En la tierra de los arces (Sueños de Canadá 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Era muy costoso tratar de ganarse a una chica como Joana Oberman.

Jean-Luc necesitó toda una colección de trajes distintos para acompañarla a eventos sociales.

Para poder participar en sus actividades deportivas tuvo que aprender a jugar al tenis y a montar a caballo.

Por supuesto, ella quería que la invitaran a conciertos y obras de teatro, y desde luego no paraba de obsequiarla con ramos de flores y pequeños regalos.

Frederick Oberman sabía que Jean-Luc jamás podría permitírselo con su sueldo de profesor, pero cumplió su promesa y le dio un puesto muy bien remunerado en su fábrica, en la dirección, no en producción.

Estaba bajo las órdenes de Peter Myers, el subdirector, que no sabía muy bien qué hacer con ese joven, así que encargaba a Jean-Luc que copiara y archivara contratos, creara carpetas y escribiera sobres de carta.

El intento de convocarlo para dictarle textos fue un desastre porque a esas alturas Jean-Luc hablaba bien inglés, pero era evidente que andaba flojo en ortografía.

Advirtió que Myers estaba a punto de perder los estribos en numerosas ocasiones, y lo comprendía.

De hecho, le avergonzaba el sueldo exorbitante que recibía sin acercarse siquiera a trabajar tanto como otros secretarios mucho peor pagados.

Al final decidió por lo menos ser útil a largo plazo para la empresa estudiando los procesos de la fábrica y ocupándose de la fabricación del calzado en general.

Eso tendría que dársele bien pues, aunque no supiera nada del oficio de zapatero, lo sabía todo sobre pies, y tal vez le podría servir de algo.

Por lo pronto le sirvió para entablar amistad enseguida con el portero del edificio de oficinas, un señor mayor que le hacía preguntarse por qué tenía necesidad de seguir trabajando.

El señor Parger, un hombre bajo con el rostro repleto de arrugas, sonrió el día que le planteó la pregunta sin más.

—Lo cierto es que no puedo jubilarme, señor Dimarche —contestó—.

Empecé aquí de aprendiz, mi familia llegó a la vez que el primer señor Oberman de Alemania, y llevo trabajando aquí desde que abrió el taller.

Entonces hacíamos unos zapatos fantásticos, el señor Oberman mantenía una calidad excelente, como nadie más en Nueva Ámsterdam.

Para entonces Jean-Luc ya sabía que Nueva Ámsterdam era el nombre original de Nueva York.

—Entonces ¿usted era zapatero? —preguntó Jean-Luc.

Parger sonrió con orgullo.

—¡Sí, señor! Era el mejor hasta que cambió la producción. De la artesanía a la fabricación mecanizada. —Se le ensombreció el semblante—. Casi se me rompe el corazón —confesó—. Intentaron que yo fuera encargado, pero no era lo mío…, aun así, quise quedarme. Y aquí sigo.

Jean-Luc se preguntó qué diferencia había entre un maestro zapatero y un encargado, pero antes lo asaltaron otras preguntas.

—Señor Parger, yo no sé nada de zapatería, pero me parece que sería razonable que me pusiera al día. ¿Podría explicarme qué debería tener en cuenta? ¿Para fabricar unos buenos zapatos? ¿Un calzado de trabajo, por ejemplo, para un granjero?

—Ya. —El señor Parger escudriñó al joven—.

De momento nadie que haya empezado aquí ha mostrado interés por eso.

Pero claro que puedo explicárselo. La fabricación de un buen zapato empieza por la base: la suela.

Para un calzado de trabajo se necesita una suela gruesa de cuero, a veces dos capas, unidas por clavos de madera o cosidas con hilo de brea.

Tiene que ser lo bastante dura para aguantar cualquier tipo de suelo, pero también flexible o se rajará con la primera carga pesada.

Jean-Luc asintió, eso le convenció. Los zapatos de ballet también debían ofrecer un soporte y al mismo tiempo ser flexibles.

—Luego se necesita una horma, que es un modelo de madera del pie.

Lo mejor es hacerla después de medir el pie del hombre o la mujer.

Por supuesto, hay hormas hechas, pero la forma perfecta solo se consigue con las medidas justas.

El granjero necesita un calzado cerrado, más bien unas botas de caña alta.

El empeine tiene que ser grueso pero blando, yo recomendaría cuero de bovino, en ningún caso de ternero, eso para los caballeros, no para los trabajadores.

Después se cose el empeine con la suela interna, y la suela externa queda debajo.

Ya solo falta una plantilla de cuero para el interior: el pie no debería sudar, o al menos el sudor no debería quedarse en el zapato.

—¿Y qué pasa con la comodidad? —le preguntó Jean-Luc—. ¿Hay que ablandar el zapato? —Pensó en que las zapatillas de ballet no se usaban para bailar hasta después de volverlas flexibles a base de golpearlas varias veces contra un soporte duro.

—En zapatos tan pesados puede ser necesario, pero los zapatos bajos ligeros deben cerrar el pie a la perfección desde el principio.

Al cabo de como mucho tres días las botas de trabajo o los zapatos de caminar no deben presionar y por supuesto tampoco ir grandes.

