En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Con todas esas consideraciones, esperanzas y reflexiones llegó el verano y, pese a que Jean-Luc detestaba el trabajo que hacía para su futuro suegro, no le agradó que Frederick Oberman le concediera un par de semanas libres.

El verano en Nueva York era muy caluroso, y los Oberman, como muchas otras familias ricas, solían pasar unas semanas en Newport, Rhode Island, o ir a ver las carreras de caballos de Saratoga Springs.

Joana insistió en que Jean-Luc la acompañara y, una vez más, su padre no dudó ni un segundo en concederle el capricho a su hija y socia.

Jean-Luc volvió a verse expuesto a las burlas y las envidias de sus compañeros de trabajo, así que las vacaciones le atraían poco.

Además, ya antes de empezar el viaje temía que esas semanas de verano no fueran a ser muy diferentes de su vida en Nueva York.

En Newport hacía menos calor, desde luego, y el mar le gustaba mucho.

Nunca había ido de vacaciones y le pareció maravilloso caminar descalzo por la playa y notar la brisa fresca.

Sin embargo, las actividades que realizaba allí con Joana se parecían mucho a las de la ciudad.

Quedaban para montar a caballo y jugar a la petanca con las personas de siempre, organizaban pícnics en la playa en lugar de en Central Park, y los temas de conversación eran similares.

Como mucho, hablaban de la adquisición de un barco de vela o de un yate en lugar de un caballo o del ingreso en un club de golf.

—¡Además, Doris le hace ojitos a Jean-Luc! —soltó con un temblor desacostumbrado en la voz—. Lo he visto muy bien durante las vacaciones. ¡No lo niegues, Jean-Luc!

Este se limitó a negar con la cabeza mientras Frederick Oberman se oponía a su hija con energía.

—George Morissey es un hombre del todo nuevo, hija.

Sus empresas actuales operan dentro de la legalidad, y dicen que incluso quiere presentarse al Congreso.

A ver, no tenemos por qué invitarlo, apenas lo conocemos, pero fuiste a la escuela con su hija.

Y no digas tonterías sobre Jean-Luc y ella.

Esa joven está prometida, y con un muy buen partido, si se me permite decirlo.

¡No tiene el menor motivo para interesarse en otros hombres!

Jean-Luc, que en general se mantenía al margen de la planificación —solo había pedido invitar a madame Briard y a mademoiselle Colette—, se encontró de repente en un compromiso.

Joana le enviaría una invitación a Abraham Schuyler con el añadido de «y acompañante».

Él asistiría con su prometida, naturalmente, pero eso no era lo mismo que enviar un sobre a nombre de la hija del dueño del casino.

—¡Y habrá que advertir a Doris! —exigió Joana—. Que no se separe de su pareja. ¡De ninguna manera quiero verte bailar con ella en nuestra boda, Jean-Luc!

Al propio Jean-Luc, cuando pensaba en la boda, lo único que le preocupaba era cómo conseguir unas alianzas dignas del estatus de su novia.

Unos meses antes había invertido todo su dinero en un anillo de compromiso que los ojos de Joana ni siquiera habían mirado con compasión.

Para comprar unas alianzas que estuvieran a la altura tendría que endeudarse, y no sabía si lo considerarían apto para un crédito.

Además, ¿cómo iba a devolver el préstamo sin quedar mal?

¿Valiéndose del dinero de Joana? Por lo menos ya había decidido que continuaría trabajando en la fábrica.

Oberman estaba dispuesto a dejarle probar otra vez en las oficinas, de modo que seguiría cobrando un sueldo después de casarse.

Aun así, ¿le seguirían conviniendo sus planes de introducir reformas si Frederick Oberman sabía que dependía por completo de su salario mensual?

Cada vez le sobrevenía más a menudo la sensación de que todo aquello lo ahogaba, y ni siquiera el salón de baile de la casa por la que se había decidido Joana lograba cambiar eso.

Era un salón precioso, el parquet de color miel brillaba y los grandes ventanales dejaban entrar la luz del día, pero el resto de la casa lo agobiaba.

Era bastante oscura, las ventanas tenían unas cortinas gruesas, las habitaciones eran inmensas.

Jean-Luc, bromeando, le dijo a madame Briard que solo en las chimeneas de la sala de estar podría alojarse una familia de cuatro personas.

Joana se ocupó de la decoración y compró muebles macizos y pesados que combinaban con los cuadros sobredimensionados que había ido eligiendo en incontables inauguraciones a lo largo de los últimos años.

También empezó a realizar entrevistas de trabajo con el futuro personal.

Pese a que Jean-Luc pasaba mucho tiempo en la casa de los padres de Joana, todavía no se había dado cuenta del auténtico ejército de criados que se necesitaba para llevar un hogar así de grande.

—¿No es un poco exagerado para solo dos personas? —preguntó un día que Joana había quedado con un mayordomo—. Podríamos hacer algo nosotros mismos.

Ella se echó a reír.

A finales de septiembre, dos semanas antes de la boda, Frederick Oberman solucionó por fin el problema de las alianzas.

