Capítulo 7
—En realidad queríamos hacerle una propuesta, Ross —anunció Teacher al cabo de una hora, cuando los hombres habían entrado un poco en calor con la liebre asada y la cerveza.
Hank y Don eran simpáticos, escucharon encantados cómo Ross relataba sus aventuras anteriores en Canadá, y Teacher no dijo nada cuando exageraba. La cerveza ayudaba a soltar la lengua…
—Mire, Ross, aquí tenemos una concesión entre los tres, pero en realidad podrían manejarla solo dos hombres. Usted, en cambio, trabaja la suya solo…
Teacher pensó que era el momento de ir al grano. Vivian quiso replicar algo, pero Teacher la invitó a callar con una mirada.
—… ¿por qué no colaboramos? —continuó—. Podríamos trabajar entre los dos en un canal.
Ross sacudió la cabeza indignado.
—Para mí no es rentable —gruñó—. Y tampoco estoy solo. Mi mujer me ayuda.
—¡Pero esta mujer menuda y delicada nunca podrá hacer el trabajo de un hombre adulto fuerte! —intervino Don, y el tono sonó muy indignado—. Es demasiado para ella. La hemos observado hoy y…, con toda franqueza, la pobre nos ha dado pena.
Hank asintió.
—Un hombre puede trabajar más, pero a cambio también tiene que ganar algo —apuntó Ross—. Lo que saca Vivian es mío. Con vosotros tengo que repartirlo.
Vivian no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Lo que ella sacaba era suyo? ¿Así, sin más? ¿No se suponía que era de los dos? El cansancio y la frustración se convirtieron en pura rabia. Aun así, se contuvo y siguió en silencio la conversación entre los hombres.
—Eso no debería ser un inconveniente —comentó Teacher, y le enseñó un saquito de la bolsa en la que los tres hombres habían guardado los beneficios del día de su nueva concesión.
Ross observó perplejo las pepitas de oro, debía de haber una onza. ¡En un solo día! Vivian y él no habían conseguido nada en toda la jornada, salvo por unos cuantos restos de oro que Vivian había filtrado con la batea.
—Entonces la concesión de al lado da bastante más —dijo Ross—. Mala suerte para mí, buena para ustedes.
—Juntaríamos los beneficios de las dos concesiones, claro, y los repartiríamos entre cuatro —le tentó Teacher.
Apareció un destello en los ojos de Ross.
—¿Y Vivian? —preguntó. Dos quintas partes eran más que una cuarta parte.
—¡Tú no te preocupes por mí! —exclamó Vivian con firmeza al final, reprimiendo aún la rabia que hervía en su interior—. Yo me ganaré mi dinero. Mañana me busco un trabajo en la ciudad.
Ross se echó a reír, y a los demás hombres también les hizo gracia. Solo Teacher la tomaba en serio.
—¿En qué estás pensando, Vivian? —le preguntó con calma.
Ella se encogió de hombros.
—Ya encontraré algo —respondió—. ¡Tiene que haber algo que pueda hacer!
A la mañana siguiente, Ross y los demás ya estaban trabajando en el canal de lavado de oro y discutían sobre quién formaba equipo con quién cuando Vivian fue a ver a Alice, la mujer que el primer día ya le había dado información útil.
Esta vez encontró a la anciana junto a una hoguera con una olla colgada encima.
Dentro había lejía y prendas para lavar. Alice las removía con un gran cucharón.
—¡Oh, la joven señora Wallett! —Saltaba a la vista que Alice se alegraba de ver a Vivian—. ¡Con su precioso angelito! ¡Cómo has crecido, pequeña! —Dejó la olla y se volvió hacia Giselle fascinada—. Empieza a quedarle pequeño el cesto —comentó, y luego invitó a Vivian a sentarse junto al fuego.
—Sí, lo sé —reconoció Vivian—, tengo que encontrar otra solución. Ya no puedo buscar oro con ella en la espalda.
Alice torció el gesto.
—Me han dicho que usted busca oro, con su marido. La gente habla, ¿sabe? Claro que hay mujeres que trabajan como los hombres, pero alguien tan delicado como usted… no aguantará mucho.
Vivian se sonrojó. Así que Ross y ella ya eran la comidilla del pueblo. Ni siquiera esa gente tan trabajadora aprobaba que su marido no tuviera ningún tipo de miramiento con ella.
—Bueno…, es un malentendido. Yo quise hacerlo. Queríamos hacerlo todo juntos, como compañeros… con los mismos derechos… —defendió a su marido mientras en su cabeza resonaban las palabras de Ross: «Lo que Vivian saca es mío».
Vivian sacó a Giselle del cesto y sentó a la niña en su regazo. Giselle enseguida empezó a tirarle del pelo. Últimamente lo llevaba recogido en trenzas, y a su hija le fascinaba el peinado. Vivian alejó los deditos con suavidad del pelo antes de volverse de nuevo hacia Alice.