Un buen zapato se adapta al pie de quien lo calza.

—Seguro que eso es mucho trabajo —comentó Jean-Luc.

El señor Parger esbozó una sonrisa airada.

—¡Ya lo creo, joven! Un buen zapato de verdad no es barato, y tampoco se hace rápido.

—Pero la fabricación mecánica ha simplificado muchos procesos, ¿verdad? —le preguntó Jean-Luc—. ¿Eso no es bueno?

Parger enarcó las cejas.

—Compruébelo, joven. ¡Compruébelo usted mismo!

Era la hora en que Jean-Luc tenía que presentarse ante el señor Myers, así que decidió que la vuelta por la fábrica la daría al día siguiente. No, el lunes. Ya era viernes, y los sábados y domingos eran de Joana.

Joana ronroneaba como un gatito desde que Jean-Luc la cortejaba complaciente.

Él no sabía si conocía o por lo menos intuía el papel que había representado su padre en su decisión.

En todo caso no hacía referencia al tema y se mostraba satisfecha con que su futuro prometido trabajara ahora en la empresa familiar.

—¡Ya te lo decía yo! Un bailarín necesita interesarse por el calzado. ¡Todo encaja! Seguro que papá estará encantado de contar contigo.

Ese sábado por la mañana había prevista una excursión a caballo juntos.

Joana tenía una elegante yegua blanca en un establo cercano a su mansión.

Hacía poco que Jean-Luc recibía clases de hípica allí y su profesor estaba anonadado con sus rápidos avances.

El ballet y la hípica tenían en común que exigían un dominio perfecto del cuerpo: el bailarín ejecutaba el baile, el jinete hacía bailar al caballo, y lo ideal era que ambas actividades parecieran cosa de niños y hechas sin esfuerzo.

Jean-Luc había aprendido a controlar hasta los más mínimos movimientos siguiendo las instrucciones de su profesor.

Lo ejecutaba todo enseguida y aprendió rápido a notar los movimientos del caballo y comprender hasta qué punto reaccionaba el animal a sus indicaciones.

El profesor de hípica siempre le asignaba en clase caballos sensibles y no vio inconveniente en que fuera con un macho obediente de excursión con su querida.

Por supuesto, los Oberman eran muy buenos clientes.

Probablemente a un alumno menos aventajado lo habría enviado con Joana a Central Park, pero con bastantes más dudas.

Hacía pocos años que existía Central Park, un enorme jardín en el centro de Nueva York.

Tanto los ricos como los ciudadanos menos acaudalados lo usaban para hacer excursiones a pie o a caballo y pasear con sus mejores galas.

Para la alta sociedad a la que pertenecían los Oberman, se trataba de «ver y ser visto».

Joana llevaba un traje de equitación muy elegante, y su yegua era de una belleza extraordinaria, pero aun así la joven quedaba más bien tosca en la silla.

Jean-Luc pensó en Vivian, que le había contado que también iba a caballo en Inglaterra.

Con ella habría resultado fácil, seguro que sus caballos bailaban a su son, mientras que Joana era una simple carga y no acompañaba los movimientos de su yegua.

Cuanto más la observaba Jean-Luc, más le parecía una copia burda de la delicada inglesa.

Se parecía en el pelo y el color de los ojos, también en la forma de la cara, pero era muy distinta en expresión y movimiento.

Al principio esas semejanzas lo fascinaban, pero ahora la imagen le resultaba dolorosa porque despertaba recuerdos que Jean-Luc prefería mantener en la sombra.

Aun así, sonrió a Joana cuando giraron los caballos por los caminos de la zona oeste del parque.

Habían reservado para montar solos y poder ir al trote y al galope sin cruzarse con caminantes o carruajes.

Joana no le devolvió la sonrisa.

—Tenemos que buscarte un caballo más lucido —apuntó—. Es una vergüenza que vayas dando brincos a mi lado con ese pony gordo. ¿En qué estaba pensando el responsable de la caballeriza?

Jean-Luc intentó llevar el comentario a lo cómico.

—¡Nada de criticar a mi obediente Brownie! —exclamó—. ¡No quiero que se sienta ofendido y me tire! Aún soy un principiante, Joana. No me las apañaría con un caballo más impetuoso.

Joana estudió su postura erguida, correcta, en la silla y arrugó la frente.

—No pareces precisamente un principiante —aseguró—. ¡Oh, mira, ahí está Charlotte Parker con su caballero! ¡Vamos a acercarnos a saludarles!

Charlotte Parker, una amiga de Joana, iba sentada con un traje de equitación igual de bonito sobre un precioso ejemplar marrón, y su acompañante lucía una actitud gallarda sobre un alazán que bailaba impaciente.

Los dos sonrieron al ver a Joana, y también miraron un poco irritados la caballería rolliza de Jean-Luc.

—Julian, Charlotte, ya conocéis a Jean-Luc, ¿verdad? —gorjeó Joana—. Es de París, pero aquí aún no tiene caballo propio. Y lo que el señor Aiden le ha alquilado… —Sacudió la cabeza, y los demás se rieron.