En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

La última etapa de su travesía recorría la costa pacífica.

La embarcación era una pequeña goleta con una máquina de vapor auxiliar, aunque de poco calado, para poder recalar también en puertos más pequeños.

Navegaba hacia el norte pasando junto a costas de acantilados escarpados, densos bosques de coníferas y pequeñas bahías con asentamientos diminutos.

A la altura de Oregón y el Territorio de Washington, el mar estaba bastante picado, pero se calmó al llegar a aguas canadienses.

También la vista cambió bastante. Jean-Luc vio altas rocas negras y bosques húmedos que llegaban hasta el agua.

A menudo estaban medio ocultos por la niebla y tenían árboles gigantescos, como los abetos de Douglas o los cedros, que sobresalían cual espíritus de entre los demás.

De vez en cuando también veían canoas de nativos, por encima del agua planeaban las águilas, y unas nutrias marinas muy atrevidas los miraban desde los campos de algas.

Por fin apareció ante ellos la isla de Vancouver.

Victoria, una ciudad pequeña y caracterizada por sus casas de madera blanca con verandas, se encontraba en la punta suroriental de la isla.

En la zona portuaria había un sinfín de barcos: buques de guerra británicos, balleneros y cargueros.

Nadie advirtió a Jean-Luc y a Stéphane sobre esa ciudad; parecía que allí todo transcurría ordenada y pacíficamente.

De todos modos, ya en su primer paseo, Stéphane constató que también en Victoria hablaban inglés.

Jean-Luc puso rumbo a un salón de té con la ilusión de comer algo fresco después de la alimentación del barco, que había vuelto a ser horrible.

Delante del salón había una iglesia anglicana y el idioma que se oía allí era un inglés cultivado.

Resultaba evidente que el lugar se encontraba bajo la influencia de la Corona británica.

Jean-Luc, que había aprendido inglés en Nueva York, tuvo que esforzarse para entender algo al principio.

—La verdad es que me había imaginado de otra forma una ciudad de buscadores de oro —comentó Stéphane—. ¿Seguro que estamos donde tenemos que estar?

Jean-Luc se encogió de hombros.

—Bueno, esto es sin duda Canadá. Y creo que también la Columbia Británica, aunque la isla de Vancouver solo es una parte de ella. Las minas de oro deben de estar en otro lugar. Tendremos que preguntarlo.

En el salón de té los atendió un caballero de cierta edad vestido de frac que se parecía a los mayordomos que habían mirado a Jean-Luc con desdén en muchas casas ricas durante su época de Nueva York.

Quizá por eso, se resistía a mostrarse ignorante o necio ante él, pero al final le preguntó y el hombre los informó con amabilidad.

—Bueno, primero tienen que dejar la isla e ir al continente.

Para eso se toma un pequeño vapor que sale casi todos los días y la travesía no dura mucho.

Entonces llegarán a New Westminster, una pequeña ciudad muy agradable, donde deberían aprovisionarse.

Desde allí pueden seguir a pie, aunque también hay un mercado de caballos.

Una mula les iría muy bien para la ruta de Cariboo Trail.

O pueden tomar un vapor y subir por el río Fraser.

Es algo más caro, pero más rápido. En todo caso, tampoco es un paseo, según me han dicho, porque los barcos no pasan por todas partes y a veces los pasajeros tienen que desembarcar e ir a pie.

Así se llega a Yale, la que se supone que es la puerta de entrada a la Tierra del Oro.

—¡Pero si casi parece un vía crucis! —exclamó Jean-Luc con horror.

El caballero se encogió de hombros.

—Canadá es enorme y todavía no está explorada por completo. Aquí, viajar suele ser fatigoso. Y batear oro tampoco es coser y cantar. Muy pocos se hacen ricos de verdad.

Hacía tiempo que Jean-Luc lo sospechaba, pero no encontraba ninguna alternativa.

Estaba claro que en Victoria no había teatros musicales.

Como mucho tendrían una escuela para señoritas, puesto que también allí habría ciudadanos acomodados.

Aunque ¿volver a trabajar de profesor? Después de su experiencia en Nueva York, no le apetecía demasiado tratar con jovencitas, en el mejor de los casos risueñas y, en el peor, intrigantes.

