería comprarse una batea para por lo menos intentar encontrar oro.

Sin embargo, sobre la entrada de una de las casas de madera, de dos plantas como casi todas, vio entonces un cartel que decía V ARIETÉ …

¡y fue como si le hubiera alcanzado un rayo!

No sabía qué entenderían allí por eso; en París, los espectáculos de variedades, entre otras cosas, contenían números de baile.

¡Tal vez el destino le estuviera haciendo un guiño!

En cualquier caso, decidió que merecía la pena entrar.

Toda la planta baja de la casa estaba ocupada por un salón de bar.

Las mesas y las sillas estaban dispuestas de tal forma que desde todas ellas se tenía una buena visión de un escenario bastante grande, con un telón de terciopelo rojo incluido.

Había un par de sillones tapizados en terciopelo, rojo también, y los palcos contaban asimismo con telas suaves y brillantes.

La decoración recordaba mucho a establecimientos parecidos en Francia.

—¿Qué puedo hacer por usted? —Detrás de la barra había un joven lavando vasos—. ¿No será el mago? El señor Effort no lo esperaba hasta mañana.

Jean-Luc negó con la cabeza.

—Podría hacer de mago —dijo—, pero no lo soy. Soy bailarín. El señor Effort es… ¿el propietario del teatro de variedades?

El joven asintió.

—¿Un hombre bailarín? Qué gracioso. Hasta ahora solo hemos tenido a chicas. El señor Effort está ocupado con ellas arriba, precisamente. ¿Quiere que vaya a buscarlo?

—¿Arriba tienen salas de ensayos? —preguntó Jean-Luc.

Se moría de ganas por subir en ese mismo instante, aunque no parecía que al joven le hiciera gracia la idea.

—Iré a buscarlo —insistió—. Espere aquí. ¡Pero no me birle el whisky! Tengo las botellas contadas.

Subió por una escalera que había escondida tras una cortina y regresó al cabo de poco. El hombre que lo acompañaba era bajito y nervudo, tenía el pelo oscuro y liso y unos brillantes ojos castaños.

—Jerry Effort —se presentó sin formalismos—. Bob dice que quería ofrecerme un número. ¿Es usted el señor…?

—Jean-Luc Dimarche, de París. Soy bailarín de ballet titulado, con diploma de la Ópera de París. Busco trabajo.

—¿Un bailarín de ballet de París? —se extrañó el propietario del teatro de variedades—. ¿Y cómo ha acabado aquí? ¿De verdad bailaba en la Ópera?

Jean-Luc empezó a enumerarle los papeles que había representado y los que había estudiado. Sin embargo, el señor Effort meneó la cabeza.

—Sin duda está cualificado —repuso—, pero no sabría qué hacer con un solo de bailarín masculino.

Aquí ofrecemos entretenimiento para los mineros.

No se ofenda, joven, pero son hombres rudos y no entienden mucho de arte.

Para ellos, el ballet son chicas que levantan mucho las piernas.

Por desgracia, de esas nos faltan. —Suspiró como si fuera un grave problema.

—¿Porque aquí hay pocas mujeres? —preguntó Jean-Luc.

Effort asintió.

—Eso también. Aunque ya he reunido a suficientes chicas para un cuerpo de baile. Si ahora, además, supieran bailar, todo iría a pedir de boca. Por desgracia, se tropiezan con sus propios pies y se pisan entre sí.

—¿Acaso tienen que bailar unas con otras? —se interesó Jean-Luc, que enseguida tuvo una ocurrencia—. ¿Cómo una especie de danza en formación? ¿Y quién monta la coreografía?

Effort frunció el ceño.

—¿La qué? —preguntó—. Bueno, yo pensaba en algo así como el cancán. Lo que hacen las chicas en Francia, ¿sabe?

Jean-Luc asintió. Había visto representaciones en los varietés de París y se creía muy capaz de reconstruir los pasos.

—Si no necesita a un bailarín, señor Effort —se animó a proponer con energía renovada—, ¿tal vez le interesaría un apoderado? Yo podría enseñar a las damas a bailar el cancán y, bueno, a bailar en general. He trabajado muchas veces como profesor de baile. ¿De dónde ha sacado a las chicas?

La cara chata de Jerry Effort mostró interés sincero por primera vez.

—Bueno, han llegado aquí ellas solas. Buscan trabajo. Un par son furcias que querrían dedicarse a otra cosa y dejar de abrirse siempre de piernas…

Jean-Luc le lanzó una mirada molesta, aunque se guardó el comentario sobre su vocabulario.

