Capítulo 6
La noche del día de su boda, Jean-Luc se encontraba en la cubierta de un barco con la vaga sensación de haber vivido todo eso antes.
También había abandonado Francia de forma precipitada y sin ningún plan concreto.
Al contrario que en aquel entonces, sin embargo, esta vez por lo menos disponía de fondos más que suficientes.
Doris y Abraham lo habían dejado en el embarcadero del río Hudson, donde el barco aguardaba a sus pasajeros, y se habían despedido de él sin grandes formalismos.
Al fin y al cabo, era mejor que el llamativo carruaje no fuera visto más tiempo por allí; Doris no quería que descubrieran que había ayudado en la fuga.
Por suerte, los marineros de la Pacific Mail Steamship Company dejaron embarcar a Jean-Luc enseguida.
Las condiciones del alojamiento en la clase más barata eran similares a las del barco que lo había llevado de El Havre a Nueva York.
Cuando aquello estuviera lleno, en los camarotes de cuatro faltarían el espacio y el aire.
Jean-Luc aplastó ya con repugnancia un par de pulgas que debían de haberse quedado en las ranuras de las literas de madera desde la última travesía.
A la mañana siguiente llegaron los demás pasajeros, que conformaban una muchedumbre de lo más variopinta.
Panameños que habían trabajado en Nueva York y querían volver a casa; aventureros que deseaban explorar Sudamérica o iban a comerciar allí; y también algunos jóvenes que, como Jean-Luc, pensaban llegar a los yacimientos de oro de Canadá.
Uno de ellos era un francés que se llamaba Stéphane y tenía una historia similar a la suya.
También él había huido de la llamada a filas, pero Nueva York no le había gustado y aprender inglés le había costado mucho más que a Jean-Luc.
Era un joven sencillo, de campo, que se había deslomado trabajando en mataderos y fábricas y había ganado apenas lo justo para sobrevivir.
Hasta que acabó en un casino, probó suerte con un poco de dinero y…
¡se llevó el bote! No era ninguna fortuna —en los antros de juego de George Morissey nadie se hacía rico de verdad—, pero le posibilitó el viaje a Canadá.
Allí por lo menos también hablaban francés, o eso esperaba Stéphane, y, si además llegaba a encontrar oro, sin duda pronto sería un hombre de provecho.
Jean-Luc respondió a sus preguntas y le contó que había trabajado como limpiacristales y mozo de almacén, y que luego, gracias a un servicio que le había hecho a la familia de George Morissey, se había visto en situación de embarcarse con rumbo a Canadá.
Stéphane lo miró casi con reverencia cuando mencionó el nombre de Morissey y dijo conocer personalmente al capitoste de los bajos fondos.
En consecuencia, Jean-Luc tuvo la sensación de haber ascendido de manera considerable en la apreciación de todos los neoyorquinos del barco, que empezaron a tratarlo con muchísima cortesía.
Seguro que nadie quería enemistarse con un conocido del rey del hampa.
El viaje a Panamá duró diez días. Unos cuantos viajeros bajaron en una escala en Cuba, pero la mayoría se quedaron en sus camarotes. El aire de ahí dentro ya casi podía cortarse después de tantas jornadas, y cada día que pasaba hacía más calor, puesto que estaban cada vez más al sur.
La ciudad a la que llegaron era bulliciosa y colorida, pero a Jean-Luc le dio un poco de miedo.
Otra vez un idioma nuevo, esta vez el español, así como insistentes vendedores ambulantes que lo asediaban continuamente para convencerlo de que comprara o de que hiciera algo.
Stéphane y él consiguieron llegar a la estación y allí le adquirieron un billete de los ferrocarriles panameños a un empleado con pinta de granuja.
La ruta cruzaba el istmo de Panamá y, según el precio que estuvieran dispuestos a pagar, podrían subir al tren antes o después.
Había gente que ya llevaba días acampada en la estación, la mayoría con aspecto de no tener ningún reparo en birlarles la cartera en cuanto cayera la noche a los viajeros más acomodados que esperaban allí.
