Capítulo 8
Poco después, Vivian volvió a casa animada, con un vestido verde botella y un poco de encaje verde claro en el equipaje.
La calidad no era comparable con la de los vestidos que tenía en Inglaterra: el corte era poco sofisticado y las costuras no parecían muy resistentes.
Pero era nuevo, y Vivian estaba preciosa con él.
Por lo menos eso le había asegurado el vendedor, que la miró con veneración cuando salió del vestidor y giró delante del espejo.
Vivian se moría de ganas de bailar así vestida.
Sin embargo, le quedaba la parte más difícil: tenía que convencer a Ross de que cuidara de Giselle.
Los hombres acababan de terminar el trabajo en la concesión cuando ella regresó al campamento. El ambiente entre ellos era aún un poco frío, aunque Teacher le aseguró que habían encontrado bastante más oro del que Ross había conseguido hasta entonces.
—Después de convencerlo para que reconstruyera su canal —apuntó—. La construcción entera estaba mal, con mucha suerte retenía un poquito de oro. Ahora tenemos casi dos onzas, ¡es mucho para un día!
Ross estaba sentado con Hank y Don junto al fuego, tomando una cerveza, lo más probable era que le hubieran dado una para mantenerlo de buen humor. Vivian agradeció al cielo la presencia de esos dos, que al parecer no perdían la calma ante nada.
—¿Qué, Viv, has encontrado trabajo? —le preguntó Ross a su mujer en tono jovial—. ¿Alguno con el que ganes más que nosotros? —Lo dijo mientras señalaba el oro de su saquito con aire triunfal.
Vivian lo halagó como correspondía.
—Un trabajo muy bueno —dijo después—. Solo tiene un inconveniente: a partir de ahora tendrás que cuidar de Giselle todas las noches.
A Ross no le hizo ninguna gracia cuando le explicó la situación, aunque los demás intentaran convencerle.
—Pero si es por la noche, de todas formas está durmiendo —comentó Teacher—. Además, también estamos nosotros. Nos tomamos una cervecita tranquilamente mientras ella duerme, y luego enseguida llega su madre.
En realidad a Vivian la idea de que su marido se emborrachara mientras cuidaba de su hija no le gustaba mucho, pero se calló.
Su noche de prueba en el salón de baile era más importante, y confiaba mucho en Teacher y sus amigos.
Cuando salió de la cabaña con el vestido nuevo y se puso alguna joya de las que los dakelh habían confeccionado para luego regalárselas, los cuatro hombres aplaudieron.
—Caerán rendidos —exclamó Don—. ¡Sobre todo si encima es buena bailarina!
Vivian esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Por primera vez en meses volvía a sentirse relajada y feliz. Iba tarareando mientras dirigía a Curly hacia Barkerville por segunda vez ese día.
Cuando entró, el local estaba ya lleno de clientes, pero primero fue a conocer a la señora Guthrie.
La propietaria era menuda y rolliza, justo lo opuesto a su marido, y con el cabello gris recogido en un moño tenía un aire burgués.
Por un momento Vivian pensó en lo rara que era la combinación de ser metodistas de fe estricta y propietarios de un salón de baile cuando advirtió la mirada satisfecha con la que la observaba la señora Guthrie.
Por supuesto, se aseguró de que Vivian luciera su alianza.
—No tiene nada de inmoral que usted baile con otros hombres que no sean su esposo siempre y cuando no le engañe ni de palabra ni con sus actos —dijo, y le dio la bienvenida.
Vivian le aseguró que el adulterio en todas sus formas siempre le había quedado lejos.
Luego la señora Guthrie la llevó a la sala de baile, ahora bañada en una tenue luz nocturna y en cuyo ambiente flotaban unas brillantes motas de polvo.
Un trío, compuesto por un violinista, un intérprete de bajo y un pianista, tocaba música alegre.
Los hombres se agolpaban en torno a la barra y daban sorbos a sus vasos de cerveza o limonada.
Observaban intrigados a las mujeres al otro lado, que iban ocupando su zona.
Vivian contó unas veinte mujeres jóvenes, calculó que la mayoría estaba entre los veinte y los treinta años.
Todas llevaban ropa sencilla pero elegante, como la propia Vivian, algunas decoradas con cintas de colores, pero ninguna llamaba la atención por su belleza.
De hecho, los rasgos de la cara eran más bien bastos, y no sabían resaltar sus puntos fuertes.
Una de las chicas tenía los ojos bonitos, pero no sonreían, su mirada era de hastío.
Otra tenía un pelo espléndido, pero no se había esmerado en peinárselo.
