En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

Cuando se encontró con Joana esa misma tarde —a ella le gustaba que la acompañara a dar pequeños paseos por el parque, donde casi siempre se cruzaba con conocidos ante los que exhibir a su apuesto caballero—, cayó en la cuenta de que tal vez también ella debería estar al tanto de lo que ocurría en la fábrica.

Al fin y al cabo, Oberman Shoes era en parte de su propiedad.

De modo que, mientras deambulaba por el parque con ella, Jean-Luc llevó la conversación hacia su visita a la manufactura.

—¿Y qué? Mucho ruido y mucha suciedad, ¿verdad? —comentó ella con una sonrisa maliciosa—. No es un sitio que me guste frecuentar.

Jean-Luc se mordió el labio.

—Tal vez deberías hacerlo de vez en cuando. He oído que diversas organizaciones critican el trato que se les da a los trabajadores. Podrías ganarte amigos si introdujeras mejoras.

Joana enarcó las cejas.

—La verdad es que ya tengo suficientes amigos —repuso.

—Quiero decir entre la plantilla —precisó Jean-Luc—. Creo que los trabajadores contentos rinden más, aunque en realidad no es eso lo que me ha preocupado de la producción.

Joana se echó a reír.

—¿A ti te ha preocupado algo? Pero ¿desde cuándo entiendes de zapatos?

Jean-Luc le dirigió una mirada ofendida.

—Estoy formándome, Joana. Quiero acercarme a ti, que me valores más. No pienses que solo pretendo que me mantengas.

—Por mí no tienes que preocuparte de nada de lo que ocurre en las sucias naves de la fábrica.

No tengo nada que ver con eso. Mientras la empresa dé dinero, mi padre puede hacer lo que quiera —dijo, y saludó a una joven que se cruzó con ellos a caballo por el camino que discurría junto al sendero de paseantes.

—Pero, si tu padre sigue así, tal vez llegue un momento en que la fábrica deje de dar beneficios —contestó él, intentándolo con otros argumentos.

Cuando por fin consiguió captar la atención de Joana, le describió las medidas de ahorro introducidas con la fabricación mecanizada de los zapatos. Sin embargo, ella no pareció especialmente impresionada.

—Bueno, el calzado debe salir barato —dijo, repitiendo el punto de vista de su padre—. Para los compradores es importante. La mayoría de nuestros clientes son buscadores de oro y gente por el estilo. No tienen mucho dinero.

—Pero, si las botas se les estropean al cabo de un mes, no volverán a comprar las de Oberman —señaló Jean-Luc.

—Están en los yacimientos de oro. Tienen que comprar lo que hay, y mi padre envía allí muchos zapatos.

Incluso a Canadá. No lo haría si no se los compraran.

Jean-Luc, ¿qué es lo que tanto te interesa de los zapatos de mi padre?

¿Acaso no tienes nada mejor que hacer que buscarles defectos?

Mi padre no estará muy contento de que vayas husmeando por ahí y dejando su mercancía en mal lugar.

Joana lo miró con reproche. Esa tarde se había puesto especialmente guapa.

Un vestido de color lila y un abrigo holgado de color beis dejaban adivinar su figura ceñida por un corsé bien prieto, pero de todos modos a Jean-Luc no se le escapó que aún había aumentado más de peso.

Sobre el recogido del pelo se había puesto un sombrerito atrevido con un velo lila y llevaba guantes blancos de algodón.

—Trabajo para tu padre y deseo resultar útil. ¡Debes entenderlo, Joana! No quiero ser… una marioneta. —Había estado a punto de decir «un gigoló», pero se corrigió en el último momento.

Ella se echó a reír.

—¿Una marioneta? ¡Pensaba que te considerabas un bailarín!

¿Acaso no tira nadie de los hilos en ese caso?

Querido Jean-Luc, no soy yo, sino tú, quien debe entenderlo: ¡aquí resultas útil haciéndome feliz!

—Al ver que él se encogía como si hubiera recibido un golpe, transformó la expresión de su rostro en una sonrisa seductora—.

¡Cariño, no te lo tomes todo tan a pecho!

Disfrutaremos de una vida maravillosa y, en cuanto estemos casados, ya ni siquiera tendrás que ir a la fábrica.

Podrás dedicarte a otras cosas. Tal vez a criar caballos de carreras y hacerlos competir.

Tú podrías supervisar su entrenamiento… ¡Piensa en algo!

Por cierto, ¿juegas al golf? El domingo nos han invitado a un torneo.

Joana cambió de tema y Jean-Luc no insistió en el asunto de la fabricación de los zapatos.

De todos modos habría sido inútil. Su casi prometida parecía poseer un talento infalible para la manipulación; a su padre, por lo menos, había conseguido tenerlo comiendo de su mano durante años.

Y eso que no era una joven muy inteligente.

Tendría que resignarse a ello… o volver a limpiar cristales y aceptar otros trabajos de baja estofa.

Entonces pensó que, al día siguiente, su futuro suegro descubriría que había falsificado la firma de Myers y tal vez pasara por encima de los deseos de Joana y lo despidiera.