De manera que Jean-Luc y Stéphane pagaron al empleado por la protección y pudieron subirse al primer convoy que llegó.
El precio era exorbitante para un viaje tan corto, de apenas unas horas, y el trayecto en un vagón abarrotado y sin ventanas, además, resultó ser una tortura.
Hacía un calor insoportable y apestaba a sudor y otras secreciones de los viajeros.
Si se atrevían a salir a la plataforma del vagón, se veían rodeados por una jungla impenetrable a izquierda y derecha, y casi se morían de miedo a causa del traqueteo cada vez que cruzaban un puente.
El tren chirriaba. No parecía estar en muy buenas condiciones, aunque la línea férrea existía ya desde hacía diez años.
Jean-Luc respiró más tranquilo cuando por fin pudieron bajar del tren.
Con Stéphane, se internó por las polvorientas calles de un casco antiguo de carácter colonial y estrechas callejuelas para encontrar alojamiento en el barrio portuario de la ciudad, que también se llamaba simplemente Panamá.
La noche estuvo llena de gritos y peleas ruidosas, pero también de música y cantos y el zumbido de incontables mosquitos.
Seguro que el barrio era peligroso para dos recién llegados, así que Jean-Luc y Stéphane apenas se atrevieron a salir de la pensión de mala muerte en la que compartían habitación.
Por suerte, tampoco en esa ocasión tuvieron que esperar mucho antes de seguir viaje.
Al cabo de solo dos días, un pequeño vapor zarpaba en dirección a San Francisco.
El barco parecía robusto y resistió varias tormentas tropicales durante la travesía por el Pacífico.
Por desgracia, no ofrecía casi ninguna comodidad.
En el interior del casco se acumulaba el calor, así que los pasajeros salían arrastrando los pies a cubierta siempre que era posible.
Durante el día podían pasar el rato contemplando delfines, peces voladores y albatros.
Muchos viajeros se mareaban, pero Jean-Luc también atribuía las náuseas a la terrible comida: se alimentaban a base de pescado en salazón, galletas marineras y café.
Por fin, después de dos largas semanas, avistaron tierra firme.
La bahía de San Francisco les pareció celestial a primera vista, inundada de una luz dorada.
La costa, sin embargo, tenía un aspecto desordenado, como si un niño hubiera estado jugando con cabañas y barquitos.
Estos últimos estaban en parte anclados y en parte abandonados en la orilla.
Algunas embarcaciones zozobradas se habían reconvertido en almacenes o burdeles.
Muy al fondo de la bahía se veía un muelle de madera cubierto de restos putrefactos de pescado.
Para evitar los posibles resbalones, las personas que había en él —mercaderes, marineros, pescadores, carreteros— habían echado serrín por encima.
Tras desembarcar, Jean-Luc y Stéphane pasaron por delante de unos almacenes hechos de chapa ondulada en los que había carteles colgados con el nombre de empresas diferentes: Pacific Outfitters, Miner’s Supply o Passage to Portland .
—Aquí todo el mundo habla inglés también —comentó Stéphane, decepcionado.
Jean-Luc sonrió.
—Porque esto es California. Tenemos que seguir hacia Victoria, Canadá. Por desgracia, los barcos que van allí no lo hacen con regularidad, y uno de los marineros me ha aconsejado que tengamos cuidado en el barrio portuario. Sobre todo por las noches, será mejor evitar las callejuelas sin farolas.
—¡No me digas! —Stéphane soltó un hondo suspiro—.
¿Llegaremos algún día a regiones más civilizadas?
A mí, mi pueblo de Francia siempre me pareció aburrido, pero ahora lo describiría como agradablemente tranquilo.
¿Dónde conseguiremos pasajes para el próximo barco?
Vayamos primero a solucionar eso y enterarnos de cuándo zarpa, y luego nos atrincheramos en una pensión que esté medio bien.
Al fin y al cabo, casi nos hemos librado ya de las pulgas del último albergue y voy a sentirme muy solo sin ellas…