Stéphane quería seguir camino a toda costa. ¿Acaso iba Jean-Luc a rendirse tan cerca de su objetivo? Él quería ver por lo menos esa Tierra del Oro.

—¿Cuánto se tarda en llegar allí? —preguntó, resignado.

El caballero lo pensó unos instantes.

—Si se deciden a viajar por el río, dentro de una semana deberían llegar a Yale. ¿Desde dónde vienen ustedes?

Se rio cuando Jean-Luc le confesó que habían zarpado de Nueva York seis semanas antes.

—Entonces seguro que consiguen recorrer el último tramo —opinó, y les deseó mucha suerte a los dos jóvenes cuando saldaron la cuenta y se marcharon.

—Bueno, ¿pagamos el viaje por río o nos compramos una mula? —preguntó Jean-Luc ya en el puerto, mientras miraban qué barco era el primero que salía hacia el continente.

—¡Por río! —decidió Stéphane—. Las mulas no me gustan.

Jean-Luc no había conocido a ninguna, pero aceptó la decisión, ya que Stéphane era de campo y sabía más de esas cosas. Además, era la opción más rápida. ¡Quería llegar al final del viaje de una vez por todas!

La travesía hacia New Westminster transcurrió sin contratiempos.

Cruzaron el estrecho de Georgia, el canal que separaba la isla de Vancouver del continente, y de nuevo volvieron a ver la costa.

Pasaron junto a varias islas y contemplaron los espesos bosques cubiertos de niebla, las aldeas de pescadores que se alineaban en las playas y también las casas alargadas donde vivían los nativos, según les explicaron a bordo.

La guinda la puso un arcoíris que parecía extenderse de un lado a otro de la vía marítima.

—¡Qué bonita bienvenida! —exclamó Jean-Luc—. ¿No dicen que los arcoíris traen suerte?

—Casi siempre traen lluvia primero —contestó Stéphane, que intentó cubrirse la cabeza con la chaqueta para protegerse—. ¡Aquí hace un frío de narices! En este viaje, o te mueres de sudor o te congelas. ¡Lo de Canadá no ha sido muy buena idea!

También Jean-Luc llegó a una conclusión similar los días siguientes.

La subida en barco por el río Fraser lo llevó al límite del esfuerzo que estaba dispuesto a realizar para alcanzar los yacimientos de oro.

Incluso el aspecto del río mismo daba miedo.

No bajaba tranquilo por su cauce, sino que a veces formaba remolinos y a veces fuertes corrientes, y en ocasiones se estrechaba tanto que los pasajeros del pequeño vapor temían quedar atascados.

De hecho, no era muy profundo, y sucedía que en ocasiones el barco rascaba contra el fondo.

Los pasajeros tenían que bajar entonces a tierra, de manera que normalmente quedaban calados hasta los huesos y se veían obligados a avanzar por la maleza de la orilla boscosa, donde también se esperaba de ellos que transportaran las mercancías que cargaba el vapor.

La tripulación arrastraba entonces el barco, más ligero, sobre el cauce del río, o lo hacía avanzar con largas pértigas por los bajíos cuando, tras desembarcar la carga, volvía a fluir algo de agua bajo la quilla.

El río Fraser serpenteaba entre paredes de roca y se internaba en los bosques vírgenes.

Las cascadas cautivaban la mirada de los viajeros, que también vieron algún que otro alce y, en una ocasión, un oso pescando.

El viaje por el río era una aventura y Stéphane estaba entusiasmado.

Jean-Luc, en cambio, constató que no le gustaba nada soportar penurias y peligros para luego poder explicarlo con orgullo junto a una hoguera.

Él siempre había sido un hombre de ciudad; la naturaleza no le decía nada.

Y por primera vez comprendió con claridad que era justamente allí adonde se dirigía.

¡Seguro que la prometedora concesión minera se encontraba junto a un río que ningún hombre había visto jamás!

Yale, tal como recordó que había dicho el viejo de la isla de Vancouver, era la puerta de entrada a los yacimientos de oro: tras ella se extendía una tierra en gran parte sin explorar.

Mientras que Stéphane, con cada kilómetro que recorrían, estaba más contento con su nueva vida, Jean-Luc empezó a sentir miedo.