En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

—¡Monsieur Dimarche, espere un momento! ¡Jean-Luc!

Vio de reojo que alguien salía tras él por la puerta de la iglesia. Al principio aceleró más, pero se detuvo al reconocer la voz de Doris Morissey. La joven se le acercó respirando con dificultad; los corsés no estaban hechos para correr.

—¿Adónde piensa ir? —preguntó, jadeando, y apartó el velo azul oscuro de su sombrerito a la moda.

Jean-Luc le dirigió una mirada vacía.

—No lo sé —susurró—. Esto… No puedo haber hecho esto.

—Sí que lo ha hecho, Jean-Luc —dijo Doris, que poco a poco recobró el aliento y siguió dirigiéndose a él con familiaridad por su nombre de pila—. ¡Lo sabía! Abe decía que no se atrevería, ¡pero yo sabía que sí! Y… —Le ofreció una sonrisa pícara—. Incluso he ayudado un poco.

—¿Ayudado? —Jean-Luc oía sus palabras como a través de una niebla.

No era capaz de comprender lo que acababa de ocurrir, en esos momentos se sentía como una marioneta de cuyos hilos tiraba alguien como le venía en gana. Pero ¿qué podía tener que ver la joven Doris Morissey en todo eso?

—Lo de la música, he sido yo —confesó—. Le he pedido al organista que tocara la marcha de Giselle .

¿No se acuerda? Siempre la tarareaba para nosotras cuando ensayábamos la entrada formal en el salón de baile.

Este verano estuve en París con mi tía y fui a ver el ballet.

No dejaba de pensar en usted en el papel del príncipe.

—En Giselle no hay ningún príncipe —señaló Jean-Luc.

Hablaba con voz ronca, apenas se le oía. Todo aquello era absurdo, no podían estar departiendo sobre el argumento de un ballet cuando él acababa de destrozar el mundo de Joana y de hundir el suyo propio en el lodo.

—¡Qué más da! —exclamó Doris—. Venga conmigo antes de que alguien lo descubra y quiera hablar con usted. ¡Vamos, ahí dentro!

Señaló un distinguido carruaje cerrado —esa mañana había llovido— en cuyas puertas color granate se veían las sinuosas iniciales de su propietario, Elias Schuyler, el padre de Abraham.

El cochero se apresuró a abrirles una de las portezuelas. Jean-Luc se dejó caer en el asiento, Doris se sentó frente a él con gracia, como él mismo le había enseñado a hacer. Ella sonreía; él guardaba silencio. Volvía a notar un mareo.

—Bueno, y ¿qué va a hacer ahora?

Doris levantó un poco las cortinillas del carruaje para espiar al exterior.

Los primeros invitados de la boda salían del templo solo para reunirse allí delante a charlar.

Una boda frustrada, ¡menuda sensación! Frederick Oberman sacó a su llorosa hija por una puerta lateral; las damas de honor intentaban consolarla; las niñas de las flores, a las que ya no necesitarían, se tiraban unas a otras las rosas y las azucenas de sus cestitos.

Joana dio media vuelta y la emprendió con las pequeñas.

Aunque sus palabras no llegaron hasta Jean-Luc y Doris, la furia que bullía en ellas era más que evidente.

—Bruja culona… —comentó Doris—. En la escuela siempre se metía conmigo. Me llamaba nueva rica y cosas peores. Incluso se atrevió a criticar la fama de mi padre. ¡Porque, claro, es mucho más digno endosarle a la gente unos zapatos terribles que dirigir un casino!

—¡Mademoiselle Doris! —A Jean-Luc le salió el profesor que llevaba dentro—. Una dama no habla así de una compañera de clase y la profesión de su padre.

—¡Pero si es verdad! —se defendió ella—. ¡En el casino de mi padre, los clientes por lo menos se divierten! Bueno, ¿qué piensa hacer ahora?

Jean-Luc no respondió nada.

—Yo que usted me marcharía de Nueva York lo antes posible —reflexionó la joven—.

Después de esta historia, aquí no dejarán que levante cabeza.

El señor Oberman irá hasta el final y le denunciará.

