Capítulo 7 #2
Al principio le salieron ampollas con esos zapatos, con el tiempo se le fueron adaptando y ganó comodidad.
Ahora casi le daba miedo que ya no le entraran los pies en los zapatos de piel; a lo mejor después de caminar tantos kilómetros con las botas y del agua fría del río, que primero reblandecía la piel y luego la secaba, se le habían estropeado para siempre los pies bien cuidados de bailarina.
Sin embargo, respiró aliviada cuando se pudo poner sin problema los zapatos con los pies descalzos.
Ya no tenía unas medias finas que le quedaran bien, solo calcetines gruesos de punto.
Se le hizo raro moverse con los zapatos, pero le fue fácil volver a los andares refinados que le eran propios cuando aún no pisaba lodo y piedras.
Aun así, tuvo que fijarse en no estropear los zapatos cuando después ensilló su mula y se fue a Barkerville, cuya calle principal estaba cubierta de barro.
Por suerte habían construido aceras de madera a los lados, y Vivian procuró utilizarlas cuando bajó y ató a Curly.
Recorrió nerviosa los últimos pasos hacia la entrada pintada de colores del local de baile y entró en la sencilla construcción rectangular de madera.
D ANCE H ALL – L ADIES & GENTLEMEN , decía en unas letras enrevesadas sobre una de las puertas dobles anchas tras la cual había una gran sala con el suelo de tablones de madera.
No tenía nada que ver con los suelos encerados o pulidos, completamente regulares, de las salas de baile o incluso de los camerinos de los bailarines de ballet de París, y Vivian dedujo que ahí los hombres bailaban con las mismas botas pesadas con las que buscaban oro.
Así no tropezaban tan rápido. En un lado había una tarima de madera para los músicos, la carpintería también era muy básica, y en un rincón se veía una barra que no parecía muy bien surtida.
De las paredes colgaban lámparas de petróleo que bañaban la sala con una luz tenue, pero suficiente para distinguir si un hombre se acercaba demasiado a una de las bailarinas.
Por lo demás, las paredes estaban decoradas con mimo con cortinas y cintas de colores: le pareció un ambiente muy agradable.
Mientras observaba la sala no se había dado cuenta de que un hombre había entrado desde una habitación contigua. Era alto y flaco, y llevaba una especie de frac y un sombrero de copa a juego que sujetaba bajo el brazo.
—Aún no hemos abierto —aclaró. Cuando oyó la puerta, esperaba encontrar a un cliente tempranero, pero en ese momento vio a la mujer joven y sonrió con educación—.
¿En qué puedo ayudarla, señorita… o señora?
—Miró a la niña, que Vivian llevaba como siempre en la espalda.
No había querido dejarla con los hombres, las voces que llegaban hasta su cabaña por la tarde desde la concesión volvían a sonar enfadadas.
—Señora —se apresuró a contestar Vivian—. Señora Vivian Wallett. Y busco trabajo.
—¿Para usted o para la criatura que lleva en la espalda? —bromeó el hombre, que se presentó como Simon Guthrie.
Vivian le sonrió.
—Seguro que mi hija también tiene talento para el baile, pero de momento en el mejor de los casos se mueve a gatas. No, es por mí. Siempre he querido ser bailarina y estudié dos años en la Ópera de París para ello. Además, he bailado en veladas, aunque al final no debuté en Londres.
El señor Guthrie la miró con interés.
—¿Debutar? Entonces ¿es usted una chica de la alta sociedad? ¿Casada con un buscador de oro?
Vivian asintió y le contó su historia a grandes rasgos.
—El caso es que una conocida me ha dicho que podría ganar dinero aquí bailando con hombres sin tener que escuchar comentarios soeces y sin que me molesten.
Guthrie lo confirmó.
—Es cierto, tenemos unas reglas claras —le explicó—.
Quien no las respeta, sale volando. Servimos alcohol con moderación.
Cerveza sí, whisky no. Nuestras damas no tienen trato con los hombres más que para el baile.
Están aquí, en la zona de al lado del escenario.
—Señaló unas cuantas butacas y unas preciosas mesitas de café y sillas donde una mujer sin duda podía entretenerse—.
Quien quiere bailar compra una tarjetita a mi mujer, que está ahí en un atril, y luego la entrega a la dama a la que piensa invitar.
No distinguimos, cobramos veinticinco céntimos por cada baile.
La dama recibe diez céntimos, además de un sueldo por hora fijo.
Las chicas guardan las tarjetitas y al final de la noche con mi esposa hacemos el recuento.
Yo sirvo en la barra y vigilo la pista de baile.
Mi esposa también, naturalmente. De momento no ha habido ningún abuso.
—Entonces ¿me contratarían? —le preguntó Vivian en tensión. Todo sonaba de lo más prometedor—. ¿Aunque esté casada?
Guthrie se frotó la frente.
—Tengo que comentarlo con mi mujer —respondió—.
En principio no hay inconveniente, pero no debe fingir: ante los caballeros debería llevar la alianza a la vista.
¿Tiene alianza? —Le miró con cierto aire de reproche las manos desnudas—.
Y, por supuesto, su marido debe estar de acuerdo con que trabaje con nosotros.
Vivian sonrió.
—¡Desde luego! —exclamó, aunque no estaba nada segura de que Ross diera su aprobación—. Pero el anillo se estropea buscando oro.
—Y no podría traer a la niña, obviamente. Esto es una taberna, no una guardería.
Vivian asintió.
—Su padre se ocupará de ella —afirmó, con más seguridad de la que sentía en realidad—. Yo bailo de noche, a esas horas no está en la concesión.
El señor Guthrie asintió.
—En ese caso, le propongo que yo hable ahora con mi mujer y usted lleve a su hija a casa. A las siete vuelva y trabaje una noche de prueba. ¡Si va bien, el puesto es suyo!
Vivian sonrió encantada.
—Seguro que no le decepcionaré —prometió.
Guthrie la observó de nuevo.
—Una cosa más, señorita Vivian, aquí la llamaremos así. ¿Esa es su mejor ropa?
Vivian asintió avergonzada.
—Aún no hemos encontrado mucho oro —reconoció.
—Así no puede presentarse aquí. Vaya a la tienda y cómprese un vestido. Diga que trabaja para mí, y se lo apuntarán. No se preocupe. Ganará ese dinero rápido aquí…