En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Acto seguido las chicas se pusieron a charlar sobre la velada que iba a celebrarse esa noche en casa de los Hamilton y la fiesta en casa de los Astor.

A Jean-Luc le preocupaba esta última. Seguro que la señora Astor estaría presente y lo reconocería como miembro del equipo docente de madame LaRue.

Procuró no pensar y se concentró en Julian Carmichael, el hijo de otro magnate de la industria.

Los Carmichael regentaban una fábrica de tejidos, y Julian ya trabajaba en el despacho de su padre.

Además, sabía del puesto de Jean-Luc con Frederick Oberman.

—¿Qué, ya se ha incorporado al sector de la fabricación de calzado? —le preguntó a Jean-Luc con un tono de cierto desdén.

Cabía suponer que los demás miembros de la alta sociedad estaban al corriente de las circunstancias de la contratación de Jean-Luc, aunque seguro que no conocían los detalles.

Jean-Luc imaginaba que llevaban años comentando lo mucho que Frederick Oberman consentía a su hija, que ahora incluso le había comprado el marido que quería, aunque no estuviera a su altura.

—Ah, sí —respondió Jean-Luc con una sonrisa amable—.

Un buen zapato vive sobre todo de la suela, robusta pero flexible.

Luego la estructura se adapta al modelo de un pie y las costuras…

—repitió con naturalidad la información que le había dado el señor Parger y se deleitó en el evidente aburrimiento de Julian—.

¿Le gustaría explicarme cómo funciona un telar, Julian?

—preguntó luego en tono inocente—. Deben de haberse mecanizado muchos procesos.

¡Es fascinante! ¿También sabe de esas máquinas de vapor?

Dicen que a la larga puede que los vehículos a vapor incluso reemplacen al caballo…

De noche Jean-Luc llevó a Joana a una velada en la que un célebre escritor leía su obra.

Luego se abrió un extenso debate. Jean-Luc solo entendió la mitad, y tampoco le interesaba.

Sin embargo, varias antiguas alumnas acudieron al acto, entre otras la preciosa Doris Morissey, de nuevo en compañía del joven Abraham Schuy­ler.

Ambos parecían enamorados, y Doris saludó a Jean-Luc como siempre sin miedo al contacto.

—Qué lástima que madame LaRue haya cerrado la escuela, ¿verdad? —preguntó como si nada—. ¿Y usted ahora trabaja para el señor Oberman? ¿Harán zapatillas de baile, señor Dimarche?

Jean-Luc le sonrió.

—Acabo de incorporarme. Pero ya puedo explicarle cómo se hace un buen calzado de trabajo.

Doris se rio.

—Entonces tal vez debería trabajar en la producción. Mi padre no está nada contento con los zapatos de trabajo de Oberman. Ahora dirige una empresa de construcción y los ha comprado al por mayor. Dice que los zapatos eran baratos, pero que con la primera lluvia se desintegran…

Jean-Luc se llevó una sorpresa. Eso no debería ocurrir con un zapato fabricado según las indicaciones del señor Parger.

—Lo consultaré —prometió muy serio.

Doris, que probablemente estaba al corriente de cuál era su posición en casa de los Oberman igual que el resto de los presentes, respondió con la misma formalidad:

—¡Cumpla con su deber, monsieur Dimanche!

Jean-Luc se puso de mejor humor cuando saludó con Joana a otras antiguas alumnas, aunque los encuentros fueron mucho más ceremoniosos que con la desenfadada Doris.

Cuando era profesor de baile esas jóvenes damas lo admiraban, pero en la posición de caballero oficial de Joana no sabían cómo tratarlo.

Enseguida lo invadió de nuevo esa sensación de vergüenza.

Él era solo el apéndice, el juguete comprado para Joana Oberman.

Pese a que nunca apareció la palabra gigolo , parecía flotar en la sala.

La fiesta dominical en casa de los Astor requería traje ligero para los hombres y un atuendo colorido en el caso de las damas.

Joana vestía una creación de color verde manzana con un sombrerito a juego y, como hacía un día espléndido, paseaba del brazo de Jean-Luc por los primorosos caminos del jardín antes de que sirvieran la comida en la terraza acristalada.

Mientras tanto, se ejercitaron en la conversación con los demás clientes…

—¡Qué tiempo tan fantástico!

—¡Los rayos de sol compiten con la belleza de nuestras damas!

—Esperemos que se mantenga hasta la semana que viene, ya sabe, el día de carreras en el Bronx, en Jerome Park. Participan dos de nuestros caballos.

A Joana también le hacía ilusión el día de carreras. Explicó que le apasionaban las apuestas.

—¿Qué te parece, Jean-Luc, nos compramos nuestros propios caballos de carreras cuando…, bueno, cuando nos…? —Soltó una risita, cohibida, pero no pronunció la palabra casarse y era evidente que tampoco esperaba respuesta.

Se abrió en cambio un debate entre los demás jóvenes sobre las ventajas y los inconvenientes de tener caballos de carreras.

—¡Requieren mucho tiempo! —se lamentaba una joven, y Jean-Luc se preguntó si allí los dueños realmente se ocupaban en persona de los animales. Por lo que sabía sobre caballos de carreras, solo se encargaban de ellos los entrenadores y los jinetes.

—Pero es tan emocionante cuando corren…

Jean-Luc se rindió. Ese tipo de conversaciones le aburrían. Lo atrapó la música que tocaba un trío de piano, violín y flauta de fondo de la fiesta. Era clásica, y reconoció La sílfide . ¡Era música de ballet, él la había bailado!

Jean-Luc se perdió en sus sueños.