En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

El lunes por la mañana Jean-Luc despertó poco descansado.

Los fines de semana con tantas obligaciones sociales programadas en poco tiempo eran casi más agotadores que los días laborales, sobre todo porque no le confiaban tareas de gran responsabilidad.

Aun así, estaba decidido a cumplir sus propósitos ese mismo día y visitar la fábrica.

Quería saber con exactitud cómo se hacía el calzado ahí, y cuál era la causa del evidente contraste entre las explicaciones del señor Parger y la experiencia del señor Morissey.

Así que le pidió al señor Myers que le hiciera una visita guiada, a lo que el subdirector accedió de mala gana.

—Por mí de acuerdo, de todas formas aún tengo que pasar por la sala de máquinas. Pero no se queje si le resulta desagradable. El ambiente ahí arriba no es el mejor.

La fábrica estaba compuesta por un edificio de ladrillo de varias plantas con ventanales altos.

—¡Nuestra nueva máquina de vapor ahora hace funcionar tres plantas con una sola caldera! —comentó Myers con orgullo.

Jean-Luc asintió sin entenderlo del todo, pero, cuando por fin entraron en las salas de la fábrica, tampoco pudo escuchar bien las explicaciones de su guía.

Ya en la puerta de entrada el suelo vibraba bajo los zapatos de los hombres, eran unos pisotones constantes y amortiguados, acompañados de un silbido que probablemente emitía la máquina de vapor.

Olía a cuero mojado, polvo metálico y grasa de la maquinaria.

Unas cintas interminables de correas trasmisoras atravesaban la sala, trasladaban la potencia de la máquina de vapor a cada máquina.

En medio, los obreros levantaban punzonadoras y tiraban de piezas de cuero en unas máquinas de coser que traqueteaban.

La mayoría eran jóvenes: en las mesas de corte trabajaban sobre todo hombres; en las de coser, chicas jóvenes.

La dificultad del trabajo variaba, pero siempre manipulaban un cuero duro y voluminoso.

Los obreros tenían que estar muy concentrados para no meter las manos debajo de las punzonadoras que rompían el cuero ni hacerse daño con las prensas de madera y las máquinas de clavetear.

Jean-Luc se fijó en que los obreros y obreras tenían los hombros tensos, y a menudo trabajaban en una postura que debía de provocar dolor de espalda.

Además, todo era muy monótono: cada chico o chica estaba a cargo de un solo paso del proceso.

La gente ejecutaba los mismos movimientos una y otra vez.

—¡Aquí colocamos las partes superiores! —le gritó el señor Myers al oído—. Cada parte se ajusta al milímetro. Utilizamos patrones metálicos de Sheffield. Estas de aquí serán botas, a los buscadores de oro les encantan.

Así que nada de adaptarse al pie del individuo, tampoco era factible en la fabricación mecanizada, por supuesto. Jean-Luc desvió la mirada hacia las hormas, como había llamado el señor Parger a los modelos de madera de los pies. Estaban colgadas de ganchos, numeradas y bien ordenadas.

—Las excavadoras, así llamamos a las botas para los buscadores de oro, las fabricamos en tres tallas. —Myers señaló tres pies de madera.

—¿Solo tres? —Jean-Luc quedó horrorizado, pero no habló lo bastante alto para llegar hasta Myers.

Además, el guía siguió andando. En una mesa de trabajo una mujer con la barbilla manchada de hollín giró una suela interna a medio hacer en la mano.

Myers la reprendió por su aspecto desaliñado, y ella se frotó la barbilla con la mano avergonzada.

Jean-Luc clavó la mirada en la suela de zapato.

—¿Puedo? —le preguntó, y cogió la pieza.

La mujer asintió nerviosa.

—Bueno…, por supuesto, si… si usted quiere…

—¡Pero no pare la producción! —apremió Myers, luego se volvió hacia la mujer de nuevo—. ¡Continúe! —la hostigó.

Jean-Luc palpó la suela y la olió: no desprendía el olor a resina del cuero, el material emanaba un hedor casi a podrido. Cuando dobló un poco la suela oyó un leve crujido seco. Separó la capa superior y vio debajo vida interior gris y fibrosa. ¿Eso era cartón? Se volvió hacia Myers asombrado.

—¿Puedo llevármela? Me gustaría hablar de esto con el señor Oberman.

Myers frunció el entrecejo.

—¿Por qué? Pero da igual, llévese todo lo que quiera, tenemos que ir terminando con nuestra ronda. —Guio a Jean-Luc con impaciencia por la sala.

En otra sección se cubrían las suelas con una especie de alquitrán en movimientos rápidos, las colocaban sobre las partes superiores prefabricadas y las unían con clavos metálicos.

A continuación se veía el calzado de trabajo terminado. Chicos y chicas jóvenes le daban el último pulido tratándolo con trapos de tela, cera y cepillos.

Jean-Luc cogió un par de botas de media caña. El cuero era duro, las costuras, muy regulares, la longitud de las puntadas no se ajustaba al material, que parecía cosido muy tirante. En algunos puntos solo habían aplicado cola para ahorrar en costuras.

—¿Puedo llevármela también? —preguntó.

Myers asintió sin interés.

—Por mí de acuerdo, pero ahora vamos. Tengo otras cosas que hacer. ¡Y usted también! Puede sacar la información de ventas sobre la cantidad de unidades e introducirla en las tablas. Ya lo ha hecho alguna vez, ¿verdad? Necesitamos saber si la cantidad de producción se mantiene constante.

