En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 3 #2
71%

Capítulo 3 #2

A esas alturas, a Jean-Luc ya no le importaba encontrarse con sus antiguas alumnas en el marco de esos acontecimientos.

Las jóvenes incluso se divertían quitándoselo a Joana para sacarlo a bailar en las raras ocasiones en que se permitía a las damas elegir pareja, y muchas de ellas bailaban mejor que su futura novia, con diferencia.

Así fue como se encontró dando vueltas con Doris, que había inaugurado el baile junto con su prometido, Abraham Schuy­ler.

La joven resplandecía de felicidad, y su padre parecía igual de entusiasmado con el buen partido que había encontrado su hija.

El hombre habló con Jean-Luc para comunicarle su agradecimiento: tanto por la formación que había convertido a su hija en una dama de sociedad como por la devolución del dinero de los zapatos de trabajo.

—Todavía no había tenido ocasión de darle las gracias en persona, señor Dimarche —dijo George Morissey después de llevarse a Jean-Luc para ofrecerle una copa de champán—.

Hubo bastantes habladurías cuando empezó a trabajar usted en la fábrica de Oberman, joven.

Se comentaba si no se estarían pagando unos servicios muy diferentes, y no su trabajo en la manufactura de zapatos.

No obstante, a mi parecer ha mostrado usted la misma excelencia y la misma entrega que en la escuela de madame LaRue.

Mis respetos, señor Dimarche. ¡Llegará muy lejos!

Jean-Luc aprovechó la oportunidad para invitar a los Morissey a su fiesta de compromiso, en Nochevieja. No sabía si a Joana le parecería bien, pero él se alegraría mucho de ver allí a Doris y a Abraham, y también a su fornido padre.

A Joana, en efecto, no le hizo gracia. Los Morissey no le parecían de suficiente categoría, pero, por otro lado, tampoco quería invitar a menos personas que los Schuyler.

De todos modos, últimamente estaba tan ajetreada preparando la fiesta que apenas llegó a alterarse.

Después de las celebraciones navideñas, tuvieron que volver a ensancharle el vestido del compromiso e insistió en que Jean-Luc ensayara con ella todos los días el baile inaugural.

Por fin llegó el momento. Joana no lo pisó mientras bailaban, y todos los invitados aplaudieron cuando Jean-Luc le dio un beso al terminar.

Frederick Oberman saludó a los presentes con tanto afecto y orgullo como si de verdad hubiera escogido él mismo a su futuro yerno, aunque luego tuvo que tomarse un whisky.

Doris Morissey volvía a estar arrebatadora.

Llevaba un vestido de baile azul ultramar con mucho encaje y un corsé que acentuaba su talle esbelto.

Seguro que no tenía que atárselo muy prieto.

Ligera como una pluma, casi flotó del brazo de Jean-Luc bailando un vals después de que Abraham le pidiera un baile a la futura novia.

—¿De verdad está enamorado de Joana? —quiso saber, descarada como siempre.

—¡Mademoiselle Doris, eso no se pregunta! —la reprendió Jean-Luc—. ¿Acaso debo volver a recordarle que hay temas que una dama nunca debe sacar?

—Solo lo decía porque… —repuso Doris con una mueca muy poco propia de una dama—. Porque antes, cuando ha abierto el baile con Joana, la estampa ha sido igual de elegante que si bailara con una ballena.

Jean-Luc reprimió una risa. Lo cierto era que Joana se movía muy poco.

Había dejado de montar a caballo y de jugar al tenis del todo durante los meses de invierno; el frío no le agradaba.

En cambio, las invitaciones a cenas y veladas festivas habían sido numerosas, y su prometida engordaba enseguida.

—Cualquier fabricante de moda para señoras o perfumería aseguraría que una ballena es un animal de lo más provechoso —repuso Jean-Luc, intentando hacer un comentario diplomático que a Doris le causó una gran hilaridad.

—¿Se refiere a que con sus huesos se hacen corsés y la grasa, o algo así, se usa para los perfumes? ¡Menudo cumplido para una prometida!

Jean-Luc se sonrojó.

—Me refiero a que la ballena, o por lo menos su primo menor, el delfín, saben moverse con mucha elegancia en el agua y realizan unos saltos impresionantes.

Doris seguía sonriendo, aunque tuvo la clemencia de cambiar de tema sin entrar en la elegancia y la posible capacidad de salto de la interfecta.

—Por cierto, Joana está buscando casa, por si no se lo ha comentado aún —siguió diciendo—. Una casa en la ciudad, conforme a su posición social y bien situada, en la que quiere vivir con usted. Seguro que tendrá salón de baile.

Jean-Luc no lo sabía. Sin embargo, la idea de disponer de un salón de baile donde volver a ensayar de verdad hizo que se le acelerara el corazón.

—También eso me gusta de mi prometida —dijo, con lo que esa vez sí consiguió una contestación oportuna—. Siempre se esfuerza por hacerme feliz.

Doris asintió.

—No debería haberle hecho esa pregunta —dijo—. Al fin y al cabo, se le nota la felicidad en la mirada. Me alegro por usted, monsieur Dimarche. Uno solo debería casarse cuando de verdad ama a la otra persona.

La música terminó y ella se alejó bailando aún a medias.

Jean-Luc se quedó donde estaba, preguntándose si había dicho esas últimas palabras con sinceridad o si a él se le notaba demasiado que en realidad no amaba a Joana Oberman.

En cualquier caso, tenía la sensación de que, con cada día que pasaba, la soga le apretaba un poco más el cuello.

Joana empezó con los preparativos de la boda justo después de Año Nuevo.

Excepcionalmente, no había conseguido imponer la fecha que deseaba, en mayo, porque Frederick Oberman consideraba que entre el compromiso y la boda debía transcurrir por lo menos un año para que a nadie se le ocurriera pensar que la pareja se había visto «obligada» a casarse.

Al final, Joana consiguió que aceptara septiembre como mes para el enlace, y a partir de entonces no fue capaz de hablar de ninguna otra cosa.