En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Jean-Luc, por el contrario, cayó en un agujero profundo tras la temporada de bailes de invierno.

Sobre todo porque a Frederick Oberman no se le ocurrió liberar al prometido de su hija del trabajo en el almacén.

Parecía gustarle humillar a ese futuro yerno que tan poco le satisfacía.

Además, sabía que la degradación de Jean-Luc no había llamado la atención de la alta sociedad; en las reuniones sociales nadie hablaba de algo tan prosaico como el trabajo, y Jean-Luc menos aún.

Eso sí, durante la semana sufría. El trabajo era especialmente desagradable en los meses fríos.

El almacén era un lugar húmedo, con bajas temperaturas y muchas corrientes de aire, y los trabajadores tenían que abrigarse con jerséis de lana y chaquetas para cargar los carros.

La mayoría calzaban botas producidas por Oberman y se quejaban de las ampollas que les salían hasta que se les adaptaban a los pies.

Lo hacían con disimulo, desde luego, pero Jean-Luc se enteraba de su indignación.

Pensó en mostrar solidaridad con ellos y ponerse también un par de botas Oberman, pero sus pies eran demasiado valiosos.

En lugar de eso, se hizo fabricar unos zapatos de trabajo buenos en un zapatero.

Por entonces ya estaba deseando que llegase la boda para aceptar la oferta de Joana de abandonar la fábrica.

Sin embargo, no se le ocurría ninguna otra ocupación a la que le apeteciera dedicarse y que también fuera aceptada por la jauría de rentistas acaudalados a la que pertenecería entonces.

Los fines de semana iba a la ópera con Joana y veía actuaciones de diferentes compañías invitadas.

Por desgracia, nunca había producciones de ballet.

A Joana le encantaban los musicales, de manera que fueron al Niblo’s Garden a ver la pieza para la que Jean-Luc había hecho una audición en su día.

Solo con gran esfuerzo logró ocultarle su dolor a su prometida.

Con frecuencia la acompañaba a inauguraciones de exposiciones y la veía adquirir cuadros de precios escandalosos con los que pensaba decorar su futuro hogar.

A Jean-Luc no le gustaban en absoluto esos mamotretos gigantescos, pero tampoco quería quedar como un ignorante en materia artística.

Joana y sus amigos, al fin y al cabo, actuaban como si tuvieran un ojo infalible para saber qué artista alcanzaría fama y honores algún día.

—Es más que probable que las inversiones en arte salgan rentables algún día —explicó su prometida, dándose importancia.

A esas alturas, Jean-Luc ya creía que no podía aguantar más su palabrería.

—¡Por el amor de Dios, Jean-Luc, si su prometida le saca tanto de quicio, rompa con ella!

—le aconsejó un día mademoiselle Colette, cuando estaba desayunando con madame Briard y con ella, algo que por entonces ocurría muy pocas veces.

Normalmente debía estar ya en la fábrica cuando otros aún dormían, pero ese día era sábado y Joana había ido a elegir la tela para su vestido de novia—.

Y, si no lo consigue, por lo menos insista en que le asignen una labor seria en la dirección de la empresa.

Después de la boda, como muy tarde, que entonces ya no podrán negárselo.

—Monsieur Oberman no podría negárselo, no —apuntó madame Briard—. Pero mademoiselle Oberman, futura madame Dimarche, sí. Es evidente que no desea un marido que trabaje de verdad. Porque, si formara parte de la dirección de la empresa, tendría que estar allí presente.

Jean-Luc asintió.

—A mí me gustaría hacerlo. ¡Habría que cambiar muchísimas cosas!

Esas organizaciones que promueven mejores condiciones laborales en las fábricas tienen toda la razón: la vida de la gente es horrible.

Un hombre no puede alimentar él solo a su familia, así que la mujer debe trabajar también en la fábrica.

Los hijos quedan entonces abandonados a su suerte, y casi siempre es la hija mayor la que se ocupa de llevar la casa, hasta que cumple trece años y puede empezar en la fábrica también.

¡Y un cuerno que no hay trabajo infantil!

Creo que, cuando esté casado, me ocuparé de eso.

Por mucho que les disguste a Joana y a su padre.

—Sería un buen principio —opinó Colette, satisfecha—. Aunque seguro que supondrá un motivo de conflicto en su matrimonio. ¿De verdad quiere arriesgarse a eso, Jean-Luc?

Él soltó un profundo suspiro.

—Me temo que no tendré escapatoria. Como mucho, podría dimitir y pedirle empleo a George Morissey.

Las mujeres se echaron a reír.

—Tenga cuidado con dónde se mete —bromeó Colette—. A ver si va a cambiar el cartón mojado de esos zapatos por un baño en el Hudson con los pies metidos en un bloque de cemento…

—No llegará a esos extremos —dijo Jean-Luc, defendiendo al padre de su antigua alumna preferida, Doris—. Pero trabajar en un casino me atrae tan poco como hacerlo en una constructora. —Volvió a suspirar con fuerza—. Todo esto tiene muy mala solución.

—¿Al menos ha escrito ya a su madre? —preguntó madame Briard.

Jean-Luc no hacía más que retrasar la carta en la que le contaría a su madre lo de su compromiso y su próxima boda. ¡Joana Oberman! ¿Cómo iba a describírsela? ¿Cuánto podía desvelarle de sus sentimientos y sus dudas? También entonces se frotó la frente, avergonzado.

—Es que no sé por dónde empezar —dijo en voz baja.