Hizo llamar a Jean-Luc a su despacho y se regodeó al verlo con su vestimenta de trabajo, que sin duda era adecuada para cargar carros, pero en la atmósfera elegante de los despachos llamaba la atención para mal.

Delante de Oberman, en la mesa, había dos cajitas con el membrete de un conocido joyero.

—Tome, para que no tengamos que presenciar una escena tan bochornosa como la del compromiso —dijo con frialdad, y abrió la primera cajita.

Dentro había dos alianzas de oro macizo—.

También necesitará un regalo para Joana.

Es un collar que hace juego con su vestido de novia. Así podrá ponérselo usted allí mismo.

La segunda cajita contenía un collar de diamantes indecentemente caro.

—Pero… no puedo aceptarlo —balbuceó Jean-Luc.

No se había sentido tan humillado en toda su vida.

—Y no tiene por qué. Sería bastante ridículo que se pusiera usted el collar —se burló Oberman—. Es para Joana, y ella sí lo aceptará, ¡créame! Se pondrá muy contenta, ya que este obsequio sí está a la altura. ¿O qué pensaba regalarle? ¿Un corazón tallado por usted mismo en una cadena de hojalata?

Jean-Luc se puso colorado. Ni siquiera había pensado en regalarle nada a su novia.

—Ya… ya se me habría ocurrido algo —masculló.

Oberman negó con la mano.

—Para un frac nuevo sí le alcanzará el dinero, ¿verdad? —preguntó, desafiante—. No es que sea usted…

Jean-Luc, de hecho, había pensado ponerse el traje que se había comprado para la fiesta de compromiso. Para él, todos los fracs eran iguales y no podía imaginar que alguien recordara si la hilera de botones de uno era más ancha que la de otro.

—Para eso me llega —repuso, envarado.

Tendría que gastarse todo el sueldo del mes. Menos mal que su futuro suegro sufragaba el traje de novia de Joana y el opíparo banquete.

—¡No nos deje en ridículo! —Oberman le dirigió una mirada severa—. Y no se deje las joyas. ¿O quiere que se las guarde en la caja fuerte?

Cuanto más se acercaba la boda, más afligido estaba Jean-Luc. Cuando quedaban ya solo unos días, fue a la fábrica por última vez antes de la celebración y el señor Parger, el viejo portero, mandó a un joven aprendiz a buscarlo.

Jean-Luc se alegró de visitar a su viejo amigo.

—Me habría gustado invitarlo a la boda —dijo—, pero ya ha sido bastante difícil convencer al señor Oberman de que le enviara una invitación a mi casera y amiga madame Briard.

El señor Parger hizo un gesto para restarle importancia.

—Bah, no es necesario —aseguró—. Aun así, quería regalarle algo. Necesitará unos buenos zapatos para bailar en su boda.

Tras decir eso, sacó una caja de debajo de su pupitre y puso una sonrisa de oreja a oreja cuando la abrió. Jean-Luc vio unos zapatos negros abotinados de la mejor piel de becerro, muy finos y elegantes, con los cordones atados y las costuras del todo invisibles.

—¡Se los he hecho yo mismo! —anunció el zapatero con orgullo—. He tenido que adivinar el número, por supuesto, pero tengo buen ojo para eso.

Los zapatos estaban forrados de piel y resultaban extraordinariamente maleables. También las suelas parecían estar reforzadas con un material muy flexible.

—Son suelas de corcho, señor Dimarche —explicó Parger al reparar en la mirada de Jean-Luc—. Cuando se los ponga, se le acomodarán al puente del pie.

Jean-Luc no podía dejar de admirar la artesanía del hombre.

—¡Adelante, pruébeselos! —exclamó el viejo, que le ofreció también unos calcetines finos de seda negra—. Tenga. Se llevan con esto. Seguro que con el calzado de trabajo se pone calcetines gruesos.

Jean-Luc siguió sus instrucciones y comprobó que nunca había llevado unos zapatos tan cómodos. Se amoldaban al pie como un guante, casi como las zapatillas de ballet.

—¡Es usted maravilloso, señor Parger! ¡Son zapatos dignos de un príncipe!

El hombre sonrió con alegría.

—Bueno, pronto lo será usted. El príncipe consorte de nuestra princesa.

Lo dijo sin maldad. Tal vez incluso le pareciera una posición envidiable.

Jean-Luc se mordió el labio.

—Más bien espero llegar a ser príncipe heredero —confesó entonces—.

Viendo los zapatos que ha hecho usted, no tengo duda de todo lo que hay que mejorar en la fábrica.

Por lo menos podríamos intentar acercarnos un poco a esta calidad artesanal.

También quisiera mejorar las condiciones de los trabajadores: descansos más largos, mejor ventilación en las salas de la fábrica…

Una conocida me comentó que incluso sería buena idea montar una guardería para que las mujeres no tuvieran que dejar desatendidos a sus hijos mientras trabajan.

El viejo zapatero enarcó las cejas.