¿Romper un compromiso matrimonial es motivo de demanda?

En cualquier caso, podrían cargarle con el muerto de sufragar todos los gastos de la boda. Quedaría usted arruinado.

—De todas formas ya lo estoy —repuso Jean-Luc—. Y una dama no dice «cargarle con el muerto». «Condenar» sería un término más adecuado.

—Viene a ser lo mismo —comentó la joven con seguridad—.

Y, ahora, dejémonos de sutilezas. Esto… —Sacó un sobre del precioso bolsito que llevaba consigo—.

Esto debería bastar para pagar un pasaje en barco.

Y para empezar de cero. ¿Tal vez en Canadá?

Hace poco han encontrado oro allí. ¿Quizá podría usted… ?

Jean-Luc se quedó mirando el sobre lleno de billetes de dólares.

—Doris, no puedo aceptarlo.

Ella le quitó importancia con la mano.

—¡Qué dice! Estoy en deuda con usted. Antes de que entrara en la escuela por la ventana, yo era una mocosa descarada del Bronx a la que habían enseñado un poco de francés… con el resultado de que entonces no podía cerrar el pico en ninguno de los dos idiomas.

—¡Doris, Doris…! —Jean-Luc negó con la cabeza—. Era usted un diamante en bruto.

Ella rio.

—Jean-Luc, soy una Morissey y, por tanto, en el mejor de los casos un trozo de cristal que alguien intentaba hacer pasar por un diamante sin tallar.

Nadie habría podido darle forma mejor que usted.

¡Consiguió hacer tan buen trabajo que, ahora, nada menos que Abraham Schuyler se engalana con esta baratija!

Toda su familia me adora. Y mi padre… ¿Se puede creer que recibe clases de buenos modales y se las toma en serio?

Desde hace poco, una vez por semana viene una profesora, la señora Chanlor, y le enseña a comer con cuchillo y tenedor.

Creo que incluso se ha enamorado un poco de ella, así que tal vez acabe teniendo a una auténtica dama por madrastra.

Venga, guárdese ese dinero, que no le he dicho nada de esto a Abe.

Jean-Luc la obedeció. En el fondo no tenía otra opción, pues no podría marcharse de Nueva York sin medios económicos. Como mucho, podría haber empeñado las alianzas que todavía le quemaban en el bolsillo, pero eso le habría parecido absolutamente deshonesto.

—Solo si… si le devuelve esto al señor Oberman, por favor —pidió, y le entregó a Doris la cajita justo cuando Abraham Schuyler abrió la puerta del carruaje y subió con sigilo.

—Les he dicho a todos que te encontrabas mal, cariño —informó a Doris—. ¿No podías haberme contado lo que te proponías? Habría buscado una excusa mejor. Ahora, la gente pensará que te has quedado encinta antes de tiempo.

Doris soltó una risilla.

—Seguro que tienen otros temas para chismorrear. Es posible que ni se hayan fijado en mi salida.

Abraham, un joven alto con el pelo pelirrojo, rizado y corto, y un rostro amable, se volvió hacia Jean-Luc.

—¿Y qué va a hacer usted ahora? Debo decirle que… yo, en su lugar, no me habría atrevido.

—Yo tampoco te aconsejo dejar plantada en el altar a la hija de George Morissey —señaló Doris—. ¿Cómo lo ha encajado el viejo Oberman?

—¡Doris! —la regañó Jean-Luc de nuevo por su elección de vocabulario.

Abe no parecía tan delicado en ese sentido.

—Se ha lamentado más que nada por los gastos. No parece que le tuviera mucho cariño a usted, señor Dimarche. ¿Y Joana? Está desconsolada, claro, pero sobre todo hierve de ira. ¡Yo que usted me iría de Nueva York ya mismo!

Doris le hizo una señal con la cabeza.

—Es lo que hará. Ya hemos hablado de ello. Si puede, tomará un barco hacia Canadá para ir a los yacimientos de oro.

Los preciosos ojos castaños de Abe brillaron un instante.

—¿A los yacimientos de oro? ¡Un sueño! Yo…

—¡Ni te atrevas! —exclamó Doris.