—La mayoría son muchachas decentes. Vinieron con los buscadores de oro y probaron suerte bateando ellas mismas, pero no sacaron mucho.

Luego los hombres las abandonaron. Algunos siguieron camino y no querían cargar con una mujer, como suele pasar.

Las que son canadienses, a menudo proceden de alguna granja donde padres e hijos se desloman trabajando.

Ellas quieren escapar de eso y acaban aquí.

A veces, lo del baile no les sale bien y terminan haciendo la calle.

Si con ese material pudiera montar usted una compañía que funcionara, estaría haciendo una buena obra. —Sonrió de oreja a oreja.

—Me encantaría intentarlo —repuso Jean-Luc—. Y soy muy optimista al respecto. El cancán es así, ¿no?

Se acercó a un piano que había justo debajo del escenario y tocó la melodía. No era un gran pianista, pero tenía mucho oído musical. Las piezas no se le olvidaban fácilmente.

—¡Exacto! —A Jerry Effort se le iluminó la cara—. Sabe usted de lo que habla. Venga, que le presentaré a las chicas. ¿Cuándo cree que podrían empezar a actuar?

Unos minutos después, Jean-Luc se vio delante de una treintena de jóvenes que en absoluto se comportaban como bailarinas de ballet esperando a su profesor. En lugar de estirar o practicar pasos, holgazaneaban en el suelo de la sala de ensayos y algunas incluso fumaban cigarrillos.

Calculó que tendrían entre poco menos de veinte y treinta años. Todas eran esbeltas, aunque muchas tenían más curvas de lo deseable en una bailarina de ballet. Las contempló con discreción, valorando sus cuerpos mientras Jerry Effort lo presentaba.

—O sea que ya no os torturaré más. Para eso, ahora tenemos a un profesional. Espero que os esforcéis y hagáis todo lo que os diga.

—¡Antes que nada, apaguen todos los cigarrillos, por favor! —pidió Jean-Luc. Al instante se sintió como en casa en esa sala—. Para bailar necesitarán mucho aire. Aquí, en cambio, el ambiente está bastante cargado. ¿Podríamos abrir las ventanas, señor Effort?

—¡Pero entonces nos helaremos! —exclamó una de las jóvenes.

Jean-Luc sonrió.

—No por mucho tiempo, señorita. ¡Le garantizo que dentro de una hora estará empapada en sudor!

No todas soportaron el duro entrenamiento, pero la mayoría se fortalecieron y pronto le cogieron cariño al joven profesor.

Jean-Luc les enseñó a estirar los músculos, les hizo ganar fuerza con ejercicios en la barra —Jerry Effort estuvo encantado de encargar varias barras de ballet— y, al final, bailó él mismo para enseñarles la coreografía que les había preparado.

La primera versión de su cancán no sería demasiado complicada, ya que el señor Effort quería ver a su troupe en el escenario enseguida, pero Jean-Luc les prometió a él y a las bailarinas que en el transcurso de un año alcanzarían un nivel parisino.

Todas se rieron cuando se puso una falda ancha y les demostró cómo levantaban la pierna en París mientras hacía girar el vuelo de la falda.

Recibió un aplauso generalizado cuando se abrió de piernas, y también cuando realizó el paso en el que enseñaba el trasero al público.

—¿Por qué no monta un espectáculo con caballeros y organizamos una velada para damas de vez en cuando? —propuso June, una de las más jóvenes y descaradas.

Jerry Effort se encogió de hombros con pesar.

—Entre los buscadores de oro hay muy pocas mujeres —dijo para justificar su negativa—. Y menos aún caballeros de la otra acera.

June lo miró arrugando la frente.

—¡Pero si la mayoría de los hombres de aquí cruzan de acera sin pensárselo! Igual que hacen en Inglaterra, en América o en Francia. De donde es usted, señor Jean-Luc.

Este sonrió.

—Eso, señor Effort, será mejor que se lo explique usted mismo a las bailarinas, por favor.

Excede las competencias de un profesor de baile.

Pero sí puedo prometerles una cosa, señoritas: si somos capaces de montar un espectáculo comparable a los de París en menos de un año, ¡me pondré un vestido y saldré al escenario con ustedes como primer bailarín!

—¡Como primera bailarina! —repuso riendo June, a la que se unieron un par de chicas más—. Espere y verá. ¡Le tomamos la palabra!