—Los príncipes herederos a menudo han fracasado con sus innovaciones.

Pienso en Federico de Prusia, castigado y desterrado.

Acallado. También a usted podría pasarle.

Una casa de campo en Rhode Island, un criadero de caballos en Saratoga: le encontrarían un exilio adecuado a su posición.

¿O acaso lo apoyaría su princesa? Si tuviera que escoger entre los designios de su marido y los de su padre, ¿se pondría de su bando?

Jean-Luc agachó la cabeza. El hombre tenía razón. Se engañaba a sí mismo respecto a las bondades de su futura posición. Le dio las gracias en voz baja al señor Parger una vez más.

—¿Se pondrá los zapatos para la boda? —preguntó el anciano.

Jean-Luc asintió.

—Desde luego. ¿Cómo iba a desaprovechar la ocasión de sentirme como un príncipe, por lo menos?

Para la celebración de la boda habían reservado la sala de fiestas del Fifth Avenue Hotel y, por supuesto, también la suite nupcial.

Sin embargo, la ceremonia tendría lugar en la iglesia de Gracia, en Broadway, una construcción neogótica hecha de mármol claro de Tuckahoe con una esbelta torre acabada en punta, ventanales de arco apuntado y una nave inundada de luz.

Con la decoración floral no repararon en gastos: azucenas blancas, mirto, hiedra y rosas se entrelazaban formando guirnaldas que embellecían los bancos.

En la zona del altar había altos centros, los candelabros de plata con largos cirios de cera llenaban la sala con una luz de ensueño.

Jean-Luc debía esperar en el primer banco.

El pasillo central estaba cubierto por una alfombra de color crema por la que Frederick Oberman acompañaría a su hija.

Sin embargo, la iglesia estaba todavía llenándose de invitados ilustres, casi todos parejas.

Los hombres a menudo le guiñaban un ojo en actitud conspirativa al novio.

Todos ellos llevaban trajes oscuros, mientras que las mujeres iban ataviadas con elegantes vestidos de seda.

Algunas se habían puesto directamente el vestido para el baile de después, pero otras seguro que se cambiarían de modelo en cuanto acabara la recepción, tras la ceremonia.

Muchos invitados habían reservado suites en los hoteles más cercanos, así que las damas podían tener allí aguardando a sus doncellas.

El organista se encargó de tocar la música apropiada. Jean-Luc reconoció preludios de Mendelssohn y Händel, y vio entonces a Doris Morissey entrar del brazo de su prometido. Los dos tomaron asiento en la última hilera de la iglesia. Doris también lo localizó a él y lo saludó con la mano.

Jean-Luc sentía que, cuanto más se llenaba la iglesia, más se le secaba la garganta.

El pastor, muy majestuoso con su sotana negra y su alzacuellos blanco, se colocó por fin ante el altar.

Sonrió a Jean-Luc y le indicó que se acercara, pero entonces la música cambió: el órgano elevó el volumen y…

¡tocó la marcha de los duques de Giselle !

Jean-Luc sintió un escalofrío al oír esa pieza que tan bien conocía, y de pronto vio aparecer a Frederick Oberman llevando a su hija al altar.

Iban seguidos de las damas de honor, todas con vestidos verdes.

El de Joana era blanco y sobrecargado de encajes.

En el recuerdo de Jean-Luc apareció Vivian, vestida de Giselle, también de blanco, pero ligera como una pluma y moviéndose al ritmo de la música.

Joana y su padre, por el contrario, avanzaban con pesadez.

El tocado aplastaba la cabeza de la novia, su largo velo pulía el suelo.

Jean-Luc notó que se mareaba. Buscó con las manos las alianzas, que se había guardado en el bolsillo.

Ahí estaban… En ese momento, Frederick Oberman le entregó a su hija.

Joana tomó su brazo y ambos se arrodillaron ante el altar.

Los olores de las flores y el incienso casi dejaban a Jean-Luc sin respiración.

El pastor empezó a hablar:

—Jean-Luc Dimarche, ¿tomas a esta mujer por esposa? ¿La amarás, la honrarás y la protegerás?

Jean-Luc levantó los ojos, miró al pastor y luego a la mujer que tenía a su lado…

, y en apenas unos segundos le pasó por delante la vida que tendría con ella.

Le pareció extraño, pues había oído decir que eso sucedía poco antes de morir.

Era entonces cuando la vida vivida regresaba a uno por última vez.

Respiró hondo. Los presentes ya murmuraban. Tenía que interpretar su papel en esa obra…

—¿Jean-Luc? —preguntó el pastor con una ligera reprimenda en la voz.

Él se levantó.

—No —dijo—. Lo siento de todo corazón, pero no puedo. ¡No!

El órgano, que estaba tocando un suave acompañamiento para la ceremonia, calló de repente. Los invitados parecían conmocionados.

Y, de pronto, Jean-Luc pudo volver a respirar. Antes aún de que los gritos y las conversaciones rompieran el silencio, dio media vuelta y se alejó del altar. Recorrió las filas de bancos y al final echó a correr.