A Jean-Luc, los jóvenes le parecieron encantadores, aunque todavía no sabía qué iba a hacer con su vida.

Personalmente, los yacimientos de oro no le llamaban en absoluto.

Vivir en un campamento y cavar en el fango junto a hombres sucios y con la ropa húmeda no le parecía ningún sueño.

Aun así, seguro que cualquier cosa era mejor que acabar atrapado en la sombría casa de Joana.

—Lo acompañaremos al puerto —decidió Doris—. Allí podrá comprarse un par de prendas de ropa baratas y luego buscaremos un barco.

—Podríamos pasar por el French Quarter a recoger mis cosas —propuso Jean-Luc con timidez.

Doris negó con la cabeza.

—Es donde primero irán a buscarlo. Escríbale a su casera más adelante para que le envíe lo que crea que va a necesitar. Ahora, lo que tiene que hacer es desaparecer.

La joven estaba resultando ser digna hija de su padre en todos los sentidos. Parecía que las maquinaciones la divertían.

Abe ordenó al cochero que los llevara al barrio portuario y poco después se detuvieron cerca de una tienda de baratijas que, entre otras cosas, tenía ropa a la venta.

—No pararemos justo delante. Si el dueño ve nuestro carruaje —explicó Doris—, al instante lo pondrá todo más caro.

Jean-Luc recorrió los últimos metros a pie, sintiéndose muy mal vestido para la ocasión con su frac y el sombrero de copa que llevaba bajo el brazo.

—¿Podría… podría cambiar aquí este traje por alguna otra cosa? —preguntó, abochornado, cuando un hombre de edad avanzada y con aspecto de gnomo lo miró de arriba abajo.

El hombre soltó una risilla.

—¿De dónde sales tú? ¿Te has escapado de una boda?

Jean-Luc no sabía si debía corroborarlo.

—Tengo algo de prisa —afirmó—. El caso es que querría deshacerme de todo, excepto de los calcetines y los zapatos. Necesito pantalones recios, camisas, una chaqueta gruesa…

—¿Y adónde piensas ir con todo eso? —preguntó el astuto duende.

Él se encogió de hombros. Seguro que no era buena idea desvelarle el destino de su viaje.

—Adonde me lleve el viento —respondió con poesía.

El gnomo puso cara de circunstancias.

—Bueno, si quieres que te dé un consejo, escoge un barco de vapor. Navegan mejor que los veleros. Pero, en fin, a mí no me va nada en ello. Puedes desvestirte ahí atrás. Ahora te llevo un par de cosas.

Poco después, Jean-Luc salía de la tienda con unos pantalones vaqueros que ya estaban algo gastados, una camisa de leñador en buen estado y un chaqueta de cuero bastante usada pero de mucho abrigo.

En una pequeña maleta rayada llevaba dos camisas más y unos pantalones de hilo.

Aun así, ¡seguía calzando sus zapatos de príncipe!

Mientras tanto, el tendero ya estaba colgando su frac en el escaparate con orgullo.

—Justo lo que me temía —comentó Doris al pasar otra vez por delante de la tienda de camino a los muelles—. Tiene que marcharse antes de que eso le llame la atención a alguien.

Abe ya se había informado un poco. En el puerto había un barco que partía al día siguiente hacia Panamá.

—¿Y qué voy a hacer yo en Panamá? —preguntó Jean-Luc, inquieto.

El joven Schuyler puso los ojos en blanco.

—No ha planeado usted mucho su aventura, ¿verdad?

Jean-Luc se sintió ofendido, pero Doris se apresuró a explicarle a su prometido que monsieur Dimarche no había planeado absolutamente nada.

—Lo de los yacimientos de oro ha sido idea mía —dijo—.

Y la ruta pasa por Panamá, luego sube hasta San Francisco y de allí va a la isla de Vancouver.

Lo he consultado. Es factible. Así que compre ahora mismo un pasaje para ese vapor.

Si Panamá acaba gustándole, también puede quedarse allí.

Aunque mi padre dice que hace un calor que derrite las piedras.

En sentido figurado y literal. Y tampoco tienen oro.