—Pero ahora… Quería preguntarle algo, Alice. ¿Cómo puedo ganar dinero en Barkerville? ¿Podría lavar ropa como usted, por ejemplo?
Alice volvió a remover la olla, controló el fuego y luego se sentó con ellas.
—Ay, niña, es un trabajo duro —comentó a continuación—. Poner las prendas a remojo, hervirlas, escurrirlas, tenderlas… no es para ti. Te destrozarás las manos aún más que trabajando en el río.
—¿Y cocinar? —le preguntó Vivian, que se alegró cuando se dio cuenta de que Alice había pasado a tutearla en confianza.
—¿Sabes cocinar? —preguntó Alice.
—No mucho —admitió—. Pero no puede ser que una mujer como yo no pueda hacer nada más que… que… trabajar de camarera. —Se sonrojó. Para entonces ya sabía qué hacían en realidad las mujeres del bar que solían llamarse bailarinas.
—Es cierto que para las mujeres hay poco que hacer aparte de cocinar, lavar y buscar oro —destruyó Alice sus esperanzas—.
En la ciudad hay dos o tres hoteles que suelen necesitar limpiadoras.
Pero sospecho que así pasan el día las bellezas nocturnas cuando no han ganado lo suficiente de noche.
Además, probablemente tendrías que vivir en el hotel.
Eso no le gustaría a tu marido. ¿Y qué pasaría con la niña?
Lo de qué hacer con Giselle mientras trabajaba era un problema en general. No iba a encontrar a nadie que la contratara y le permitiera llevársela.
—Sí podrías probar una cosa —propuso Alice en ese momento—. En Barkerville hay un local de baile, se dice que ahí las chicas no están a disposición de los hombres…
Vivian había visto ese dance hall al pasar con las mulas, pero ¿en qué se diferenciaba ese local de las otras tabernas?
—Los Guthrie, los dueños del local, son muy creyentes —le siguió explicando Alice, que demostró estar muy bien informada—.
Son los puntales de la comunidad metodista local, que es pequeña.
Como todos los miembros de su grupo, consideran que Barkerville es Sodoma y Gomorra, un sitio donde los hombres jóvenes decentes se echan a perder uno tras otro.
—Puede que no les falte razón —murmuró Vivian, que recordó cómo había cambiado Ross en Canadá. Cierto, el país no lo había echado a perder, pero sin duda lo había embrutecido.
—El caso es que los Guthrie no solo se quejan, sino que han encontrado una manera muy lucrativa de proteger a las almas inocentes del mundo del mal.
Al local de baile van los hombres que acuden a la iglesia los domingos y al grupo de oración los miércoles.
Ahí pueden divertirse, es decir, bailar y también tomarse una cerveza.
Pero las chicas no están ahí para estimularlos, y si Simon Guthrie pilla a alguno con prostitutas, lo expulsa de inmediato.
—Entonces ¿qué hacen las chicas? —le preguntó Vivian.
—Bailar —contestó Alice—. Nada más que bailar, y además bajo la supervisión del señor y la señora Guthrie.
Por cada baile la chica recibe unos cuantos céntimos.
Seguro que no es para hacerse rica, pero dicen que la mayoría al poco tiempo salen casadas de ahí.
Los hombres bailan a menudo con la misma y se enamoran.
Luego, en cuanto encuentran una cantidad de oro aceptable, le piden la mano a la chica.
Una vez, uno lo hizo de manera espectacular y vació un saco lleno de dólares encima de Bonnie Redcliffe.
Luego se arrodilló delante de ella, todo en la hora más concurrida del local. Incluso salió en la prensa.
Vivian sonrió.
—¿Y ella le correspondió?
Alice asintió con vehemencia.
—¡Pues claro, no era tonta! Bueno, ¿y tú qué, Vivian, sabes bailar?
A Vivian se le aceleró el corazón. ¿De verdad era cierto? ¿Podía ganar dinero bailando? No sobre un escenario, claro, y los hombres decentes de Barkerville seguro que no eran como Jean-Luc. Pero habría música, daría vueltas, el pelo volaría…
—Sí —dijo exultante—. Me encanta bailar.
—No sé si aceptan mujeres casadas, claro —atenuó Alice su alegría—. Pero tú ve a ver. Serían tontos si te rechazaran. A una mariposa como tú.
Vivian pasó la tarde poniéndose guapa, todo lo que podía.
Se lavó entre escalofríos de la cabeza a los pies en el río helado, calentó un poco de agua para lavarse también el pelo, y se lo secó al sol, que ese día calentaba bastante.
Decidió llevar el pelo suelto y solo se hizo una trencita en ambos lados del rostro para domar el esplendor de rizos finos.
Luego se puso el vestido menos raído; ya no tenía miriñaque, pero se enfundó el antiguo corsé.
Después sacó un tesoro del fondo de su bolsa de viaje: unos zapatos de calle con tacón bajo, de piel buena.
Los llevó en su huida de Londres y durante los trayectos en tren a Saint-Paul.
Ahí los sustituyó por las botas robustas que llevaba a diario desde entonces.