Jean-Luc asintió. Todas las semanas trasladaba esas cifras a listas concretas, pero en ese momento, entre las máquinas y las personas, comprendió las cantidades ingentes que se fabricaban ahí.

De la fábrica salían mil, dos mil zapatos o botas al día.

Jean-Luc empezaba a entender al señor Parger.

No quería impulsar esa producción, para el antiguo zapatero su oficio era sagrado.

Jean-Luc decidió volver a buscarlo y enseñarle los zapatos. Necesitaba algo más de munición antes de comentárselo a su futuro suegro.

El señor Parger lo recibió enseguida, en el fondo el portero no tenía casi nada que hacer, y Frederick Oberman no tenía un hueco hasta la tarde. Sin embargo, estaba encantado con el interés de su futuro yerno por los procesos de producción.

—Hace bien en visitar la fábrica, así sabe lo que ocurre.

¿Y qué? ¿Le ha gustado, o se ha llevado un susto?

Ya hemos tenido visitas que han puesto el grito en el cielo por las condiciones laborales de nuestros trabajadores, pero todo es conforme a derecho y a la ley.

Respetamos todas las normativas de pausas, no contratamos a niños, la edad mínima está estipulada en los trece años, en eso somos muy estrictos…

Además, pagamos bien. Esa gente ganaría la mitad si trabajara como personal de servicio.

—Frederick Oberman se dio un golpe en el pecho como si se considerara un auténtico filántropo.

—Aún no me he fijado en las condiciones laborales —confesó Jean-Luc—. Más bien en los resultados.

Dejó la suela entre Oberman y él sobre la mesa y añadió el par de botas.

—Mire aquí. —Jean-Luc levantó la suela—. ¡Es cartón! Se está procesando cartón en la suela interior de la bota.

—Cartón prensado —le corrigió su futuro suegro—. Encolado y endurecido. Aguanta, si se hace bien.

—Hasta que llueve —repuso Jean-Luc—. Y aquí, el refuerzo del talón debería apoyar el zapato por detrás. Su calzado está hecho también de cartón piedra. Se deforma con la presión…

Oberman había perdido toda la jovialidad en la expresión. La mirada se volvió cortante.

—Nuestro calzado, señor Dimarche. Permítame que le recuerde que ahora forma parte de la dirección de la empresa, o por lo menos va por el camino.

Jean-Luc asintió.

—Por eso le señalo los puntos débiles. Si un hombre lleva estas botas, sufrirá dolores al cabo de como mucho un mes: llagas por la presión en el pie, dolores en las rodillas y de espalda.

Oberman se echó a reír.

—Joven, los buscadores de oro los sufren de todos modos. Buscar oro no es para blandengues.

—¡Pero no hace falta ponérselo más difícil vendiéndoles calzado de una calidad ínfima! —exclamó Jean-Luc—. Una parte de las suelas solo está encolada. ¡La cola se despega con la humedad!

—De momento no se ha quejado nadie. Esos tipos querían ante todo calzado barato.

—¡Pero necesitan botas que les ofrezcan cierta protección! ¡Del frío y las heridas! —Jean-Luc no se iba a rendir tan rápido.

—Por eso utilizamos un cuero grueso y duro —argumentó Frederick Oberman—. Seguro que usted también iba a criticarlo. Desde luego, los hombres tienen que adaptarse a las botas, siempre sale alguna que otra ampolla, pero lo soportan.

—Eso hace que cambien la pisada para evitarlo y por tanto adopten malas posturas del pie que provocan problemas en las articulaciones —replicó Jean-Luc—. Por no hablar de que solo fabrica las botas en tres tallas, aunque los pies de cada individuo son muy distintos.

Oberman empezaba a hartarse y le hizo un gesto de desdén.

—Soy fabricante de botas, no médico, señor Dimarche. Usted tampoco, por cierto, así que deje de sacarles defectos a nuestros productos. A fin de cuentas, usted también vive de eso. Nada sale de la nada, chico. Y ahora le ruego que se vaya. Seguro que tiene algo que hacer.

Jean-Luc asintió muy rígido y salió del despacho.

Sin embargo, no fue a trasladar cifras a listas siempre iguales.

Buscó entre los expedientes de su despacho, a esas alturas ya conocía bien el sistema de archivo, pedidos y facturas a los proveedores de la Morissey Building Company.

En papel con membrete y en su mejor inglés, redactó una breve carta:

Estimado señor Morissey:

En un encuentro social he tenido noticia gracias a su apreciada hija, la señorita Doris Morissey, de que no está satisfecho con la entrega de calzado de trabajo a su empresa.

Al llevar a cabo una comprobación he constatado que el pedido que les entregamos presenta, en efecto, graves defectos de calidad.

Le pido disculpas en nombre de la dirección de la empresa.

Por supuesto, se le devolverá de inmediato el importe abonado.

Saludos cordiales,

J EAN -L UC D IMARCHE

En representación de la dirección de la empresa

Mientras falsificaba la firma de Myers para la orden bancaria, se convenció de que lo hacía por el bien de la empresa, pues no era aconsejable enemistarse con un representante de los bajos fondos conocido en toda la ciudad.

Era cierto que lo hizo con un regocijo mal disimulado.

Doris Morissey entendería el mensaje: Jean-Luc Dimarche no se dejaba comprar.