Jean-Luc se preguntó si no sería eso incluso lo que anhelaba.

Frederick Oberman se puso hecho una furia cuando se enteró de la devolución efectuada por Jean-Luc a George Morissey.

Le soltó una buena reprimenda al joven y hasta amenazó con denunciarlo por falsificación documental.

Jean-Luc ni se inmutó. A la empresa no le interesaba en absoluto que se debatiera la calidad de su calzado en el marco de un juicio.

Tampoco le impresionó la amenaza de quitarle ese dinero de su sueldo.

De todas formas le pagaban demasiado y, puesto que ahora disponía de vestuario suficiente —por lo menos a sus ojos—, todavía le quedaba bastante dinero en la cuenta después de pagarle el alquiler a madame Briard y abonar las clases de hípica y de tenis.

Jean-Luc seguía conservando su habitación en el French Quarter, aunque ya no tenía mucho tiempo para charlar con su casera ni con su compañera de alojamiento, Colette.

La viuda y la joven profesora, no obstante, continuaban siendo sus referentes entre la ciudadanía de a pie de Nueva York, y se sentía mucho más cerca de ellas que de los círculos en los que se movían los Oberman.

—¿Qué voy a hacer ahora con usted? —dijo Frederick Oberman al terminar su sermón.

Era una pregunta retórica, puesto que sabía desde hacía tiempo en qué podía ocupar a su futuro yerno para que dejara de tener acceso a los datos de los clientes.

El nuevo campo de actuación de Jean-Luc fue la distribución: una nave llena de corrientes de aire en la que se almacenaban los zapatos y las botas terminados para, desde allí, enviarlos a todo el país.

Junto con unos cuantos jóvenes más, cargaba los carros siguiendo las instrucciones de un capataz.

Eso implicaba que lo habían degradado a simple peón, aunque sin tener que hacer los turnos habituales de doce horas ni trabajar los sábados.

También en el futuro dispondría de las tardes y los fines de semana libres para dedicárselos a Joana.

Un arreglo que, por supuesto, le impidió entablar una buena relación con sus compañeros de trabajo.

Él se esforzaba todo lo posible por charlar con los demás trabajadores, se quedaba con ellos durante la pausa —controlada al minuto— y se interesaba por conocer mejor su día a día.

Aun así, los otros sabían cuál era su lugar y lo envidiaban, pero también se burlaban a sus espaldas por ser el perrito faldero de la hija del jefe.

Jean-Luc se consolaba con el hecho de que el nuevo trabajo exigía mucho movimiento.

Las semanas siguientes, por lo menos ejercitó la musculatura mientras mentalmente buscaba músicas que encajaran con su monótona ocupación.

También los numerosos bailes que se celebraron ese otoño lo mantuvieron a flote.

Jean-Luc conoció todos los exquisitos salones de las familias de más renombre.

Ganó seguridad e incluso llegó a disfrutar de dejarse ver y de las conversaciones ligeras, que le hacían olvidar la monotonía del día a día.

Bailaba con Joana llevándola con maestría por todos los parquets y notaba lo mucho que gozaba ella dando vueltas entre sus brazos.

—Tendríamos que empezar a pensar en prometernos —comentó Joana un día, durante un baile con motivo del aniversario de la empresa de un socio comercial de Frederick Oberman—. ¿Qué te parece? ¿Lo hacemos por Navidad? Un compromiso bajo el árbol: sería maravilloso y muy romántico…

A Jean-Luc casi se le cayó la copa de champán de las manos.

—¿Tan pronto? —balbuceó, pero entonces cayó en la cuenta de que ya tenían la Navidad planificada—. ¿No íbamos a asistir al baile navideño de los Schuyler? —objetó—. Si tu padre organiza otro baile para anunciar nuestro compromiso, sería como hacerles un feo a ellos.

Joana le quitó importancia con un gesto.

—Ya he pensado en todo. Nos prometeremos en Nochebuena, solo con la familia, y el baile lo celebramos por Fin de Año. De todas formas ya estaba organizado, solo habrá que añadir la celebración de nuestro compromiso.

Jean-Luc se preguntó si lo habría hablado con su padre y si el compromiso supondría el final de su trabajo en Oberman Shoes. El señor Oberman no podía tener al prometido de su hija empleado en el almacén.

Frederick Oberman accedió a los planes de Joana, aunque quizá no con tanto entusiasmo como ella hubiera deseado.

Eso no la importunó mucho, de todos modos; lo principal era que su padre acatase sus deseos.

De manera que Jean-Luc, después de una pequeña recepción familiar con champán en Nochebuena, salió con paso garboso hacia el fastuoso baile de los Schuyler el día de Navidad.

Aunque se había gastado todos sus ahorros en un anillo de diamantes para Joana, reparó en lo decepcionada que se quedó ella cuando se lo puso en el dedo, y entonces, compungido, comprendió que probablemente no podía compararse con los anillos de sus amigas.

Los pedruscos que las demás lucían en las manos superaban sin lugar a dudas al de Joana.