Vivian saludó al grupo y se sentó junto a una de las mesitas de café.
Bajó la mirada casta, consciente de que eso la hacía irresistible.
El señor Guthrie, que hasta entonces estaba detrás de la barra, subió a la tarima de los músicos y pidió silencio.
Saludó a los clientes y a «nuestras encantadoras señoritas, que seguro que les ayudarán a pasar una noche de baile inolvidable».
Después recordó a los caballeros las reglas imperantes, ofreció una breve explicación para los clientes nuevos, y luego sonrió bajo el sombrero de copa a la gente.
—Damas y caballeros, ¡el baile queda inaugurado!
Vivian lanzó una mirada amable a los hombres, y le sorprendió ver la timidez con la que se acercaban a las mujeres. Ella parecía infundirles miedo, el tercero fue el que se dirigió a ella en voz baja y le dio su tarjetita.
—¿Me concedería este baile, señorita…?
—¡Vivian! —se presentó ella con una sonrisa—. Y, por supuesto, estaré encantada de bailar con usted. —«Aunque no sea una concesión», pensó. Se dejó llevar por el chico rubio aún muy joven hasta la pista de baile y aceptó sonriente que la rodeara con el brazo.
El primer baile fue un vals, y la música enseguida hechizó a Vivian.
Al principio el muchacho se mostró torpe, pero ella le contagió el entusiasmo; era un placer moverse al ritmo de la música.
Después, la cola de pretendientes para bailar con ella ya no paró.
Vivian flotaba por la pista de baile junto a hombres parcos en palabras con rostros curtidos y muchachos descarados a los que la señora Guthrie llamaba al orden con solo fruncir el entrecejo.
A medida que avanzaba la noche se fue animando —la cerveza no era fuerte, pero desinhibió un poco a los hombres—, algunos daban la impresión de llevar semanas sin ver una mujer de cerca.
Ahora se reían, pedían canciones especiales.
Hacía calor en la sala, y olía a una mezcla de sudor, madera y petróleo.
Vivian no sabía por qué, pero ahí se divertía más que en los bailes en los que había participado en Inglaterra.
Tal vez se debiera a que para los buscadores de oro no era una obligación social, solo pura diversión.
Revoloteaban más que flotar, pero la sonrisa en sus rostros recordaba a Vivian al profesor de baile francés al que nunca había olvidado y su amor por la música más que a las caras de los caballeros de la nobleza inglesa, que a menudo parecían congeladas.
Después regresó feliz al campamento, con más dinero en el bolsillo del que había sacado en tres días en la concesión, y sobre todo con la sensación de por fin poder hacer de nuevo aquello para lo que estaba hecha.
¡Quería bailar! Siempre lo había sabido, y ahora volvía a sentir ese deseo con la misma intensidad que entonces, cuando tuvo que irse de París.
De hecho, ni siquiera le estropeó el momento encontrar en el campamento a la niña llorando, que necesitaba con urgencia cambiarse.
Teacher se esmeraba con torpeza en intentar colocar de alguna manera el pañal.
Ross, aunque Vivian le había enseñado cómo hacerlo varias veces, se empeñaba en mantenerse al margen.
Saltaba a la vista que se había animado con la cerveza, algo que en realidad no era propio de él, antes se contenía con el alcohol.
—Mañana por la noche la cambiaré antes de irme —prometió. Le daba bastante vergüenza ver a tres tramperos esforzándose con su hija mientras su marido se bebía toda la cerveza de la celebración—. Este no era el plan…
Más tarde pensó afligida que no había plan posible con las deposiciones de un bebé. Ross debía asumir más responsabilidades con la hija que tenían en común.
Al día siguiente por la mañana, cuando estaba sobrio, se lo recriminó.
—También es tu hija, Ross. Y el dinero que gano también te beneficia a ti, igual que el oro que sacas tú nos beneficia a los dos. ¡Somos una familia, Ross, entiéndelo de una vez! ¡Y tenemos obligaciones, los dos somos padres de Giselle! ¡Se acabó la aventura!
Ross reaccionó como si le hubiera dado un puñetazo. Quiso contestar algo, pero se contuvo.
—Entonces me voy a buscar oro —murmuró en cambio.
Vivian se puso a limpiar la cabaña y a amamantar a Giselle.
Luego comenzó a estirar, como hacía antes de las clases de ballet.
A continuación intentó hacer los ejercicios que Jean-Luc le había enseñado.
Repitió las cinco posiciones del ballet clásico, probó tendus y fouettés .
Estaba oxidada, naturalmente. Había perdido técnica, pero ganado fuerza.
Aún podía ser bailarina, ¡podía volver a soñar!